En estos tiempos se nos viene insistiendo en la necesidad de lavarnos las manos para evitar el contagio del virus. Pero, más allá de lo cínico que puede resultar  este llamado cuando infinidad de personas no  tienen en Venezuela acceso al agua, hoy quiero insistir en la necesidad de lavarnos la boca para que  renunciemos de una vez  a ese lenguaje descalificador y procaz que promueve  la ofensa, la división, el insulto y la mentira.

Lavarnos la boca para que   sea siempre vehículo de bendición, de palabras que animan, siembran esperanza, construyen puentes. Boca que aprende a hablar con el lenguaje del amor a los demás y a la naturaleza y sabe también cerrarse para escuchar, comprender y dialogar con palabras desarmadas, creadoras de novedad.  Boca que clama y denuncia con valentía y libertad, todo lo que deshumaniza y amenaza la vida, que desenmascara las hipocresías, mentiras y falsas justificaciones, que habla siempre la verdad. Boca que habla para sanar, levantar, animar, consolar o enmudecer; que proclama buenas noticias, que poetiza y canta los caminos de esperanza de un pueblo solidario y libre.  Boca que compagina la felicidad personal con la social, los otros con  nosotros y con la madre tierra. Boca que sabe besar  con ternura y hace del beso un lenguaje de entrega y de amor. Que ha aprendido a sonreír y cultivar el sentido del humor.

Lavarnos la boca para devolverles a las palabras su valor, pues uno  de los mayores   problemas de nuestra  cultura es que hemos vaciado a las palabras de sentido, y  con frecuencia, las utilizamos para expresar cosas   distintas y hasta opuestas  a su significado original.  Llamamos libertad a la arbitrariedad y el  capricho;  felicidad a divertirnos  o pasarlo bien; calidad de vida a la cantidad de cosas; negocio a la más grosera especulación y robo;  orden establecido a la  dominación y y el abuso; justicia a la venganza; diplomacia al engaño y la mentira; diálogo al monólogo; socialismo al capitalismo de Estado; revolución a la más grosera involución; sinceridad a la falta de respeto.

Ernesto Sábato deploraba la pérdida del valor de la palabra y añoraba los tiempos en  que las personas  eran  “hombres y mujeres de palabra”, que respondían por ellas: “Algo notable es el valor que aquella gente daba a las palabras. De ninguna manera eran un arma para justificar los hechos. Hoy todas las interpretaciones son válidas y las palabras sirven más para descargarnos de nuestras actos que para responder por ellos”.

Por otra parte, hoy se viene hablando   de que vivimos en la era posverdad, es decir, en tiempos donde la verdad ya no es prioritaria pues se miente sin el menor pudor y se banalizan  los hechos y las noticias para asegurarse la atención y los comentarios del  público. Ya no importan la verdad demostrable ni la noticia cierta, sino la activación de emociones y de reacciones inmediatas, para lo cual se aprovecha la abundancia de canales que carecen de verificación. La nueva medida de valor para demasiados medios es la viralidad, en vez de la información objetiva y veraz.

Por otra parte, la superficialidad, el sensacionalismo y la falta de ética, no sólo están acabando con la verdad, sino también con la  profundidad. Hoy se interpreta el mundo a golpe de twit. En las redes sociales tiene tanta importancia lo que dice un pensador o un historiador serios que lo que dice un idiota.  Los influencers y charlatanes son más valorados que los filósofos y personas profundas.