Antonio Pérez Esclarín

Cultivar la esperanza

virgendelpilarDe nuevo la Pilarica nos convoca a celebrar y a renovar nuestro compromiso de seguir trabajando con tesón y pasión por esta nuestra querida Venezuela que tanto nos necesita.

Hoy más que nunca, y precisamente porque sentimos que el país anda desrumbado y parece hundirse sin remedio bajo nuestros pies, el entusiasmo y la esperanza comprometida no sólo tienen sentido, sino que se tornan necesarios y urgentes.

Aragón es tierra recia y áspera y los aragoneses sabemos bastante de enfrentar dificultades. Los que nacimos en la postguerra (y mucho más los que sufrieron la guerra) no podemos olvidar aquellos tiempos de pobreza y obligada austeridad, de pantalones con culeras, de periódicos en los huecos de los zapatos hasta que les echaran suelas nuevas, tiempos de pan con cebolla, en que se heredaba la ropa de los hermanos mayores y un caramelo era sinónimo de fiesta.

Muchos se lanzaron a la aventura de cruzar el océano y buscar mejores horizontes en América. Venezuela les abrió los brazos y el corazón y se convirtió en Patria buena para el trabajo, el progreso y para levantar una familia. Por ello, amamos esta tierra, -“toda horizontes como la esperanza, toda caminos como la voluntad”-, sufrimos con sus problemas, no nos amilanamos ante ellos, y más bien, nos crecemos ante las dificultades pues sabemos que en ellas se forja el carácter de las personas aguerridas y valientes.

En consecuencia, frente al derrotismo y desesperanza de muchos, nosotros afirmamos con don Pedro Casaldáliga, que esta es NUESTRA HORA:

Es tarde
pero es nuestra hora.
Es tarde
pero es todo el tiempo
que tenemos a mano
para hacer el futuro.
Es tarde
pero es madrugada
si empujamos un poco.
Es hora de pasar del desencanto al reencanto, del pesimismo al entusiasmo. ¡Otra Venezuela es posible, que debemos labrar con sacrificio y con trabajo!! Anatole France decía que “Nunca se da tanto como cuando se da esperanza” y no hay peor ladrón que el que arrebata la esperanza. La esperanza impide la angustia y el desaliento, pone alas a la voluntad, se orienta hacia la luz y hacia la vida. Sin esperanza, languidece el entusiasmo, se apagan las ganas de vivir y de luchar.

Víktor Frank estuvo tres años preso en Auschwitz, un campo de concentración nazi, y nos dice que en las navidades de 1944 aumentó mucho el número de muertos en el campo de concentración. Y eso no se debió a que el invierno fuera especialmente crudo, o que el trabajo fuera más esclavizante o las raciones de comida más pequeñas. Tampoco se debió a que hubiera una epidemia de tifus que solía barrer los barracones y los llenaba de cadáveres. Se debió a que se había corrido entre los presos que se estaban acercando los aliados y que, en las navidades, serían liberados, Como llegaron las navidades y no aparecieron los aliados, la gente perdió la esperanza y se echaron a morir. No permitamos que nos roben la ilusión, la esperanza. Pero hay que anunciar y vivir una esperanza creíble. No se trata de esperar sentados. Esperamos caminando, trabajando, luchando. La esperanza nos ha sido dada para sembrarla donde ha desaparecido, para calentar los corazones que han perdido el fuego y el valor. De esperanza en esperanza caminamos, esperanzándonos juntos, esperanzando. No sólo hacemos camino andando. Somos camino.

Sólo es digna de crédito la esperanza que se da, la esperanza que se arriesga, la que lucha contra toda injusticia, contra toda mentira, contra todo conformismo, contra toda claudicación.

Por ello, celebra la vida y canta con los poetas:

Veo un nuevo día.
Un nuevo día que llegará
cuando las nubes borrascosas hayan pasado
y resplandezca el sol
en un país nuevo y libre.
Veo un nuevo día.
Un mundo nuevo que llega
en el que todos los hombres serán hermanos
y el odio quedará olvidado para siempre.
Veo un nuevo día.
Un hombre nuevo que avanza erguido
con la cabeza levantada y el corazón orgulloso,
sin miedo,
de nada ni de nadie.
Vendrá un día más puro que los otros;
estallará la paz sobre Venezuela
como un sol de cristal. Un fulgor nuevo
envolverá las cosas.
Los hombres cantarán en los caminos,
Libres del miedo y la violencia.
La paz crecerá sobre los restos
de las armas destruidas
y nadie verterá la sangre de su hermano.
Venezuela será entonces de las fuentes
y las espigas, que impondrán su imperio
de abundancia y frescura sin fronteras.

Quiero terminar con un texto sencillo y un cuento, en los que yo suelo abrevar mi Fe y mi Esperanza, sobre todo en momentos difíciles. El texto, que desearía que hiciéramos nuestro, es de Eduardo Galeano:

Nosotros tenemos la alegría de nuestras alegrías y también tenemos la alegría de nuestros dolores, porque no nos interesa la vida descomprometida y trivial y estamos orgullosos del precio de tanto dolor que por tanto amor pagamos. Nosotros tenemos la alegría de nuestras derrotas porque la lucha por la justicia vale la pena también cuando se pierde. Y sobre todo tenemos la alegría de nuestras esperanzas en plena moda del desencanto, cuando el desencanto se ha convertido en un artículo de consumo masivo. Nosotros seguimos creyendo en los asombrosos poderes del abrazo humano.

El cuento es, si no me equivoco, de origen filipino:

Una terrible sequía castigaba sin misericordia a los habitantes de aquel país lejano. Cada mañana el sol brotaba inexorable y recorría su camino de fuego matando ríos, secando campos, agostando las cosechas. Los pocos rebaños lloraban de sed alrededor de los pozos resecos. Si no llovía pronto, todos morirían.

Estuvieron de acuerdo en que la sequía era un castigo de los dioses. Había que organizar una acción de desagravio. Todos los hombres importantes fueron citados a la casa comunal. Llegaron los ricos con sus joyas, los sacerdotes con sus inciensos y oraciones, los guerreros con sus armas, los sabios con sus filosofías y sus libros. Pero los dioses seguían sordos ante sus sacrificios y sus súplicas.

Al tercer día, se acercó una niña con un paquete en sus brazos. Tocó la puerta y, cuando le abrieron, dijo que les traía lo que los dioses esperaban.

Algunos se molestaron mucho porque, además de hacerles perder el tiempo, les distrajo de sus oraciones y plegarias. ¡Qué iba a tener esa niña capaz de quebrar el fuerte enojo de los dioses! Pero algunos, por curiosidad, opinaron que debían abrir el paquete. Cuando lo hicieron, el cielo comenzó a nublarse. Para sorpresa de todos, el paquete contenía un paraguas. Ninguno de ellos había tenido la suficiente esperanza para llevarlo consigo por estar seguros de que iba a llover.
En la actualidad, en Venezuela estamos sufriendo de una terrible sequía y la paz y la reconciliación parecen languidecer bajo los rigores de un largo verano. ¿Tendremos los aragoneses de Venezuela la rasmia suficiente para sacar ya nuestros paraguas y trabajar con entusiasmo para contribuir a enrumbar a Venezuela por los caminos del progreso, la productividad, el respeto, la justicia, la paz y la unión?

(Palabras de Antonio Pérez Esclarín en la celebración del Día del Pilar ante un nutrido grupo de aragoneses de Venezuela)

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Esta entrada fue publicada el 17 de octubre de 2015 por en Varios.
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