Antonio Pérez Esclarín

SEMANA SANTA EN TIEMPOS DE PANDEMIA

pandemiaAnte la propagación del coronavirus que nos ha cambiado radicalmente la vida  y nos ha llenado de miedo, desconcierto y sufrimiento, muchos dudan de su fe y se preguntan cómo es posible que si Dios es un Padre bondadoso, permita tanto mal. Otros ven en la propagación del virus un castigo de  Dios  por habernos alejado de Él que  responde así a  nuestros pecados. Los primeros creen en un Dios insensible, ajeno a nuestros problemas. Para los otros, Dios es un juez vengativo, un ser colérico y hasta cruel que incluso llegó a exigir la muerte de su hijo para perdonarnos los pecados. Imágenes completamente opuestas a la que nos ofreció Jesús de un Dios Amor, incapaz de causarle mal a nadie,  que sufre con nuestros dolores.

Estamos  en  Semana Santa, tiempo para desprendernos de las imágenes falsas de Dios y comprender que la cruz es expresión del amor hasta las últimas consecuencias. La cruz nos descubre el amor y la ternura de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte,  incluso en las situaciones más terribles. La muerte en cruz fue una consecuencia lógica del modo amoroso en que Jesús vivió su vida, fiel a su misión hasta el extremo. Dios no puede evitar el dolor ni la crucifixión pues, para ello, debería destruir la libertad de los hombres y negarse a sí mismo como Amor.

A Jesús no lo mató la voluntad del Padre, sino la maldad de los hombres. Lo mataron porque se atrevió a proponer un Dios distinto, cercano. Lo mataron porque se atrevió a proponer que la verdadera religión consistía en la misericordia y el servicio. Lo mataron porque se atrevió a poner de cabeza todos los valores del mundo: en vez del poder, propuso el servicio; en vez del egoísmo, la solidaridad;  en vez de la violencia, la mansedumbre; en vez de la venganza, el perdón; en vez del odio, el amor.

Seguir a Jesús es, en definitiva, entregar la vida para que todos tengan vida abundante; ayudar a bajar de la cruz a los crucificados por la injusticia, la explotación, la miseria, las enfermedades.

La escena es muy conocida: Un niño judío se estremece colgado de una horca en un patio del campo de exterminio de Auschwitz. De pronto, se escucha el grito desesperado de un presidiario: “¿Dónde está Dios?”. Otro compañero de prisión responde susurrando: “Ahí, en esa horca”.

Dios no está  con los violentos, con los que pisotean la justicia y llevan una vida de opulencia, sin importarles los demás. Queda lejos de la fe cristiana un Dios insensible,  vengativo y cruel.  Dios está siempre con las víctimas, con los que sufren, con los que son crucificados por la ambición,   la corrupción y  la injusticia. Dios está con los que se solidarizan con el dolor de los inocentes; está con  la angustia de los que no pueden  comunicarse con los familiares que agonizan  en los hospitales y residencias de ancianos. Está  con los médicos y enfermeras que dejan la piel y muchos  también la vida por salvar a los enfermos. Está con los policías, soldados,  bomberos,  que nos protegen y resguardan. Esta con los agricultores y ganaderos que siguen trabajando para que no nos falte la comida. Está con los camioneros, los que conducen  las ambulancias,  los que trabajan en las farmacias y los  supermercados, los que recogen la basura; está con todos los que se sacrifican por salvaguardar nuestras vidas. Está acompañando la fatiga de los que  se quedan en sus casas para no contagiarse ni contagiar a otros, y que, a pesar del cansancio, se esfuerzan por agradar a los demás y hacerles más llevadera la encerrona.

 

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Esta entrada fue publicada el 5 de abril de 2020 por en Varios.
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