Antonio Pérez Esclarín

Vigencia del Pensamiento de Simón Rodríguez

simonRodrSimón Rodríguez es, sin duda alguna, uno de los personajes más apasionantes en la historia de Venezuela y de América. Un hombre incomprendido en su tiempo y desconocido todavía en nuestros días. La mayoría de los venezolanos sólo conoce de él que “fue maestro del Libertador”, o quizás alguna de sus frases más citadas como “inventamos o erramos”, que repiten como un slogan, sin tratar de encarnarla en su práctica y en su vida. De este modo, muchos incluso entre los que invocan Rodríguez, niegan lo esencial de su espíritu y de su propuesta educativa. Pocos comparten su pasión educadora que le llevó a recorrer América, incomprendido, despreciado y aun tachado de loco, intentando hacer de los súbditos auténticos ciudadanos, capaces de establecer verdaderas repúblicas, pues veía que bajo el ropaje de las nuevas constituciones y la retórica del cambio, se enquistaban los vicios y conductas de la sociedad colonial.

Por estar muy convencido de la extraordinaria vigencia del ideario educativo de Rodríguez, pretendo recoger brevemente sus ideas esenciales que podrían iluminar los cambios que, con tanta urgencia, necesita la educación en Venezuela. No olvidemos, sin embargo, que no se trata de repetir, invocar o citar a Rodríguez, sino de plantearnos y comprometernos con la radicalidad con que él lo hizo, en la gestación de la educación necesaria en los actuales momentos.
Educación de calidad para todos

Hemos iniciado el siglo XXI convencidos de la enorme importancia que tiene la educación en nuestra actual sociedad. Hoy se dice y se repite que la educación es el elemento clave para combatir la pobreza, aumentar la producción y consolidar la democracia. Cada día estamos comprendiendo mejor que la riqueza de un país no consiste en sus materias primas, sino en la materia gris, es decir, en los niveles de conocimiento y en los valores de sus habitantes, pues como decía nuestro Libertador “el talento sin moralidad es un azoate”. No hay nada más peligroso que gente brillante y con el corazón pequeño, egoísta, encerrado en sí mismo, incapaz de abrirse a las necesidades de los demás.

Venezuela cuenta con inmensas posibilidades de desarrollo, pero para convertir las posibilidades en realidades, necesita desarrollar la inteligencia y los valores de los venezolanos. Y este debe ser el papel fundamental de la educación, como ya lo vislumbró Rodríguez, que consideraba la educación como la clave esencial para tener repúblicas sólidas, habitadas por ciudadanos responsables, honestos, trabajadores y solidarios.

Si la educación es clave del progreso, hay que garantizar a todos, en especial a los más pobres que no tienen medios para obtenerla por sí mismos, una educación de verdadera calidad. Educación que permita a todos, sin excepción, el pleno desarrollo de sus talentos y cualidades, y les permita vivir a plenitud su ser de personas y de ciudadanos. Educación que despierte el gusto por aprender, que fomente la curiosidad y la creatividad, que promueva el afán de la propia superación. Educación para que todos seamos capaces de comprendernos y de valorarnos, para que podamos comprender y valorar a los demás, y podamos comprender el mundo y contribuir a su transformación y mejora.

La educación de calidad exige escuelas y maestros que garanticen el éxito de todos los alumnos y eviten su fracaso. Por eso, debe ser tarea prioritaria del Estado y de toda la Sociedad el evitar que fracasen en la escuela los alumnos más pobres, que son precisamente los que más necesitan de la educación. Detrás de cada alumno que fracasa, se oculta el fracaso de la escuela, el fracaso del maestro y de la familia, el fracaso del país. El alumno fracasa porque no somos capaces de brindarle lo que necesita.

Si queremos realmente combatir el fracaso escolar, debemos atender más y mejor a los alumnos con mayores carencias sean económicas, culturales o sociales. Venezuela debe hacer inmensos esfuerzos para que en los centros educativos que atienden a los alumnos más necesitados, se les garantice a todos la misma calidad de educación o incluso mejor que la que logran los alumnos de las familias más privilegiadas. Esto supone dotarles de buenas bibliotecas, comedores escolares, salas de computación, laboratorios y talleres, canchas deportivas, lugares para estudiar e investigar con comodidad, actividades extraescolares atractivas…Supone además contar con maestros motivados, bien formados y comprometidos, que consideren una verdadera tragedia cualquier hora de clase perdida, y que gocen de una remuneración digna. Y supone, por fin, padres preocupados por la verdadera educación de sus hijos, y alumnos que asumen con entrega y responsabilidad su tarea de estudiantes.

Esto, en su medida, es lo que intentó Rodríguez cuando, por encargo de Bolívar, se dedicó a organizar la educación en la recién fundada República de Bolivia: Había que recoger a los niños, niñas y jóvenes pobres en casas dignas. Allí se les dotaría de alimentos y de ropa. También se les enseñaría a trabajar en talleres bien dotados y acondicionados. Como había que dignificar también a los adultos, para así impedir que continuaran siendo explotados y humillados, se atendería también a los padres de los alumnos más pobres, y se les daría trabajo si estaban desempleados.

Además de garantizar a todos los alumnos su permanencia en el sistema educativo, necesitamos hoy en Venezuela, y como lo propuso ya Rodríguez, una educación que enseñe a ser persona y vivir en sociedad, que enseñe a aprender y que enseñe a trabajar.

Educación que forme sujetos autónomos y ciudadanos responsables

Venezuela debe emprender con urgencia una educación para la convivencia y el respeto, donde todos podamos mirarnos a los ojos y volvernos a encontrar como hermanos, comprometidos en la gestación de un verdadero proyecto de país. Para ello, la educación debe proponer y cultivar los valores de autenticidad, respeto, participación, responsabilidad, trabajo, justicia, cooperación, solidaridad, libertad, servicio, amor…Es decir, y como lo repetía machaconamente Rodríguez, “debe enseñar a vivir en sociedad”. Esto supone que en las escuelas todos los alumnos:

-Aprendan a no ofenderse ni agredirse ni física, ni verbal, ni psicológicamente, requisito esencial para la convivencia social. La agresión es signo de debilidad moral e intelectual. Hay que aprender a resolver los problemas y conflictos mediante la negociación y el diálogo, de modo que todos salgan beneficiados y la agresividad y la violencia se conviertan en fuerzas positivas, fuerzas para la creación y la cooperación, y no para la destrucción. Se trata de ayudar a hacerse sujeto en la construcción de vida, en la solución de los problemas.

-Aprendan a comunicarse, a dialogar, a escuchar al otro como portador de verdad. Si yo creo tener toda la verdad, no escucho, sino que impongo mi verdad que el otro deberá aceptar y repetir. Hoy día hablamos y hablamos, pero cada vez nos escuchamos menos. Hablamos pero no nos esforzamos por entender lo que el otro trata de decirnos, sin escuchar lo que nos quiere comunicar con su agresividad, con su rubor tímido, con su sonrisa, con sus gritos, con su silencio, con sus palabras mojadas de frustración y sufrimiento. Escuchar el silencio como lugar para la reflexión y el pensamiento, y como antídoto contra la inhibición provocada por el exceso de informaciones vertiginosas y estridentes. La voz del silencio se hace educativamente necesaria en un mundo con tanto ruido banal para así avanzar hacia un diálogo cada vez más rico y humanizador. De ahí la importancia de que las escuelas enseñen a conversar, escuchar, expresarse con claridad, aclarar, comprender al otro y lo que dice, defender con firmeza las propias convicciones sin agredir ni ofender al que piensa de un modo diferente. Una comunidad que aprende a conversar, aprende a convivir.

-Aprendan a interactuar con los otros, a valorar y aceptar las diferencias culturales, de raza y de género, sin convertirlas en desigualdades. Precisamente porque todos somos iguales, todos tenemos derecho a ser diferentes. Aprendan a tratar a los demás con respeto y cortesía, a colaborar, es decir, trabajar juntos y con responsabilidad, a decidir en grupo, a considerar los problemas no como una ocasión para culpar a otros, sino como un reto a resolver entre todos.

-Aprendan a cuidarse, a cuidar de los otros, a cuidar del ambiente y de los bienes y servicios colectivos. Aprendan a esforzarse y trabajar para garantizar a todos unas condiciones de vida digna (vivienda, alimentación, escuela, trabajo, servicios, recreación…), como factores esenciales para la convivencia pacífica. Si los demás no tienen condiciones de vida adecuadas y apenas sobreviven, no será posible la convivencia y las relaciones estarán marcadas por la violencia y la inseguridad. Por ello, hay que entender que la defensa de los derechos fundamentales se transforma en el deber de hacerlos posibles para todos.

-Aprendan a valorar la propia familia, cultura y religión, a ser conscientes de sus raíces regionales y nacionales, y a respetar las culturas y religiones diferentes, combatiendo los dogmatismos, racismo y cualquier tipo de intolerancia, de quienes quieren imponer una única forma de pensar, creer y vivir.

-Aprendan a desarrollar la confianza, el respeto, la responsabilidad, el compromiso personal y social, la cooperación y la solidaridad.

La democracia es una forma de vida y la educación debe preparar para ella mediante el ejercicio de la convivencia democrática. Desgraciadamente, en la actualidad, los centros educativos no suelen ser lugares de respeto, diálogo, convivencia y formación ciudadana. Son más bien, lugares donde se ejercen mil formas evidentes o veladas de agresión, exclusión y dominación. De ahí la necesidad de entenderlos y estructurarlos como comunidades de vida, de participación democrática, de búsqueda intelectual, de diálogo, trabajo y aprendizaje compartido. Comunidades educativas en las que se aprende porque se vive, se participa, se construyen cooperativamente alternativas a los problemas individuales y sociales, se fomenta la iniciativa, se toleran las discrepancias, se integran las diferentes visiones y propuestas, se enriquece el clima cultural de la comunidad circundante, se construye, en breve, la genuina democracia.

Educación que enseña a aprender y a trabajar

Además de una educación para la convivencia, Simón Rodríguez propuso una educación que enseñara a aprender y enseñara a trabajar. Ambos retos tienen hoy en Venezuela más validez que nunca. Educar no es transmitir paquetes de datos y de conceptos que los alumnos deben caletrearse para reproducirlos de memoria en los exámenes. La educación debe orientarse fundamentalmente a enseñar a aprender. Esto supone el desarrollo de las destrezas básicas: lectura, escritura, expresión oral, escucha, cálculo, observación, medición, estadística, ubicación en el espacio y en el tiempo, uso adecuado de las nuevas tecnologías…

El aprender a aprender requiere de un ambiente positivo de trabajo y de una pedagogía que estimule la comprensión, la alegría, la curiosidad y la creatividad. Los salones de clase deben dejar de ser lugares donde los alumnos se la pasan aburridos oyendo al profesor para luego repetir lo que él dice, y transformarse en lugares donde los alumnos están trabajando, buscando, haciendo, resolviendo, investigando, experimentando, creando… La pedagogía de la tiza y la saliva debe dejar paso a la pedagogía del hacer y del trabajo.

Venezuela no soporta por más tiempo el alejamiento de la educación del mundo de la producción y del trabajo. Si todavía es común la mentalidad de que se estudia para no tener que trabajar, hay que darle un giro total a esta concepción y entender la escuela como un lugar donde se trabaja, se enseña a trabajar y a valorar al trabajo y al trabajador.

Posiblemente, esta fue la dimensión que con mayor esfuerzo trató de impulsar Rodríguez. Sin duda alguna, fue también la que le acarreó mayores problemas y dificultades, por parte de los dirigentes de una sociedad que despreciaban el trabajo y no estaban dispuestos a enviar a sus hijos a unas escuelas donde se les ponía a trabajar. De ahí gran parte de los fracasos de Rodríguez que nunca renunció a su propuesta educativa de unir la instrucción de conocimientos y la formación de la persona con el aprendizaje de oficios y la valoración del trabajo. El vio con enorme claridad que era necesario, como lo sigue siendo hoy, “colonizar al país con sus propios habitantes”, es decir, producir los bienes y servicios que puedan garantizar el bienestar de toda la población. El mismo Rodríguez dio ejemplo de sus ideas con su vida y nunca desdeñó el trabajo. Para sobrevivir se ocupó en los oficios más humildes (fabricar velas, jabones…) y durante su larga vida, repitió una y otra vez, que no quería que le dieran, sino que lo ocuparan en las cosas que sabía hacer, pues no quería vivir ni de la fama ni de la caridad, sino de su trabajo.

Necesidad de maestros de calidad

La educación de calidad requiere también maestros de calidad: maestros bien formados, motivados, orgullosos de su profesión, y que puedan vivir dignamente de su trabajo. Toda la vida de Rodríguez fue un continuo esforzarse por dignificar la profesión docente. Antes de abrir nuevas escuelas, había que formar buenos maestros, honestos y responsables, que enseñaran a aprender y convivir, que despertaran la curiosidad y creatividad del alumno y que, por ello, contaran con un sueldo que les permitiera vivir con dignidad: “El maestro debe contar con una renta que le asegure una decente subsistencia, y en que pueda hacer ahorros, para sus enfermedades, y para su vejez. Puede, o más bien, debe tener familia…No ha de recibir regalos, a cambio de preferencias en la enseñanza, ni limosnas que lo humillan. No ha de ir al hospital a agravar sus males, ni a casas de misericordia, a la europea, a guardar dieta, ni a que lo saquen al sol, para que se seque, y pese menos, cuando lo lleven a enterrar” (Obras Completas, II, 52).

Simón Rodríguez fue en su tiempo una presencia incómoda porque apuntaba hacia lo nuevo y combatía con dureza los viejos vicios, las apariencias, la charlatanería, el servilismo, las estructuras de opresión. Intentaron en vano utilizarlo o silenciarlo. Nunca lo lograron. Sus ideas, más vigentes y necesarias que nunca, son una invitación y una propuesta a construir Patria. Porque la Patria se construye con escuelas, con trabajo, con entrega.

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Esta entrada fue publicada el 16 de mayo de 2015 por en Varios.
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