Antonio Pérez Esclarín

EDUCAR VALORES DESDE LA INTERIORIDAD

ArbolLa sociedad moderna ha apostado por “lo exterior”, y ha olvidado la interioridad.  Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida, en sus orillas. Somos incapaces de sumergirnos en la torrentera de la vida, se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad. Es necesario aprender a conocer el mundo; pero también dentro de cada uno hay un mundo interior que descubrir. Mirar hacia el exterior nos ha ido vaciando de nosotros mismos.,

El enorme desarrollo tecnocientífico no se está traduciendo en desarrollo humano. Los seres humanos hemos  sido capaces de explorar el espacio,  descender a las profundidades de la tierra y de los océanos, pero  somos cada vez más incapaces de entrar en nuestra propia interioridad. Llenos de ruidos y de prisas, nos resulta casi imposible estar a solas con nosotros mismos y escuchar las voces profundas de nuestro corazón. Necesitamos   volver a nosotros mismos, desarrollar la conciencia, trabajar por el desarrollo de nuestra interioridad. Es en la interioridad  donde el hombre puede abrazarse a su propio ser, conocerse, amarse La educación se ha limitado hasta ahora a enseñar a mirar,  conocer y comprender el mundo exterior, pero ha olvidado enseñar a entendernos, a mirarnos hacia adentro. Necesitamos, en consecuencia,  una educación que despierte el alma,  que nos enseñe a mirarnos y a mirar  con ojos nuevos. Necesitamos potenciar una mirada profunda que no se queda en la apariencia de las cosas sino que se sumerge en lo hondo y permite el análisis de lo que está sucediendo y de lo que nos está sucediendo.

La interioridad es el lugar de las preguntas y los encuentros, de los miedos, las dudas y  las certezas.  Lo propio del ser humano es hacerse preguntas esenciales y enfrentarlas con sinceridad y responsabilidad. Sócrates decía que no merecía la pena una vida sin preguntas, pero  hoy la mayoría de las personas le tiene pavor a enfrentar el misterio de la existencia y asumir la vida como pregunta: ¿quién soy?, ¿qué hago en esta vida?,  ¿para qué vivo?, ¿cómo me  imagino realizado y feliz?,  ¿cómo concibo la muerte?, ¿cómo me preparo para ella?..

La interioridad supone recuperar el propio misterio humano, el asombro de la  existencia,  que posibilita el  distanciamiento de toda alienación que vacía y lleva al exilio de sí mismo, y a una vida superficial, frívola  y hueca. El viaje a la interioridad nunca equivale a un quedarse estancado en una especie de contemplación estéril o narcisista, ni tiene que ver con algún tipo de evasión o huida de la realidad, sino que es todo lo contrario: sólo si somos capaces de conocernos, valorarnos  y estar a gusto con nosotros mismos, podremos salir al encuentro con los demás.  La interioridad no es aislamiento, sino el viaje hacia uno mismo para salir de sí mismo.  La interioridad lejos de inducir a la soledad y a la nada, refuerza la comunión profunda y radical  con Dios y, desde El, la salida al encuentro con los demás, e incluso al encuentro respetuoso con todos los seres creados por Dios. “No corras, nos dirá Agustín,  que a donde tienes que llegar es a tu propio corazón. No salgas fuera de ti, no renuncies a ser tú mismo, no te distraigas asistiendo al espectáculo de vidas ajenas, no caigas en la redes de la frivolidad: “Dónde  vas? Vuelve a tu corazón… Vuelvan al corazón, ¿qué es eso de ir lejos de ustedes y desaparecer de su propia vista? ¿Qué es eso de ir por los caminos de la soledad y vida errante y vagabunda?  Vuelvan…Vuelve primero a tu corazón; como en un destierro andas errante de ti”[1].

Vásquez nos advierte que vivimos en la civilización del ruido. La persona superficial no soporta el silencio. Aborrece el recogimiento y la soledad “El ruido disuelve la interioridad. La persona sin silencio vive desde fuera, en la corteza de sí mismo, conectado con el mundo exterior pero desconectado consigo mismo… Ocupada en mil cosas, la persona se mueve y agita sin cesar, pero no sabe de dónde viene ni a dónde va…El individuo sin silencio no se pertenece, no es enteramente dueño de sí mismo. Es vivido desde fuera. Vive como un robot, programado y dirigido desde fuera”[2]. Rodeado de medios de comunicación se  siente solo, deshabitado. Estamos ante una contradicción manifiesta: la era de las comunicaciones coincide con el tiempo de la más fría e inhumana soledad; vivimos intoxicados de información, y nos ahogamos en un mar de datos. Pero ¿y la sabiduría? Una simple mirada a la marcha del mundo nos evidencia su ausencia.  Al poeta Elliot le sobraba razón cuando se preguntaba alarmado: “¿A dónde fue la sabiduría que perdimos con el conocimiento, a dónde está yendo  el conocimiento que estamos perdiendo con la información?  El conocimiento nos informa, la sabiduría nos transforma, nos induce a vivir bien. El conocimiento se expresa en palabras, la sabiduría en la vida No olvidemos que sabiduría procede de sabor. El sabio sabe degustar las cosas.. La sabiduría proviene de aplicar la inteligencia a las cuestiones centrales de la vida[3].  La sabiduría no consiste solo en saber. Es mucho más que eso: consiste en saber utilizar el saber. La sabiduría consiste en encontrar significado y propósito a la vida; saber manejar las relaciones y la soledad, reconocer la propia pequeñez; saber enfrentarnos a la enfermedad, el sufrimiento y la muerte..   La sabiduría nos induce a vivir bien pues tiene como fin la vida plena, la felicidad.  Sabio es el que sabe utilizar su saber para producir vida. La sabiduría tiene como fin la felicidad, la vida plena. Un sabio infeliz es un contrasentido.

Un hombre verdaderamente sabio como el  Dalai Lama nos dice: “Estamos en este planeta como de visita. A lo más, durante 90 o cien años. Durante ese período, debemos tratar de hacer algo bueno y útil de nuestra vida, debemos  tratar de alcanzar la paz con nosotros mismos y  ayudar a otros a compartir dicha paz. Si logramos  contribuir a la felicidad de los demás, habremos  encontrado la meta verdadera, el sentido de la vida”.

Si es bien cierto que, en el mundo de la escasez y la miseria,  cada día  son más numerosas las personas que ven cerradas las posibilidades de una vida digna y apenas sobreviven o incluso mueren de hambre o de enfermedades asociadas a la miseria;  en el mundo de la abundancia, están surgiendo nuevas formas de marginalidad y exclusión: cada vez hay más personas  que lo tienen todo pero su persona está deteriorada, herida por dentro.  Se sienten vacías, solas, no atinan a encontrar sentido a sus vidas. Necesitan reconciliarse consigo mismas, volver al corazón, encontrar la paz interior, vivir de otro modo, despertar a una forma distinta de vida, mirarse hacia adentro. La mirada hacia adentro posibilita conocernos, aceptarnos, entendernos y perdonarnos,. Sólo una mirada capaz de contemplar la propia interioridad, será capaz luego de mirar hacia afuera y contemplar el profundo misterio que se oculta en todo y en todos. Sólo si uno es  capaz de entrar en su propia interioridad podrá  comprender y aceptar a los demás como son, distintos e iguales a uno, todos esencialmente dignos, con derecho a ser ellos mismos,  con derecho a una vida plena y feliz.  La mirada hacia el mundo y hacia los demás que parte de la interioridad  ayuda a comprender que vivir es convivir, que los seres humanos somos esencialmente sociales, y que por ello tenemos que aprender a resolver nuestras diferencias y conflictos mediante el diálogo y la negociación, considerándolos como una oportunidad para aprender y para crecer.

Es triste observar que, como nos lo viene advirtiendo con insistencia el teólogo español, J. A. Pagola,  “tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oídos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente. En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos el Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?  Acoger al Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar solo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios solo con la cabeza, y aprender a percibirlo en lo más íntimo de nuestro ser. Esta experiencia interior de Dios, real  y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirla antes. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia  interior del Misterio de Dios”[4].

Y es que, aunque tratemos  de ignorarlo o  negarlo, el misterio brota en cada esquina: en la mera existencia, en la inmensidad del cosmos, en la historia de la humanidad, y en el interior de cada persona.  De hecho, todo, desde la célula y el átomo más pequeños, que escapan a la penetración de nuestra mirada, hasta esos océanos de galaxias con sus millones de estrellas, más numerosas que las arenas de los mares, es un misterio inexplicable  y ante él, la ciencia queda muda pues no tiene nada que decirnos.   Todo y muy especialmente los seres humanos,  estamos habitados por el misterio. Precisamente lo que nos distingue de todos los otros seres vivos es que sabemos que vivimos y podemos asumir la vida como pregunta y acercarnos con temor y temblor al misterio. El ser humano es un animal que, desde un punto de vista biológico, no habría sobrevivido a la selección natural de las especies. Posee un cuerpo deficiente, débil, sin armas naturales suficientes para defenderse y, además, mal preparado para adaptarse al entorno. Con estas características habría desaparecido de la Tierra si no fuera por la diferencia principal que se establece con el resto de los seres vivos, la inteligencia y, sobre todo, la capacidad de reflexión[5] . El árbol vive, el perro vive, pero viven sin preguntas, sin capacidad de reflexión, sin misterio. Los seres humanos somos capaces de asumir la vida como pregunta y de asomarnos con temor y temblor al misterio de una existencia que pudo muy bien no haber sido.  Nacemos en misterio, vivimos en misterio y morimos en misterio. Admitir que somos ignorantes frente a ese inmenso misterio es reconocer nuestra humanidad. Reconocer el misterio no es tanto ver cosas nuevas, sino ver las cosas de manera nueva, y aquí radica el origen de la filosofía y de las religiones[6]. Nacemos deslumbrados e indefensos, para encontrarnos en un mundo desbordante de misterio

Una mente tan brillante como la de Isaac Newton, sobrecogido ante estos hechos y asombrado ante el inexplicable milagro del equilibro cósmico, escribió humildemente: “Lo que sabemos es una gota, lo que ignoramos un inmenso océano. La admirable disposición y armonía del universo, sólo ha podido salir del plan de un ser Omnisciente y Omnipotente”.

A su vez, el padre de la teoría de la relatividad, Albert Einstein, tenía un sentido muy acusado del misterio y afirmaba que podemos vivir como si no existiera el misterio, o vivir como si todo fuera misterio.  “La experiencia más bella –dice- que podemos tener es la de lo misterioso. Se trata de un sentimiento fundamental que es, como si dijéramos, la cuna del arte y de la ciencia verdadera. Quien no lo conoce y no puede maravillarse ni admirarse de nada, ya está muerto, podríamos decir, y su ojo está debilitado. Fue la experiencia de lo que es plenamente misterioso –aunque estuviera mezclado con el miedo- lo que hizo nacer la religión. Pero saber que existe algo impenetrable, algo que se manifiesta en la razón más profunda y la belleza más resplandeciente hasta tal extremo que nuestra razón solo puede acceder toscamente, este saber y este sentimiento constituyen la verdadera religiosidad. En este sentido, y en ninguno más, soy un hombre profundamente religioso”[7] .

Según Einstein, cuando una persona encuentra respuesta al problema del sentido de la vida es ya una persona religiosa. E incluso llegó a afirmar que “la ciencia sin la religión está coja; la religión sin la ciencia está ciega” “¿Cuál es el sentido de nuestra vida, cuál es, sobre todo, el sentido de la vida de todos los vivientes? Tener respuesta a esta pregunta es ser una persona religiosa. ¿Tiene sentido plantearse esta cuestión? Respondo: quien sienta su vida y la de los demás como algo sin sentido es un desdichado, pero hay algo más: apenas es apto para vivir. El misterio es lo más hermoso que nos es dado sentir”[8] .

Algo muy parecido a lo expresado por Einstein afirma  otro gran científico, Ludwig Wittgenstein que escribió: “Creer en Dios significa ver que la vida tiene un sentido”, y, coincidiendo con ellos,  Paul Tillich nos ofrece la siguiente definición: “Ser religioso significa plantearse apasionadamente la pregunta por el sentido de nuestra existencia”.

Sería imposible y redundante seguir presentando  testimonios de grandes científicos que reconocieron los límites de la ciencia para abordar los grandes misterios de la  existencia. Bastará recordar  que  Max Plank escribió: “Me he vuelto religioso porque pensé hasta el final y luego ya no pude seguir pensando. Todos terminamos demasiado pronto de pensar”. A su vez, Luis Pasteur afirmaba: “Un poco de ciencia  nos aparta de Dios. Mucha nos aproxima”. Algo semejante opinaba   Wener Heisenberg que sintetizó su pensamiento  en esta bellísima expresión: “El  primer sorbo de la copa de las ciencias vuelve ateo, pero en el fondo de la copa, Dios está esperando”.

El ritmo de la vida moderna nos desgasta. Vivimos apurados solucionando lo urgente y posponiendo para un después que nunca llega, lo importante. No hay tiempo para la reflexión ni para enriquecer el alma por medio del silencio, las  lecturas reposadas y profundas, la  meditación. Obsesionados por la rentabilidad educativa, creamos pocos tiempos y espacios para un  auténtico crecimiento personal. Valores como la rapidez o la eficacia  están en alza, y difícilmente son  compatibles con otros como la meditación, la serenidad, el silencio o la oración. La ausencia de la experiencia interior le incapacita a los educandos para desarrollar lenguajes y preguntas propiamente humanas. De ahí que  es fundamental, como plantean las escuelas católicas de Madrid,  reivindicar la cultura del alma, el cultivo de la interioridad y su eminente valor formativo y configurador de la personalidad.

 

Para ello, señalan dos claves básicas para  impulsar la  tarea de los genuinos educadores:

 

1.- Tener bien clara la finalidad de la  acción educativa: construir auténticas personas capaces de transformar el mundo en un lugar más justo y humanizado.

 

2.- Convertir las dificultades en retos educativos que agudicen el  ingenio y los conviertan en mejores educadores. Todo este proceso de construcción y transformación debe comenzar en los propios educadores. Profundizar en la propia formación y en el cultivo espiritual los mejorará como educadores integrales y cultivará su entusiasmo, tan necesario hoy para no dejarse dominar por el desaliento, la rutina, las dificultades y los  problemas. La persona entusiasta cree en sí misma, en los demás, en la fuerza que tiene para transformarse y transformar el mundo.

 

A continuación, presento algunas acciones y procesos esenciales para cultivar la interioridad. Para ello, recojo con mucha libertad y amplitud la propuesta de las Escuelas de Madrid y las complemento con mis propias ideas y con las ideas de otros autores, especialmente de F. Torralba,  que ha sido el principal alimentador de mis reflexiones.

 

  1.-.- Autoconocimiento, necesidad del sentido y opción vital radical.

Los grandes maestros de la humanidad desde Sócrates a Confucio, han reiterado hasta la saciedad que el primer objetivo de la educación es el conocimiento de uno mismo.  En consecuencia, el objetivo de la educación y de todos los educadores,  debería ser ayudar a cada persona a conocerse, aceptarse, valorarse y emprender el camino de su plenitud y felicidad. Lamentablemente, la mayoría de las personas viven hoy con un desconocido dentro, pues el camino, más difícil, como venimos repitiendo,  es el que conduce al propio corazón.

La vida es un don que se nos ha regalado por puro amor, pero es también una tarea y deberíamos hacer de ella  una aventura apasionante. Nos dieron la vida, sin pedirla ni merecerla, pero no nos la dieron  hecha. Nos toca a nosotros vivir nuestras vidas de un modo responsable y consciente, para desarrollar todos nuestros talentos  y alcanzar la cumbre de nuestras potencialidades. Los seres humanos siempre somos seres inacabados, proyectos inconclusos,  que estamos en posibilidad de cambiar, de  crecer, de ser cada vez más amables, más creativos, más serviciales.  Hace unos años, el filósofo francés Roger Garaudy escribía que lo más terrible que le puede pasar a una persona  es “sentirse acabada”, no entender que siempre tiene la posibilidad de reinventarse, de mejorar, de vivir más profunda y plenamente.

Los educadores deben ayudar a sus alumnos a que entiendan que formarse es construirse, soñarse, inventarse.  Cada día se nos ofrece como una oportunidad para servir, para crear vida, para amar.  La vida es un viaje y cada uno decide su destino: podemos ir a la cumbre o al abismo, podemos hacer de la vida una siembra de alegría y amor, o de maltrato y de violencia. Podemos convertirla en un jardín de bellas flores o en un estercolero lleno de inmundicias. Podemos elegir hoy estar felices con lo que somos y tenemos, o vivir amargados por lo que nos falta o no podemos ser.  La paz y la alegría, o la inquietud y la tristeza,  no provienen de lo que nos sucede, sino del modo como recibimos lo que nos sucede.  En definitiva, sólo se puede viajar en dos direcciones: contra los otros o hacia ellos.

Solos no podemos cambiar el mundo, pero podemos hacer que en nuestras familias, en nuestro trabajo, en nuestras comunidades haya más unión, más colaboración, más felicidad. Y si todos nos esforzáramos por cambiar nuestros pequeños mundos, el Mundo cambiaría.

Desgraciadamente, hoy son pocos los que se atreven a agarrar las riendas de la vida   en sus propias manos y se plantean ser  constructores de sí mismos. Propiamente, no viven, son vividos por los demás: se dejan programar y  moldear por una cultura que promueve la superficialidad, el hedonismo, la permisividad,  el consumismo, las apariencias. Andan por la vida distraídos de sí mismos. Sin dirección ni norte, sin asumir en serio que son ellos los responsables de sus vidas, sin entender que el fracaso o el éxito no dependen de agentes externos, sino de sus propias decisiones.  Cuidan sus cuerpos, pero sus espíritus languidecen. Detrás de fachadas relucientes y bien cuidadas se oculta el abandono y el vacío. El tener y el figurar terminan  aplastando al ser.

Lo más grave es que, por lo general,  ni escuelas ni universidades  enseñan a vivir, a comprometerse seriamente en la construcción de sí mismos, no nos  ayudan a reflexionar y preguntarse por el sentido de la vida ni nos iluminan sobre lo verdaderamente importante. No enseñan a crear la propia vida.   La expresión tan  trillada y tan  repetida de “educación para la vida”, suele significar, una educación útil, que capacite para el trabajo, pero no una educación que enseñe a vivir con autenticidad, con sentido, con proyecto, con pasión.

Sólo quien se conoce a sí mismo puede realizar sus proyectos y aspirar a una vida feliz. Plantearse el proyecto de vida supone  agarrar la vida en las propias manos y no perderla o dejar que otros la vivan.  El ser humano es el único que es autotrascendente, es decir que puede elevarse por encima de sí mismo.

  1. Frankl mantenía que la primera fuerza motivante del hombre es la voluntad de sentido, es decir, el esfuerzo por encontrar sentido a la propia existencia, por hallar una razón, un motivo por  el que merezca la pena vivir e incluso morir.  Para Frankl, “el sentido de la vida se concreta en el verbo dar  y en hacer ver al mundo que, con nuestro ser y hacer, con nuestro trabajo, la vida cobra sentido precisamente en las cosas que hacemos  en y para  el mundo”.

Tanto la educación formal como la no formal deberían desarrollar  esta voluntad de sentido como elemento central en la vida de la persona que aspira a ser feliz. Hay que atreverse a pasar del aprendizaje  significativo a la búsqueda de una vida significativa.

2.- La clarificación e identificación de los valores

En estos días se viene hablando con insistencia sobre la necesidad de educar en valores. Parece haber consenso en que la profunda crisis que vivimos es, en definitiva, una crisis moral, de personas, de valores. En nuestro mundo globalizado y postmoderno asistimos a un fuerte debilitamiento de la ética, e incluso a la prédica insistente del individualismo, el egoísmo y la competitividad como medios esenciales para triunfar en la vida y lograr la plena realización humana. El tener, el aparentar  y el consumir aparecen como valores esenciales. A ellos se sacrifican vidas y personas. Para lograrlos, todo parece permitido. De ahí que la violencia y la corrupción de todo tipo han penetrado y carcomido las entrañas de la sociedad.

Ante esta realidad, se insiste mucho en la necesidad de  una educación integral, que forme y no sólo informe, que desarrolle la razón, el corazón y el espíritu,  que asuma al alumno en su plenitud de persona y se oriente a levantar personas libres y amorosas, ciudadanos honestos, responsables y solidarios, preocupados por el bien común,   defensores de los derechos de todos, en especial  de aquellos a los que se les niegan,  y cumplidores de sus deberes y obligaciones.

Me preocupa mucho, sin embargo, que la educación en valores sea meramente una moda, algo de lo que cada vez hablamos más y más, pero que no se vaya traduciendo  en un instrumento que ayude a clarificar los valores personales y en una decisión radical de irlos sustituyendo por otros. Todo valor, para serlo realmente, debe ser percibido  como un bien, como algo por lo que merece la pena trabajar o esforzarse y que gratifica o da vida. Si yo digo, por ejemplo, que el trabajo es un valor, pero huyo de él siempre que puedo, estoy afirmando con mi actuación que lo que realmente valoro es la vagancia o la flojera y que considero al trabajo como un antivalor. Lo mismo podríamos decir de todos los otros supuestos valores “proclamados”: honestidad, creatividad, respeto, solidaridad, responsabilidad… que, de hecho, podemos percibirlos  como antivalores si lo que apreciamos y valoramos es el vivismo, la rutina, el capricho, el egoísmo, la irresponsabilidad….

Avanzando un paso más, algo no llega a ser un auténtico valor para alguien, hasta que esa persona se compromete y organiza su vida en función de ese valor. Si para mí la justicia es un valor fundamental, no sólo seré justo en mi trato con los demás, sino que me esforzaré por combatir todo tipo de injusticia y trabajaré por establecer una sociedad que tenga a la justicia en sus cimientos. Lo mismo podríamos decir de la honestidad y de  todos los demás valores proclamados. No sólo  seré honesto, sino que no permitiré a mi alrededor actitudes deshonestas o  corruptas, ni seré amigo de las personas que lo son.

Con frecuencia, “aprendemos” valores, y sólo los apreciamos verbalmente, pero no los vivimos. No son valores reales para nosotros.  Yo insisto mucho  en este principio que prácticamente lo he convertido en  resumen de mi pedagogía: “Uno explica lo que sabe o cree saber, pero TODOS ENSEÑAMOS LO QUE SOMOS”. “Para instruir hace falta conocer; para educar, hace falta ser”.  De ahí que es imposible educar de un modo neutro: todos educamos o deseducamos, y esto no tanto por lo que decimos o proclamamos, sino por lo que hacemos y somos: Si eres generoso, enseñas generosidad; si eres superficial y flojo, estás enseñando superficialidad y flojera; si vives amargado y te la pasas quejando, enseñas pesimismo, desconfianza.

Una genuina  educación  debe brindar a los niños, adolescentes y jóvenes espacios y estrategias que les permitan   el descubrimiento de los propios valores, la confrontación con los mismos y el caminar hacia su logro. Para ello, deben ser capaces de   preguntarse y responderse con sinceridad: ¿qué es lo más importante para mí?,  ¿por qué es importante?, ¿qué es importante para los que me rodean, para mi familia?, ¿qué trata de transmitirme el colegio, la familia, la sociedad, la religión?

Esta tarea urgente y esencial de educar valores va a exigir que  familias y escuelas,  vuelvan a reencontrarse y a proponerse vivir –y no sólo hablar de  o proponer- aquellos valores que consideran esenciales para el pleno desarrollo personal y la sana convivencia. Padres y maestros deben plantearse con humildad y con responsabilidad, ir siendo modelos de vida para sus hijos y alumnos, de modo que estos los vean como personas seriamente comprometidas en su continua superación. En realidad, sólo podrá enseñar valores el que se esfuerza por enseñárselos a sí mismo, es decir, por vivirlos, el que lucha con tenacidad por levantarse de sus propias debilidades y se esfuerza día a día por ser mejor.

En educación necesitamos, en definitiva, maestros de humanidad.  Tenemos muchos licenciados, profesores, magisters y doctores, pero escasean cada vez más los maestros: hombres y mujeres que encarnan estilos de vida, ideales, modos de realización humana. Personas orgullosas y felices de ser educadores, que asumen su profesión como una tarea humanizadora, vivificante, como un proceso de desinstalación y ruptura con las prácticas rutinarias y con los vicios adquiridos. Que buscan la formación continua ya no para acaparar títulos, credenciales o diplomas, y de esta forma creerse superiores, sino para poder ayudar y servir mejor a los alumnos. Maestros  comprometidos con revitalizar la sociedad, empeñados en superar mediante la educación la actual crisis de civilización y de país  que estamos padeciendo, capaces de reflexionar y de aprender permanentemente de su hacer pedagógico, y que se responsabilizan por los resultados de su trabajo. Maestros preparados y dispuestos a liderar los cambios educativos necesarios, maestros  sembradores de sueños y esperanzas; arquitectos de auténticas personas,  de ciudadanos solidarios, de trabajadores comprometidos con la gestación de un país y de un mundo donde todos podamos vivir con dignidad y en armonía.

3.-Cultivar el silencio, la soledad y la meditación

 

Como plantea F. Torralba, el silencio es hoy el gran ausente de la pedagogía. La escuela enseña a hablar, leer y escribir, pero no enseña  el valor  del silencio. Ni el niño ni el joven están preparados para el silencio. Para ellos, el silencio es algo  insoportable, que hay que cubrir enseguida de palabras y de ruidos. Incluso lo identifican con el castigo.  No llegan a comprender que el silencio no consiste meramente en callarse, sino en fijar la atención en algo.

El silencio es la cuna de la palabra auténtica.  Así como la pedagogía de la palabra resulta completamente necesaria para describir el mundo, la pedagogía del silencio es absolutamente imprescindible para contemplar el mundo e interiorizarlo. En cierto sentido, la pedagogía del silencio es previa a la de la palabra. La palabra que nace del silencio es una palabra sólida, consistente y firme. Sin silencio, sin reflexión, las palabras se convierten en mera cháchara hueca, en retórica inflada y vacía. Por no saber habitar el silencio, nos volvemos tan superficiales,  nos dejamos conducir por propagandas, órdenes, gritos o seducciones de cantos de sirenas, y nuestras palabras, con demasiada frecuencia, son falsas o  expresión de  emociones nocivas como el rencor, la rabia, la ira, la envidia….

El silencio es el fruto de la soledad. El silencio es la última palabra –la mejor palabra- del encuentro. El silencio es el diálogo del enamorado, es el clima de la unión. Los que se aman de verdad no necesitan de palabras para expresar su profundo amor. Están ahí, al lado del otro, sintiendo sus latidos, amándose  con la mirada. Las mamás pasan horas embelleciendo a sus hijitos con su mirada amorosa y los enamorados conocen bien que los ojos acarician mucho mejor que las manos y que hay miradas silenciosas que valen mucho más que largas declaraciones o discursos. El sonido más dulce es el sonido del silencio. Es la canción del alma, la voz del corazón. . En consecuencia,  necesitamos todos con urgencia aprender a callarnos, a estar con nosotros mismos en silencio para poder escuchar lo que quiere decirnos el corazón.  Necesitamos fortalecernos en el silencio y en la meditación para regresar con más fuerza a servir a los hermanos.

 

El silencio crea hombres y mujeres para la escucha.  La persona silenciosa es una persona que crece hacia adentro, que se adentra en lo profundo. Pero aturdidos de ruidos y de gritos, nos cuesta mucho abrirnos al silencio.  Nos cuesta mucho  acallar los ruidos externos y sobre todo los ruidos internos, los ruidos de esa mente agobiada de ideas, pensamientos, proyectos, y de ese corazón que vive siempre agitado, ansioso, preocupado, distraído, incapaz de centrarse en sí mismo. Porque tenemos miedo a zambullirnos en lo profundo de nuestra existencia, miedo a soltar amarras y llegar a la raíz de nuestra verdad, sustituimos la meditación  por la televisión y las computadoras. Levantarse equivale a sumergirse en un mundo de ruidos: noticias, televisión, twiter, chateos… Llenos de ruidos y de prisas, nos estamos volviendo incapaces de  meditar y orar, de abrirnos al Otro y a los otros con paz, bondad, gozo y esperanza.

En un mundo  donde estamos tan llenos de ruidos y de gritos, y donde las palabras valen tan poco,  o  se usan para ofender y separar, necesitamos una larga cura de silencio para devolverle a la palabra su valor y su dignidad y poder comunicarnos.  Comunicarse es abrir el alma. Con frecuencia, hablamos y hablamos, pero no nos comunicamos. Hablamos y las palabras son trampas con las que nos ocultamos. Palabras devaluadas, como moneda gastada, sin valor. Palabras, montones de palabras muertas, sin alma, sin verdad. Dichas sin el menor respeto a uno mismo y al otro, para atrapar, para seducir, para engañar, para dominar. Por eso, palabras tan graves y serias  como “lo juro”, “prometo”, “te amo”,  “cuenta conmigo”…, encierran con frecuencia la mentira, la traición, el abandono, la soledad.

La tecnología moderna ha hecho más importante el medio que el mensaje. Ni los celulares, ni los correos electrónicos, ni los blogs, ni las páginas web, ni los  twitters nos están ayudando a comunicarnos mejor. En consecuencia, a pesar de tener los  más sofisticados aparatos de comunicación, las personas viven cada vez más solas, sin nadie a quien  comunicar  sus miedos, angustias y problemas.

Pablo d ´Ors es el  autor de un librito de un gran éxito editorial titulado “Biografía del silencio”[9], que trata sobre la meditación. Según el autor, para meditar es muy importante tener “la determinada determinación de hacerlo”. Lo difícil no es meditar, sino querer meditar. Esto significa que se trata de escuchar y obedecer ese anhelo interior de plenitud que sentimos. Si bien la meditación tiene un origen religioso, se puede meditar sin fe religiosa de ninguna clase.  Meditar viene del latín, meditatio, que significa “estar en el centro”, lo que indica que meditar es como un viaje interior al propio centro y evitar la dispersión. Meditar no es reflexionar, sino silenciarse, un proceso de limpieza o purificación interior. La meditación no resuelve los problemas, los disuelve. Los coloca en la perspectiva para que dejen de ser problemáticos. El problema continúa, pero no el sufrimiento que  el problema ocasiona.

 

El reto consiste, como lo han comprendido bien los místicos,  en convertir toda la vida, y todo lo que uno hace, en meditación.  Al respirar, respira largo y profundo, respira lenta y suavemente, respira el suave y dulce regalo de la vida, tan llena de energía, tan llena de amor. Si tienes que lavar los platos, siente la caricia del agua que se escurre entre los dedos. Al comer, siente el amor del universo que produjo los alimentos que te van a permitir renovar la vida. Adéntrate en tu soledad y empieza a disfrutar del silencio.

 

Cuenta Miguel Lamet que una joven monja fue muy agobiada a consultar a su director espiritual: “Mire, padre, estoy muy preocupada. Es que, cuando estoy mejor en la capilla, es cuando no hago nada, ni pienso en nada; simplemente estoy”. El sacerdote sonrió y le dijo: “No se preocupe hermana, acaba de descubrir el silencio”. La religiosa no se fue muy convencida: ¿Cómo podía alcanzar aquella paz interior sin pensar, reflexionar, sin leer algo?  Y sin embargo, estando así simplemente, saboreaba una quietud y una alegría que nunca hasta entonces había disfrutado.

Para entrar en una dinámica de oración el silencio es imprescindible.  Primero el silencio exterior para poder conseguir una actitud de escucha, pero sobre todo el silencio interior para recuperar la paz del espíritu. De ahí la necesidad de proporcionar a niños y jóvenes espacios y tiempos para estar en silencio y encontrarse consigo mismo. Puede ser capillas o salones cómodos donde puedan ir libremente a estar a solas y en silencio. Puede ser también muy provechoso hablar de sus silencios, socializar sus sentimientos y emociones.

Quiero terminar este apartado con unas notas personales del Padre Arrupe, que siendo  Superior Mayor de los jesuitas, sufrió una penosa enfermedad que le mantuvo en sus últimos años de vida en un profundo silencio, que  vivió con una eterna sonrisa, no tanto como una limitación, sino como un espacio habitado por una Presencia:

 

“ (El silencio) es todo un proceso de acallar ruidos, la propia palabra, hasta llegar a la escucha en el hombre interior del mensaje de todos los seres y del Señor de todos los seres. Es un vacío, no lleno de nada, lleno de presencias que están allí aunque no les prestemos atención. No es una evasión de la realidad y de la dureza de la vida diaria por domesticarla. Es un entrar en lo más profundo de la realidad misma. Es un viaje al interior de las cosas, de las personas, de la vida. Un renunciar, siquiera temporalmente, a revolotear en la superficie de las mismas.

 

Es difícil el silencio. Hay que experimentarlo periódicamente para lograr el reencuentro de la persona que somos: centro de decisiones.

 

La libertad personal se reconquista desde el interior de uno mismo palmo a palmo. El silencio es atmósfera imprescindible para soldar fracturas de personas descoyuntadas entre decisiones y contradicciones. La extroversión hecha hábito, hace que dé miedo y vértigo el vacío del silencio y se rebuscan dosis de ruido y acción, como el drogadicto las busca de droga. Nos debe mover la voluntad de ser libres y de experimentar esta libertad. Es necesaria la familiaridad con el silencio de la contemplación para alcanzar amor, para ser apóstol capaz de acoger, educar y redimir a las personas.

 

Silencio como acogida necesaria del don de Dios que se nos hace en la vida. Cuando damos la vida no damos nada, devolvemos. Por eso hay que darla cada día gratuita y generosamente.

 

Silencio que acoge para dar, como María en la Encarnación. Silencio admirativo, admirador de todo lo que es vida, allí donde esté. La capacidad de admiración es uno de los síntomas más claros de la juventud de espíritu.

 

El silencio es también una manera de palabra cristiana necesaria ante el misterio, ante el dolor propio o ajeno, ante la violencia y la injusticia que se nos infringen. No sólo será la voz de los que no tienen voz, sino a veces, compartir también el silencio de los que no tienen voz, como el siervo de Yahvé.

 

Es el silencio del que discierne sobre la acción de Dios y la suya en el mundo, del apóstol comprometido por misión con el hombre y su historia. ¡No malgastemos la Buena Nueva en palabras que no han nacido del silencio!

 

4.- La contemplación.

Los niños nacen con la capacidad natural de asombrarse. El asombro forma parte de sus vidas. Se asombran de lo que les dicen los mayores, de lo que ven en televisión, de los cuentos que les narran. El asombro  ilumina sus rostros cuando ven una mariposa, cuando  cae del cielo la lluvia, cuando el arcoiris tiñe el cielo de colores, cuando se asoman, mudos de emoción, a la inmensidad del mar. Lo cuenta  de un modo magistral Eduardo Galeano en esta asombrosa historia:

Diego no conocía el  mar. El padre, Santiago Kovadoff, lo llevó a descubrirlo.

Viajaron al sur. El  mar estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, el  mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad del  mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

-¡Ayúdame a mirar!

Lamentablemente, el mundo tecnológico está matando esta capacidad de asombro ante el misterio de la vida y de la naturaleza. Los niños y jóvenes de hoy sienten una verdadera fascinación por lo tecnológico, por las máquinas y los artefactos, pero viven, en términos generales, ajenos e indiferentes al mundo natural a sus manifestaciones y al ciclo de la vida. La invasión de lo tecnológico en sus vidas los hace ciegos a la belleza natural.. Metidos en la cápsula tecnológica, son incapaces de auscultar la llamada de la naturaleza. Mientras uno se embelesa ante el relámpago de una catarata, el vuelo de una mariposa, la inmensidad del llano o la imponente majestuosidad de  una montaña, niños y jóvenes no levantan los ojos de la pantalla ni los ojos del teclado mientras cruzan, en carro, el mismo paisaje.

Junta a esto y, lamentablemente,   la sociedad de consumo, la publicidad, las propagandas y las modas van programando y domesticando nuestra mirada para que veamos  la realidad desde los intereses del mercado,  de modo que valoremos lo superficial y seamos incapaces de ver lo  profundo de la vida.  De ahí la necesidad de desprogramar la mirada, de modo que  sepamos ver más allá de las apariencias y contemplar el misterio que se oculta en todo, y apreciar las manifestaciones del espíritu que expresan  las obras de arte.

Ruben Alves llega a plantear que la primera tarea de la educación es enseñar a ver en profundidad. Para ello, hay que aprender a mirar,  pues  vemos pero no miramos, no sabemos mirar, no  somos capaces de detener la mirada y abrirnos al misterio de la existencia y de la vida. Ver es fácil. Es un fenómeno biológico. Mirar en cambio, requiere atención y tiempo. Atrapados en las prisas y la superficialidad,  transitamos por la vida como si viajáramos en un autobús sin ventanas, ajenos a lo que sucede a nuestro alrededor. En cierto sentido, como  piensa Saramago,  todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no saben mirar.[10]. Esta misma idea la había ya expresado  Platón  en su República cuando dice que  el arte de educar no consiste en infundir al alumno la facultad de ver porque ya la posee, sino en saber dirigir la mirada. En cierto sentido, y como plantea González Buelta, “todos somos ciegos de nacimiento, totales o parciales, porque hemos crecido en sistemas educativos, sociales y religiosos que nos han enseñado una mirada aviesa y limitada”[11].

Necesitamos, en consecuencia, educar la mirada y enseñar a contemplar, sobre todo en estos tiempos en que la realidad virtual está apartando a muchos del mundo real. Mirar nos va a permitir ver más allá de las apariencias, de lo obvio y de las máscaras con que muchos se ocultan  y tratan de tapar la realidad. Todos necesitamos aprender a mirar para no confundir las imágenes interesadas que nos ofrecen los que quieren robarnos la visión; para  ser capaces de admirar las vidas que dan vida,  y superar la ceguera programada que pretende  que sólo tengamos ojos para los idolillos del mundo del deporte,  los espectáculos, la riqueza y la moda   con que tratan de domesticarnos y doblegar   nuestros corazones.

Los místicos son capaces de pasar horas y horas sobrecogidos de  admiración y agradecimiento contemplando cualquier detalle del universo, o escuchando las voces de las piedras, del viento, de la lluvia. Para ellos, el cosmos es fuente de revelación de Dios porque es Dios quien llama a las cosas del no-ser para que sean.  Cuentan  que Ignacio de Loyola, cuando paseaba por el jardín de su residencia, acariciaba con su bastón las flores y les decía “callad, callad que ya os entiendo”, pues era capaz de  escuchar sus vocecitas que le hablaban de las maravillas y bondades de Dios. Algo semejante pensaba Anthony de Mello que escribió en su obra “Oración de la Rana”:

Escucha, oye el canto del pájaro, el viento entre los árboles, el estruendo del océano; mira un árbol, una hoja que cae o una flor, como  si fuera la primera vez. Puede que, de pronto, entres en contacto con la Realidad, con ese Paraíso del que nos ha arrojado nuestro saber por haber caído desde la infancia”.

Francisco de Asís fue capaz de sentir tan profundamente la presencia de Dios en todo lo creado que se hizo  hermano del sol, del agua, del viento.

Necesitamos, en consecuencia,  recuperar una mirada contemplativa, extasiada, para ver el misterio que se oculta en todo. Necesitamos, para ello,  místicos, pero también artistas y poetas  que nos ayuden a descubrir la belleza y abrirnos  a la sorpresa de la existencia y de la vida. Necesitamos sentir  el amor del árbol que nos  regala su sombra,  sus flores y sus frutos; el amor de la brisa que nos acaricia el rostro; el amor del sol que nos brinda su luz y su calor y hace posible la vida, nuestra vida;  el amor del agua que se nos  ofrece humilde para calmar la  sed, aliviar la fatiga y renovar la vida; el amor de las estrellas que cada noche nos regalan sus guiños de sonrisas…. Respondamos  a tanto amor con amor, y amemos también  al árbol, al sol, a  la brisa, al agua, a las estrellas…

Por todo esto,  junto a la tan necesaria formación ética, creo que hay que incluir también la formación estética,  la educación del gusto, de la sensibilidad ante la belleza.. Es urgente, en consecuencia, que la educación saque a los alumnos de los márgenes estrechos del aula, los ponga frente a los milagros de la naturaleza y les enseñe a mirar, admirar y contemplar. Y también a dejarse sorprender por el encanto del buen arte,  que expresa y alimenta como pocas otras cosas la interioraidad.

Cultivar la interioridad es alimentar la esperanza comprometida que,  como lo expresaba Ernst Bloch, es la más humana de las emociones.   Ella impide la angustia y el desaliento, pone alas a la voluntad, se orienta hacia la luz  y hacia la vida. Sin esperanza, languidece el entusiasmo, se apagan las ganas de vivir y de luchar. La esperanza se opone con fuerza al pragmatismo, que es una deserción mediocre y cobarde en la tarea de construir un mundo mejor.

Los educadores, que apostamos por una persona plena,  un mejor futuro, un mundo humano,  no podemos educar sin esperanza.  El desencanto, como el miedo, es falta de fe. Para la fe realmente evangélica, enraizada en la paradoja de la cruz, el fracaso no existe; no puede existir el desencanto. Moltman afirma que la “esperanza es el centro de la fe cristiana”, y Gabriel Marcel decía que la “esperanza es la tela de la que está hecha nuestra alma”. Debemos pasar del desencanto al reencanto, del pesimismo al entusiasmo.  ¡Otro mundo es posible! ¡Otra vida es posible! ¡Otra educación es posible! ¡Otra escuela es posible! La educación no puede ser meramente una profesión más, un medio de ganarse la vida,  sino que tiene que convertirse y ser un medio para aprender y enseñar a vivir, a defender la vida donde quiera que esté amenazada, a convivir con el otro diferente, a dar vida, a dar la vida. Anatole France decía que “Nunca se da tanto como cuando se da esperanza”. No podemos renunciar a nuestra vocación de constructores de historia y de arquitectos de personas. La educación exige la convicción de que es posible el cambio, implica la esperanza militante de que los seres humanos podemos reinventar el mundo en una dirección ética y estética distinta a la marcha de hoy. Y debemos comenzar a transformar el mundo desde la interioridad, cultivando la espiritualidad. Por ello, la esperanza debe ser crítica, no ingenua, que necesita del compromiso y sobre todo del testimonio coherente para hacerse historia concreta.

Por ello, celebra la vida y canta con los poetas:

Veo un nuevo día.

Un nuevo día que llegará

cuando las nubes borrascosas hayan pasado

y resplandezca el sol

en una Venezuela nueva y  libre.

en la que todos los hombres serán hermanos

y el odio quedará olvidado para siempre.

Veo un nuevo día.

Un hombre nuevo que avanza erguido

con la cabeza levantada y el corazón orgulloso,

sin miedo,

de nada ni de nadie.

    (J. Rice)

 

Vendrá un día más puro que los otros;

estallará la paz sobre Venezuela

como un sol de cristal. Un fulgor nuevo

envolverá las cosas.

Los hombres cantarán en los caminos,

libres ya de la muerte solapada.

La paz  crecerá sobre los restos

de las armas destruidas

y nadie verterá la sangre de su hermano.

El país será entonces de las fuentes

y las espigas, que impondrán su imperio

de abundancia y frescura sin fronteras.

Los ancianos tan sólo, en el domingo

de su vida apacible,

esperarán la muerte,

la muerte natural, fin de jornada,

paisaje más hermoso que el poniente.

 

     (J. Carrera Andrade).

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[1]  Agustín, Tratados sobre el Evangelio de san Juan”, en Insunza, op.cit., pág. 91.

[2] J.L.Vásquez, Contemplación e Inteligencia Espiritual,  pág. 45.

[3] Ver Wals, op.cit., 306

[4] Tomado de los comentarios de J. A. Pagola a las liturgias dominicales que me envía fielmente mi amigo Angel Martínez Munárriz

[5] Ver Vallés, op.cit., 12-14

[6] Ver Wals, op.cit., 289.

[7] A. Einstein, “Física, realidad y otros escritos filosóficos”, En F. Torralba, Inteligencia espiritual, 141-

142.

[8] A. Einstein, Mi visión del mundo., págs.. 11, 12

[9] P. D´ors, Biografía del silencio. Breve ensayo sobre meditación. Siruela, 2012. ,

[10] El tema de la ceguera es recurrente en la obra del novelista portugués  José Saramago. Pueden verse, en

especial, sus novelas “Ensayo sobre la ceguera” y “Ensayo sobre la lucidez”.

[11] Benjamín González Buelta, op. cit., pág. 194.

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Esta entrada fue publicada el 10 de noviembre de 2017 por en Varios.
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