Antonio Pérez Esclarín

¡Cómo duele la educación!

veneHace unos días, estaba comprando unos plátanos en un mercado popular de Maracaibo, y el señor que los vendía me preguntó qué era yo. Le respondí que profesor. “Entonces yo gano mucho más que usted”, me aseguró el señor. Lo terrible es que no sólo el vendedor de plátanos, sino que cualquier persona, sin importar lo que haga (y algunos sin hacer nada),  ganan  mucho más que los educadores, que a pesar de ejercer la profesión más digna e importante, estamos condenados a vivir en la miseria.

La semana pasada llamé a un técnico en refrigeración pues tenía el aire acondicionado  de la sala descompuesto, y me advirtió que el pago mínimo que habían establecido los técnicos para cualquier revisión,  era de 25 dólares. Yo  le dije que, a pesar de tener varios títulos de postgrado y llevar ya 45  años entregado  por completo a gestar la mejor educación posible, yo no ganaba esa cantidad ni en un mes.

¡Pobre país que maltrata así a sus educadores! ¿Cómo vamos a lograr  prosperidad si estamos imposibilitando la educación a la que todo el mundo considera  columna  central del  progreso,  la productividad y la ciudanía? No hay educación sin educadores, y no va a ser posible la educación de calidad si a los educadores  se les condena a llevar una vida miserable. ¡Cómo duele en el alma hoy la educación: tantos niños que no pueden ir a la escuela porque no han desayunado o no tienen zapatos! ¡Tantos padres y representantes que no pueden comprarles ni un cuaderno a sus hijos! ¡Tantos miles de maestros y maestras que han abandonado la profesión porque el sueldo no  les alcanza ni para pagar el pasaje! Hay otros muchos que se dedican en sus ratos libres a otras actividades pues, a pesar de la  situación que viven, no quieren dejar de cumplir con su misión y  privar a sus estudiantes del alimento del alma.

A esos maestros y maestras anónimos,  quiero dedicarles este artículo. No aparecen en los medios de comunicación. No son invitados a los programas de opinión.   No los buscan los periodistas ni los políticos  y suelen pasar desapercibidos.  Nadie les pide autógrafos, ni los condecorarán o harán homenajes.   El sueldo no les alcanza para comer, hace mucho tiempo que no han podido comprarse ropa o zapatos,  llegan a sus escuelas caminando o montados en camiones de ganado, pero llegan, nunca faltan. Son verdaderos héroes y heroínas anónimos que no se rinden ante los problemas y dificultades y siguen trabajando con entusiasmo para que los niños, niñas y jóvenes de Venezuela puedan tener educación.

Conozco a muchos  que,  en estos tiempos tan difíciles, no se dejan  derrotar por las adversidades y se crecen ante los problemas.  Su testimonio de vida alimenta mi esperanza y mi decisión de seguir dando lo mejor por Venezuela.  Sé de algunos que comparten su merienda  o se las  ingenian para montar desayunos comunitarios y ollas solidarias para que los alumnos no dejen de venir a la escuela y  se desmayen de hambre.  Sé de otros que se dedican a reciclar hojas de papel utilizado y con ellas  hacen cuadernos a los niños que no tienen para comprarlos. Sé de algunos  que con su carro recogen a los compañeros en sus casas para que no falten a la escuela por no tener dinero para pagar el transporte. Sé de algunas maestras que han acogido como verdaderas  madres a algunos niños que sus padres dejaron en total orfandad porque se fueron del país en busca de trabajo. Ustedes son los cimientos de esa nueva Venezuela que está a punto de nacer.

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Esta entrada fue publicada el 9 de diciembre de 2019 por en Varios.
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