Cuando surgió la pandemia que sembró  el miedo en todo el mundo y nos obligó a aislarnos y encerrarnos, empezaron a levantarse voces en todos los rincones del planeta que nos pedían que escucháramos las advertencias de la pandemia y la consideráramos   una oportunidad para reorientar la marcha de este mundo y  cultivar  la fraternidad universal. Todos habitamos el único planeta tierra, tan maltratado y destruido. Todos somos  vulnerables y débiles y tuvimos que comprender a la fuerza que, al cuidarnos, cuidamos también a los demás; y si no lo hacemos nos convertimos en peligro y amenaza. La pandemia nos evidenció  que todos somos interdependientes,  estamos ligados unos a otros,  nos necesitamos. Frente a un mundo levantado sobre la exclusión y los muros, pudimos comprobar que los virus no respetan fronteras, clases sociales, culturas, razas, religiones, y que para derrotarlos no servían de nada los arsenales ni las más sofisticadas  bombas, muy eficaces para matar a los seres humanos pero inservibles para acabar con un enemigo  tan pequeño  que ni podíamos verlo.

Muchos pensaron que, después de la pandemia,  el mundo ya no sería igual y hasta imaginaban un cambio profundo  que nos llevaría a una mayor convivencia y a trabajar por un mundo más solidario y más justo, y a profundizar en el sentido de la existencia y de la vida, pues el virus se empeñaba en enseñarnos que,,si no queremos hundirnos, necesitamos unirnos y que   la solidaridad es la principal vacuna para prevenir pandemias y epidemias, y la mejor medicina para curarlas. Con una tozudez invencible que le llevaba  a mutar continuamente, el virus  insistía en la necesidad de reorientar la marcha del mundo   y trabajar por  una profunda reconciliación con la naturaleza y entre nosotros. Si hasta ahora habíamos sido sordos a los gritos de auxilio de la naturaleza y a las  voces que nos advertían del deterioro ambiental que pone en peligro  la sobrevivencia de la humanidad, el surgimiento del virus y su rápida propagación  nos debería convencer de que  somos todos ciudadanos de un mismo mundo y que debemos empezar a superar las diferencias para enfrentar juntos los problemas de todos,  y derrotar no sólo las acometidas del coronavirus, sino las de otros virus mucho más mortales, como son el hambre y  la miseria.

Lamentablemente, a pesar de las graves advertencias, el mundo no parece dispuesto a cambiar y sólo anhela volver a la normalidad tan anormal de antes,  que es la causa principal  de la pandemia,  donde ni la economía ni la política están al servicio de la vida, sino de los caprichos de las minorías.

Tampoco en Venezuela, todavía castigada fuertemente por la pandemia y por la gravísima crisis humanitaria que no termina,  parecemos dispuestos a rectificar. Seguimos enfrentados y sin proyecto de nación; los poderosos se aferran egoístamente a  sus privilegios y sus  parcelas de poder y no  parece importarles  la miseria de las mayorías y que continúe la sangría del  éxodo de millones de hermanos en procura de una vida digna que les niega su Patria.

Quisiera creer, sin embargo, y seguiré trabajando para ello, que no van a ser inútiles tantos sufrimientos,  tantas muertes y también tantos heroísmos y tantas solidaridades y   que algún día cercano  terminará por imponerse  la cordura en  el mundo y en Venezuela, y empezaremos a entender que las salvación pasa por la unión,  y comenzaremos  todos a pensar en los demás y a remar en la misma dirección.