Antonio Pérez Esclarín

RESUCITÓ: TRIUNFÓ EL AMOR

resucitarEl Domingo de Resurrección es el día más importante y glorioso de todo el calendario cristiano. Es un día de júbilo y esperanza. En él celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre la crueldad, el odio y la violencia.

Para los seguidores de Jesús, la cruz y el viernes santo no son la última palabra: Son sólo paso, puerta a una Vida Renovada. El Padre resucitó a Jesús y quedaron derrotados la muerte y sus heraldos. Ni Jesús se terminó en la cruz del viernes santo, ni nuestra vida termina en oscuridad. La vida y muerte de Jesús son caminos hacia el triunfo. Nuestra vida, también, pues Dios es Amor y el amor es más fuerte que el mal y que la muerte. El Dios de Jesús, el Dios en quien creemos, es un Dios de vivos. Nuestra vida, creada por amor, no se pierde en la muerte. Si el Padre resucitó a Jesús, la muerte no tiene la última palabra.

Pero, ¿en verdad creemos que el Padre resucitó a Jesús y que hoy sigue vivo invitándonos a cambiar el mundo y construir una sociedad fraternal? ¿Creemos en sus palabras “Yo soy la Resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá?”. Si lo creemos, tenemos que afirmar que esta vida es sólo camino a la Vida. Morir, en cierto sentido, es nacer a una vida más plena. La muerte es llegar a casa. Cuando lleguemos, nos espera nuestra Madre con la mesa puesta. Morir no es perderse en el vacío, lejos del Creador. Es entrar en la salvación de Dios, compartir su vida eterna, vivir transformados por su amor insondable. Por ello, la vida no termina en la nada, sino en unos brazos amorosos que nos esperan para adentrarnos en la dimensión profunda del amor.

Afirmar la resurrección no es consuelo ilusorio, ni puede ser evasión del compromiso con la historia y con la vida. Debe convertirse en decisión firme y valiente de continuar el proyecto de Jesús, de defender la vida donde quiera que esté amenazada, de jugársela por los más débiles y pequeños para que tengan vida. De vivir dando muerte a la muerte, sanando heridas, levantando corazones, sembrando ilusiones y esperanzas, desclavando a todos los que hoy son crucificados por la miseria, la explotación y la violencia. Y esto, estando dispuestos a correr la propia suerte de Jesús, y ser crucificados por todos los que quieren mantener un mundo de opresión y de injusticia. Los poderosos vieron en Jesús una amenaza a sus intereses y por eso lo mataron. Seguir a Jesús es aceptar la cruz y anunciar la alegría de la resurrección.

Si la afirmación de la Resurrección de Jesús no se traduce en compromiso por defender la vida, estamos proclamando a un Dios muerto. El anuncio de la resurrección de Jesús supuso en los apóstoles un cambio profundo, se entregaron de lleno a continuar su misión, sacudieron sus miedos y sus intereses individualistas, salieron de sí mismos, vivieron para anunciar y construir el triunfo de la vida. Celebrar la Resurrección debe suponer también para nosotros resucitar a una vida distinta, asumir el compromiso valiente de combatir el odio, la violencia, la injusticia, todo lo que siembra la muerte a nuestro alrededor

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Esta entrada fue publicada el 4 de abril de 2015 por en Varios.
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