Antonio Pérez Esclarín

Releer a Viktor Frankl en tiempos de sufrimiento

franklVíktor Frank fue un muy afamado psiquiatra judío que estuvo prisionero durante tres años  en Auschwitz, posiblemente el más terrible de los campos de exterminio nazi. Su mensaje a favor de la dignidad y la libertad del hombre, de los valores humanos y la esperanza, resultan muy pertinentes para cultivar una actitud positiva y militante en esta atormentada Venezuela de hoy.

En Auschwitz, despojado de todo, con  “la existencia desnuda” como su única posesión, Frankl no duda en   afirmar que la vida es digna de ser vivida,  y siempre, incluso en las situaciones  más adversas e inhumanas,  se puede encontrar una razón para vivir, pues la persona  puede conservar su valor, su dignidad, su generosidad;  o bien, en la dura lucha por la sobrevivencia, puede olvidar su dignidad humana y convertirse en un ser peor que el más cruel de los animales. Frankl recuerda, por ejemplo, cómo había compañeros prisioneros, los “capos”   que mostraban una crueldad incluso superior a la de los guardias nazis, pero había otros “que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino. A lo largo de toda su aventura humana, Frankl siempre recordó una frase de Nietzsche, que cita varias veces en su libro “El hombre en búsqueda de sentido”: Quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo.

Frank nos recuerda cómo en el campo de concentración, siempre había ocasiones para elegir: “A diario, a todas horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo, la libertad interna; que determinaban si uno iba o no iba a ser el juguete de las circunstancias, renunciando a la libertad y a la dignidad… Dostoyevski dijo en una ocasión: ‘sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos’, y estas palabras retornaban una y otra vez a mi mente cuando conocí a aquellos mártires cuya conducta en el campo, cuyo sufrimiento y muerte, testimoniaban el hecho de que la libertad íntima nunca se pierde. Puede decirse que fueron dignos de sus sufrimientos y la forma en que los soportaron fue un logro interior genuino. Es esta libertad espiritual, que no se puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito[1]

Los prisioneros no eran más que hombres normales y corrientes, pero algunos de ellos, al elegir ser “dignos de su sufrimiento” atestiguaban la capacidad humana para elevarse por encima de su aparente destino.  “Después de todo, como repite Frankl en la conclusión de su obra, “el hombre es el ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración, con la cabeza erguida y el Padre Nuestro o el Shemá Israel en los labios”[2].

Ser hombre es ir más allá de uno mismo. Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar respuesta a los problemas que se nos plantean y cumplir las tareas que la vida nos asigna. Incluso en las más penosas de las circunstancias, debemos convertirnos en creadores de nuestra propia vida y no en meros observadores pasivos y convencernos de que tenemos un propósito que sólo nosotros podemos alcanzar. Además, hay que convencerse de que la  felicidad no hay que buscarla por sí misma; es una consecuencia, es el fruto maduro de una vida de entrega a los demás, de una misión cumplida.

El mensaje de Frankl es claro y muy esperanzador: por muchas que sean las desgracias que se abatan sobre una persona, por muy cerrado que se presente el horizonte en un momento dado, siempre le queda al hombre la libertad inviolable de actuar conforme a sus principios. Podrán arrebatarle todo, menos su dignidad y su libertad, la capacidad de elegir la actitud personal ante las circunstancias. El valor no reside en el sufrimiento en sí, sino en la actitud frente al sufrimiento, en nuestra actitud para soportar ese sufrimiento: “El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que este conlleva, la forma en que carga con su cruz, le da muchas oportunidades –incluso en las circunstancias más difíciles- para añadir a su vida un sentido más profundo. Puede conservar su valor, su dignidad, su generosidad”[3].

Si el hombre es siempre libre para elegir su propio destino, es también capaz de cambiar y de levantarse de las más terribles miserias y aberraciones. El hombre, en última instancia, se determina a sí mismo. “No se limita a existir, sino que siempre decide cuál será su existencia y lo que será al minuto siguiente. Análogamente, todo ser humano tiene la libertad de cambiar en cada instante”[4]. A lo largo de su obra, Frankl insiste en que incluso entre los guardias nazis había hombres buenos, que se compadecían de su situación, y entre los prisioneros había gente que había descendido a la más brutal degradación. Ello le llevará a afirmar que en todos los grupos humanos hay personas buenas y personas malas, y a insistir en que cada uno tiene la libertad de decidir cómo comportarse: “De todo lo expuesto debemos sacar la conclusión de que hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la raza de los hombres decentes y la raza de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres indecentes, así sin más ni más. En este sentido, ningún grupo es de ‘raza pura’ y, por ello, a veces se podía encontrar entre los guardias, a alguna persona decente”[5].

Incluso las experiencias más duras pueden ser oportunidades para enrumbar la vida por los caminos de la profundidad y sacar a la luz los resortes más íntimos de una espiritualidad que nos habla de la grandeza humana. Frankl cuenta cómo fue testigo de la muerte de una joven en el campo de concentración: “Esta joven sabía que iba a morir a los pocos días; a pesar de ello, cuando yo hablé con ella estaba muy animada. ‘Estoy muy satisfecha de que el destino se haya cebado en mí con tanta fuerza’, me dijo. ‘En mi vida anterior yo era una niña malcriada y no cumplía en serio con mis deberes espirituales’. Señalando a la ventana del barracón me dijo: ‘Aquel árbol es el único amigo que tengo en esta soledad’. A través de la ventana podía ver justamente la rama de un castaño y en aquella rama había dos brotes de capullos. ‘Muchas veces hablo con el árbol’, me dijo. Yo estaba atónito y no sabía cómo tomar sus palabras. ¿Deliraba? ¿Sufría alucinaciones?  Ansiosamente le pregunté si el árbol le contestaba. ‘Sí’ ¿Y qué le decía?  Respondió: ‘Me dice estoy aquí, estoy aquí, yo soy la vida, la vida eterna”.

En cuanto a la capacidad que tenemos todos de cambiar nuestra conducta y sustituir el desprecio y la crueldad por el servicio y el amor, Frankl cita el caso del Dr. J: “Es el único hombre que he encontrado en toda mi vida a quien me atrevería a calificar de mefistofélico, un ser diabólico. En aquel tiempo solía denominársele ‘el asesino de masas de Steinhof’, nombre del gran manicomio de Viena. Cuando los nazis iniciaron su programa de eutanasia, tuvo en su mano todos los resortes y fue tan fanático en la tarea que se le asignó, que hizo todo lo posible para que no se escapara ningún psicótico de ir a la cámara de gas. Acabada la guerra, cuando regresé a Viena, pregunté lo que había sido del Dr. J. ‘Los rusos lo mantenían preso en una de las celdas de reclusión de Steinhof, me dijeron, ‘al día siguiente, sin embargo, la puerta de su celda apareció abierta y no se volvió a ver más al Dr. J’. Posteriormente, me convencí  de que, como  a muchos otros, sus camaradas le habían ayudado a escapar y estaría camino de Sudamérica. Más recientemente, sin embargo, vino a mi consulta un austríaco que anteriormente fuera diplomático y que había estado preso tras el telón de acero muchos años, primero en Siberia y después en la famosa prisión Lubianka en Moscú. Mientras yo hacía su examen neurológico, me preguntó, de pronto, si yo conocía al Dr. J. Al contestarle que sí, me replicó: ‘Yo le conocí en Lubianka. Allí murió, cuando tenía alrededor de los 40, de cáncer de vejiga, Pero antes de morir, sin embargo, era el mejor compañero que imaginarse pueda. A todos consolaba. Mantenía la más alta moral concebible. Era el mejor amigo que yo encontré en mis largos años de prisión”[6].

De las dolorosas  experiencias del Dr. Frankl, surgió su teoría de la logoterapia. Como él mismo explica, para la logoterapia, la palabra griega ‘logos’ es equivalente a ‘sentido’. El ser humano en su existir no va tanto en pos del  placer (como creía Freud) o del  poder (como pensaba Adler), sino de llenar su vida de sentido. Por ello, la logoterapia trata de ayudar a las personas a descubrir la propia misión en la vida, misión que nadie puede delegar en otros. Frankl cita una encuesta que se hizo en Francia donde el 80% de los encuestados reconocía que el hombre necesita “algo” por qué vivir. Además, el 61% admitía que había algo, o alguien, en sus vidas por cuya causa estaban dispuestos incluso a morir. “Y yo me atrevería a decir que no hay nada en el mundo capaz de ayudarnos a sobrevivir, aun en las peores condiciones, como el hecho de saber que la vida tiene un sentido… Lo que el hombre realmente necesita no es vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena… En una palabra, a cada hombre se le pregunta por la vida y únicamente puede responder a la vida respondiendo por su propia vida; sólo siendo responsable puede contestar a la vida. De modo que la logoterapia considera que la esencia íntima de la existencia humana está en su capacidad de ser responsable”[7] . Más adelante insistirá en que si bien el sentido de la vida siempre está cambiando, nunca cesa. Y el sentido de  vida se descubre en los principios y metas que uno tiene, en el amor o incluso en el sufrimiento: “Cuando uno se enfrenta con una situación inevitable, insoslayable, siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad incurable, un cáncer que no puede operarse, precisamente entonces se le presenta la oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo, cual es el del sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que tenemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese sufrimiento.

Citaré un ejemplo muy claro: en una  ocasión, un viejo doctor en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que padecía. No podía sobreponerse a la pérdida de su esposa, que había muerto hacía dos años y a quien él había amado por encima de todas las cosas. ¿De qué forma podía ayudarle? ¿Qué decirle? Pues bien, me abstuve de decirle nada y en vez de ello le lancé la siguiente pregunta: ‘¿Qué hubiera sucedido, doctor, si usted hubiera muerto primero y su esposa le hubiera sobrevivido’’ ‘¡Oh!’, dijo, ‘¡para ella hubiera sido terrible, habría sufrido muchísimo’. A lo que le repliqué: ‘Lo ve, doctor, usted le ha ahorrado a ella todo ese sufrimiento; pero ahora tiene que pagar por ello sobreviviendo y llorando su muerte’.

No dijo nada, pero me tomó la mano y, quedamente, abandonó mi despacho. El sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como puede serlo el sacrificio”[8].

 

[1] V. Frankl, El hombre en busca de sentido.  Pág.71-72.

[2] Ibidem.Pá. 133..

[3] Ibidem, pág. 73.

[4] Ibidem, pág. 129.

[5] Ibidem, pág.90

[6] Ibidem,  pág.130.

[7] Ibidem, pág. 106, 107 y110).

[8] Ibidem, pág. 114.

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Esta entrada fue publicada el 22 de marzo de 2019 por en Varios.
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