Antonio Pérez Esclarín

FAMILIA Y ESCUELA: LA INTEGRACIÓN NECESARIA

escuelaLa educación es la suprema contribución al futuro de la humanidad puesto que tiene que contribuir a prevenir la violencia, la intolerancia, la pobreza, el egoísmo y la ignorancia. Una población bien educada e informada es crucial si se quiere tener democracias prósperas y comunidades vigorosas. La educación es el pasaporte a un mañana mejor. En la actual sociedad del conocimiento y en este nuestro siglo del saber, la carrera económica, cultural y geopolítica pasa a ser una carrera entre sistemas educativos. La fortaleza de un país radica en el grado de educación de sus habitantes. A todos nos conviene tener más y mejor educación y que los demás la tengan. La carencia de este bien lleva a las sociedades al fracaso. La educación es un derecho humano y social del que todos deben disfrutar en igualdad de condiciones, pues el cumplimiento de este derecho va a posibilitar el disfrute de los otros derechos esenciales. En consecuencia, el derecho a la educación implica derecho de todos no a cualquier educación, sino a una educación integral de calidad. Una pobre educación para los pobres reproduce la pobreza y, en vez de contribuir a democratizar la sociedad, agudiza las diferencias y agiganta las desigualdades.

Pero si bien todo el mundo reconoce la importancia de la educación, por todas partes se insiste en que está en crisis y hay un consenso generalizado de que los resultados educativos no responden a las expectativas y exigencias. Por otra parte, educar hoy está resultando una tarea cada vez más y más difícil. En el mundo en que nosotros nacimos y empezamos a crecer era relativamente fácil educar. En primer lugar, había consenso entre lo que se consideraba bueno y malo y la búsqueda y vivencia del bien parecían ser tarea de todos. De ahí que, en general, hubiese una gran coherencia entre lo que se practicaba y enseñaba en la casa (todo el mundo, por ejemplo, consideraba el robar algo malo y podían decir con sinceridad y orgullo “somos pobres pero honrados”); lo que se vivía en la calle (cualquier persona se consideraba con autoridad para llamar la atención y denunciar las conductas irregulares); lo que se enseñaba en las escuelas y lo que se predicaba en las iglesias. En cierto sentido, toda la sociedad asumía su tarea de educadora.

Hoy, esto ya no es así: numerosos padres parecen haber renunciado a su papel de primeros y fundamentales educadores y le reclaman a los maestros que desempeñen el papel que ellos no supieron cumplir. Las iglesias cada vez influyen menos en la sociedad, especialmente entre los jóvenes, que crecen en un ambiente de total relativismo ético, donde se impone el pragmatismo del TODO VALE y del SOLO VALE (todo vale si me produce bienestar, poder, placer, ganancia…); sólo vale lo que me produce bienestar, poder, placer, ganancia…). Todo vale: el valor y el antivalor se confunden. Cada uno decide lo que es bueno o malo. El fin justifica los medios. Si todo vale, nada vale. Bueno es lo que me gusta, me produce placer, prestigio, ganancia, poder.

Ante esta avalancha deseducadora, los maestros se sienten solos y desorientados, impotentes para promover unos determinados valores que la sociedad no está dispuesta a practicar y que, incluso considera inapropiados para triunfar en la vida. A los maestros se les pide mucho y se les da muy poco. Se les pide que sean padres, pedagogos, psicólogos, orientadores…, pero se les trata como a profesionales de segunda o tercera categoría. Con frecuencia, reciben alumnos socializados negativamente, acostumbrados a considerar la mentira, el robo, la agresión y la violencia como medios lícitos y eficaces para resolver los problemas y triunfar en la vida. Cada vez más, los educadores deben enfrentar desde el desinterés y la apatía de sus alumnos, hasta la hostilidad descarnada y la violencia más atroz, en unas aulas que se van convirtiendo en espacios ingobernables.

Es muy poco lo que pueden hacer los maestros, a pesar de sus esfuerzos y buena voluntad, si la sociedad, pero muy en especial, las familias no asumen su papel de educadores. Las escuelas no pueden hacerlo todo: necesitan ayuda. De ahí que la educación deba constituirse en la principal preocupación y primera ocupación de las familias y de la sociedad. Hay que superar la retórica de la necesidad de educar integralmente a toda la persona y a todas las personas y plantearnos todos juntos cómo queremos que sean nuestros hijos y qué tipo de sociedad y de país queremos construir.

Si la educación es un derecho es también un deber humano fundamental, lo que implica que todos somos corresponsables y debemos colaborar para que este derecho se cumpla. La defensa de los derechos humanos para todos se convierte en el deber de todos de hacerlos posibles. Es de un gran cinismo proclamar derechos y mantener unas condiciones de vida que impiden su realización. Estado, sociedad, medios de comunicación y especialmente escuelas y familias deben asumir con firmeza su deber y responsabilidad educativa.

La familia, primera y principal escuela

De ahí la necesidad urgente de que los padres recuperen su papel esencial y fundamental como los primeros e irrenunciables educadores de sus hijos. La familia es el eje esencial de integración del individuo a la sociedad. Esto, al menos, por dos razones. Por un lado, su carácter de “centro de convivencia”, de comunidad en la que el sujeto aprende a compartir con seres muy cercanos en el plano afectivo y diferentes en cuanto a edad, sexo, roles sociales…En la familia el niño y el joven aprenden a conocer y relacionarse con los otros. Por otra parte, la familia es la primera y principal transmisora de valores (o antivalores) y expectativas. En definitiva, la mayor parte de las cosas que uno valora, teme, desea, desprecia…, las ha aprendido a valorar, temer, desear, despreciar… en la familia. No olvidemos que LOS NIÑOS APRENDEN LO QUE VIVEN:

Si un niño vive criticado
aprende a condenar.
Si un niño vive con hostilidad
aprende a pelear.
Si un niño vive avergonzado
aprende a sentirse culpable.
Si un niño vive con tolerancia
aprende a ser tolerante.
Si un niño vive con estímulo
aprende a confiar.
Si un niño vive apreciado
aprende a apreciar.
Si un niño vive con equidad
aprende a ser justo.
Si un niño vive con seguridad
aprende a tener fe.
Si un niño vive con aprobación
aprende a quererse.
Si un niño vive con aceptación y amistad
aprende a hallar amor en el mundo.

Hoy, sin embargo, vemos cómo numerosas familias van renunciando a su papel de primeros y principales educadores de sus hijos, y delegan en la escuela, sobre todo con sus hijos adolescentes, sus responsabilidades educativas. Muchos padres han renunciado al autoritarismo de antes, y no han sabido sustituirlo por un principio de sana autoridad, que enrumbe y haga crecer con autenticidad a los hijos, que regule y norme su crecimiento y maduración. Tenemos así la terrible contradicción de padres que no saben cómo educar a uno, dos o tres hijos, y esperan que un maestro eduque a cuarenta.

Por otra parte, hoy está en grave crisis la clásica familia patriarcal, en la que el padre era el que salía a trabajar y traía el dinero, y la madre se quedaba cuidando a los hijos en la casa. Cada vez es más común y frecuente que trabajen los dos, que retrasen lo máximo la llegada de los hijos, y sobre todo en los países más desarrollados, son cada vez más frecuentes los matrimonios dink (double income, no kids: ingresos dobles y sin hijos).

En nuestros días, los hijos crecen más solos que nunca, tal vez con celulares desde que aprenden a hablar, pero sin verdadera comunicación con sus padres y casi sin amigos con quienes jugar pues la inseguridad nos ha robado las calles, los parques, los sitios de esparcimiento y diversión. La pobreza, miseria, insalubridad e inseguridad en que muchos se levantan agudiza la sensación de soledad y de abandono, favorece un ambiente de confusión, e impide el discernimiento moral de lo que es correcto o incorrecto, de lo que es legal o legítimo. Muchos presencian actos violentos en el hogar y hasta sufren de abusos físicos o sexuales, que les llevan a considerar la violencia como un medio apropiado para resolver los problemas. Por otra parte, cada vez son más frecuentes las rupturas o la desintegración familiar, y muchos niños crecen en un ambiente de gran precariedad afectiva, con padres ausentes (física o afectivamente) y con frecuencia, que han perdido por completo su autoridad y el control social. De ahí que más que de familias, podríamos hablar hoy de contextos familiares y queremos dejar bien claro que cuando hablamos aquí de familia, no nos estamos refiriendo únicamente a la figura clásica formada por el padre, la madre y los hijos, sino a las personas con las que se vive, lo que evidencia que hoy hay múltiples y muy variados tipos de familia. En consecuencia, cuando hablamos de padres, nos estamos refiriendo también a los jefes de familia, a los que ejercen la autoridad en los hogares.

La ausencia de la familia la están llenando los juguetes cada vez más sofisticados, el televisor y los aparatos electrónicos que son en realidad los que terminan educando a los hijos. La televisión, en especial, se ha apropiado del tiempo de niños y de jóvenes, que cada vez se dedican menos, sobre todo ante la inseguridad de la calle, a actividades lúdicas y recreativas. La televisión se ha convertido en el centro de socialización de los niños y jóvenes, no sólo por el tiempo que le dedican (el doble de horas del que pasan en la escuela, si es que van a ella), sino también por el proceso de homogeneización cultural basado en el consumismo y la violencia.

Por todo esto, es urgente que la familia recupere su papel de primera y principal escuela, lo que implica que no sólo debe velar por satisfacer las necesidades básicas de comida, salud, vivienda, educación…, sino que tiene que alimentar también el corazón de niños y jóvenes, sus sentimientos, su voluntad y carácter, su espiritualidad.

La familia es raíz de identidad: en ella se adquiere un nombre, una cultura, una religión, un modo de ver la vida, unos valores o antivalores. Es el lugar donde se le debe dar al niño raíces para crecer fuerte y al joven alas para volar. Sin familia no hay arraigo. Ella es el lugar privilegiado para aprender la solidaridad, el respeto, la fe el amor. Sin amor, la libertad se convierte en soledad. El niño necesita sentirse amado, valorado, para poder crecer seguro, fuerte y poder amar. El sentirse querido genera seguridad, autoestima. El que se sabe querido y aceptado como es, sin condiciones, sale adelante, a pesar de los problemas y dificultades. En cambio, el que no siente este cariño, cae fácilmente en las garras de la droga, el alcohol, la violencia, la anorexia, el vandalismo… Por lo general, todo niño inadaptado suele ser un niño cuya necesidad de cariño ha sido ignorada o mal orientada. Los niños mal queridos, por defecto o por exceso (es decir, consentidos en todo), aman mal, no se aman a sí mismos y no suelen tener confianza ni en ellos mismos ni en los demás.

Querer no es consentir, ni sobreproteger, sino ayudar a madurar, a salir del nido materno y emprender el vuelo de la libertad. Por ello, el amor verdadero abraza, pero no retiene. Hay madres superprotectoras, que nunca terminan de cortar el cordón umbilical de los hijos y padres o abuelos excesivamente consentidores que, en consecuencia, no permiten que los niños crezcan. Los padres no deben ser ni permisivos ni autoritarios. La permisividad lleva a que los niños crezcan blandengues, sin voluntad y carácter, caprichosos y egoístas, incapaces del menor esfuerzo y sacrificio. El autoritarismo y la violencia ocasionan que los niños, y sobre todo los jóvenes, sean agresivos, violentos y se alejen del hogar, físicamente si son de carácter fuerte, o mediante la evasión y el ensoñamiento si son de carácter débil.

Padres y/o familiares responsables deben respetar siempre a niños y jóvenes y no maltratarlos nunca ni de palabra ni con gestos o acciones. Deben corregir, pero sin herir, con dulzura pero con firmeza, de modo que niños y jóvenes sientan que la corrección es por su bien. Para ello, es necesario que padres o responsables en la familia aprendan a decir no, y lo mantengan, cuando deben hacerlo. Es bueno que los padres sean amigos de sus hijos, pero nunca deben olvidar que, además, son padres que tienen que orientar, corregir y guiar y ser ejemplo de lo que piden, de modo que no exijan lo que ellos no hacen. Querer y respetar a niños y jóvenes supone aceptarlos como son, con sus cualidades y sus fallas, sabiendo que así los quiere Dios y ayudándoles siempre a superarse. De ahí que los padres o jefes de familia deben valorar más los esfuerzos que los logros y nunca deben comparar a un hijo con sus hermanos o con los hijos de otros, pues cada persona es única e irrepetible y se le debe ayudar a que sea ella, no a que sea como los demás. Sí es conveniente que los padres o jefes de familia conozcan quiénes son los amigos de niños y jóvenes, a dónde salen, de modo que los ayuden a evitar amistades peligrosas que pueden introducirlos en el mundo de la delincuencia o de las drogas.

Es fundamental crear un ambiente de verdadera comunicación en el hogar entre los distintos miembros de la familia, en especial con los niños y jóvenes. Esto implica invertir el tiempo necesario para escuchar. Escuchar no sólo las palabras, sino los gestos, las preocupaciones, el malestar, las alegrías, los miedos, los silencios. Ya no sabemos acercarnos con calma y sin prejuicios al corazón del otro. Encerrados en nuestros propios problemas y preocupaciones, siempre con prisas y llenos de ruidos, cada vez escuchamos menos a los otros, incluso a los más cercanos, e incluso nos estamos volviendo incapaces de escucharnos a nosotros mismos. Por ello, ya no oímos la voz de Dios que nos sigue hablando en el silencio de nuestro corazón.

Nos preocupamos todos por agrandar la casa, por comprar muebles nuevos o un televisor de más pulgadas, por construir una pieza nueva, pero pocos se preocupan por construir el hogar. Para ello es necesario recuperar los espacios de encuentro y volver a disfrutar juntos de las cosas pequeñas (comida, paseos, conversaciones, juegos, lecturas…). Hoy, la televisión, y en creciente medida las computadoras, han ocupado el tiempo del ocio y del descanso en las familias, y ha acabado con la convivencia: ya ni comemos juntos: cada uno agarra su plato y se va a comer frente al televisor o la computadora. Cada vez tenemos menos tiempo para escuchar, para conversar y para compartir, para regalarnos, para regalar nuestro tiempo, más que para regalar cosas.

Pero si en verdad estuviéramos todos convencidos de que la familia es nuestra principal empresa y nuestro negocio más importante, siempre encontraríamos el tiempo y el modo para establecer una auténtica comunicación en el hogar.

Enseñar el amor

Educar es amar y amar es enseñar a amar. El objetivo principal de toda genuina educación es enseñar a amar pues sólo el amor posibilita la plena realización humana. La falta de amor y la incapacidad de amar producen frustración, agresividad, resentimiento, angustia. Nunca pesa tanto un corazón como cuando está vacío, o como decía la Madre Teresa de Calcuta, “No hay peor pobreza que la soledad y la falta de amor”.

Hoy todo el mundo habla de amor pero muy pocos saben amar. Lo confunden con la mera atracción física, con el gustar, con un deseo de posesión; o creen que el amor es un sentimiento que, por su esencia, son volubles, aparecen y desaparecen. Si el amor no es nada de esto, ¿qué es entonces el amor?

Para aproximarnos al verdadero sentido del amor, vamos a seguir la definición que dio Aristóteles en su Retórica: “Amar es querer el bien para el otro en cuanto otro”.

Querer:

El amor es un acto de la voluntad. Implica decisión, elección, mucho coraje y capacidad de entrega y sacrificio para mantenerse firmes en esa decisión. Es un ejercicio supremo de la libertad. Un amor sin voluntad es un amor inmaduro, frívolo, superficial, trivial, un mero sentimiento que va y viene según soplen los vientos. Es el seudo amor de la vida light, sin hondura, sin exigencia, sin compromiso, que va mariposeando de cuerpo en cuerpo sin adentrarse en el corazón de las personas.
El amor funciona si lo hacemos funcionar. Hay que cultivar el amor, como se cultiva una planta: abonarlo, regarlo, apartar todo lo que pueda dañarlo, prevenir plagas, tormentas y sequías, analizarse permanentemente para descubrir qué actitudes o conductas dañan, empobrecen al amor y qué otras lo robustecen. Como todo lo que está vivo, o crece o muere. El amor vence a la muerte, pero la rutina y el descuido vencen al amor. De ahí la necesidad de alimentarlo todos los días con pequeños detalles, con gestos, con sonrisas, con atenciones, con palabras.

Querer a una persona es quererla querer. Implica la determinación firme de seguir queriéndola frente a los problemas, dificultades e incluso el debilitamiento de la intensidad de las primeras emociones.

Querer el bien

Querer a una persona significa preocuparse y ocuparse por su bienestar, por su realización, por su felicidad. Quien ama quiere lo mejor para las personas que ama. “¿Cómo puede decirte alguien ‘te amo’ –se pregunta Miguel Ruiz-, y después maltratarte, abusar de ti, humillarte y faltarte al respeto?” Amar no es alcahuetear, consentir, sino ayudar a la persona a crecer, a superarse, a ser mejor persona, más libre, con más capacidad de amar: “Lo que debe procurarse para aquel a quien se ama es que aprenda a querer de manera más sincera, profunda, intensa y eficaz. Se establece así una suerte de ‘círculo virtuoso’, merced al cual, cuando alguien quiere de verdad a otra persona, lo que tiene que procurar por todos los medios es que ésta, a su vez, vaya queriendo más y mejor…, en fin de cuentas amar equivale a enseñar a amar y a facilitar el amor”.

Querer el bien para el otro en cuanto otro

Amar es perseguir el bien del otro no por mí, sino por él. No es un amor interesado para obtener beneficios o ventajas. El amor significa la afirmación, no la posesión o utilización de la persona. Amar es, en definitiva, afirmar la existencia y dignidad del otro, agradecerle a Dios por haberle creado tal cual es, y estar siempre dispuesto y disponible para colaborar en su continua “recreación”, para que alcance su plenitud como persona, sin importar sus talentos o sus limitaciones.

A diferencia del egoísmo y el odio que destruyen, aniquilan o causan daño, el amor afirma la existencia. En palabra del filósofo español Ortega y Gaset, “amar a una persona es estar empeñado en que exista; no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde aquella persona esté ausente”.

Si el amor afirma la existencia de la persona amada, busca también su crecimiento y perfección. Por eso, alienta y colabora para que viva mejor y sobre todo, sea mejor, como camino para que llegue a ser él o ella, para que alcance su plenitud y felicidad. El verdadero amor no es ciego –el egoísmo y la pasión son los ciegos-, sino que agudiza la vista para ser capaz de ver los tesoros ocultos de la persona, aunque esa persona ignore o niegue que los tiene. En palabras de Eduard Rod, “en el fondo de todas las almas hay tesoros escondidos que sólo el amor puede descubrir”. El amor agudiza también la vista para afirmar la absoluta dignidad de todo ser humano más allá de las apariencias, bajezas y achaques, para descubrir con toda claridad lo que le conviene a la persona amada para su desarrollo y perfección. En este sentido tiene toda razón San Agustín cuando afirma: “Ama y haz lo que quieras”, porque el verdadero amor es incapaz de dañar, de ofender, de utilizar: Si das, darás con amor; si corriges, corregirás con amor; si reclamas, reclamarás con amor; si perdonas, perdonarás con amor; si trabajas, trabajarás con amor.

Quien ama de verdad no sólo ayuda a ser mejor al otro, sino que se esfuerza cada día por ser más bueno para así poder ser un mejor regalo para la persona que ama. Más que regalar cosas, se regala él, regala lo mejor de si mismo: su tiempo, su atención, su sonrisa, su escucha, su vida. Lo mejor que pueden hacer los novios por sus novias, los padres por sus hijos, los amigos por sus amigos, los profesores por sus alumnos, es esforzarse cada día por ser mejores para así servir mejor. Además, el amor es siempre fecundo, engendra amor, que es la mejor medicina para curar las heridas del alma y posibilitar una existencia feliz. No olvidemos que detrás de cada delincuente hay un déficit de amor o un amor mal orientado. En palabras de Gautier, “Nada contribuye tanto a hacer malo a un hombre como el no ser amado”.

El amor nos perfecciona, nos hace mejores, más felices, más generosos, más libres. Sólo dando y dándose es como el ser humano llega a vivir como persona y alcanza la plenitud de su ser libre. Toda persona está llamada a entregarse, hasta el extremo de que, si no lo hace, se frustra en su propio ser y se hunde en la desdicha. El encuentro con otros seres nos introduce en la vida humana, nos hace personas. Frente al “infierno son los otros”, del filósofo francés Jean Paul Sartre, los otros son para las personas la auténtica condición de llegar a ser humanos. En realidad, los demás son nuestra tabla de salvación y camino de crecimiento humano. El amor nos rescata de nuestros miedos y neurosis y es capaz de extraer lo mejor de nosotros.

Quien ama de verdad es una persona generosa. Generoso es el que genera, es decir, el que engendra. Es por ello una persona fecunda que vive dando vida. La persona generosa es capaz de desprenderse, de salir de sí para volcarse en servicio a los demás y convertirse en semilla de vida. El generoso tiene el corazón vuelto a las necesidades de los otros, y entregándose y sirviendo desinteresadamente a los demás, engendra vida también para sí mismo, alcanza su plenitud como persona.

Todos sabemos y experimentamos que el amor es fuente de felicidad y la generosidad es la manifestación palpable del amor. Por ello, el camino más seguro a la felicidad es darse, servir, trabajar por la felicidad de los demás. No olvidemos nunca que las cosas más importantes en la vida como el amor y la felicidad, sólo se consiguen dándolas. Las personas generosas suelen ser felices, los egoístas viven encerrados en sí mismos, siempre insatisfechos. A todos nos embarga una gran alegría cuando ayudamos a otros, cuando nos sentimos útiles, cuando hacemos el bien, cuando somos generosos.

Familia y Escuela: Del distanciamiento al encuentro

La tarea educativa de enseñar el amor es una tarea cada vez más urgente y también cada vez más difícil. Mucha gente no sabe querer porque nadie se lo ha enseñado. Nuestra sociedad materialista nos induce a ser ambiciosos, caprichosos, consumidores, egoístas, envidiosos, es decir, todo lo que niega e impide el amor. Nos prepara para competir, para ver a los demás como opositores y rivales, pero no nos prepara para compartir, para salir de nosotros, para amar.

De ahí que familias y escuelas deben plantearse con decisión la alfabetización emocional, la educación de la afectividad, pues cada vez más personas, sin importar los títulos, profesiones o riquezas que tengan, son unos analfabetos en cuestiones del amor, incapaces de manejar sus emociones y sentimientos y de comprender las emociones de los demás, incapaces de salir de su egoísmo para abrirse a los demás.

A partir de las investigaciones de Howard Gadner sobre los múltiples tipos de inteligencia, Daniel Goleman centró su estudio en la inteligencia emocional, que describe como la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los ajenos, de motivarnos y manejar bien las emociones, en nosotros mismos y en nuestra relaciones. Goleman empezó preguntándose por qué personas muy inteligentes no triunfan en la vida, y en cambio otras, con muchísimo menos coeficiente intelectual, llevan una existencia feliz y muy exitosa. De sus investigaciones, Goleman concluyó que las cinco aptitudes emocionales necesarias para una afectividad madura, una convivencia pacífica y una vida feliz, son el autoconocimiento, la autorregulación de las emociones, la motivación, la empatía y las habilidades sociales, tema que desarrolla ampliamente en su afamado bestseller, Inteligencia emocional.

En el libro, Goleman describe con brochazos vivos la creciente deshumanización de nuestras sociedades carcomidas por la violencia, la inseguridad, el consumismo, la depresión y la soledad, y plantea la necesidad de que nos aboquemos a la educación emocional de los niños y jóvenes: “Durante mucho tiempo, los educadores han estado preocupados por las deficientes calificaciones de los escolares en matemáticas y lenguaje, pero ahora están comenzando a darse cuenta de que existe una carencia mucho más apremiante, el analfabetismo emocional. No obstante, aunque siguen haciéndose notables esfuerzos por mejorar el rendimiento académico de los estudiantes, no parecen hacerse grandes cosas para solventar esta nueva y alarmante deficiencia. En palabras de un profesor de Brooklyn, ‘parece como si nos interesara mucho más su rendimiento escolar en lectura y escritura que si seguirán con vida la próxima semana’…Si existe una solución, ésta debe pasar necesariamente, en mi opinión, por la forma en que preparamos a nuestros jóvenes para la vida. En la actualidad, dejamos al azar la educación emocional de nuestros hijos con consecuencias más que desastrosas”.

Si queremos que esta tarea sea exitosa, padres y maestros deben abandonar sus mutuos recelos y desconfianzas y plantearse la necesidad de trabajar juntos y en la misma dirección. Para ello, ambos deben esforzarse por superar distancias y desencuentros y procurar una reconciliación e inclusión cada vez más sólidas. Es necesario que vayan superando los prejuicios y visiones negativas para empezar a verse como aliados que se necesitan mutuamente. La necesaria articulación va a requerir de mucha escucha, de mucha conversación y comunicación, lo que exige reestructurar la escuela para propiciar los momentos de encuentro, de intercambio, de participación. Un relanzamiento de los Proyectos Educativos Comunitarios puede ser una estrategia valiosísima para esa integración y cooperación; para aprender a trabajar, celebrar y disfrutar juntos.

La familia debe recuperar su papel como primera y principal escuela, y considerar al maestro como alguien que busca también lo mejor para sus hijos. Más que censurarlo, debe apoyarlo y comprenderlo. No es posible, por ejemplo, que la LOPNA, una ley que nació para proteger a niños y jóvenes, sea utilizada como un arma arrojadiza contra los maestros, o como una amenaza de los padres ante cualquier actitud del maestro que ellos no comprenden o comparten. Los padres deben entender también que la educación ha evolucionado mucho desde que ellos estaban en la escuela y que no pueden seguir apegados a modelos pedagógicos y evaluativos que han sido ampliamente superados.

La escuela debe acercarse mucho más a la familia y esforzarse por comprender a los padres, no desestimar o menospreciar sus conocimientos o conductas, y esforzarse por verlos ya no desde sus carencias y limitaciones, sino desde sus valores y potencialidades. Los maestros deben tratar a los padres siempre con respeto y con cariño. Si los padres se sienten bien acogidos y escuchados, volverán a la escuela; pero si se sienten maltratados, evitarán el volver y empezarán a censurar o hablar mal de la escuela o del maestro.

Escuela y familias deben apoyar todo lo que favorezca el intercambio, la comunicación y el encuentro de todo tipo (deportivo, cultural, social, pedagógico, celebrativo, religioso…) y evitar todo lo que los separa. Todo paso, aunque sea pequeño, que se dé en esta dirección es ganancia para todos.

Para recrear las actuales escuelas e imaginar nuevos tipos de organización, se va a requerir mucha creatividad, disposición y participación. Y como nos lo recuerda Miguel Ángel Santos Guerra, “participar es comprometerse con la escuela. Es opinar, colaborar, criticar, decidir, exigir, proponer, trabajar, informar e informarse, pensar, luchar por una escuela mejor. Participar es vivir la escuela no como espectador, sino como protagonista”.

2 comentarios el “FAMILIA Y ESCUELA: LA INTEGRACIÓN NECESARIA

  1. Belkis Vargas
    12 de mayo de 2015

    Excelente reflexión, me gustaría una conferencia dirigida a los educadores adscritos a la dirección general sectorial de educación del Estado Lara. como puedo comunicarme con usted?

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Esta entrada fue publicada el 11 de mayo de 2015 por en Varios.
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