Cuando uno escucha la palabra tortura, le vienen a la mente imágenes de golpizas, asfixia mecánica, descargas eléctricas, violaciones, hambre, encerronas en cuartuchos oscuros y sin ventilación…, que algunos sufren en las mazmorras y prisiones de gobiernos que decidieron violar sin escrúpulos los derechos humanos más elementales. Pero pocos piensan en las diversas formas de tortura cotidiana y generalizada que debemos sufrir las mayorías, por ejemplo y limitándome solo a un aspecto, los que en Maracaibo debemos soportar, sin previo aviso ni información alguna, bajones continuos y apagones diarios de cinco o más horas a temperaturas que con frecuencia alcanzan los cuarenta grados, a pesar de que nos siguen aumentando sin explicación ni control las tarifas eléctricas.

La situación resulta insoportable, muy estresante, agotadora. Uno vive en una zozobra permanente sin saber cuándo llegará el próximo apagón ni cuánto durará. Son ya demasiadas las noches sin dormir o durmiendo muy mal, soportando un calor insoportable. Los ventiladores recargables sólo logran remover el aire caliente y su duración disminuye rápidamente con su uso.
Ya ni descansar podemos. Llega uno a la casa después de un largo apagón en el trabajo y un calor de fuego en la calle, trata de relajarse y distraerse viendo la televisión, se va de repente la luz y le sube a uno un grito de rabia y frustración a la garganta, sin saber qué hacer ni a quién reclamar por diez horas de tortura sin electricidad, si sumamos las del trabajo y las de la casa.. Antes culpaban a los zamuros e iguanas y ahora se culpa de todo a las sanciones, y uno se pregunta qué tuvieron que ver las sanciones para que resultaran inútiles los miles de millones de dólares que se entregaron para resolver el problema eléctrico.
El problema con la electricidad es expresión elocuente de la destrucción del país. Después de casi 30 años de prometernos un mundo nuevo, un socialismo igualitario y eficiente, una sociedad de la felicidad y la abundancia, y haber malgastado, y en gran parte robado, cientos de miles de millones de dólares, nada funciona, a no ser en las escasas burbujas de algunos privilegiados y numerosos enchufados que siguen haciendo fortunas y llevando una vida ostentosa y despilfarradora, sin importarles la miseria y el sufrimiento de las mayorías, especialmente de los enfermos, los ancianos, y los jubilados y pensionados de la administración pública.
Cuando uno piensa en un torturador, imagina a un verdugo encapuchado, cruel, incluso sádico, o a un juez, fiscal o empleado de prisiones insensible, sin el menor resquicio de humanidad, que engaña o desatiende la solicitud de madres que tratan de averiguar desesperadas si sus hijo siguen vivos, dónde se encuentran y cuál es su estado de salud. Pero también merecen ser considerados torturadores los que, al robarse los bienes destinados a resolver los problemas, o al aceptar cargos sin la debida competencia, cuyo principal currículo es la fidelidad absoluta al jefe, no resuelven los problemas, dilapidan los recursos y nos someten a las mayorías a diversas torturas cotidianas, sin culpa alguna.
“Peor que no tener vista, es no tener visión”, escribió Helen Keller, esa mujer extraordinaria que tras sufrir una penosa enfermedad cuando era una bebita de sólo 19 meses, quedó completamente sorda y ciega. Con la ayuda paciente de su profesora, Anne Sullivan, Helen aprendió a leer y a comunicarse mediante el tacto, ingresó en la Universidad, se graduó y llegó a ser una exitosa escritora y excelente conferencista que recorrió el mundo despertando conciencias y sembrando amor a la justicia y a la vida.
La falta de visión de numerosos funcionarios, su soberbia, egoísmo, incapacidad, ambición y el empecinamiento en su ceguera ha terminado por hundirnos en las tinieblas. Desoyeron y despreciaron las continuas advertencias de los ingenieros eléctricos y los técnicos que repetidamente alertaban del colapso del sistema eléctrico por la falta de mantenimiento e inversión y las desacertadas políticas; dilapidaron miles de millones de dólares y nos aseguraron que íbamos a disfrutar del mejor sistema eléctrico de América, lo que sí hubiera sido posible si se hubieran utilizado adecuadamente los recursos.
Resultado: hundirnos en el sufrimiento y las tinieblas. En el pensamiento bíblico, las tinieblas se asocian a la mentira, la hipocresía, la maldad, la muerte. De hecho, al Diablo se le llama “el príncipe de las tinieblas”. El evangelista Juan nos advierte que “todo el que obra mal aborrece la luz”. Por ello, los hijos de las tinieblas recurren a todos los medios para generar zozobra, inmovilidad, inactividad, miedo, y hasta, expertos en manipular, pretenden sacar dividendos de sus propios fracasos.
Dios es la fuente de la luz y de la vida. Por ello, frente al imperio de las tinieblas, debemos optar por el Reino de la luz, que siempre se ha asociado a la vida, la alegría, el servicio, el amor. Por ello, aferrados a ese Dios Bueno, no nos resignamos ni rendimos y seguimos trabajando con renovados bríos, por derrotar la oscuridad y reconstruir a Venezuela.
En estos tiempos tan oscuros, necesitamos encender la luz de la creatividad, la organización, la esperanza y el compromiso. Convirtamos nuestra impuesta oscuridad en fuente de vida y de lucha como lo hizo Helen Keller. Recuperemos su vigor, su amor a la vida y la justicia y tratemos de disfrutar, con espíritu positivo y para no hundirnos en la resignación y la desesperanza, los numerosos motivos de gozo que, a pesar de todo, nos depara la vida: “Yo, que soy ciega, tengo un consejo para los que pueden ver: usen sus ojos como si mañana fueran a perder la vista. Escuchen la musicalidad de las voces, los trinos de los pájaros, los poderosos acordes de una orquesta, como si el día de mañana fueran a quedarse sordos. Toquen y acaricien cada objeto como si mañana fueran a perder el tacto. Huelan el delicado perfume de las flores, deléitense con el sabor de cada bocado como si nunca más pudieran volver a oler ni a paladear nada”.
Y recordemos todos que “Nunca está más oscuro que cuando está a punto de amanecer”. A trabajar con entusiasmo por derrotar las tinieblas y acelerar el nuevo y luminoso amanecer de Venezuela.