Antonio Pérez Esclarín

TIEMPO DE ENCUENTRO Y RECONCILIACIÓN

unionSe acerca Navidad, tiempo propicio para la reconciliación, el encuentro y el perdón. No permitamos que nos dominen el desaliento, la ira y la desesperanza. Desoigamos los gritos que nos invitan a la intolerancia, el odio y la violencia. En estos días, más que nunca, cultivemos la sonrisa, la amabilidad, el perdón. Venezuela tiene un hermoso futuro de prosperidad, justicia, convivencia y paz. Futuro que debemos construir entre todos y para todos.

Para levantarnos de esta crisis que nos ahoga, necesitamos reencontrarnos y trabajar juntos para solucionar los gravísimos problemas que tenemos. No podemos seguir como estamos, divididos y rotos, ni considerarnos como enemigos pues somos conciudadanos y hermanos. Venezuela nos necesita a todos y hay que detener de una vez esa hemorragia de talento humano que se ha ido y se está yendo del país por pensar que aquí no tienen futuro. Necesitamos también otorgar los cargos a los capacitados y preferir el talento y la ética a la fidelidad politiquera. Si no lo hacemos, se seguirá imponiendo la mediocridad y la ineficiencia.

Gobierno y oposición necesitan con urgencia sentarse a dialogar y a superar esa percepción de que el otro es el intransigente, el que está en el error o guarda cartas ocultas bajo la manga. Por ello, necesitamos aprender a escuchar. Escuchar viene de la palabra latina auscultare, término que ha quedado en la medicina y significa atención y concentración para comprender y así poder ayudar. Escuchar, en consecuencia, las palabras y los gestos, los silencios, los dolores y rabias, los gritos de la inseguridad y el miedo. Escuchar lo que se dice y lo que se calla y cómo se dice y porqué se calla. Escuchar antes de opinar, de juzgar, de descalificar. Escuchar para comprender y así poder dialogar. El diálogo exige respeto al otro, humildad para reconocer que uno no es el dueño de la verdad. El diálogo verdadero implica voluntad de quererse entender y comprender, opción radical por la sinceridad, respeto inquebrantable a la verdad que detesta y huye de la mentira.

De ahí la necesidad de aprender no sólo a escuchar, sino a escucharnos. Para ello, necesitamos de más silencio y soledad. Soledad para encontrarnos, para comunicarnos con nosotros mismos, para ir a la raíz de nuestra vida. Pero aturdidos de ruidos, gritos, cháchara y palabrería hueca, nos cuesta mucho adentrarnos en el silencio. Por eso nos estamos volviendo tan superficiales y nos dejamos manejar por propagandas, por promesas, por modas, por charlatanes llenos de retórica hueca. Por eso, mentimos con tanta facilidad o utilizamos las palabras para insultar, para ofender, para atemorizar, para engañar.

Por ello, si a todos nos preocupa la terrible devaluación de nuestra moneda, debería preocuparnos todavía más la devaluación de la palabra. Es imposible construir un país si la palabra no tiene valor alguno, si lo falso y lo verdadero son medios igualmente válidos para lograr los objetivos, si ya nunca vamos a estar ciertos de qué es mentira y qué es verdad. En consecuencia, necesitamos con urgencia recuperar el valor de la palabra. Sólo palabras-hechos, sólo la coherencia entre discursos y políticas, entre proclamas y vida, nos podrá liberar de este laberinto que nos asfixia y nos destruye.

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Esta entrada fue publicada el 4 de diciembre de 2015 por en Varios.
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