Antonio Pérez Esclarín

A Altamira en sus 80

AltamiraCuentan los cronistas que aquel tres de abril de 1936, en La Cañada amaneció dos veces. El cielo encendió todas sus bengalas, las iguanas saltaban locas de   alegría, los pájaros decidieron enamorarse antes de la noche y el lago entonó sus mejores melodías con sus labios de agua.

Después de tres varones Antonio José, Julio y Mario, nació por fin una niña en el hogar de José Antonio  y Ángela Luisa, que puso rizos de alegría en el corazón de todos. La bautizaron Altamira Antonia y su nombre habría de marcar su vocación de altura, grandeza  y generosidad. Por ello, siempre ha sido  mujer de altas-miras, de grandes ideales.

Cuatro meses antes, en diciembre de 1935,  había muerto en su cama de Maracay, Juan Vicente Gómez y Venezuela empezaba a despertar de la larga noche  dictatorial y por todos los rincones brotaba a puñados la esperanza. Entre los juegos, las tareas del hogar  y la escuela fue pasando la infancia de Altamira que presenciaba asombrada y agradecida  cómo crecía la familia con la llegada de nuevos hermanos: Robertina, Totoño, Eduardo, Pedro, Oscar, Nelsa, Luis Guillermo, que siempre encontrarían en ella la mano tendida y el corazón abierto, en el que todos podrían hallar,  sobre todo en los momentos difíciles,  cariño, apoyo,  comprensión.

Muy vivaz e inteligente, alumna ejemplar, su maestra Emira la nombró su asistente y a los trece años tenía aprobada la primaria (cosa rarísima en aquellos tiempos). Excelente lectora, de muy buena ortografía, llegó a dominar también la mecanografía. Le encantaba enseñar y por un tiempo enseñó a leer y escribir a jóvenes en el Caserío conocido hoy como la Limpia del Municipio San Francisco. Era tan evidente su inteligencia y su pasión por la enseñanza que le ofrecieron  cargo de maestra, y si bien los avatares de la vida se lo impidieron, siempre ha sido una maestra extraordinaria, muy pronta al consejo oportuno y a la ayuda desinteresada, de la que  varios  hijos y nietos heredarían su vocación y su pasión.

En la adolescencia le llegaron los sofocos del amor. El corazón se le aceleraba cuando pasaba frente a ella Atilio altivo, fuerte, muy buen mozo, manejando  un enorme camión cargado de madera, rumbo al aserradero de Enoch Morales.  Le gustaba mirarse en sus ojos verdes. En el más claro, casi azul, se veía cielo y mar; en el otro, intensamente verde, esmeralda, promesa y esperanza. Se casaron en 1953, en la Iglesia Inmaculada Concepción de La Cañada, ella con 17 años, en el esplendor de su belleza primaveral; él con 25 todo un derroche de esplendor, fortaleza y  también ternura.  Pronto llegaron los hijos: Alba Marina, nombre poético con sabor a amanecer y mar;  Jesús (que sería mejor conocido como Pacho), ambos atendidos por el Dr. Meléndez y la comadrona Luisa Bermúdez.

Después llegó Virma Esperanza, a quien el nombre le marcaría un destino  de grandes sueños y horizontes. Maribel que le añadieron Milagro porque sobrevivió realmente de milagro  pues nació prematura y de pies, y hasta tuvieron que improvisar una incubadora en una caja de cartón con un bombillo. Vino después Yoleiza Cristina, nombre que sacaron de Panorama, que heredó el empuje luchador de la madre y su pasión por la justicia; Raúl, a quien  le pusieron ese nombre por Raúl Leoni cuando los adecos latían fuerte en el corazón del pueblo venezolano. Todos estos hijos nacieron en La Cañada por la confianza que Altamira tenía en sus doctores y comadronas, especialmente Olegario Hernández y Yolanda Méndez.

El primer hijo que nació en Maracaibo, y ya en hospital, fue Antonio María, que dicen que era tan,  pero tan bello, que Dios decidió llevárselo al cielo para que formara parte de los angelitos de su corte celestial. Llegaron  luego Atilio Segundo, que heredó el nombre y el empuje del padre; Álvaro José, galán y gentil como el protagonista de la película de la que tomaron el nombre; Tony (nombre agringado de Antonio, para mantener la muy larga tradición de Antonios en la familia) emprendedor,  buen negociante;  y por fin, Altamira, rebelde e inquieta, a quien   le pusieron el nombre de la madre para cerrar con broche de oro.

De La Cañada a Maracaibo, vuelta a La Cañada y vuelta a Maracaibo…, Luego La Villa y de nuevo Maracaibo:  los Haticos, Sabaneta, Manzanillo, la Polar, siempre dispuesta a partir una vez más tras los pasos del inquieto Atilio, que no había nacido  árbol para echar raíces, sino viento para abrir nuevos caminos y horizontes.

Los hijos fueron creciendo y ella alimentó sus sueños, acompañó sus desvelos, compartió sus triunfos y les inculcó sobre todo los valores de la solidaridad  y del esfuerzo.  Ella pudo haber hecho suyo el verso de Andrés Eloy Blanco:

Por eso quiero, hijo mío,

que te des a tus hermanos

que para su bien pelees

y nunca te estés aislado;

bruto y amado del mundo

te prefiero a solo y sabio.

A Dios que me dé tormentos,

a Dios que me dé quebrantos,

pero que no me dé un hijo

de corazón solitario.

Mujer luchadora, de un gran liderazgo social y comunitario, animó y posibilitó las escuelas de Fe y Alegría en el Manzanillo y en la Polar, y en los momentos difíciles siempre estuvo al frente, dispuesta a combatir por la verdad, la justicia y el bienestar de los demás. Por ello también, como miembro de la junta de Vecinos del Barrio La Polar,  siempre trabajó desinteresadamente por conseguir los servicios fundamentales y por  el logro de mejoras que posibilitaran una vida digna a todos.

Cocinera extraordinaria, es prácticamente  imposible superar sus asados, sus macarronadas, su carne en coco,  sus ensaladas. De hecho, con una de ellas me conquistó para darle el sí definitivo a Maribel. Pero lo más asombroso es que  sus manos son capaces de hacer milagros y de multiplicar la comida pues siempre se las ingenia para brindar un plato a cualquiera que llegue a su casa.

Joven a sus 80 años, bella y altiva como su nombre, siempre dispuesta al  viaje y  la aventura,  árbol frondoso del que brotaron 11 hijos que  han renovado su sangre y su vida en 18 nietos y 16 biznietos,  que pronto le harán tatarabuela, hoy celebramos agradecidos su vida, y solo pedimos a Dios que, por muchos, muchos años más, siga siendo esa madre tierna, elegante y ejemplar para todos nosotros.

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Esta entrada fue publicada el 3 de abril de 2016 por en Varios.
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