Antonio Pérez Esclarín

Pedagogía del amor y la ternura

aprendeEl amor es el principio pedagógico esencial. De muy poco va a servir que un docente se haya graduado con excelentes calificaciones en las universidades más prestigiosas, si carece de este principio esencial. En educación es imposible ser efectivo sin no se es afectivo. No es posible calidad sin calidez. Ningún método, ninguna técnica, ningún currículo por abultado que sea, puede reemplazar al afecto en educación. Amor se escribe con “a” de ayuda, apoyo, ánimo, aliento, asombro, acompañamiento, amistad. La amistad significa no sólo un antídoto contra la soledad, sino también un refuerzo recíproco en situaciones difíciles y también un estímulo para avanzar. El educador es un amigo que ayuda a cada alumno, especialmente a los más carentes y necesitados, a superarse, a crecer, a ser mejores.

Amar significa aceptar al alumno como es, siempre original y distinto a mí y a los demás alumnos, afirmar su valía y dignidad, más allá de si me cae bien o mal, de si lo encuentro simpático o antipático, de si es inteligente o lento en su aprendizaje, de si se muestra interesado o desinteresado. El amor genera confianza y seguridad. Es muy importante que el niño se sienta en la escuela, desde el primer día, aceptado, valorado y seguro. Sólo en una atmósfera de seguridad y confianza podrá florecer la sensibilidad, el respeto mutuo y la motivación, tan esenciales para un aprendizaje autónomo. Educar es un acto de amor mutuo. Es muy difícil crear un clima propicio al aprendizaje si no hay relaciones cordiales y afectuosas entre el profesor y el alumno, si uno rechaza o no acepta al otro:

Cuentan que Aristóteles recibió el encargo de una familia muy rica de Atenas de que instruyera a su hijo. Aceptó el encargo, pero al tercer día devolvió al hijo con un recado para sus padres: “Diles que no puedo enseñarte nada”.

Extrañados fueron a preguntarle por qué afirmaba eso.

-Es que su hijo no me quiere –respondió el gran filósofo.

El amor es también paciente y sabe esperar. Por eso, respeta los ritmos y modos de aprender de cada uno y siempre está dispuesto a brindar una nueva oportunidad. La educación es una siembra a largo plazo y no siempre se ven los frutos. De ahí que la paciencia se alimenta de esperanza, de una fe imperecedera en las posibilidades de superación de cada persona. La paciencia esperanzada impide el desánimo y la contaminación de esa cultura del pesimismo y la resignación que parecen haberse instalado en tantos centros educativos.

Para ser paciente, uno tiene que tener el corazón en paz. Sólo así será capaz de comprender, sin perder los estribos, situaciones inesperadas o conductas inapropiadas, y podrá asumir las situaciones conflictivas como verdaderas oportunidades para educar. La paciencia evita las agresiones, insultos o descalificaciones, tan comunes en el proceso educativo cuando uno “pierde la paciencia”. El amor paciente no etiqueta a las personas, respeta siempre, no guarda rencores, no promueve venganzas; perdona sin condiciones, motiva y anima, no pierde nunca la esperanza.

Amar no es consentir, sobreproteger, regalar notas, dejar hacer. El amor no se fija en las carencias del alumno sino más bien, en sus talentos y potencialidades. El amor no crea dependencia, sino que da alas a la libertad e impulsa a ser mejor. Busca el bien-ser y no sólo el bienestar de los demás. Ama el maestro que cree en cada alumno y lo acepta y valora como es, con su cultura, su familia, sus carencias, sus talentos, sus heridas, sus problemas, su lenguaje, sus sueños, miedos e ilusiones; celebra y se alegra de los éxitos de cada uno aunque sean parciales; y siempre está dispuesto a ayudarle para que llegue tan lejos como le sea posible en su crecimiento y desarrollo integral. Por ello, se esfuerza por conocer la realidad familiar y social de cada alumno para, a partir de ella, y a poder ser con la alianza de la familia, poder brindarle un mejor servicio educativo.

Algunos, en vez de hablar de la pedagogía del amor, prefieren hablar de la pedagogía de la ternura para enfatizar ese arte de educar con cariño, con sensibilidad, para alimentar la autoestima, sanar las heridas y superar los complejos de inferioridad o incapacidad. Es una pedagogía que evita herir, comparar, discriminar por motivos religiosos, raciales, físicos, sociales o culturales. La pedagogía de la ternura se opone a la pedagogía de la violencia y en vez de aceptar el dicho de que “la letra con sangre entra”, propone más bien el de “la letra con cariño entra”; en vez de “quien bien te quiere te hará llorar”, “quien bien te quiere te hará feliz”.

La pedagogía del amor o pedagogía de la ternura es reconocimiento de diferencias, capacidad para comprender y tolerar, para dialogar y llegar a acuerdos, para construir colectivamente aprendiendo también de los que “no saben”, para soñar y reír, para enfrentar la adversidad y aprender de las derrotas y de los fracasos, tanto como de los aciertos y los éxitos. La ternura es encariñamiento con lo que hacemos y lo que somos, es deseo de transformarnos y ser cada vez más grandes y mejores. Por esto, ternura también es exigencia, compromiso, responsabilidad, rigor, cumplimiento, trabajo sistemático, dedicación y esfuerzo, crítica permanente y fraterna. En consecuencia, no promueve el dejar hacer o deja pasar, ni el caos, el desorden o la indisciplina; por el contrario, promueve la construcción de normas de manera colectiva, que partan de las convicciones y sentimientos y que suponen la motivación necesaria para que se cumplan.

La pedagogía del amor o la ternura implica que el educador, además de amar a todos y cada uno de sus alumnos, se ama y ama lo que hace; ama su profesión y ama la materia que enseña. No es un médico o un ingeniero frustrado que estudió educación porque el promedio de notas no le permitió estudiar otra carrera más “prestigiosa”. Considera que educar es algo más sublime e importante que enseñar matemáticas, inglés, computación o química. Educar es formar personas, cincelar corazones, ofrecer los ojos para que los alumnos se miren en ellos y se vean bellos y así puedan mirar la realidad sin miedo. El educador es un partero del espíritu: ayuda a nacer el hombre o la mujer posible. Educar es, en definitiva, continuar la obra creadora de Dios de modo que cada persona sea guiada a alcanzar su plenitud.

Si el educador ama la materia que enseña, será capaz de transmitir ese amor a sus alumnos, les comunicará su propia pasión. Estará siempre buscando, aprendiendo, formándose, y de este modo provocará en los alumnos su hambre de aprender.

En su obra póstuma El primer hombre, el escritor francés Albert Camus, premio nóbel de literatura, recuerda la escuela y los docentes de su infancia y escribe:

“No, la escuela no sólo les ofrecía una evasión de la vida de la familia. En la clase del Sr. Bernard por lo menos, la escuela alimentaba en ellos un hambre más esencial para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. En las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceba a un ganso. Les presentaban un alimento ya preparado, rogándoles que tuvieran a bien tragarlo. En la clase del Sr. Germain, sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se les consideraba dignos de descubrir el mundo” .

Este texto de Camus pinta genialmente al genuino educador que, más que impartir y exigir la memorización de paquetes de conocimientos muertos, es capaz de transmitir a los alumnos su pasión educativa, su deseo de aprender, de descubrir, de estar en permanente búsqueda del saber. Porque como el propio Camus nos dirá enseguida, las clases con el Sr. Germain eran apasionantes, porque él era un apasionado del saber y transmitía a los alumnos el gozo de su propio descubrimiento.

La pedagogía del amor y la ternura implica también que cada educador, además de amar a cada alumno y de amarse a sí mismo, ama también a todos y cada uno de sus compañeros, a los que considera aliados en la tarea común de lograr la mejora de la escuela y el logro de una educación de calidad para todos los alumnos. Por ello, combate y evita toda actitud de enfrentamiento, toda división en grupos opuestos, toda palabra ofensiva que puede contribuir a enrarecer el ambiente o a desmotivar, y cultiva el apoyo, la ayuda, la unión, la solidaridad. Es una pedagogía capaz de valorar y reconocer los éxitos y triunfos del compañero, y es también una pedagogía de la exigencia y el esfuerzo, que combate la permisividad e irresponsabilidad, la pérdida de tiempo, el clima de mediocridad y pesimismo. El centro educativo se va organizando como un verdadero equipo, unidos en la identidad y la misión, donde cada uno aporta lo mejor de sí y está siempre dispuesto a recibir de los compañeros, en el horizonte colectivo de la misión y proyecto del centro. La escuela se va configurando como una verdadera comunidad de aprendizaje, en un centro de formación permanente de todo su personal, formación que se traduce en mejoras en los aprendizajes de los alumnos.

La pedagogía del amor es pedagogía de la alegría y el asombro

La alegría es un valor fundamental del ser humano. Por ello, hay que proponerla y cultivarla. Al alumno hay que tratarlo con alegría que es el signo que acompaña siempre a cualquier tarea creadora. Hacer feliz a un niño es ayudarle a ser bueno. Si hay alegría, hay motivación, deseos de aprender. Si en los centros educativos brilla la alegría, habremos conseguido lo más importante.

La alegría afirma la existencia de cada alumno. Si el educador no se alegra por la existencia de su alumno, en el fondo lo está rechazando y negando. En consecuencia, la pedagogía de la alegría sólo será posible si cada educador acude con el “corazón maquillado” de dicha al encuentro gozoso con sus alumnos. El maestro o profesor debe ser el personaje más entusiasta y gozoso del salón. Si él está alegre, convertirá su salón en una fiesta, pero si está amargado o aburrido, su clase será un fastidio. Un educador alegre se esfuerza por apartar sus preocupaciones y problemas y se mantiene siempre positivo y cercano, con una sonrisa en sus labios. Una sonrisa negada a un estudiante puede convertirse en un pupitre o una silla vacíos.

Una sonrisa cuesta poco y produce mucho.
No empobrece al que la da y enriquece al que la recibe.
Dura sólo un instante y perdura en el recuerdo eternamente.
Es la señal externa de la amistad profunda.
Nadie hay tan rico que no la necesite,
nadie hay tan pobre que no pueda darla.
Una sonrisa alivia el cansancio, renueva las fuerzas
y es consuelo en la tristeza.
Una sonrisa tiene valor desde el comienzo que se da.
Si crees que a ti la sonrisa no te importa,
sé generoso y da la tuya,
porque nadie tiene tanta necesidad de una sonrisa
Como quien no sabe sonreír.
(Charles Chaplin).

En momentos en que en nuestras ciudades y pueblos impera la cultura de la muerte, los centros educativos deben ser recintos de vida, donde todos los alumnos se sientan a gusto, seguros y felices. Las aulas y todos los recintos escolares deben invitar a la alegría y ser atractivos en lo físico y en el ambiente irradiador de aceptación, comprensión, ayuda. Con frecuencia, el ambiente de los recintos escolares y de sus alrededores, el abandono, el descuido, la suciedad, la desidia, la frialdad desnuda de los salones, y unas relaciones centradas en el autoritarismo y el miedo, traen mucha niebla de desmotivación y fastidio. Si pretendemos una educación en la alegría, cada plantel tiene que ser un manantial de confianza, camaradería y amistad, un espacio digno, pulcro, que irradie vida y donde todos se sientan bien.

Quedan, en consecuencia, prohibidas las caras largas, las palabras ofensivas y desestimulantes, las amenazas, los gritos, las normas sin comprensión, los ejercicios tediosos y aburridos, las memorizaciones sin entender, los aprendizajes sin sentido, que sólo sirven para pasar los exámenes y continuar en la escuela Hay que volver al saber con sabor; hay que recuperar la escuela (scholé) como lugar del disfrute en el trabajo creativo y compartido, pues hemos convertido la enseñanza en algo muy tedioso y aburrido. Necesitamos en consecuencia “recrear” la escuela para que no siga privilegiando la memoria y la repetición, sino que cultive la imaginación y la creatividad. Creatividad ya no para adaptarse y triunfar en este mundo que confunde la felicidad con consumir y el capricho con la libertad, sino para transformar y crear.

Desrutinemos la educación, abramos las ventanas del aula a la vida, recuperemos el valor educativo del recreo, el deporte, las actividades culturales, los grupos musicales o de teatro, las convivencias y excursiones. Este tipo de actividades que fortalecen la voluntad, desarrollan la expresión, la iniciativa, la creatividad y la sensibilidad, son las que calan más hondo en el espíritu. Ellas marcan a la persona para toda la vida.

Desterremos la rutina, los rituales grises, las jornadas monótonas, siempre iguales. Cada día debe ser una sorpresa, cada actividad una fuente de asombro. Los alumnos acuden al centro educativo no a repetir rituales aburridos, sino a dejarse sorprender por la innovación y la creatividad. Los salones se convierten en talleres y laboratorios donde se aprende a crear y producir y no meramente a copiar y reproducir. Producción dialógica, cooperativa, donde todos aprenden y aprenden de todos. La biblioteca ya no será un mero depósito de libros, sino que se convertirá en la casa de la magia y de los sueños, donde se cultivará el amor a los libros. Ir a la biblioteca debe considerarse un premio. La maestra bibliotecaria debe ser la más soñadora, la más dinámica y creativa, capaz de provocar las ganas de aprender y de crear.

Se trata, en definitiva, de ir desverbalizando la labor educativa. Para ello, los docentes deben aprender a callarse. La palabra del docente que ocupa generalmente la mayor parte de los tiempos educativos, debe ceder lugar al trabajo organizado de los alumnos. Hay que hablar menos y dedicar más tiempo a planificar. Entendiendo la planificación no como esa antiplanificación de copiar rutinariamente los objetivos y actividades del programa, sino la que plantea cómo motivar, organizar y guiar el trabajo de los alumnos. La mayoría de las veces, los problemas de indisciplina suelen tener en su origen una inadecuada planificación. El alumno se fastidia, y con razón, si lo obligamos a estar horas y horas clavado a un pupitre escuchando cosas ajenas a sus intereses, o le obligamos a hacer cosas en las que no encuentra el menor eco a sus inquietudes, aspiraciones y problemas. Él se rebela por medio de la agresividad o la apatía, y el docente se agota intentando mantener el orden y el silencio.

Atrevámonos a innovar, proponer, soñar, convertir nuestras actividades en una fiesta. Estimulemos en los alumnos la capacidad de creer y crear para que no se dejen atrapar en el fango rastrero, sin alma, del materialismo que nos domina y aplasta, que no nos deja soñar y que lleva al fastidio y el aburrimiento. La verdadera alegría, que no viene de afuera, de las cosas, sino que mana de adentro cuando se ha aprendido a vivir en la verdad y en el amor, es siempre subversiva de este mundo inhumano y excluyente, que considera que la felicidad se compra con tarjeta de crédito. Es una alegría siempre esperanzada, más fuerte que los cansancios y las aparentes derrotas. Esta alegría, que brota de la compasión y el compromiso, se convierte en fuerza para combatir todo lo que ocasiona tristeza y dolor, para así construir la civilización del amor, donde sea posible la felicidad para todos. En palabras de Eduardo Galeano:

“Nosotros tenemos la alegría de nuestras alegrías y también la alegría de nuestros dolores, porque no nos interesa la vida indolora, que la civilización del consumo vende en los supermercados. Y estamos orgullosos del precio de tanto dolor, que con tanto amor pagamos. Nosotros tenemos la alegría de nuestros errores, tropezones que muestran la pasión de andar y amor por el camino. Y tenemos la alegría de nuestras derrotas, porque la lucha por la justicia y la belleza valen la pena también cuando se pierden. Y sobre todo tenemos la alegría de nuestras esperanzas. En plena moda del desencanto cuando el desencanto se ha convertido en artículo masivo y universal, nosotros seguimos creyendo en los asombrosos poderes del abrazo humano”.

La pedagogía del amor es una pedagogía de la inclusión

En general, la exclusión escolar reproduce y consolidad la exclusión social. Son precisamente los alumnos que más necesitan de la escuela los que no ingresan en ella, o los que la abandonan antes de tiempo, sin haber adquirido las competencias mínimas para un desarrollo autónomo. Las escuelas de los pobres suelen ser unas pobres escuelas que contribuyen a reproducir la pobreza. Si a todos nos parecería inconcebible que los hospitales y clínicas enviaran a sus casas a los enfermos más graves o que requieren atención o cuidados especiales, todos aceptamos sin problemas que los centros educativos expulsen a los alumnos más necesitados y problemáticos y se vayan quedando sólo con los mejores.

La pedagogía del amor debe revisar, para superarlos, los mecanismos de exclusión (tanto para entrar como para permanecer en los centros), que con frecuencia son muy sutiles. No olvidemos que sigue muy latente el peligro de que cada vez más, la educación, en vez de ser un medio para democratizar la sociedad y compensar las desigualdades de origen, lo sea para agigantar las diferencias: Buena educación para el que tiene posibilidades económicas y capacidad para exigir, y pobre o pésima educación para los más pobres.

Si queremos evitar que la educación de los pobres reproduzca y perpetúe la pobreza, debemos garantizarles una escuela que evite su fracaso, una escuela que no los excluya ni bote, una escuela que los prepare para desenvolverse eficazmente en el mundo del trabajo y de la vida, de modo que la sociedad no los excluya, y con una sólida formación ética de modo que ellos a su vez no se conviertan en excluidores. Sería lamentable y contradictoria una propuesta de inclusión que forme a los alumnos para que excluyan a todos los que no piensan como ellos.

¿Cómo leer el fracaso desde la escuela y desde la sociedad y no desde los alumnos? ¿Cómo dejar de preguntarnos por qué fracasan en la escuela la mayoría de los alumnos más necesitados, y preguntarnos más bien por qué fracasa la escuela con ellos? Detrás de cada alumno que fracasa, se oculta el fracaso del sistema educativo, el fracaso del maestro, el fracaso de la familia, el fracaso de la sociedad. Posiblemente, un alumno fracasa porque no somos capaces de brindarle lo que necesita.

La discriminación positiva

Una pedagogía que busca la inclusión de todos promueve la discriminación positiva, es decir, privilegia y atiende mejor a los alumnos con mayores carencias y dificultades, para así compensar en lo posible las desigualdades y evitar agrandar las diferencias. Tratar a todo el mundo por igual en un mundo desigual, es favorecer a los privilegiados, a costa de los débiles.

No puede ser que abandonen la escuela precisamente los que más necesitan de ella, sea por deficiencias económicas, culturales o de conducta. Si botamos a los alumnos que se portan mal, les estamos privando del único remedio que podría curarles: la educación. Si excluimos a los que rinden poco o se van quedando atrás, estamos negándoles la ayuda que requieren. En este sentido, Estado y Sociedad deben aunar esfuerzos para que, en los centros educativos que atienden a los alumnos más necesitados, se les garantice a todos la misma calidad educativa, o incluso mayor, que la que obtienen los alumnos de familias pudientes. Esto implica jornadas más extensas y más intensas, y compensar las ausencia y desventajas sociales proporcionándoles buenas bibliotecas, comedores escolares, salas de computación, laboratorios, canchas deportivas, lugares para estudiar e investigar con comodidad, actividades extraescolares atractivas, y también de los mejores maestros, motivados y en formación permanente, capaces de impulsar una pedagogía que reconozca los saberes y valores del alumno y promueva su motivación y autoestima.

La discriminación positiva implica también que las escuelas cuenten con recursos especializados para atender a los alumnos con graves problemas de conducta y a los que tienen especiales dificultades de aprendizaje.

Las expectativas positivas de los maestros

Si está bien comprobado que el fracaso sólo desaparece recuperando la confianza en uno mismo, hay que añadir que tal confianza sólo brota de la constatación de la propia valía, de la comprobación de los éxitos. Si uno se enfrenta a los problemas y dificultades con la ayuda necesaria se hace capaz. Por ello es tan importante que los maestros crean en sus alumnos, estén bien convencidos de que son capaces, y estén dispuestos a valorar todos los tipos de talento (deportivos, manuales, expresivos, prácticos, musicales…), no meramente los académicos, y ayudar a cada alumno s descubrirlos y potenciarlos. Sólo sobre lo bueno descubierto, sobre los éxitos y el convencimiento del propio valor, se puede levantar la autoestima. Como decía Freinet, “cada persona debe estar en algún momento a la cabeza del pelotón”.

Todos somos primero en algo. Si un alumno se siente valorado y reconocido por lo que hace bien, crecerá seguro de sí mismo y podrá ser guiado con eficacia a otro tipo de aprendizajes. Pongamos el ejemplo de un profesor de matemáticas que tiene un alumno que le rinde en la materia muy poco. Ese profesor es un pedagogo de la inclusión y está convencido de que ese alumno tiene habilidades y talentos que él desconoce. Descubre, pongamos por caso, que ese alumno que anda tan mal en matemáticas, es un excelente jugador de fútbol. El profesor dedica parte de su tiempo para ir a verlo jugar, y después del partido, se acerca a felicitarlo por sus talentos deportivos y por lo bien que ha jugado. Desde ese momento, el alumno va a perder gran parte del miedo a las matemáticas y va a empezar a interesarse en ellas porque ha descubierto que su profesor, que él pensaba lo consideraría un inútil, nada bueno para nada, ha valorado sus talentos y ha reconocido con verdadera admiración las cosas que hace bien.

Es muy conocido en pedagogía el Efecto Pigmalión. Según la mitología, Pigmalión, rey legendario de Chipre, esculpió en marfil una estatua de mujer tan hermosa que se enamoró perdidamente de ella y anheló ardientemente que tuviera vida. La diosa Venus atendió los deseos y súplicas del rey enamorado, y convirtió la estatua en una bellísima mujer de carne y hueso. Pigmalión la llamó Galatea, se casaron y fueron muy felices.

El Efecto Pigmalión, teoría de la “profecía que se cumple a sí misma” viene a significar que las expectativas, positivas o negativas, influyen en las personas con las que nos relacionamos. Los profesores y maestros tienen expectativas ya preconcebidas según la raza, el sexo, la familia, el aspecto, las etiquetas que les han puesto a sus alumnos, que van a condicionar fuertemente su rendimiento. Si están convencidos de que sus alumnos son incapaces, los tratarán como incapaces y los volverán incapaces. Como dice Fernando Savater, con su crudeza española, “Si yo estoy convencido de que un alumno es bruto y no lo es, pronto lo será”. Los profesores que tienen un bajo concepto de sus alumnos, acaban despreciándolos, se distancian de ellos, les ponen etiquetas y esperan que actúen según las etiquetas. De ahí la importancia de que los educadores tengan expectativas positivas respecto a sí mismos y respectos a sus alumnos, sobre todo, los que aparecen como más débiles. Si la maestra o el profesor están convencidos de que tienen en su salón un grupo de triunfadores, tratarán a cada uno como a un triunfador, le comunicarán su fe y su entusiasmo y harán de todos y de cada uno de ellos unos triunfadores

Un profesor universitario envió a sus alumnos de sociología a las villas miseria de Baltimore para estudiar doscientos casos de varones adolescentes en situación de riesgo. Les pidió que escribieran una evaluación del futuro de cada muchacho. En todos los casos, los investigadores escribieron: “No tiene ninguna posibilidad de éxito”.

Veinticinco años más tarde, otro profesor de sociología encontró el estudio anterior y decidió comprobar la veracidad de los pronósticos. Para ello, envió a sus alumnos a que investigaran qué había sucedido con aquellos muchachos que, veinticinco años antes, parecían tener tan pocas posibilidades de éxito. Exceptuando a veinte de ellos, que se habían ido de allí o habían muerto, los estudiantes descubrieron que casi todos los restantes habían logrado un éxito más que mediano como abogados, médicos y hombres de negocios.

El profesor se quedó intrigado y decidió seguir adelante con la investigación. Afortunadamente, no le costó mucho localizar a los investigados y pudo hablar con cada uno de ellos.

-¿Cómo explica usted su éxito? –les fue preguntando.

En todos los casos, la respuesta, cargada de un sentimiento agradecido, fue:

-Hubo una maestra especial…

La maestra todavía vivía, de modo que la buscó y le preguntó a la anciana, aunque todavía mujer muy lúcida, qué fórmula mágica había usado para que esos muchachos hubieran superado la situación tan problemática en que vivían y triunfaran en la vida.

Los ojos de la maestra se iluminaron y sus labios esbozaron una amplia sonrisa:

-En realidad, es muy sencillo –dijo-. Todos esos muchachos eran excelentes. Los quería mucho.

Son numerosas las investigaciones que han demostrado la veracidad del Efecto Pigmalión. Rosenthal y su grupo de investigadores hicieron un test para supuestamente medir el coeficiente intelectual de los alumnos. Seleccionaron en total secreto, alumnos que, según la prueba, había salido muy bien, alumnos que habían salido regular y alumnos que habían salido mal. A todos se les hizo creer que eran muy inteligentes. Después de un tiempo, todos los seleccionados se volvieron inteligentes.

Otro grupo de investigadores de la Universidad de Harvard idearon una prueba para determinar qué alumnos iban a progresar. Sin revisar las pruebas, las botaron en la papelera y seleccionaron al azar cinco alumnos. Como se les hizo creer que iban a progresar, los cinco seleccionados progresaron.

El investigador Ellis Page puso un examen y dividió sus alumnos en tres grupos: A, B y C. Tras corregir las pruebas, a los del grupo A, sólo les puso la nota. A los del grupo B, les puso la nota y alguna palabra: “Bueno”, “buen trabajo”, “bien”. A los del grupo C, les escribió un trozo personal insistiendo en lo positivo: “Me gustó tu trabajo. Estoy seguro de que puedes progresar. A pesar de algunos fallos, adivino en ti una persona creativa y capaz ¡Cuenta conmigo!”. “Disfruté de tu trabajo. Sigue esforzándote así…Estoy seguro de que vas a seguir mejorando. Estoy ansioso de volver a leer algo tuyo”.

El grupo A siguió igual; el grupo B mejoró un poco; el grupo C mejoró sustancialmente.

De evaluar para excluir a evaluar para ayudar

La evaluación suele ser el principal mecanismo de los docentes para excluir a los alumnos. De ahí que la pedagogía del amor y la inclusión exige una revisión profunda de la cultura y las prácticas de evaluación Hay que superar esa pedagogía que convierte la evaluación en un instrumento de control, sanción y exclusión del alumno y sirve para reforzar la distancia entre éste y el profesor, y de los alumnos entre sí. Como el objetivo de la evaluación es poner notas para ver quién pasa y quién no pasa, los alumnos no vacilan en utilizar todos los medios a su alcance (copiar, memorizar sin entender, adular…) con tal de salir airosos en la prueba. Lo importante no es aprender o formarse, sino pasar. Los mismos padres no preguntan a los hijos qué aprendieron sino cuánto sacaron, y rechazan las propuestas de una evaluación cualitativa que no lleve notas numéricas. Pero si bien la nota sirve para la administración burocrática del saber, evidentemente que no representa el saber. Porque, ¿qué significa que un alumno pasó biología, inglés o literatura con 15, si un mes después del examen no tiene ni idea de lo que le preguntaron entonces? ¿Qué significa que un alumno, que está en el octavo semestre de la universidad, se enorgullece de tener las materias de los primeros semestres “pasadas” aunque ya no tenga ni idea de ellas? ¿Qué significa pasar? ¿Que durante un tiempo el alumno retuvo una determinada información que el docente juzgó importante aunque luego la olvide por completo?

Es, por ello, muy necesario que los docentes piensen bien sus evaluaciones para que aclaren y se aclaren qué pretenden con ellas: ¿Alumnos que sepan marcar o alumnos que sepan redactar? ¿Alumnos capaces de exponer su propio pensamiento o que repitan el de los demás? ¿Alumnos productores o alumnos reproductores? ¿Alumnos que compiten o alumnos que comparten? ¿Alumnos que sacan buenas notas o alumnos que van adquiriendo un aprendizaje autónomo y la capacidad y el deseo de seguir aprendiendo siempre y cultivando el amor a la sabiduría?

La pedagogía inclusiva busca el éxito y no el fracaso de los alumnos. Este es el criterio que debería guiar a la evaluación, criterio que, sin embargo, está muy lejos de las prácticas habituales. Hay docentes que llegan a enorgullecerse de su fracaso. No conozco ningún médico que vaya alardeando por allí de que, de cincuenta enfermos que atendió, sólo le sobrevivieron cuatro. Tampoco conozco ningún ingeniero que se ufane de que la mayoría de los edificios que empieza nunca quedan terminados o se derrumban pronto. Pero sí conozco educadores que exhiben sin el menor pudor su fama de “raspadores”, y hasta se les oye comentar, sin pena, casi con gozo: “De cuarenta alumnos, sólo me pasaron siete”. Ignoran que el único modo de comprobar la idoneidad de un docente es mediante el éxito de sus alumnos. Si los alumnos salen mal, él también está saliendo mal pues no logró motivarlos y guiarlos para que aprendieran lo que tenían que aprender. Toda evaluación que propone el docente se convierte en su propia autoevaluación a la luz de los resultados de sus alumnos.

Una pedagogía inclusiva no culpa a los alumnos de su fracaso. Si los alumnos no aprendieron, habrá que revisar el contexto y la experiencia de aprendizaje para ver qué está funcionando mal: el método, la motivación, los materiales, los conocimientos previos, las estrategias.., para introducir las modificaciones necesarias para que los alumnos tengan éxito. La evaluación se convierte entonces en un medio excelente para que el profesor conozca cuáles son las fortalezas y carencias de cada alumno para así poderle brindar la ayuda que necesita.

Es en consecuencia, muy necesario pasar de enseñar para evaluar, a evaluar para enseñar mejor. Más que juzgar el pasado, la evaluación debe orientarse a preparar el futuro. Evaluación no para clasificar, castigar y excluir, sino para ayudar, para evitar el fracaso, para que, con la ayuda de todos, todos tengan éxito. Este tipo de evaluación inclusiva no castiga el error, sino que lo asume como una maravillosa oportunidad de aprendizaje. Si todos repetimos que “los errores enseñan”, ¿por qué los castigamos? Si el error se hace consciente se están poniendo las bases para superarlo.

8 comentarios el “Pedagogía del amor y la ternura

  1. Elisabet Vicente
    10 de marzo de 2015

    Simplemente bello… GRACIAS!

  2. DORAIMA ROA
    12 de marzo de 2015

    MUCHAS GRACIAS POR COMPARTIR SUS REFLEXIONES SON MUY MOTIVADORAS

  3. Kella Ramírez
    11 de mayo de 2015

    Totalmente de acuerdo, considero que es urgente “Volver al amor, para formar para la vida. La educación actual es rutinaria, aburrida y eso ha convertido a las aulas de clases en espacios poco creativos, alumnos despreocupados y docentes seguidores de programas.
    La educación es un servicio y como tal requiere de profesionales dispuestos, apasionados por servir, que amen su profesión, que deseen hacerlo bien, confiados en que lo están haciendo conforme al propósito de Dios. La docencia es un llamado para sembrar y establecer una formación integral donde los valores juegan un papel importante. Me gusto su frase de “partero del espíritu”. Admiro su trabajo, soy docente jubilada, en mi desempeño entendí que Dios me había entregado lo más preciado para Él, los niños y niñas; por ello, disfrute mi trabajo, apoyándome en materiales de calidad como los suyos. Bendiciones…

  4. Celestina Hernández
    4 de junio de 2015

    Excelente… Ojalas todos los maestros de Venezuela leyeran esto y lo aplicaran , le pido a Dios que la educación en mi país cambie para bien de todos.

  5. Celestina Hernández
    4 de junio de 2015

    La educación en Venezuela le urge un cambio, pero a los políticos como que no les interesa una sociedad educada y por eso no buscan soluciones para mejorarla.

  6. Aspacia Moreno
    9 de junio de 2015

    Sin duda que el amor es el motor principal al relacionarnos en la escuela, la familia, el trabajo, la comunidad, es amar sin condición la vida, apreciando y admirando lo bello de todo y de todos y como dice la canción:” Si yo conociera todos los misterios, toda ciencia y no tengo amor, nada soy. Si yo poseyera esa fe capaz de trasladar a los montes y no tengo amor, nada soy. El amor, el amor, dice la verdad, el amor, el amor no deja de ser” .(Esta canción la aprendí cuando era niña de una tía que me educó con amor).Hoy en día la canto junto a mis alumnos y familia. Necesitamos sembrar el amor y recogeremos frutos de amor!

  7. lissett peña
    16 de junio de 2015

    totalmente de acuerdo es necesario la transformación de la educación partiendo del amor y la ternura , sistematizando las experiencias evidenciaremos
    las posibles fallas que tenemos permitiéndonos ser críticos de nuestra propia praxis pedagógica

  8. Mercedes Villalobos
    18 de mayo de 2016

    Pienso que esta debe ser la guia para llegar a cada niño, y contruir el hombre del mañana. Es la educacion que hace camino de rectitud y confianza para ser una sociedad justa, equitaiva donde todos tenga los mismos derechos. Esa debe ser la premisa una educacion solida, que genere la creatividad, donde las ideas fluyan y propicien el desarrollo tanto humanistico como cientifico.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada el 9 de marzo de 2015 por en Conferencias.
A %d blogueros les gusta esto: