Antonio Pérez Esclarín

RELEER A FREIRE EN EL CONTEXTO VENEZOLANO

freireDebo comenzar aclarando que mi charla no pretende ser en modo alguno un ejercicio erudito sobre Freire, pues creo que el mejor homenaje que hoy podemos hacerle es comprometernos con su pasión y libertad en la gestación de una educación genuinamente liberadora, educación para formar sujetos pensantes, críticos, capaces de reinventar el mundo en una dimensión ética y estética, de modo que sea -y son palabras textuales de Freire- “menos feo, en el que disminuyan las desigualdades, en el que las discriminaciones de raza, de sexo, de clase sean señales de vergüenza y no de afirmación orgullosa o de lamentación puramente engañosa…Mundo en el que nadie domina a nadie, nadie roba a nadie, nadie discrimina a nadie, sin ser castigado legalmente. Ni los individuos, ni los pueblos, ni las culturas, ni las civilizaciones. Nuestra utopía, nuestra sana locura es la construcción de un mundo en el que el poder se asiente de tal modo sobre la ética, que sin ella se destruya y no sobreviva. En un mundo así, la gran tarea del poder político es garantizar las libertades, los derechos y los deberes, la justicia y no respaldar el arbitrio de los suyos” .

Releer a Freire en el actual contexto o leer con Freire nuestro mundo y nuestro país para reescribirlos, es decir, para transformarlos, me lleva a plantear con vehemencia –y para ello me presto los títulos de algunos de sus libros- la necesidad de una Pedagogía de la Indignación y la Esperanza, Pedagogía del Diálogo y la Negociación, Pedagogía de la Autonomía y la Libertad, y Pedagogía del Amor.

El mundo a la deriva

Vivimos tiempos en que se están poniendo de moda el pesimismo y el desencanto, en que el egoísmo y el individualismo se consideran valores esenciales, y el pragmatismo más ramplón está acabando con los ideales y los sueños. Tiempos en que los éxitos de la macroeconomía se traducen en una multiplicación de la macropobreza y miles de millones de personas ven cómo se aleja la posibilidad de una vida digna. Antes se les llamaba pobres, después marginados, excluidos. Hoy se les empieza a llamar “poblaciones sobrantes”, incluso “desechables”. Al no tener trabajo no cuentan siquiera con el privilegio de ser explotados, pues como dice Vivian Forrester, “Hemos descubierto en nuestros tiempos que había algo mucho peor que ser explotado: no ser explotable”. Tiempos de total relativismo ético, en que se va imponiendo la ética del TODO VALE y del SOLO VALE: Todo Vale si me produce poder, ganancia, éxito, fama, placer. Todo vale (engaño, violencia, robo, corrupción…) para conseguir el poder o mantenerme en él, para obtener dinero, éxito, fama. Sólo vale lo que me produce beneficio, ganancia, bienestar, poder, placer. Si todo vale, nada vale: el valor y el antivalor se confunden. Cada uno decide lo que es bueno y lo que es malo, lo que se puede y no se puede hacer. El fin justifica los medios. Bueno es lo que me gusta, me mantiene en el poder o me acerca a él, me produce dinero. Proliferan las economías subterráneas del sicariato, el secuestro, la corrupción, la delincuencia, el narcotráfico, el tráfico de personas, de órganos, de armas, la prostitución, todo tipo de violencia. “Armaos los unos a los otros” está sustituyendo el “amaos los unos a los otros” de Jesús.

El mundo se ha convertido en una cosa repleta de cosas, en un gran mercado, en un inmenso almacén. Los grandes sueños han quedado reducidos a comprar, consumir y aparentar; la libertad se ha degradado a la posibilidad de elegir entre miles de productos o canales, y la felicidad se ha rebajado a “pasarlo bien”, salir de compras y responder a los estímulos permanentes del mercado. Es la sociedad del consumo y del espectáculo. Los cada vez más inmensos y sofisticados centros comerciales que ofrecen todos los productos imaginables ocupan hoy el lugar de los antiguos templos. Los estadios deportivos son los únicos lugares de pasiones verdaderas. Los efímeros héroes del deporte, la música, el cine, que los medios de comunicación crean y recrean permanentemente son los modelos a imitar y seguir, los ídolos o pequeños diosecillos débiles en esta religión del espectáculo.

El 10 de diciembre de 1948, cuando el mundo seguía estremecido ante el horror de los campos de exterminio nazi y de la barbarie de la Segunda Guerra Mundial que ocasionó unos 50 millones de muertos, dejó ciudades enteras convertidas en escombros y nos asomó al poder destructor de las armas nucleares, un centenar de países reunidos en París, firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres y son iguales en dignidad y derechos”. Hoy, después de casi 60 años de aquella firma solemne, el mundo sigue más desigual e injusto que nunca. El inmenso poder creador de los seres humanos no está al servicio de la vida. El increíble poderío del desarrollo tecnocientífico no se está traduciendo en mayor desarrollo humano. El mundo de comienzos del Siglo XXI funciona para unos pocos y contra muchos. Las desigualdades se agigantan de un modo vertiginoso entre países y entre grupos dentro de cada país. América Latina tiene el poco honroso privilegio de ser el continente de mayor inequidad. La distancia entre el 10 por ciento de mayores ingresos y el diez por ciento de menores es de 50 a 1. En España es de 10 a 1, y en Noruega de 6 a 1. Coexisten por ello, lo postmoderno con lo premoderno y hasta feudal, e incluso con formas de neoesclavitud como en las maquilas, las universidades de excelencia con el analfabetismo, el derroche con el hambre y la pobreza, las fortunas incontables con la miseria más atroz. Hoy se habla de infopobres e inforicos y la brecha digital, es decir, el tener o no acceso a las nuevas tecnologías, agudiza las diferencias. Mientras en los países más desarrollados el 93% de la población tiene acceso a Internet, en los países más pobres el acceso sólo alcanza al 0,2% de la población. Vivimos en la misma ciudad, incluso en la misma cuadra, pero a siglos de distancia.

Mientras una vaca europea es subvencionada con tres dólares diarios, mil doscientos millones de personas en el mundo, deben vivir con menos de un dólar diario. El gasto militar en el mundo, según la ONU, asciende a más de un billón de dólares al año. Aumenta el gasto militar y aumenta la miseria. Cuantas más armas inteligentes se producen, más brutos e inhumanos nos volvemos. Con tan sólo lo que se gasta en armas en diez días, se podría proteger a todos los niños del mundo. La fabricación de armas es la industria más próspera a nivel mundial, seguida por el narcotráfico, que mueve al año unos 500.000 millones de dólares. El precio de un tanque moderno equivale al presupuesto anual de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación). Con el valor de un caza supersónico se podrían poner en funcionamiento 40.000 consultorios de salud. El adiestramiento de un soldado de guerra cuesta al año 64 veces más que educar a un niño en edad escolar, y la cuarta parte de los científicos del mundo se dedican a la investigación militar, mientras escasean los que se dedican a encontrar curas contra enfermedades como el sida, que está despoblando a algunos de los países más pobres de África. Se calcula que una bala cuesta lo mismo que un vaso de leche, y mientras más abundan las balas más escasea la leche. Cada día mueren en el mundo más de 30.000 niños por causas fácilmente prevenibles como deshidratación y diarrea. En los últimos 20 años hemos pasado de 23 a más de 400 millones de niños esclavos, que malviven o mueren en minas o maquilas, se prostituyen en las calles, limpian parabrisas en los semáforos, son obligados a mendigar, con frecuencia mutilados para que su deformidad impresione a la gente, o son asesinados para proveer el mercado negro de tráfico de órganos. Un hígado o un riñón que se vende en países muy pobres por unos 30 dólares puede alcanzar los 35.000 dólares en el mercado negro. Un millón de niños y de niñas entra cada año en el infierno de la esclavitud sexual y hay ya cien millones de menores atrapados en las redes de la explotación sexual. Según la Organización Mundial del Turismo, el 20% de los 700 millones de viajes que se producen al año en el mundo, tienen como motivación principal el sexo, y de esos, el 3% el sexo con niños. Aire, mares y ríos están heridos de muerte. La tierra languidece y se rebela ante tanta violencia y tanto maltrato. El clima del mundo se altera cada vez más. El agujero en la capa de ozono alcanza ya el tamaño de toda Europa. La mitad de los bosques húmedos que una vez cubrieron la tierra han desaparecido. Hoy, como todos los días del año, desaparecerán 50 mil hectáreas de bosque húmedo. Cada hora es arrasada un área equivalente a unos 600 estadios de fútbol.

Estos datos, y otros muchos que podríamos proporcionar y que sin duda ustedes han escuchado numerosas veces, expresan de un modo elocuente la deshumanización de nuestro mundo y, en consecuencia, la necesidad de cambiarlo. Posiblemente, de tanto escucharlos, ya no nos impresionan ni nos mueven a la indignación y a la acción comprometida. Los números ruedan fríos por nuestras cabezas pero sólo si tocan nuestro corazón lograrán conmovernos, indignarnos y comprometernos. De ahí la necesidad de ponerle nombre y rostro a la pobreza. Cada una de esas abultadísimas cifras está formada por personas concretas, hermanos y hermanas nuestros, con un nombre y una historia, con derecho a ser y vivir dignamente, que sufren, sangran, gritan, lloran, sueñan, mueren…

Por ello, si graves son los números y datos a los que nos acabamos de asomar, tal vez sea todavía más grave la creciente insensibilidad ante ellos. A la cruda y espantosa miseria de miles de millones de personas, habría que añadir la creciente miseria humana y espiritual de los satisfechos. Miles de millones de personas se deshumanizan al tener que vivir y morir en condiciones inhumanas, otros se deshumanizan al volverse insensibles ante la miseria y el dolor de los demás. La pobreza y la miseria, la muerte por hambre o por enfermedades hace ya tiempo derrotables, es un paisaje cotidiano al que nos estamos acostumbrando y ya no nos causa ni desconcierto ni indignación.

Esta realidad exige una pedagogía de la indignación, de la esperanza y del compromiso militante para transformarlo. Si somos dignos debemos indignarnos y comprometernos en la transformación y humanización del mundo. Unir, como tanto nos insistía Freire, denuncia y anuncio, pasar de la mera protesta a la propuesta y el compromiso. Otro mundo no es sólo necesario y posible, sino que gestarlo debe ser nuestro mayor empeño. El porvenir es tarea, es por-hacer.

Anatole France decía que nunca se da tanto como cuando se da esperanza, y Freire nos insiste en que la educación exige la convicción de que es posible el cambio, implica la esperanza militante de que los seres humanos podemos reinventar el mundo en una dirección ética y estética distinta a la marcha de hoy. El Derecho a Soñar no aparece en la Declaración de los Derechos Humanos, pero sin este derecho, y sin el agua que da de beber a los demás, todos los otros se morirían de sed. “No entiendo –nos dice Freire- la existencia humana y la necesaria lucha por mejorarla sin la esperanza y el sueño… La desesperanza nos inmoviliza y nos hace sucumbir al fatalismo en que no es posible reunir las fuerzas indispensables para el embate recreador del mundo… No es posible luchar si no se tiene mañana, si no se tiene esperanza…No es posible pensar en transformar el mundo sin un sueño, sin utopía, sin proyecto. Los sueños son proyectos por los que se lucha. Su realización exige esfuerzo, coraje, vencimiento” . Aceptar el sueño de un mundo mejor y adherirse a él es aceptar participar en el proceso de su creación. Perder la capacidad de soñar y de sorprenderse es perder el derecho a actuar como ciudadanos, como autores y actores de los cambios necesarios a nivel político, económico, social y cultural. Por ello, frente al “Pienso, luego existo”, raíz de la modernidad, y el “Compro, luego soy”, basamento de la postmodernidad consumista y hedonista, debemos levantar el “Sueño, luego existo” de la esperanza comprometida. Sueño, soñamos, y nos comprometemos con coraje y entusiasmo a construir nuestros sueños.

Pero necesitamos educar la esperanza, para superar la ingenuidad y evitar que resbale hacia la desesperanza y la desesperación. Tan negativo es el discurso fatalista, inmovilizador, que renuncia a los sueños y niega la vocación histórica de los seres humanos, como el discurso meramente voluntarista, que confunde el cambio con el anuncio y la proclama del cambio. Necesitamos de una esperanza crítica, no ingenua, que necesita del compromiso y sobre todo del testimonio coherente para hacerse historia concreta. En palabras de Freire , “coherencia de vida con lo que busco, con la utopía. Testimoniar mi compromiso con el mundo mejor que busco. Testimoniar el profundo amor por la libertad. Coherencia entre lo que digo y hago, entre el sueño del que hablo y mi práctica, entre la fe que profeso y las acciones en que me comprometo”. Si bien es cierto que “el acto de educar es un acto político” , no podemos separar la dimensión política de las dimensiones ética y pedagógica, es decir, que el proceso educativo debe estar inmerso en los valores que proclamamos y queremos recoger. Si pretendemos que la educación contribuya a transformar la realidad y el mundo, debemos comenzar por transformar la educación. Esta es la gran lección de la pedagogía, tan escasa en estos días, tan sustituida por la ideología: Sólo recogeremos los frutos que sembremos. La cosecha debe estar implícita en la siembra. Si hace un tiempo el Maestro Prieto Figueroa se quejaba de que los maestros eran en su mayoría unos eunucos políticos, no es menos cierto que gran parte de los políticos son eunucos pedagógicos, es decir, niegan con sus actos lo que proclaman en sus discursos (“El ruido de lo que haces y eres me impide escuchar lo que me dices”). En educación más que revolucionarios profesionales necesitamos revolucionarios en la profesión, es decir, personas comprometidas en el cambio profundo del sistema educativo, que convierten sus aulas y centros en lugares de búsqueda, de participación, de crítica, de diálogo y confrontación, de solidaridad. No será posible transformar la educación con prácticas bancarias, transmisivas, reproductoras. No es posible un mundo fraternal con prácticas discriminatorias, no es posible imponer autoritariamente la libertad, ni recoger justicia y equidad con prácticas excluyentes. “¿Qué ética es esa –se preguntaba alarmado Freire- que sólo vale cuando se aplica a mi favor? ¿Qué extraña manera es esa de hacer historia, de enseñar democracia, golpeando a los que son diferentes para continuar gozando, en nombre de la democracia, de la libertad de golpear? No existe gobierno que permanezca verdadero, legítimo, digno de fe, si su discurso no es corroborado por su práctica, si apadrina y favorece a sus amigos, si es duro sólo con los opositores y suave y ameno con los correligionarios. Si cede una, dos, tres veces a las presiones poco éticas de los poderosos o de amigos ya no se detendrá… hasta llegar a la democratización de la desvergüenza” .

Pedagogía del diálogo y la negociación
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En Venezuela seguimos divididos, rotos, polarizados. Donde las palabras, en vez de ser puentes que nos unen, son muros que nos separan y alejan. Palabras convertidas en rumor que sobresalta, en grito que intenta descalificar y ofender. Palabras, montones de palabras muertas, sin carne, sin contenido, sin verdad. Dichas sin el menor respeto a uno mismo ni a los demás, para salir del paso, para confundir, para ganar tiempo, para acusar a otro, para sacudirse de la propia responsabilidad. Palabras con enfervorizados llamados al diálogo, sin verdadera disposición a encontrarse con el otro y su verdad. Por ello, diálogos que, en el mejor de los casos, son sólo monólogos yuxtapuestos, de los que se sale más escéptico, más dividido. Por eso, y no me cansaré de repetirlo, en Venezuela necesitamos con urgencia Aprender a escucharnos. Escuchar antes de diagnosticar, de opinar, de juzgar. Escuchar viene del latín: auscultare, y denota atención y concentración para entender. Escuchar, en consecuencia, no sólo las palabras, sino el tono, los gestos, el dolor, la frustración, la ira. Escuchar las acciones, la vida, que con frecuencia niegan lo que se proclama en los discursos. Escuchar para comprender y así poder dialogar. El diálogo exige respeto al otro, humildad para reconocer que uno no es el dueño de la verdad. El que cree que posee la verdad no dialoga, sino que la impone, pero una verdad impuesta por la fuerza deja de ser verdad. Si yo sólo escucho al que piensa como yo, no estoy escuchando realmente, sino que me estoy escuchando en el otro. El diálogo supone búsqueda, disposición a cambiar, a “dejarse tocar” por la palabra del otro. En palabras del poeta Antonio Machada: “Tu verdad, no; la verdad: ven conmigo a buscarla”. El diálogo verdadero implica voluntad de quererse entender y comprender, disposición a encontrar alternativas positivas para todos, opción radical por la sinceridad, que detesta y huye de la mentira. La educación debe provocar la autonomía y no la sumisión, estimular la pregunta, la reflexión crítica sobre las propias preguntas, para superar el sinsentido de una educación que exige respuestas a preguntas que los alumnos nunca se hicieron ni les interesan. Educación que promueva el análisis crítico de discursos, propagandas, propuestas y hechos, de las actitudes autoritarias y dogmáticas, tanto en la realidad próxima escolar como de la problemática nacional y mundial, que capacitan para reconstruir y reinventar la realidad. En palabras de Freire necesitamos de un “radicalismo crítico que combate los sectarismos siempre castradores, la pretensión de poseer la verdad revolucionaria… la arrogancia, el autoritarismo de intelectuales de izquierda o de derecha, en el fondo igualmente reaccionarios, que se consideran propietarios, los primeros del saber revolucionario, y los segundos del saber conservador…sectarios de derecha o de izquierda –iguales en su capacidad de odiar lo diferente- intolerantes, propietarios de una verdad de la que no se puede dudar siquiera ligeramente, cuanto más negar”.

El derecho a criticar supone, como también nos lo expresa Paulo Freire , “el deber, al criticar, de no faltar a la verdad para apoyar nuestra crítica; supone también aceptar las críticas de los demás cuando son verdaderas y supone, sobre todo, el deber de no mentir. Podemos equivocarnos, errar; mentir nunca. No podemos criticar por pura envidia, por pura rabia o sencillamente, para hacerme notar”. No hay peor esclavitud que la mentira; ella oprime, atenaza, impide salir de sí mismo. No hay nada más despreciable que la elocuencia de una persona que no dice la verdad. Hay que liberar la conciencia diciendo siempre la verdad. Es preferible molestar con la verdad que complacer con adulaciones. Como decía Amado Nervo, “el signo más evidente de que se ha encontrado la verdad es la paz interior” o, como decía Jesús, “La verdad les hará libres”. La verdad libera de las propias falsedades y arrogancia, de los miedos y ataduras.

Por ello, no sólo necesitamos escuchar, sino también escucharnos. Escuchar nuestro silencio para poder dialogar con nuestro yo profundo, para ver que hay detrás de nuestras palabras, de nuestros sentimientos, de nuestras poses e intenciones, de nuestro comportamiento y vida; para intentar ir al corazón de nuestra verdad, pues con frecuencia, repetimos fórmulas vacías, frases huecas, aceptamos sin ninguna criticidad “la verdad de los míos”. Para cultivar el silencio es imprescindible aprender a callarnos. Sólo podremos escuchar al otro distinto si nos callamos. Algunos, más que facilidad de palabra, parecen tener dificultad de callarse. Pero sólo en el silencio podremos madurar palabras verdaderas, palabras vida, palabras testimonio.

Necesitamos también Aprender a mirarnos, para ser capaces de vernos como conciudadanos y hermanos, y ya no como rivales, amenazas o enemigos (Parábola del maestro). El ciudadano genuino entiende que la verdadera democracia es un poema de la diversidad, y no sólo tolera sino que celebra que seamos distintos. Distintos pero iguales. Precisamente porque todos somos iguales, todos tenemos el derecho a ser y pensar de un modo diferente.

Mirada cariñosa que no excluye a nadie, sino que incluye a todos, sobre todo a los más débiles, que acoge, estimula, supera las barreras, da fuerza, embellece, genera confianza.

En general, la exclusión escolar reproduce la exclusión social. Son precisamente los alumnos que más necesitan de la escuela los que no ingresan en ella, o los que la abandonan antes de tiempo, sin haber adquirido las competencias mínimas esenciales para un desarrollo autónomo. Las escuelas de los pobres suelen ser unas pobres escuelas que contribuyen a reproducir la pobreza. Si a todos nos parecería inconcebible que los hospitales y clínicas enviaran a sus casas a los enfermos más graves o que requieren atención y cuidados especiales, todos aceptamos sin problemas que los centros educativos expulsen a los alumnos más necesitados y problemáticos y se queden sólo con los mejores.

Si queremos evitar que la educación de los pobres reproduzca y perpetúe la pobreza, debemos garantizarles una escuela que evite su fracaso, una escuela que no los excluya ni bote, una escuela que los prepare para desenvolverse eficazmente en el mundo del trabajo y de la vida, de modo que la sociedad no los excluya, y con una sólida formación ética de modo que ellos a su vez no se conviertan en excluidores.

¿Cómo leer el fracaso desde el sistema educativo y desde la sociedad y no desde los alumnos? ¿Cómo dejar de preguntarnos por qué fracasan la mayoría de los alumnos más necesitados, y preguntarnos más bien por qué fracasa la educación con ellos? Detrás de cada alumno que fracasa, se oculta el fracaso del sistema educativo, el fracaso del maestro o profesor, el fracaso de la familia, el fracaso de la sociedad. Posiblemente, un alumno fracasa porque no somos capaces de brindarle lo que necesita.

De ahí la necesidad de practicar la discriminación positiva, es decir, privilegiar y atender mejor a los que tienen más carencias, para así compensar en lo posible las desigualdades y evitar agrandar las diferencias. No puede ser que abandonen la escuela o que ni siquiera ingresen en ella los que más la necesitan. En este sentido, Estado y Sociedad deben aunar esfuerzos para que en los centros educativos que atienden a los alumnos más carentes y con serias deficiencias, se les garantice una verdadera educación integral de calidad. Esto implica jornadas más extensas y más intensas y dotación de buenas bibliotecas, comedores escolares, salas tecnológicas, talleres y laboratorios, canchas deportivas, lugares para estudiar e investigar con comodidad, actividades extraescolares atractivas. Implica también trabajar para lograr los mejores maestros y profesores, con vocación de servicio, orgullosos de su profesión, con expectativas positivas de sí mismos y de los alumnos, motivados y que gozan enseñando, en formación permanente, no para acumular títulos y engordar currículos, sino para desempeñar mejor su labor y servir con más eficacia a los alumnos, capaces de impulsar una pedagogía del amor, la alegría y el asombro, que promueva la motivación, autoestima y deseos de aprender de sus alumnos. En momentos en que en la mayoría de los barrios impera la cultura de la inseguridad y de la muerte, los centros educativos deben ser reductos de vida, bellos y atractivos en el aspecto físico y en el ambiente y clima social que se respira, en los que todos y cada uno de los alumnos se sientan tomados en cuenta, respetados y queridos

Si queremos evitar el fracaso de los alumnos, debemos revisar profundamente también nuestras prácticas de evaluación, que suelen ser los mecanismos más eficaces para la exclusión escolar, y avanzar de la evaluación punitiva a la evaluación formadora. La evaluación debe asumirse como una cultura tanto individual como colectiva y permanente para revisar los procesos y los resultados y emprender los cambios necesarios. Evaluación que ayuda a descubrir tanto al alumno como al docente sus fortalezas, sus carencias, sus necesidades. Evaluar no para clasificar y castigar, sino para ayudar, para evitar el fracaso. Pasar de enseñar para evaluar, a evaluar para enseñar mejor. Más que juzgar el pasado, la evaluación debe ayudar a preparar el futuro. No olvidemos que cada docente es evaluado a la luz de los resultados de las evaluaciones que propone. El único modo de demostrar la idoneidad de un docente es mediante los éxitos de sus alumnos. Si ellos salen mal, él también sale mal. La genuina evaluación no castiga el error sino que lo asume como una maravillosa oportunidad de aprendizaje. Una educación inclusiva, que busca evitar el fracaso de los alumnos, se orienta a garantizarles a todos las herramientas fundamentales (lectura de todo tipo de texto y soporte, escritura, pensamiento, estimación, ubicación en el espacio y en el tiempo…) y las actitudes fundamentales (curiosidad, investigación, trabajo en equipo…) para seguir aprendiendo siempre.
Mirada creadora, capaz de asombrarse, atenta para descubrir el misterio que se oculta en cada cosa, en cada persona, para ver las posibilidades, los talentos ocultos, las fortalezas de cada uno, para que los convierta en vida y dignidad. (Parábola del caballo y la piedra)

Pedagogía de la autonomía, la libertad y el amor.

En el contexto que acabamos de bosquejar, necesitamos con urgencia una educación que proporcione una brújula para poder orientarnos en este mundo turbulento en que vivimos. Una educación que, en palabras de Mounier, despierte el ser humano que todos llevamos dentro, nos ayude a construir la personalidad y encauzar nuestra vocación en el mundo. Se trata de desarrollar la semilla de uno mismo, de promover ya no el conformismo y la obediencia, sino la libertad de pensamiento y de expresión, y la crítica sincera, constructiva y honesta.

Educar es ayudar a conocerse, comprenderse, aceptarse y quererse para poder desarrollar a plenitud todos los talentos y realizar la misión en la vida con los demás, no contra los demás. La genuina sabiduría se resume en el principio socrático “Conócete a ti mismo”. Hoy hay demasiadas personas que saben muchas cosas, que están superinformadas, pero muy pocos se atreven a intentar conocerse a sí mismos.

Para conocerse, es esencial la capacidad de reflexión y silencio. Pero cada vez abundan más y más las personas que son incapaces de estar solas en silencio. El actual mundo, lleno de ruidos y de prisa, impide la reflexión, el encuentro consigo mismo. Muchos pasan la vida huyendo de sí mismos, llevando dentro de sí a un desconocido, sin atreverse a bucear dentro de sus deseos, anhelos, temores y sueños más profundos…El estilo de vida impuesto por la sociedad moderna aparta de lo esencial, impide a las personas descubrir y cultivar lo que son en potencia; no les deja ser ellos mismos, bloquea la expresión libre y plena de su ser. De ahí que la genuina educación debe ayudar a los alumnos a plantearse su proyecto de vida y responder con valor las preguntas esenciales: ¿quién soy yo?, ¿para qué vivo?, ¿cuál es la visión que tengo de mí mismo?, ¿cuáles son mis valores irrenunciables?, ¿cuál es mi misión en la vida?, ¿cómo me concibo como una persona realizada y feliz?

Hoy, desgraciadamente, se evaden estas preguntas. No tenemos coraje para hacerlo. Si la educación no ayuda y estimula al alumno a planteárselas con sinceridad, posiblemente pasará toda la vida en la trivialidad, sin saber para qué vivió. Para poder realizarnos plenamente, todos necesitamos enfrentar el misterio de la existencia, que la vida se manifieste como pregunta y el ser humano como interrogado. En palabras de Einstein: “Podemos vivir como si no existiera el misterio o vivir como si todo fuera un misterio”.

El conocimiento de sí mismo debe llevar implícita la propia valoración y autoestima. Todos valemos no por lo que tenemos, sino por lo que somos, porque somos. Todos tenemos valores y carencias o debilidades, que debemos conocer para construir sobre ellos nuestra identidad. Las propias debilidades pueden ser nuestras fortalezas si las aceptamos y nos empeñamos en superarlas. No hay nada más formativo y que ayude a crecer que asumir el error o la deficiencia como propuesta de superación.

Si es bien cierto que sólo si uno se acepta y quiere, podrá aceptar y querer a los demás, no es menos cierto que es imposible quererse si uno no ha experimentado el amor. La autoestima parte siempre de la estima de otro. El sentirse valorado y amado ayuda a crecer y desarrollarse. Todos, en el fondo, buscamos ser amados. El cariño libera la personalidad. Esta es la lección de numerosos cuentos donde un beso de una tierna doncella a un sapo repugnante es capaz de convertirlo en un apuesto príncipe. Hay mucho príncipe y princesa por nuestras calles y aulas, ocultos en apariencias poco gratas, esperando una mano amiga, una sonrisa, que les devuelva su belleza.

De ahí la importancia de la pedagogía del amor, de que los maestros quieran a sus alumnos, de modo que se sientan importantes, valorados, amados. A algunos les va a tocar incluso llenar ese vacío de amor que sus alumnos nunca encontraron en su hogar y curar de este modo las profundas heridas del desamor. En palabras de Margaret Mead, “para algunos, la escuela es un segundo hogar; para otros, el único. Y para no pocos, una cárcel”.

Atreverse a vivir

No basta con enseñar a conocerse y quererse. El reto de la educación es enseñar a vivir con autenticidad, a ser dueño y señor de la propia vida La vida es el don más maravilloso, basamento de todos los demás, que nos fue dada graciosamente, como el más sublime de los regalos. Nadie de nosotros pudimos elegir nacer o no nacer, ni tuvimos la posibilidad de escoger nuestra forma física, nuestro tamaño, el color de nuestros ojos, la textura de nuestra piel, los grados de nuestra inteligencia. Tampoco pudimos seleccionar a nuestros padres, ni el país donde íbamos a nacer, ni el tiempo o el contexto histórico. Nacimos en una determinada matriz cultural, que marca lo que somos y hacemos, lo que pensamos y creemos. Somos hijos de una familia concreta y de un país que debemos conocer, respetar y querer. Somos únicos e irrepetibles y debemos asumir la vida en una actitud de asombro, agradecimiento y humildad. Asombro ante el increíble milagro que somos todos y cada uno. En la escuela y el liceo nos enseñaron a admirar las grandes obras de arte y de la literatura universal y nos asomaron a los portentos de la ciencia y de la tecnología. Pero no fueron capaces de sembrarnos el asombro y la admiración de la extraordinaria obra de arte, infinitamente más maravillosa que todas las genialidades de los artistas y científicos, que somos cada uno de nosotros.

Nos dieron la vida, pero no nos la dieron hecha. Los seres humanos somos los únicos que podemos labrar nuestro futuro, que podemos inventarnos a nosotros mismos y podemos inventar el mundo. Como con tanta insistencia planteaba Freire , la educación tiene sentido porque los seres humanos somos proyectos y podemos tener proyectos para el mundo. El futuro no es sólo porvenir, es también y sobre todo, por-hacer. “Nuestra vocación es reinventar el mundo y no meramente reproducirlo. La abeja hace la colmena con la misma perfección de siempre. Su “ingenio” está en la especie, no en el individuo. Está determinada, no puede hacer las colmenas de otro modo, ni mejor, ni peor. Siempre perfectas, con una perfección monótona, sin responsabilidad, sin libertad, sin ética. Por eso, las abejas, como todos los animales, no son educables, sólo son adiestrables. No tienen historia ni futuro”. Pero los seres humanos somos siempre seres en proyecto, nos estamos haciendo e inventando permanentemente y así reinventamos el mundo y construimos el futuro, que no está predeterminado por nada ni por nadie, ni es meramente repetición del presente. Somos creadores de nosotros mismos. Sin embargo, en nuestro mundo, pocos se arriesgan a tomar la tarea de la vida en serio y a vivirla como una aventura fascinante en búsqueda de la propia realización personal. La mayoría no se atreve a vivir y es vivido por los demás (mercado, modas, costumbres, objetos, rutina, dinero, dirigentes…), sin el valor para ser sujetos de sí mismos. Gastan su existencia en las orillas de la vida, chapoteando en el barro de la trivialidad y superficialidad, incapaces de darle un sentido propio y personal a su existencia. La vida se va convirtiendo en un episodio irrelevante, que hay que llenar de bienestar y experiencias placenteras. A pesar de que cada vez hay mayor preocupación por alargar la vida y se comienza a hablar cada vez más de calidad de vida, la supuesta calidad se reduce, por lo general, a llenarse de cosas y llevar una vida cómoda, sin problemas.

La conquista de la libertad

Enseñar a vivir plenamente es, en definitiva, enseñar a ser libres. La tarea más importante de la vida debe ser la conquista de la libertad. Pero la libertad, que es autonomía responsable y superación de caprichos y ataduras, se viene confundiendo cada vez más con la capacidad de responder a las seducciones del mercado y a la satisfacción del instinto continuamente estimulado por él. Se confunde, en definitiva, con su contrario: la total dependencia, la esclavitud al mercado o los caprichos. Cuanto más se llenan las personas de cadenas, más libres se sienten.

Todo ser humano está dotado de la capacidad de transformarse interiormente, de modificar su manera de pensar y de vivir. La vida es un viaje y cada uno puede decidir su destino. Podemos vivir dando vida o amargando o asfixiando la vida. Por ello existen los santos y los criminales, personas dispuestas a matar, y personas dispuestas a dar la vida por salvar a otros. Hemos inventado las salas de tortura, pero también los hospitales. Vivir es ponerse en camino para llegar a ser uno mismo, para que el ser humano florezca en plenitud.

Libre es la persona que logra desamarrarse de sus miedos, caprichos y ataduras, y vive comprometido en la conquista de sí mismo. Sabe que el ser humano es tarea y aventura. Por ello es capaz de vivir toda experiencia, por dura y dolorosa que sea, de un modo pleno. Es en consecuencia, capaz de vivir con dignidad hasta su propia muerte.

Hoy hace falta mucho valor para atreverse a ser libre; para salirse del rebaño y levantarse del consumismo, la indiferencia y el egoísmo, al vuelo valiente de la austeridad, la participación y el servicio. De ahí la necesidad de una educación que forme la voluntad y enseñe el coraje, la constancia, el vencimiento, el sacrificio, valores esenciales para perder el miedo a la libertad y lograr la autonomía.

En un mundo que, cada vez más, nos va llenando de cadenas, la genuina libertad debe traducirse en liberación, en lucha contra todas las formas de opresión y represión. “El sueño de la humanización –y de nuevo son palabras de Freire- cuya concreción es siempre proceso, siempre devenir, pasa por la ruptura de las amarras reales, concretas, de orden económico, político, social, ideológico…que nos están condenando a la deshumanización” . Sólo donde hay libertad hay disponibilidad para el servicio, que ayuda a los demás a romper sus propias ataduras. Ser libre es, en definitiva, vivir para los demás, disponibilidad total, para que cada persona pueda desarrollar sus potencialidades.

Libres par amar, para servir

Ahora bien, la plenitud humana sólo es posible en el encuentro. Uno se constituye en persona como ser de relaciones. Toda auténtica vida humana es vida con los otros, es convivencia. La persona humana es imposible e impensable sin el otro. Como decía Camus, “es imposible la felicidad a solas”. Lo propio del ser humano, lo que nos define como personas es la capacidad de amar, es decir, de relacionarnos con otros buscando su bien, su felicidad. Lo que nos deshumaniza es vivir y morir sin amor. Detrás de cada tirano, cada asesino, cada malhechor, hay un déficit profundo de amor o una mala comprensión del amor.

Nuestra actual cultura que privilegia el tener sobre el ser y alimenta las ansias de posesión, nos está volviendo incapaces de amar. Confundimos el amor con su opuesto, el egoísmo, con la necesidad inmadura de seducir para comprobarnos que nos quieren. Amar a una persona es darse para que encuentre su libertad y su felicidad. Es ayudarle a alcanzar su plenitud. El amor supone donación, salida de sí, búsqueda del otro, entrega. El que vive encerrado en sí mismo, el que es incapaz de darse, de amar, nunca alcanzará su plenitud de persona. De ahí la necesidad de educar en el amor y para el amor, en la responsabilidad en el afecto y la sexualidad, en el aprendizaje para ser esposos y padres, sobre todo en estos tiempos en que constatamos que el corazón no va a la escuela.

Dijimos más arriba que toda auténtica vida es vida con los otros, es convivencia. Vivimos sin embargo y como ya dijimos, tiempos muy violentos, de feroz individualismo y extrema competitividad, donde se impone una especie de darwinismo social: sobreviven sólo los más fuertes, los que logran adaptarse a los cambios continuos. Los débiles, los menos dotados, no tienen cabida en este mundo o deben conformarse con llevar una existencia miserable, al margen de la vida humana. De ahí la importancia de una educación desde la vida y para la vida, que combata con valor todos los ídolos de la muerte: egoísmo, consumismo, codicia, violencia, guerra, opresión…, y enseñe a amar la cultura de la vida compartida. Hay que educar para la austeridad y el compartir, para la búsqueda de un desarrollo humano sustentable, que atienda las necesidades de todos y no de unos pocos, que priorice la calidad de vida sobre la cantidad de cosas, y que enseñe a respetar y amar la naturaleza. Debemos convencernos de que la sobrevivencia pasa por la convivencia, y de que el egoísmo y el ecocidio son formas veladas de suicidio colectivo. Enseñar a vivir implica, en consecuencia, enseñar a convivir. Para ello, la educación debe promover y garantizar las competencias esenciales para una sana convivencia y para el ejercicio de una ciudadanía responsable:

-Aprender a no agredir ni física, ni verbal, ni psicológicamente a nadie, requisito indispensable para la convivencia social. La agresión es signo de debilidad moral e intelectual, y la violencia es la más triste e inhumana ausencia de pensamiento. Hay que aprender a resolver los conflictos mediante la negociación y el diálogo, de modo que todos salgan beneficiados de él, tratando de convertir la agresividad en fuerza positiva, fuerza para la creación y la cooperación, y no para la destrucción. La calidad de una institución o de una relación no se expresa por si tiene o no conflictos, sino por el modo de resolverlos. Los educadores debemos ser especialistas en resolver conflictos. Para ello, debemos perderles el miedo y aprender a considerarlos como oportunidades privilegiadas para educar. Los conflictos suelen ser válvulas de escape que deben ser analizadas con cuidado para intentar comprender qué quieren expresar los alumnos con su comportamiento. ¡Cuánto avanzaríamos en la creación de un clima motivador si alumnos, maestros y padres se percibieran como colaboradores y no como adversarios! Si nos esforzamos por entender lo que nos quieren decir los alumnos cuando provocan conflictos, estaremos más próximos a resolverlos que si nos limitamos a reprimirlos.

-Aprender a comunicarse, a dialogar, a escuchar, a expresarse con libertad, argumentar, comprender al otro y lo que dice, defender con firmeza las propias convicciones sin agredir ni ofender al que le contradice. Una comunidad que aprende a conversar, aprende a convivir.

-Aprender a tratar con cortesía, a colaborar, es decir, a trabajar juntos, a decidir en grupo, a considerar los problemas como retos a resolver y no como excusas para culpar a otros.

-Aprender a valorar y aceptar las diferencias culturales, de raza y de género, sin convertirlas en desigualdades Aprender a valorar la propia familia, cultura y religión, a reconocer y afincarse en las raíces culturales y sociales, y a respetar y las familias, culturas y religiones diferentes dentro y fuera de cada país, combatiendo los dogmatismos, fundamentalismos e intolerancia de quienes quieren imponer una única forma de pensar, de creer, de vivir. La diversidad y el respeto a las minorías son tan importantes como el gobierno de las mayorías. El fanatismo es odio a la inteligencia, miedo a la razón. Pero como nos lo advierte Freire, “la tolerancia es imposible sin humildad. Necesito no sobrestimarme ni subestimar a los demás. Necesito sobre todo no irritarme de sólo pensar que el otro puede ser tan capaz como yo o más brillante que yo, más creador, más pensante que yo. La intolerancia y la arrogancia van de la mano, del mismo modo que la tolerancia y la humildad se complementan” .

-Aprender a cuidarse, a cuidar a los otros, a cuidar el ambiente, las cosas colectivas, los bienes públicos que pertenecen a todos, combatiendo el desinterés del público por lo público.

-Aprender a esforzarse y a trabajar con responsabilidad y calidad, medio esencial para garantizar a todos unas condiciones de vida digna (vivienda, alimentación, educación, trabajo, recreación…), como factores esenciales para la convivencia pacífica. Si gran parte de la población no cuenta con condiciones adecuadas de vida y apenas sobrevive penosamente, no será posible la convivencia. La paz verdadera se afinca sobre las bases de la justicia, la inclusión y la equidad. Por ello, hay que combatir la hipocresía que proclama los derechos de todos e impide su realización. La defensa de los derechos humanos esenciales se transforma en el deber de hacerlos posibles y reales para todos. Esto va a suponer, entre otras cosas, impulsar unas políticas económicas vigorosas que promuevan la productividad, la eficiencia, la calidad y combatan la mentalidad facilista, limosnera, mesiánica.

Detrás de cada milagro económico –llámese milagro japonés, alemán, español…-aparece siempre un pueblo que ha creído en sí mismo y ha hecho del trabajo productivo el medio fundamental de levantar el país. En Venezuela, necesitamos con urgencia una educación que siembre el valor del trabajo, de las cosas bien hechas, de la responsabilidad, de la productividad. La educación actual enseña a reproducir, a repetir, pero no a producir, a emprender, a crear. Debemos pasar del aprendizaje de la cultura a la cultura del aprendizaje y de la productividad.

Ya para terminar, quiero insistir, una vez más, en la necesidad de aprender –y por ello también enseñar- el amor, como medio de alcanzar la plenitud personal, la felicidad y la convivencia. En definitiva, sólo será posible convivir, es decir, vivir con los demás, si hay personas dispuestas a vivir para los demás, pues el servicio es una forma privilegiada de amar. Nos dieron la vida para dar vida, para darla. Vivir como un regalo para los demás, vivir sirviendo siempre, es el modo privilegiado de encontrar la plenitud y la felicidad.

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Esta entrada fue publicada el 28 de marzo de 2015 por en Conferencias.
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