Antonio Pérez Esclarín

FE Y ALEGRÍA: 60 años al servicio del pueblo venezolano

fyaFe y Alegría es un Movimiento de Educación Popular y Promoción Social, nacido en 1955 en Venezuela y hoy presente en otros 21 países de América Latina, África y Europa . Atiende aproximadamente a 1.500.000 niños, jóvenes y adultos de sectores barriales, rurales e indígenas con una gran variedad de programas educativos, comunitarios y de capacitación humana y laboral. Limitándonos a Venezuela, Fe y Alegría tiene un total de 170 escuelas, 5 Institutos Universitarios , 25 emisoras de radio conectadas en red, 91 Centros de Capacitación Laboral, un Centro de Profesionalización de docentes en servicio y un Centro de Formación, Investigación y Producción, que coordina las políticas de formación de miles de educadores, no sólo de Fe y Alegría, sino de numerosas otras escuelas y produce teoría pedagógica en contextos de marginalidad. De las 170 escuelas, 83 ofrecen educación técnica, pues entre las actuales prioridades de Fe y Alegría está el potenciarlas para desarrollar las competencias laborales y fortalecer su capacidad para resolver problemas en sus contextos de desempeño. En el Estado Mérida Fe y Alegría, además de emisoras y centros de capacitación laboral, cuenta con ocho centros educativos, con clara vocación productiva e industrial, que van desde el internado San Javier y el colegio Timoteo Aguirre Pe en ese rincón paradisíaco del Valle, la U.E. Industrial P. Madariga en Loma de Maitines, San Francisco de Asís que se fundó sobre un antiguo basurero por el empeño de la comunidad José Adelmo Gutiérrez que apartó un terreno y no descansó hasta lograr que Fe y alegría fundara un liceo, hoy también diversificado en electrónica; los centros Fe y Alegría y Hna Felisa Elustondo en el dulce valle del Mocotíes; la Santiago de Onia, en El Vigía, y la Rosa Molas en Tucaní, donde Mérida se abre al calor y fecundidad de las tierras del Sur del Lago de Maracaibo.

Nacimiento y expansión

Fe y Alegría nació en 1955 en un humilde rancho de lo que hoy es el 23 de Enero, en Catia, Caracas. El Padre Jesuita José María Vélaz, fundador de Fe y Alegría, había terminado su rectorado de seis años en el Colegio San José de Mérida, y estaba encargado de la atención espiritual de los jóvenes de la recién fundada Universidad Católica de Caracas. Como la mayoría de los estudiantes pertenecían a familias acomodadas, el Padre Vélaz quería que conocieran la otra Venezuela donde apenas sobrevivían penosamente millones de hermanos para que, al contacto con la miseria, fraguaran una profunda sensibilidad social que les llevara a comprometer su fe y sus vidas en el servicio a los más necesitados.
De sus excursiones apostólicas a las zonas marginales del Oeste de Caracas en las que enseñaban catecismo, preparaban para la primera comunión y realizaban alguna labor de corte asistencialista como repartir bolsas de ropa y de comida o algunos juguetes en navidades, volvían golpeados y con la fuerte convicción de que tenían que hacer algo más eficaz para contribuir a mitigar una miseria tan atroz. Las necesidades eran muchas: vivienda, salud, alimentación, luz, agua, vestido, higiene…, pero pronto comprendieron que había que atacar la raíz de toda esa problemática y emprender un vasto movimiento de educación que rescatara a las mayorías de la ignorancia, raíz de la más profunda servidumbre. Educación para que pudieran ejercer la ciudadanía de un modo digno. Educación para transformar las vidas y poder contribuir a la transformación del país como sujetos activos y productivos.
Pero dejemos que el propio fundador de Fe y Alegría nos lo cuente:
En agosto o septiembre de 1954, terminé un rectorado de seis años en el Colegio de San José y San Francisco Javier de Mérida. Fui trasladado a la Universidad Católica de Caracas que llevaba un año de fundada. Me encomendaron la Espiritualidad de los Universitarios y las clases de formación religiosa. Los sábados por la tarde visitábamos los enormes barrios de la zona de Catia. Las visitas a los barrios me pusieron frente a la mayor masa de miseria que yo había contemplado hasta entonces. Los ranchos eran de lata, de tablas de cajones, de bolsas viejas de cemento y de toda clase de materiales desclasificados. En los sitios de mejor acceso se veían casas pequeñísimas de ladrillo sin frisar. Se extendían sin calles por la ladera de los cerros. La basura se amontonaba por todas partes y las aguas negras guiadas solamente por la ley de gravedad encharcaban de suciedad y fetidez el ambiente.
Acompañado de un pequeño grupo de muchachos y muchachas de la Universidad subíamos las empinadas cuestas de lo que hoy son los bloques del 23 de enero. Habíamos elegido aquella zona como campo de apostolado. Hicimos muchas visitas de tardes enteras de sábados y domingos para conocer, y para escoger cuál sería la clase de ayuda que podríamos prestar.
Tuvimos que pensar con fría y terrible lógica, que contra la dominación y el imperio de la ignorancia, la educación era la respuesta. Pero una educación larga y una educación para todos. Luchar contra la ignorancia extendida en tan gruesas y extensas capas populares, era equivalente a emprender una obra gigantesca. (…) Por fin habíamos escogido la obra: ¡sería una Escuela! ¿Pero dónde construirla, con qué dinero, con qué maestros…? Todas estas interrogantes tenían por respuesta la oscuridad y también el temor a lo desconocido, a lo inmenso, a las implicaciones de un compromiso para siempre…Ya entonces yo estaba decidido no a una Escuela, sino a una cadena de Escuelas en diversos suburbios.
Para ubicar en su justa dimensión estos planteamientos, no podemos olvidar que, en 1955, año de la fundación de Fe y Alegría, gobernaba en Venezuela el General Marcos Pérez Jiménez, cuyas políticas privilegiaron la educación de las élites y negaron a las mayorías marginadas el acceso a la escuela. Es de señalar que durante toda la década de la dictadura (1948-1958), si bien el número de escuelas públicas se mantuvo prácticamente estable, sin un crecimiento significativo, las escuelas privadas tuvieron un sorprendente desarrollo pues pasaron de 272 a 1.070 . Será en los años posteriores a 1958, tras la caída de la dictadura y con la implantación de la democracia formal, cuando se abrió en Venezuela el acceso a la educación de las mayorías.
La primera escuela de Fe y Alegría nació de un acto de rotunda generosidad. El obrero Abrahán Reyes había brindado la sala de su casa para que se celebrara en ella la primera comunión de setenta niños y niñas, fruto de la labor catequética de los universitarios. En la homilía, el P. Vélaz habló de la necesidad de profundizar la labor formativa mediante un proceso de educación sistemática. Para ello, necesitaban construir una escuela, donde todos esos niños y niñas pudieran salir de la ignorancia. Al terminar la misa, uno de los asistentes, el obrero Abrahán Reyes, se acercó al Padre y le dijo: “Si usted quiere hacer una escuela, ponga las maestras que yo le regalo este local”.
Siete largos años le había llevado a Abrahán y su esposa Patricia construir la casa, ladrillo a ladrillo, como las construyen los pobres. Cuando lograban reunir cien bolívares, corrían a comprar cemento, bloques o cabillas, no fuera que se les presentara algún percance y tuvieran que gastar el dinero. Poco a poco, como un árbol de vida, la casa de Abrahán y de Patricia fue creciendo de sus manos y sus sueños. No había agua donde estaban construyendo y tenían que carretearla en latas de manteca que cargaban sobre sus cabezas desde el pie del cerro. Y cuando todavía estaba fresco el olor a cemento y no se habían acostumbrado al milagro de verla terminada, se la regalaron al Padre Vélaz para que iniciara en ella su sueño de sembrar los barrios más pobres con escuelas: “Si me quedo con ella –trataba de argumentar Abrahán ante el asombro del Padre- será la casa de mi mujer y los ocho hijos. Pero si la convertimos en escuela, será la casa de todos los niños del barrio”.
El gesto de Abrahán conmovió profundamente al Padre Vélaz y le mostró el camino a seguir. Si había personas capaces de darlo todo, sí era posible realizar el sueño de llenar de escuelas los barrios más empobrecidos. El iría de corazón en corazón, sembrando sueños y la audacia y el valor para convertirlos en realidades. Levantarían con fuerza la bandera de la educación de los más pobres y muchas personas generosas correrían a militar bajo ella.
“Escuela: Se admiten niños varones”, decía el tosco cartel que pusieron al día siguiente en la puerta del rancho de Abrahán. Y empezaron a llegar ríos de niños. Las clases comenzaron sin pupitres, sin pizarrones, sin mesas, con cien niños y adolescentes sentados en el piso. Como eran muchos para una sola maestra, dividieron la sala con unas tablas en dos aulas. Diana y Carmen, dos muchachas del barrio de apenas quince años y con sólo el sexto grado de primaria, fueron las primeras maestras. No sabían cuándo ni cuánto les iban a pagar. Así nació Fe y Alegría. Era el cinco de marzo de 1955.
Pero en aquellos tiempos en que no se aceptaba la coeducación de varones y hembras, las niñas quedaban sin escuela y la necesitaban tanto o más que los varones. Y empezaron a decirle al Padre Vélaz que ellas también querían estudiar. El Padre se dedicó a visitar los ranchos del barrio para ver si encontraba algún local apropiado, pero nada: todos resultaban demasiado pequeños. Cuando se enteró Abrahán Reyes, le mandó a decir con uno de los estudiantes universitarios: “Veo, Padre, que usted todavía no me tiene confianza. No siga buscando más: Yo tengo abajo otra sala donde podrían colocarse las niñas”.
Es de hacer notar que la casa de Abrahán tenía dos plantas a las que se entraba por caminos distintos pues estaba construida en una fuerte pendiente del cerro. La planta de arriba era la que ocupaban los niños. La de abajo era la vivienda de Abrahán y su familia y, con una generosidad sin límites, también la ponía a disposición del Padre Vélaz. Setenta y cinco niñas entraron en la sala de abajo de la casa de Abrahán. Sólo hizo falta otra maestra, Isabel, también de quince años y sexto grado de primaria, para poner en marcha la nueva ampliación. De este modo, llegaron a 175 los primeros alumnos de Fe y Alegría.
Como había intuido el Padre Vélaz, el gesto de Abrahán y de su esposa Patricia habría de despertar múltiples y espontáneas generosidades que, desde sus inicios, marcaron la trayectoria de Fe y Alegría: una de las estudiantes universitarias, impresionada al ver a los niños sentados en el suelo, se quitó los zarcillos de platino que llevaba y los regaló para comprar unos bancos. Para sacar más dinero, los jóvenes decidieron organizar una rifa con los zarcillos, pues estaban seguros de que muchos familiares y amigos colaborarían con esta obra tan insólita y osada. Los rifaron y obtuvieron cuatro mil bolívares, los primeros centavos que entraron en la tesorería de Fe y Alegría. Con ellos compraron unos bancos toscos y pagaron los primeros sueldos a las maestras que habían iniciado su trabajo con total desprendimiento. Esa fue la primera rifa de Fe y Alegría. Posteriormente, la rifa llegaría a convertirse en una especie de cruzada nacional que aglutina infinidad de generosidades anónimas y que, durante los 16 primeros años en que Fe y Alegría no recibió subvención alguna del Ministerio de Educación, fue la principal fuente de ingresos para sostener y agrandar la obra.

Sería en 1971, dieciséis años después de haber nacido, cuando Fe y Alegría empezó a recibir el primer subsidio del Ministerio de Educación. Posteriormente, en 1990, hace ya 25 años, el Gobierno Nacional firmó un convenio con las autoridades de la Asociación Venezolana de educación Católica (AVEC), mediante el cual el Ministerio de Educación se comprometía a cubrir el déficit de funcionamiento de los colegios católicos populares. El convenio, que ha sido refrendado desde entonces por todos los gobiernos, ha permitido a Fe y Alegría un mayor crecimiento y la apertura y consolidación de varios programas educativos a favor del pueblo más excluido y pobre. Pero no podemos contentarnos con los logros alcanzados. Debemos seguir trabajando con determinación para que los trabajadores de Fe y Alegría gocemos de los mismos beneficios y privilegios que los de la educación oficial, entre ellos, y sobre todo, el de la jubilación. No es posible que después de haber entregado toda una vida, con dedicación y entusiasmo, a un servicio educativo de calidad en pro del pueblo más pobre y hayamos ido gestando una verdadera propuesta de educación popular reconocida a nivel mundial, algunos tengamos hasta 40 años y más de servicio, sin poder disfrutar de un derecho tan esencial como el de la jubilación. El Padre Vélaz que fue un luchador incansable y levantó su voz vigorosa y valiente en pro de la Justicia Educativa, hoy alienta y acompaña nuestras luchas
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La segunda escuela, llamada Rosa Molas, nació en Ciudad Tablitas, un barrio muy pobre también en Catia, que lo llamaron así porque todos los ranchitos habían sido construidos con tablitas de cajas de embalaje. El Padre Vélaz consiguió en comodato unos galpones muy rústicos del Banco Obrero y con un donativo de seis mil bolívares de un empresario generoso compraron cien pupitres y acomodaron los galpones para atender en dos turnos a doscientos alumnos. Algunos de ellos rondaban ya los veinte años de edad, ninguno tenía zapatos, la mayoría usaba cotizas y otros acudían descalzos a la escuela. Como algunos se desmayaban por el hambre porque acudían a clases sin haber comido nada, las maestras se las ingeniaron para implementar muy pronto el programa del vaso de leche escolar.
La tercera escuela, la Inmaculada, nació en un terreno inhóspito de Barrio Unión en Petare. Cuando las hermanas Lauritas llegaron a encargarse de ella no soportaban la fetidez de las aguas negras mezcladas con la sangre de un matadero cercano que corrían por improvisadas calles de tierra. La Hermana Teodora cuenta la llegada al barrio y los inicios de la escuela:
El 24 de septiembre de 1956, nos mudamos las primeras cuatro hermanas a uno de los barrios de Petare donde Fe y Alegría estaba construyendo un colegio. El carro sólo pudo llegar hasta la Farmacia El Carmen y de allí tuvimos que caminar cargando nuestras cosas. Más que la extrema pobreza de esos ranchos de tabla y de cartón, o la desnudez silvestre de los niños y el envejecimiento prematuro de las mujeres, me impresionó la fetidez. A la entrada del barrio había un matadero y la sangre corría libremente mezclada con las aguas negras. Avanzábamos sumergiéndonos en un olor nauseabundo que se nos pegaba a las ropas y a la piel como una costra de sucio. Ni nuestra casita ni el colegio que empezaría a funcionar en Octubre estaban terminados. Esquivando los montones de arena, bloques, cabillas y granzón, nos instalamos en lo que iba a ser nuestra residencia: un único cuarto que tan sólo tenía cuatro colchones sobre el piso.

La falta de agua era tan absoluta que no teníamos ni para hacer la comida. Nos alimentábamos de pan y refresco, como lo hacían los obreros de la construcción. Una señora nos informó que a la entrada del barrio vendían agua y compramos un camión por cincuenta bolívares, que en esos días era mucho dinero. Con la ayuda de los niños y personas del barrio la estuvimos carreteando hasta uno de los tanques de la construcción que nos habían limpiado los obreros.

Al día siguiente, después que ya habíamos tomado de esa agua y habíamos cocinado con ella, nos enteramos que, en la noche, los muchachos se habían bañado en el tanque. Nos dio asco, repugnancia y mucha rabia, pero tuvimos que resignarnos y utilizamos el agua para lavar la ropa. Y tuvimos que volver al pan con un refresco. Cuando llovía, todos salían de los ranchos, se bañaban en la lluvia y agarraban agua. Nosotras también agarrábamos, pero fueron muy pocas las veces que llovió.

El 23 de Octubre de 1956, y sin tener ni un solo pupitre, comenzamos las clases. Eso fue una locura. Llegaron como novecientos muchachos que andaban corriendo y saltando entre los montones de arena y los materiales de la construcción. La mayoría andaban descalzos o en cotizas y olían a sucio viejo. No teníamos entonces ni una campana, ni un pito, y era imposible hacernos oír en esa algarabía. Pasó un policía, le pedimos prestado el pito y cuando la Hermana Eloísa empezó a pitar, todos se metieron los dedos en la boca para hacer lo mismo. No sabíamos si reír o llorar, estábamos desesperadas ante esa ensordecedora pitadera. Se le ocurrió entonces a la Hermana dar palmadas, a ver si con eso se callaban, y todos se pusieron a palmotear. Era algo terrible, como una lluvia muy fuerte. Todo el mundo dando palmadas, no se callaban, gritaban, pitaban…La mayoría eran ya unos muchachones de16 y 18 años. Sólo unos pocos eran pequeños.

-¡Cállense, hagan silencio! –gritaba desesperada la Hermana Eloísa-. Así no vamos a poder entendernos. Si no se callan, los mando para la casa.

-¡Cállense ya, que se callen, que se callen, la Hermana dice que se callen, hagan caso a la Hermana! –repetían todos y el griterío, en vez de aminorar, crecía sin control.

Por fin, no sé cómo, pero a la media hora logramos meter a los varones en los salones en grupos de treinta. A las muchachas las habíamos mandado a la casa y les dijimos que vinieran en la tarde. Durante todo el primer año estuvimos trabajando con los varones en la mañana y con las hembras en la tarde. Al año siguiente, hicimos ya los grupos mixtos.

En ese primer día, nos limitamos a organizar a los alumnos. Lo hicimos por edades y por tamaños, pues muchos ignoraban cuántos años tenían. En el primer salón metimos a los niñitos de seis o siete años, y en el último a los grandulones de 18 o más. Ninguno sabía leer. Entre la mañana y la tarde, atendíamos 18 secciones de primer grado de lo más diversas y variopintas.

El Colegio Inmaculada llegó a tener 2.400 alumnos (2.000 en el horario diurno y 400 en el nocturno), además de un dispensario médico gratuito y un centro recreativo.

Una monja muy intrépida, la Hermana Cleofé, de la Congregación Sagrada Familia de Nazaret, levantó un colegio de tres pisos en un barranco, sobre las vías del desaparecido ferrocarril de La Guaira. Ella misma guiaba con su carretilla cargada de arena o de cemento, un increíble desfile de niños, niñas y jóvenes que le seguían por una larga bajada cargados de bloques.

El colegio de La Silsa, nació en un rancho abandonado que tomó una monja intrépida, La Hermana Linares, de la Congregación de la Presentación de Granada. Para llegar a la escuela, tenían que subir ochocientos escalones y, cuando llovía, el camino se ponía tan resbaloso que era casi imposible subir. El colegio San Judas Tadeo se fundó sobre el Cerro La Cruz de Caracas, que antes se llamaba Cerro del Diablo por el viento que allí soplaba. Como no llegaba el agua y el supervisor quería cerrarlo, todos los días los alumnos hacían una larga cadena para subir el agua mano a mano desde abajo.

Muy pronto, Fe y Alegría salió de Caracas y empezó a multiplicarse por toda Venezuela a punta de generosidad, austeridad y el sacrificio de muchos. Las personas de los barrios colaboraban en la propia construcción de la escuela: tumbaban y limpiaban monte, allanaban terreno, donaban uno o dos ladrillos, cargaban agua o arena, pintaban aulas, construían sillas, mesas, pizarrones, pupitres y puertas. Por eso, siempre han considerado a las escuelas de Fe y Alegría como algo suyo. Muchos profesionales y personas generosas aportaron su tiempo, sus conocimientos, su trabajo, su dinero, para hacer posible el sueño, cada vez más colectivo y por ello también realidad palpable, de sembrar los barrios con escuelas. Por eso, puede afirmarse con razón que Fe y Alegría es ante todo obra del pueblo venezolano y latinoamericano, pues pronto Fe y Alegría saltó las fronteras de Venezuela y empezó a sembrarse en el corazón del continente. La fórmula sería la misma: fe en y amor al pueblo, pasión por la educación, gestión participativa, austeridad, administración transparente y creativa para “estirar al máximo los reales” , mucha osadía, mínima burocracia.

Debajo de algunos árboles, en ranchos cedidos generosamente, al lado de basureros y quebradas de aguas negras, en galpones que crecían sobre barrancos y precipicios, en esos lugares que nadie ambicionaba, “donde termina el asfalto”, “donde no gotea el agua”, “donde la ciudad pierde su nombre y su rostro humano”, como proclamaba en sus campañas de promoción, fue creciendo Fe y Alegría. En Barinas, nació debajo de una mata. En Carora, en unas caballerizas abandonadas, donde todas las mañanas iniciaban el día revisando los pupitres para matar las culebras. En Cumaná, cerca de un matadero y cuando se escapaba algún toro, las maestras debían esconderse en los baños, que era el único lugar que tenía puertas. Para atender el primer colegio de Fe y Alegría en Maracay, dos religiosas de la Congregación Carmelitas de Vedruna, se desplazaban todos los días desde Cagua, primero en autobús, y luego un largo trecho a pie. Trabajaban doble turno y regresaban ya de noche a su casa, para pararse al día siguiente a las cuatro y media de la mañana para rezar sus oraciones. En Puerto La Cruz, un cura esforzado, el Padre Quinto, encabezó una insólita procesión de hombres, mujeres y niños que subieron a hombros, cerro arriba, los materiales para construir el colegio El Cerrito de Fe y Alegría. En Maturín, la Hermana Castillo, de la Congregación del Santo Ángel, se quitaba su hábito, se ponía unos pantalones, se calzaba sus botas y salía al frente de un grupo de personas del barrio a limpiar la quebrada que, cuando llovía, amenazaba con inundarlo todo. A las hermanas Lauritas fundadoras del internado de La Guanota en Apure, les tocó dormir al aire libre en unos chinchorros debajo de unas matas que, en las mañanas, se llenaban de monos araguatos. Cocinaban con leña al aire libre y tenían que esperar que llegara la noche y estuviera bien oscuro para poderse bañar, pues no tenían baños. Para atender el colegio Timoteo Aguirre en San Javier del Valle, las maestras subían y bajaban caminando desde Mérida o, cuando tenían suerte, en alguna colita entre los sacos de papas que cargaban algunos camiones o tractores. Solían llegar tan embarradas, que en Mérida las conocían como las “maestras pastoras”.

Este colegio en El Valle de Mérida lleva precisamente el nombre de un joven que murió sirviendo a Fe y Alegría. Timoteo Aguirre estudiaba arquitectura en la Universidad de los Andes y era un joven muy amable, y un excelente deportista. Sus amigos lo recordarían como un tractor en el trabajo y en el estudio, pero a la vez un amigo muy noble y echador de broma. Su gran pasión eran las montañas. Repetidas veces coronó las Cinco Águilas Blancas de nuestra Cordillera Andina e incluso batió el récord de tiempo en la subida al Pico Bolívar. Allí, venciendo la fatiga y el frío, fue templando su voluntad, fue conquistándose a sí mismo, fue renovando una y otra vez su decisión de vivir en serio su fe.

Cuando oyó que Fe y Alegría andaba reclutando voluntarios que se sumaran a la gran cruzada de proporcionar educación de calidad a los más pobres, Timoteo corrió a enrolarse bajo sus banderas. Se hizo miembro del Comité Promotor de Fe y Alegría en Mérida, y dedicó el escaso tiempo que le dejaban los estudios a recabar voluntades y dinero en apoyo a este movimiento educativo que comenzaba a latir en muchos corazones generosos por toda Venezuela.

La noche del 16 de julio de 1964, las calles de Mérida estaban desiertas. Timoteo y un grupo de compañeros aprovechaban la calma nocturna para clavar afiches de promoción de Fe y Alegría. Había comenzado la campaña-rifa anual, y Timoteo estaba empeñado en batir el récord en la venta de boletos, para acelerar la construcción de esa Escuela de Turismo Social que, por falta de recursos, estaba brotando muy tímida y lentamente en el rincón más paradisíaco del Valle. Trabajando y echando broma, llegaron a la Avenida Urdaneta. De pronto, apareció un carro sin luces que embistió contra la escalera donde estaba encaramado Timoteo, la tumbó y arrastró su cuerpo unos metros. Allí, ensangrentando la acera, quedó Timoteo moribundo. El chofer, posiblemente borracho, se dio a la fuga y nunca se supo quién había sido el criminal.

Arriba quedó temblando como una bandera el afiche de Fe y Alegría a medio clavar. Abajo, junto al martillo partido en dos, ese torrente de sangre incontenible y la impotencia dolorosa de sus compañeros, que se apresuraron a llevarlo al hospital. Murió al filo de la media noche, después de haber recibido los santos sacramentos. Tenía reventada la base del pulmón, el riñón, el hígado y el bazo. Además, fractura de la primera vértebra cervical y desgarradura de la tráquea.

Su funeral fue una espontánea y masiva manifestación de dolor e indignación que cubrió las calles de Mérida.

No todos, sin embargo, comprendieron al comienzo la labor de Fe y Alegría. Por considerar que era imposible educación privada gratuita, de curas y monjas, los habitantes del barrio El Manzanillo en el sur de Maracaibo, detuvieron y destruyeron la construcción de la primera escuela de Fe y Alegría en el Zulia, que por eso debió iniciar sus labores en las orillas del basurero de Santa Rosa, en el extremo norte de la ciudad. Algo semejante hicieron los habitantes del barrio La Murallita en Maturín, que por un tiempo frenaron la construcción de la escuela. Afortunadamente, cuando la evidencia les hizo comprender que en verdad Fe y Alegría estaba al servicio de los más necesitados, las comunidades de estos barrios apoyaron decididamente su labor, y el corazón de Fe y Alegría empezó a latir en sus propios corazones.

Desde el comienzo, el fundador de Fe y Alegría tenía muy claro que la educación sólo sería medio de superación y dignificación si era una educación de calidad: “La educación de los pobres no puede ser una pobre o superficial educación; buscamos la mejor educación para los que están en condición peor”, fueron consignas del P. Vélaz que, desde los orígenes, han iluminado los esfuerzos y búsquedas de Fe y Alegría. Lograr calidad educativa en contextos de marginalidad y de pobreza sólo sería posible si la escuela compensaba las desigualdades sociales de origen y brindaba a los alumnos los medios necesarios para garantizar su aprendizaje, medios que los alumnos más privilegiados tenían en sus casas. De ahí que ya en las primeras escuelas de Fe y Alegría, y a pesar de no contar entonces con ningún apoyo del Estado, empezaron a funcionar comedores escolares, roperos, dispensarios médicos…, y las puertas se abrieron no sólo a los niños y jóvenes, sino a todos los miembros de la comunidad. Durante el día acudían a clases los niños y los jóvenes, y en las noches y fines de semana los adultos, con los que se iniciaron cursos de alfabetización, capacitación laboral, higiene y salud, economía familiar, atención y cuidado de los hijos, y se organizaron cooperativas de ahorro y de consumo.

Las escuelas eran también capillas y, sobre todo, hogares, pues desde el comienzo Fe y Alegría consideró el amor a los alumnos como su principal principio pedagógico. Un amor que debía traducirse en unas relaciones de cercanía, servicio y amistad, y en unas escuelas sencillas pero bonitas y bien cuidadas, donde los alumnos se sintieran a gusto y muy queridos. Por ello, desde sus inicios Fe y Alegría privilegió la formación permanente de sus maestras y maestros, por considerarlos la pieza clave para una educación integral de calidad. Una maestra cariñosa, bien formada, que ama su profesión y ama a todos sus alumnos, es el mejor regalo que le puede tocar a un grupo de niños en la vida. Ella puede ser la diferencia entre un pupitre vacío o un pupitre ocupado, entre un delincuente o un joven honesto y responsable.

No en vano Fe y Alegría eligió identificarse con un corazón que tiene en su interior tres niños tomados de la mano, y quiso que la alegría verdadera, como fruto de la fe hecha servicio desinteresado, se trepara al propio nombre.

El P. Vélaz comprendió muy pronto que la propia existencia e identidad de Fe y Alegría exigían un vigoroso crecimiento. Si eran pocos, los Gobiernos no les tomarían en cuenta y la obra, aparte de su valor simbólico, no sería de gran eficacia para remediar las necesidades educativas de los más pobres. Un número significativo de alumnos sería un fuerte argumento y proporcionaría el músculo necesario para exigir a los Gobiernos que cumplieran con su obligación de respaldar la obra de Fe y Alegría que estaba haciendo mejor y a menor costo lo que ellos tenían el deber de hacer y no hacían: educar bien a los más necesitados. El crecimiento respondía, además, a la propia identidad y vocación cristiana de Fe y Alegría: si eran millones los desasistidos, necesariamente tenían que ser millonarias las ofertas

Así fue como Fe y Alegría llegó al milagro de seis mil alumnos sin tener una oficina y sin siquiera teléfono. Para 1963, tenía ya casi veinte mil alumnos y Fe y Alegría estaba presente en 17 ciudades de Venezuela. Dos años después, en 1965, a los diez años de haber nacido, y sin contar con subvenciones o ayudas del Estado, Fe y Alegría podía exhibir la increíble hazaña de tener en Venezuela 52 colegios, veinte de ellos en Caracas, y de haber saltado las fronteras para sembrarse en Ecuador y Panamá.

Habría que señalar la importancia que tuvieron las religiosas en el nacimiento y en la rápida expansión de Fe y Alegría, sobre todo en los tiempos fundacionales. Fe y Alegría les posibilitó a muchas de ellas acercarse al barrio y vivir su opción cristiana de servicio a los más necesitados. Con Fe y Alegría un número creciente de hermanas empezaron a vivir la misma vida de los pobres, compartieron su suerte, sus carencias, sus problemas y sus valores y, en cierta medida, fueron evangelizadas por ellos.

Sin duda alguna, el milagro de Fe y Alegría no es comprensible sin el aporte de las religiosas, con sus carismas personales y congregacionales; su entrega, su sensibilidad y su espiritualidad configuraron definitivamente a Fe y Alegría. Pero si bien esto es cierto, sería injusto dejar de mencionar la entrega generosa y comprometida de numerosos laicos, en especial maestras, que dieron un sí definitivo e incondicional, a pesar de que se les exigía mucho y se les daba muy poco. Algunas de ellas fueron verdaderas heroínas que dejaron la seguridad de sus puestos en escuelas oficiales o colegios privados bien establecidos, para irse a trabajar en condiciones de total precariedad. A pesar de que cobraban sueldos significativamente inferiores a los de sus colegas del Ministerio y de que no disfrutaban de seguridad ni de beneficios sociales, trabajaban mañana y tarde seis días a la semana, a veces atendiendo a más de cien alumnos por aula, y encontraban tiempo para pasar películas las tardes del sábado para recabar fondos cobrando un bolívar la entrada.

Por si fuera poco, los domingos regresaban a la escuela para asistir con sus alumnos a la misa y para evangelizar y santificar hogares. Maestras y maestros eran los primeros en organizar verbenas, en salir a vender los boletos de la rifa e inventar una extraordinaria variedad de actividades especiales para conseguir recursos: En Cumaná, por ejemplo, organizaban carreras de burros y en Carora peleas de gallos. A pesar de tantos esfuerzos, entrega y generosidad, terminaban cobrando unos sueldos muy inferiores a los de sus colegas de la educación oficial, pues cuando estos recibían unos setecientos bolívares al mes, las maestras de Fe y Alegría sólo cobraban trescientos o cuatrocientos, y ello cuando se lograba reunir el dinero.

Nuevos sueños y proyectos
Hombre siempre en búsqueda, apóstol incansable de la educación de los más pobres, ardiente aventurero de Dios, el Padre José María Vélaz, nunca se contentaba con los logros alcanzados. Pero ¿cómo hacerlo si seguían retumbando tan fuertes y extendidos los gritos y clamores de la miseria y el dolor? Pronto descubrió el inmenso potencial de los medios de comunicación y soñó una red de emisoras educativas que llevaran educación a las zonas más apartadas del país, y fueran voz del pueblo sin voz. Si la primera escuela había nacido en un rancho, la radio permitiría convertir cada rancho en una escuela. Luego, temiendo que Fe y Alegría se contentara con una serie de escuelas demasiado parecidas a las demás, desgajadas del mundo del trabajo y de la producción, cultivó el sueño de impulsar la educación profesional productiva que culminara en buenos institutos universitarios, donde los muchachos y muchachas aprendieran a trabajar, a valorar el trabajo y al trabajador, y salieran con un corazón bien fogueado para el servicio desinteresado. Para ello, se fue al Valle, en Mérida, y fue levantando de la nada el complejo educativo y turístico de San Javier. Al comienzo estuvo un tiempo prácticamente solo, en total austeridad, con una olla de arroz que le duraba hasta toda una semana. Hasta que llegó como un ángel protector la Hermana Monte, con la que empezó a compartir palabras, afectos, sueños y realizaciones.

Una vez que consideró que el Instituto de San Javier estaba bien consolidado, sus sueños indomables lo empujaron llano adentro y se estableció a orillas del Masparro, en el corazón de Barinas, a soñar toda una red de escuelas agropecuarias y forestales, que rescataran de la miseria a los campesinos, los más pobres entre los pobres. Tenía ya 75 años, varios infartos encima, una operación a corazón abierto, y la recomendación de los médicos de que volviera a operarse pues tenía las venas tapadas. Vivía en un cuartucho entre ratas, sacos de cemento, herramientas, sin luz, en un monte donde en época de lluvias no podían entrar ni los carros más fuertes, alejado de toda comodidad y de todo rastro de civilización, pues el teléfono más cercano quedaba a 90 kilómetros. En las mañanas, lo despertaban los gruñidos de los monos araguatos y el griterío de las guacharacas. Escribía sus documentos y cartas a mano, luchando contra las oleadas de jejenes y zancudos, y tratando de que el sudor no le mojara el papel y le borrara lo escrito. Así vivió sus últimos años y allí murió nuestro fundador, pues quería con su ejemplo señalarnos el rumbo de Fe y Alegría, siempre dispuesta a ir a nuevas fronteras, y asumir los retos de atreverse a renacer entre los más necesitados y a empezar de la nada entre mil dificultades.
Fe y Alegría como un Movimiento de Educación Popular: La búsqueda de la identidad.

Fue hacia finales de la década de los sesenta, cuando comenzó en Fe y Alegría un profundo proceso de cuestionamiento, a veces difícil y conflictivo, en busca de su identidad. Había el peligro de que Fe y Alegría se desintegrara en un montón de escuelas, cada una por su lado. Porque, ¿cuál era la identidad de Fe y Alegría? ¿Qué caracterizaba a la genuina escuela de Fe y Alegría? ¿Meramente el que estuviera en un barrio o en una zona marginal y tuviera pintado en la pared un corazón con tres niños agarrados de la mano? ¿Qué diferenciaba a las escuelas de Fe y Alegría de las escuelas públicas cercanas: meramente el que eran más ordenadas y se perdían menos días de clase? ¿Quién podía determinar cuál era y cuál no era una genuina escuela de Fe y Alegría?

La respuesta a estas y otras muchas interrogantes no podía venir de alguna individualidad, ni siquiera de su fundador. Tenía que recoger el dinamismo, las experiencias y las reflexiones del colectivo de Fe y Alegría.

El debate entró a las escuelas y a los diferentes programas, salió también a la calle, estuvo presente en numerosos encuentros y congresos, y durante años, en Fe y Alegría se vivió un difícil, acalorado y rico proceso de discusión, consulta, clarificación, creación y formación Ese debate se nutriría muy especialmente de las propuestas de la Educación Liberadora de Paulo Freire. Frente a la educación bancaria, acrítica, domesticadora, educación para la sumisión, el pedagogo brasileño proponía una práctica educativa problematizadora o concientizadora, que ayudara al educando a superar la dominación que sufría y lo hiciera sujeto de su historia y de la historia.

Las ideas de Paulo Freire y su propuesta de una Educación Liberadora cobraron un gran impulso en toda América Latina cuando la conferencia episcopal de Medellín (1968) las asumió, hizo suyas y promovió muy ampliamente. De ahí que se ligó muy fuertemente a los grupos cristianos comprometidos. Y cuando el continente se fue llenando de dictaduras reaccionarias que combatieron a sangre y fuego las ansias y propuestas de liberación del pueblo más oprimido, la educación liberadora se unió a los grupos de resistencia y comenzó a llamarse Educación Popular.

Y es bien significativo que cuando en el continente las diversas dictaduras miraban con verdadero recelo a la Educación Popular e incluso la combatían abiertamente, Fe y Alegría promulgo en 1984 su Ideario. En dicho Ideario, que sintetiza y recoge el largo proceso de construcción colectiva de su identidad, Fe y Alegría se autodefine como “un Movimiento de Educación Popular que nacido e impulsado por la vivencia de la Fe cristiana, frente a situaciones de injusticia, se compromete con el proceso histórico de los sectores populares en la construcción de una sociedad justa y fraterna”.

Fe y Alegría se define como un Movimiento de Educación Popular y Promoción Social. Aquí está contenida la identidad y esencia de Fe y Alegría. Al definirse como Movimiento, quedan desbordados los límites de la institución. No se puede reducir Fe y Alegría meramente a una red de escuelas, emisoras y programas educativos. Fe y Alegría es la puesta en marcha de un conjunto de ideales que se siembran en personas y en distintas instancias sociales . Ser movimiento implica la permanente desestabilización creativa, la relectura continua de la realidad en una actitud de comprobada búsqueda, con grandes dosis de audacia, de inconformidad, de autocrítica constante, de modo que las prácticas educativas y el hacer pedagógico vayan respondiendo a las exigencias y los retos que plantea la realidad siempre cambiante y el empobrecimiento y exclusión crecientes de las mayorías.

En cuanto a lo popular, Fe y Alegría fue entendiendo con creciente claridad que la Educación Popular no podía definirse meramente por la ubicación geográfica de sus centros (“allí donde no llega el asfalto”, “donde la ciudad pierde su nombre”) o por los destinatarios (los pobres, los marginados, los indígenas, los campesinos), ni tampoco, por supuesto, por su oposición a la educación formal. Para Fe y Alegría la esencia de la Educación Popular radica en su intencionalidad transformadora, y la entiende como un movimiento alternativo, enfrentado a las prácticas educativas tradicionales, que intenta promover una sociedad más democrática y más justa. De ahí que para Fe y Alegría, la Educación Popular no sólo implica una opción exclusiva por los más pobres y excluidos, sino que exige la gestación de una propuesta educativa novedosa que los haga sujetos de vida digna y de ciudadanía responsable.

En definitiva, Fe y Alegría concibe y asume la Educación Popular como una propuesta ética, política y pedagógica para transformar la sociedad, de modo que los pobres y excluidos se conviertan en sujetos de poder y actores de su vida y de un proyecto humanizador de sociedad y de nación. Ese proyecto hoy lo visualiza Fe y Alegría como el de una democracia sustantiva e integral, cimentada sobre el funcionamiento eficaz y equitativo de las instituciones, la vivencia de los derechos humanos esenciales y el cumplimiento responsable de los deberes y las obligaciones. Democracia, en consecuencia, participativa y social, en la que se respetan la diversidad y las diferencias, capaz de garantizar a todos el disfrute de los bienes y servicios esenciales y el pleno ejercicio de la ciudadanía.

Fe y Alegría considera que la raíz fundamental de su propuesta política y pedagógica está en la ética. Por reconocer que todos los hombres y mujeres, como hijos de un Dios que es Padre común, somos únicos e irrepetibles, esencialmente dignos, iguales y diversos, portadores de valores, con una misión en la vida, se opone a todas las formas de dominación y discriminación y, en consecuencia, se niega a aceptar una sociedad que excluye y niega la vida a las mayorías. Por eso, opta por esas mayorías, cada vez más despojadas de vida y de dignidad, y con ellas, como protagonistas y sujetos históricos, se compromete a trabajar por transformar la sociedad. Sociedad que rechaza el autoritarismo y combate la miseria, la ignorancia y la pobreza como atentados contra la humanidad, como impedimentos esenciales para el ejercicio de la ciudadanía y para un desarrollo sustentable. La genuina democracia supone una confianza radical en los seres humanos, y se afianza en el sentido de la igualdad personal y colectiva. Ni dictaduras, ni populismos, ni democracias electoreras creen en el ser humano, en su capacidad de construir el mundo. Pero la igualdad debe traducirse en participación real y efectiva. La igualdad es un punto de partida y de llegada: Afirmar la igualdad esencial de todos los seres humanos, supone trabajar por una sociedad sin excluidos, que permita a todos y cada uno aportar desde sus diferencias. La opción por los pobres y excluidos se traduce en una lucha tenaz y perseverante contra la pobreza y la exclusión y contra las causas históricas y estructurales que las causan y mantienen.

En consecuencia, Fe y Alegría opta por una pedagogía y una metodología coherentes con su opción ética y política. Pedagogía para la transformación y no para la adaptación, que parte del saber y de la cultura de los educandos y se orienta, mediante el diálogo de saberes y la negociación cultural, a empoderarlos, es decir, capacitarlos con voz y con poder para hacerlos sujetos de la transformación de sus condiciones de vida y de la sociedad de la exclusión. La miseria y la exclusión están ligadas, en definitiva, a la falta de voz y de poder de los grupos populares. Un pueblo ignorante o superficialmente educado será siempre víctima de liderazgos enfermizos, y vivirá en la espera de mesianismos salvadores y bajo la amenaza de fanatismos que proliferarán en mil formas de intolerancia

Fe y Alegría y la calidad de la educación

Para nosotros, en Fe y Alegría, abordar el tema de la calidad educativa no puede ser un planteamiento retórico o para seguir las modas, sino una exigencia de nuestra identidad. La preocupación por la calidad está clavada en nuestras propias raíces. Para nosotros, Educación Popular y calidad son términos que se exigen y se relacionan, pues estamos muy conscientes de que una educación sin calidad, mediocre, perpetúa la exclusión Desde los inicios, nuestros fundadores optaron por la educación por considerarla el medio más idóneo para combatir la miseria y hacer de las personas sujetos dignos, productivos, fraternales. Pero tenía que ser, como ya dijimos, una educación de calidad, pues no podíamos aceptar que la educación de los pobres fuera una pobre educación. Por eso, Fe y Alegría levantó las banderas de la mejor educación para los que están en condición peor, y nuestra ya larga historia de 60 años es una búsqueda incesante de experiencias y modalidades por mejorar la educación, por garantizar a los educandos los medios indispensables para garantizar su éxito escolar. Nuestra vocación de servicio y la búsqueda de una educación de calidad nos ha llevado a explorar sin descanso distintas modalidades educativas, formales y no formales, a utilizar la radio como estrategia educativa y comunicacional para llegar a muchos y ser un medio de expresión de todas las voces, a inventar propuestas para volver a recuperar a los excluidos por el sistema educativo, a innovar permanentemente en el campo de la educación para el trabajo y la producción, a incursionar con pasos firmes en la Educación Superior, y privilegiar la formación humana, sociopolítica y pedagógica permanentes de todos los educadores, no sólo los nuestros, por considerarlos los sujetos más importantes para cualquier renovación educativa y para garantizar a todos una genuina educación integral de calidad.

Para nosotros, la educación es de calidad si forma personas y ciudadanos de calidad. Eso es lo que nos plantean con claridad meridiana nuestros objetivos al señalar que el fin último de Fe y Alegría es formar hombres y mujeres nuevos que se responsabilizan de su propia transformación personal y la de su comunidad, profundizando la conciencia de su dignidad humana y su vocación de servicio. Para Fe y Alegría la educación es de calidad si ayuda a cada uno a conocerse, quererse y emprender el camino de su propia realización con los demás, no contra los demás. Educación que permite a todos, sin excepción, el desarrollo de sus talentos y capacidades creativas, de modo que cada uno pueda responsabilizarse de sí mismo y alcanzar su plenitud. Educación que forme auténticas personas y ciudadanos productivos y solidarios, con capacidad de insertarse activamente en el mundo del trabajo y de la producción, y realmente comprometidos con el bien común. Educación que despierte el gusto por aprender, por superarse permanentemente, que fomente la creatividad, la libertad y el amor. Educación que enseñe a vivir y a convivir, a defender la vida, a dar vida para que todos podamos vivir con dignidad y desarrollar nuestra misión. Por ello, a las ya tradicionales dimensiones del informe Delors, que recogieron las Reformas Educativas: Educación que enseña a ser, a conocer, a hacer y a convivir; nosotros, como educadores populares, añadimos educación que enseña a transformar, pues reivindicamos la entraña ética y política de la educación popular, que se define no por sus modalidades o destinatarios, sino por su intencionalidad transformadora. Apostamos por una educación de calidad que recupere y fomente el potencial transformador de cada persona como sujeto de su historia y de la historia, y optamos por una educación que prepare a las personas, comunidades y naciones, ya no para acomodarse a los cambios, sino para orientarlos a favor de un proyecto de construcción de otro mundo posible en el que prevalezca la justicia, la inclusión, la dignidad, la democracia, el respeto a la diversidad y la paz

Algunas pistas para seguir avanzando en la configuración de nuevos modelos educativos populares.

Para finalizar y como expresión de la tarea siempre inconclusa en que estamos comprometidos, de un modo esquemático, por la necesaria limitación del tiempo, pero recogiendo todo el proceso de búsquedas y propuestas, quiero presentarles algunos rasgos esenciales sobre los que estamos configurando nuestros centros y programas y poder seguir avanzando hacia su mejoramiento continuo:

+El centro cuenta con un proyecto educativo-comunitario claro, que integra y articula todos los programas, actividades y grupos, construido con la participación de todos los miembros de la comunidad educativa, que responde a la realidad específica de sus educandos, con objetivos y metas concretas, en permanente revisión, evaluación y reconstrucción. Padres, alumnos y docentes participan en la planificación, ejecución y evaluación del proyecto.

+Equipo directivo con vocación pedagógica y verdadero liderazgo, expertos en humanidad y en educación, capaces de promover el crecimiento y la formación continua de su personal, orientados a promover la motivación, la innovación y la participación responsables, que garantizan la coherencia pedagógica y la continuidad y evaluación de las propuestas. Equipo directivo que se responsabiliza por la marcha del proyecto, por la calidad de las relaciones y de los aprendizajes, y es capaz de confrontar con firmeza, aunque sin autoritarismo, las irresponsabilidades o conductas inapropiadas de su personal. Equipo directivo que vela porque el tiempo escolar sea un tiempo productivo, de aprendizaje, que sólo suspende clases cuando está seguro de que las actividades formativas o los consejos docentes están tan bien preparados y coordinados, que van a redundar en avances en la mejora educativa.

+Pedagogía activa, del aprender haciendo y enseñar produciendo, orientada a promover el aprendizaje y la productividad, que convierte las aulas en talleres de trabajo cooperativo y enseña a trabajar, a valorar al trabajo y al trabajador, a producir, a resolver problemas. Pedagogía que promueve el deseo de aprender, comprender y emprender, que garantiza a todos la multialfabetización (texto, contexto, imagen, digital), de modo que todos puedan entender lo que leen para así ser capaces de aprender leyendo, puedan buscar la información que necesitan, procesarla y convertirla en conocimiento, puedan expresarse oral y por escrito, comunicar lo que piensan, puedan argumentar, razonar y entender razones, y de este modo posibilitar su formación integral permanente y autónoma.

+Equipos de docentes, que valoran su profesión y se sienten orgullosos de ella, con expectativas positivas respecto a todos y cada uno de sus alumnos, activamente comprometidos en mejorar la calidad, que se responsabilizan de los resultados, y se dedican no tanto a enseñar, sino a garantizar los aprendizajes esenciales de todos sus alumnos. Equipos de docentes expertos en colaboración, que piensan, reflexionan y planifican juntos, se ayudan, se intercambian planes, propuestas, evaluaciones, preocupaciones, pues entienden que la calidad es una exigencia personal y colectiva. Docentes que conciben la educación como un proyecto ético, que reflexionan permanentemente sus prácticas para aprender de ellas, que entrenan para la acción, es decir que no sólo ayudan a construir conocimientos, sino también a construir hábitos, actitudes, valores, estilos afectivos. Docentes que no sólo saben los contenidos que enseñan, sino que saben enseñarlos, que quieren y conocen a sus alumnos, conocen y valoran su entorno, su realidad, su cultura. Docentes en formación permanente, ya no para aumentar el currículo, sino para servir mejor a sus alumnos, que por ello conciben los nuevos diplomas y títulos no como escalones que los elevan y alejan de los demás, sino como peldaños que los posibilitan descender hasta el nivel de los alumnos más carentes y necesitados, para poder ayudarles así a levantarse. Docentes que se esfuerzan día a día por ser mejores y por hacer mejor lo que hacen, con verdaderas ganas de aprender, y que por ello son capaces de promover las ganas de aprender y de ser de los alumnos.

+Equipos de alumnos de todo tipo: deportivos, culturales, científicos, periodísticos, de música, teatro, de aprendizaje, de investigación, de servicio social., con proyectos y metas claros, coherentes con la misión del centro, coordinados y dirigidos por ellos, en constante revisión y evaluación, para mejorar. En el centro o programa educativo todos aprenden y aprenden de todos.

+El aspecto físico y la ambientación manifiestan cuidado, limpieza, cariño, creatividad, conciencia ecológica y amor a la naturaleza.

+Se respira un ambiente de motivación, respeto, convivencia, en el que se respetan las diferencias de género, raza, sociales, culturales, de los modos y formas de aprender, y se asume la diversidad como riqueza. Valorar lo propio y también valorar lo diferente implica esforzarse por no convertir las normales diferencias (económicas, sociales, culturales, de raza, de género…) en desigualdades. Valorar lo diferente y a los diferentes implica también tratar con cortesía, trabajar juntos, respetar. Es imposible la calidad con violencia, irrespeto, maltrato, rivalidad. El centro o programa cuenta con normas claras, construidas con la participación de todos, aceptadas, consensuadas. Se cumple con los horarios, el tiempo escolar es un tiempo para el aprendizaje, se exige y se cultiva la puntualidad y se evita la suspensión de clases. Los reglamentos y normas están al servicio de los alumnos, de su aprendizaje y crecimiento, y en permanente revisión. Los conflictos se asumen creativamente, como momentos especialmente privilegiados para la formación. Directivos y docentes tratan de convertirse en especialistas en resolución de conflictos. En consecuencia, no los temen ni los evaden, los enfrentan debidamente, promueven la negociación y el diálogo, de modo que todos salgan beneficiados del conflicto, tratando de convertir la agresividad en fuerza positiva, fuerza para la creación y la cooperación, y no para la destrucción.

+Se defienden los derechos de todos, especialmente de los más débiles, y se practica la discriminación positiva, es decir, se atiende con especial esmero y dedicación a los alumnos con mayores problemas, carencias y deficiencias. El centro o programa educativo se esfuerza por garantizar a todos las condiciones mínimas (en alimentación, vestido, salud, libros, útiles, recursos…) para el aprendizaje. La evaluación no es un mecanismo para clasificar y excluir, sino una cultura incorporada con naturalidad a todo el proceso, para revisar y reorientar la planificación y ejecución, para enmendar los errores y superar los problemas, para conocer qué sabe cada alumno, qué dificultades tiene, para brindarle la ayuda que necesita. El error no se castiga, sino que se asume como una excelente oportunidad de aprendizaje.

+Se cuenta con planes de formación e integración de los padres, representantes y comunidad. Integración de doble vía: la comunidad colabora con la escuela, pero también la escuela colabora en resolver los problemas de la comunidad. Padres, representantes, comunidad y docentes trabajan y aprenden juntos. Se consideran aliados, que buscan las mismas metas y objetivos. El derecho a una educación de calidad de los alumnos exige el derecho a tener unos padres educados. El centro se vincula a las escuelas cercanas, a las organizaciones comunitarias y se liga a la problemática del entorno. Se preocupa por la educación de calidad de todos los niños, jóvenes y adultos del barrio o la comunidad (no sólo los suyos). Se incorpora a las celebraciones comunitarias, se liga a los procesos productivos, se implica en la solución de los problemas comunes y aprovecha los recursos educativos y pedagógicos de la comunidad, lo que implica superar esos diagnósticos de meras carencias, para abrirse a detectar las posibilidades y recursos pedagógicos disponibles como parques, plazas, iglesias, bibliotecas, fábricas, dispensarios, artesanos, artistas, grupos culturales, escuelas utilizadas medio tiempo etc.

+Se propicia la comprensión crítica de la democracia vivida en la cotidianidad y en la sociedad, pero desde una conciencia ética que haga del individuo sujeto de cambio y protagonista en la construcción de genuinas democracias. Por ello, se educa para la verdadera participación política y para el ejercicio pleno de la ciudadanía. Se trata de que las personas logren entender y experimentar de un modo práctico que sí es posible avanzar en hacer realidad los valores y principios que sustentan la verdadera democracia (participación, crítica, pluralismo, justicia, igualdad, respeto, libertad, eficiencia, ética…) y que vale la pena trabajar sin descanso por construirlos y defenderlos.

Quiero terminar insistiendo en dos actitudes o valores fundamentales que son imprescindibles para sustentar los esfuerzos y seguir trabajando con renovada entrega en los próximos 60 años: LA ESPERANZA Y LA CREATIVIDAD. Anatole France decía que “Nunca se da tanto como cuando se da esperanza”. Es urgente que sigamos levantando bien altas, con Freire y con Vélaz, las banderas de la esperanza y que combatamos la cultura del fatalismo y la resignación. Educar exige la convicción de que es posible el cambio, y la Educación Popular es impensable sin la esperanza militante de que los seres humanos, como sujetos de la historia, podemos reinventar el mundo en una dirección ética y estética, diametralmente opuesta a la marcha del mundo de hoy. En palabras de Paulo Freire, “Si realmente logramos creer en lo imposible, si logramos multiplicar personas y comunidades que crean en lo imposible, lo imposible de ayer y de hoy será la realidad de mañana, la realidad de los sueños realizados”.

Al celebrar nuestros sesenta años, nos comprometemos a seguir soñando y luchando por el sueño de una nueva sociedad con una esperanza crítica, no ingenua, que necesita del compromiso para hacerse historia concreta. De ahí, como nos lo aconsejaba Paulo Freire, la necesidad de educar la esperanza para superar la ingenuidad y evitar que resbale hacia la desesperanza y la desesperación. Esperanza que implica la CREATIVIDAD EN FIESTA, para sacudir las rutinas, para superar el acomodo y la mediocridad, para no culpar a otros de nuestras deficiencias, para no esconder bajo una pretendida prudencia nuestra cobardía. Esperanza que cultiva la alegría, el entusiasmo, la osadía, el atrevimiento, la innovación. Esperanza que se alimenta de los pequeños logros alcanzados, pero que implica coraje, paciencia, terquedad, o como decía nuestro fundador, mucha osadía y atrevimiento.

Mi invitación final es a seguir caminando y buscando,
“y a encontrarnos
en las ganas de amar,
en los sueños de mundos posibles,
en la palabra-vida
hecha poema,
en las ilusiones cómplices
y en el eterno abrazo
del amor hecho esperanza”

(María Elena Céspedes)

¡Atrevámonos! ¿Quién dijo que se acabaron los sueños?

4 comentarios el “FE Y ALEGRÍA: 60 años al servicio del pueblo venezolano

  1. valezca
    10 de marzo de 2016

    gracias por darme clasese fe y alegria

  2. usielis
    28 de abril de 2016

    me gusta fey alegria

  3. Piter Rangel
    26 de junio de 2016

    Los mejores años de mi vida escolar los vivi en Fe Y Alegria gracias Dr. Prisco villasmil en Antimano

  4. carolina
    3 de octubre de 2016

    estoy en liceooo

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Esta entrada fue publicada el 11 de abril de 2015 por en Varios.
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