Antonio Pérez Esclarín

EL MUNDO DE LOS JÓVENES DESAFÍA A LA EDUCACIÓN

fotoVivimos tiempos de incertidumbre y crisis; por ello, también, de retos y oportunidades. Todo cambia a velocidades vertiginosas y hasta pareciera que lo único que permanece es el cambio permanente. Si las generaciones anteriores nacían y vivían en un mundo de certezas y valores absolutos, en el que los cambios eran a un ritmo tal que podían asimilarlos con naturalidad, hoy sentimos que el vértigo de los cambios continuos nos asoma a un mundo desconocido, misterioso, extremadamente complejo, y que, en consecuencia, se hunden estrepitosamente bajo nuestros pies muchas de nuestras viejas certidumbres y seguridades. Vivimos en un profundo relativismo ético y cada vez más, cada uno decide qué es bueno y qué es malo, qué se puede hacer y qué no se puede hacer. Las viejas tablas de salvación a las que antes nos aferrábamos con fuerza y las instituciones que nos daban seguridad se hunden ante nuestros ojos y vamos quedando desnudos, sin seguridades ni convicciones, a la intemperie.

Son tiempos de profundos desengaños, de acomodarnos en un narcisismo plácido, de pensamiento descomprometido y débil. Hoy, más que una dictadura del pensamiento único, lo que en verdad impera es la ausencia de pensamiento. De la duda como método filosófico para construir un mundo de certezas absolutas, pasamos a la duda como única certeza. Del “pienso, luego existo” cartesiano, raíz de la modernidad, hemos pasado al “consumo o compro luego existo; pienso, luego estorbo” de la postmodernidad. La modernidad avanzó avasalladora tras la luz de la Razón que se creyó iba a traer prosperidad para todos y acabar con las sombras de lo desconocido y misterioso, raíz de la magia y las religiones, propias de los estadios primitivos de la humanidad. Del optimismo pasamos rápidamente al desencanto. El imperio de la razón terminó construyendo un mundo sin razón, un mundo irracional.

Sin absolutos, sueños ni grandes horizontes, los seres humanos nos hemos refugiado en la trivialidad efímera de las cosas. El mundo se ha convertido en una cosa repleta de cosas, en un gran mercado, en un inmenso almacén. Todos los grandes sueños han quedado reducidos a comprar y consumir; la libertad se ha degradado a la posibilidad de elegir entre miles de productos o canales, y la felicidad se ha rebajado a “pasarlo bien”, “salir de compras” y responder a los estímulos permanentes del mercado. Es la sociedad del consumo y del espectáculo. Los cada vez más inmensos y sofisticados centros comerciales que ofrecen todos los productos imaginables ocupan hoy el lugar de los antiguos templos. Los estadios deportivos son los únicos lugares de pasiones verdaderas. Los efímeros héroes del deporte, la música, el cine, que los medios de comunicación crean y recrean permanentemente son los modelos a imitar y seguir, los ídolos o pequeños diosecillos débiles en esta religión del espectáculo.

En un mudo transformado en objeto, el hombre está llamado a convertirse él mismo en una cosa, en mera mercancía, que se usa, se compra, se vende, se desecha. Hoy, cada vez más, las cosas determinan el valor de las personas: “Vales lo que tienes”, si no tienes, no vales, no eres nadie, no cuentas, tu delito es existir. Todos necesitamos llenarnos de cosas para poder ser, para sentirnos importantes. La vida se nos va en trabajar y ganar para comprar: objetos, placeres, sensaciones, viajes, apariencias. Perdemos la salud para hacer dinero, y luego perdemos el dinero para intentar recobrar la salud. Pero la otra cara del consumo es la miseria y la violencia. La publicidad nos invita a todos a entrar en el banquete del consumo, pero cierra violentamente las puertas a la mayoría que no tienen cómo pagar la entrada. Como cada vez escasea más el trabajo bien remunerado y los medios lícitos para poder responder a los estímulos del mercado, y como por otra parte cada vez se debilitan más los principios éticos, pues hoy “todo vale” para tener: robo, asalto, corrupción, engaño, explotación…, cada día crecen más pujantes las economías subterráneas del sicariato, la delincuencia, la mendicidad, la corrupción, el secuestro, la prostitución de adultos y de niños, la pornografía, el tráfico de armas, de drogas, de órganos. Los que no tienen se arman para tener. Los que tienen se arman para defender lo que tienen. “Armaos los unos a los otros”, está sustituyendo el “Amaos los unos a los otros” de Jesús.

Lo más grave de todo es que nos estamos acostumbrando a ver como normal un mundo completamente anormal. No nos causa indignación el ver a ancianos revolviendo los pipotes de basura; indígenas mendigando en los semáforos; niños viviendo y creciendo en la calle sin hogar, sin escuela, sin cariño, sin mañana; el espectáculo de la muerte de pueblos enteros bajo las dentelladas del hambre, el sida o cualquiera de las enfermedades de la miseria (diarrea, tuberculosis, dengue…), hoy tan fácilmente derrotables si la humanidad se lo propusiera.

Según la ONU, cada tres segundos muere un niño de hambre, 1.200 cada hora. El hambre produce una matanza diaria similar a todos los muertos que ocasionó la bomba nuclear sobre Hiroshima. Y, frente a esto, crece la opulencia más descarada: cerca de los aeropuertos de las más importantes ciudades del mundo hay lujosos hoteles para perros, gatos y las más increíbles mascotas, donde las habitaciones pueden alcanzar el astronómico precio de 170 dólares la noche.

Nos parece normal que un deportista famoso gane por la publicidad de una marca de zapatos más que los miles de obreros que los fabrican en verdaderas condiciones de neoesclavitud como son las maquilas, y hasta nos sentimos orgullosos y felices cuando compramos y usamos esos zapatos. Nos sorprende escuchar, pero no nos mueve al compromiso, que mientras una vaca europea es subvencionada con tares dólares al día, mil doscientos millones de personas deben vivir con menos de un dólar diario y dos mil cuatrocientos millones con menos de dos dólares, o que cada año, un millón de niños entra en el infierno de la esclavitud sexual; o que en los últimos 20 años hemos pasado de 23 a más de 400 millones de niños esclavos que viven del robo, la limosna o se prostituyen en las calles, son obligados a mendigar, con frecuencia mutilados para que su deformidad impresione a la gente, son reclutados a la fuerza como soldados y obligados a combatir y matar, o son asesinados para proveer el mercado negro del tráfico de órganos, o malviven o mueren en minas y maquilas. Hasta nos estamos acostumbrando a asistir al espectáculo de racimos de muertos por la delincuencia, el terrorismo, el hambre y las guerras que todas las noches, antes de acostarnos, nos ofrecen los noticieros.

Estamos ciegos ante las injusticias, incapaces de ver la anormalidad que se oculta en la supuesta “normalidad” de nuestro mundo. Vivimos ciegos en un mundo de ciegos Caminamos en tinieblas sin saber exactamente a dónde vamos ni qué queremos. Guiados por ciegos que nos ofrecen plenitud en el tener, en el placer, en el poder, nos convertimos también en ciegos guiando otros ciegos. Instalados en la vida, con la única aspiración profunda de tener más para vivir mejor, vamos viviendo sin saber a dónde vamos ni para qué vivimos.

Para salir de la ceguera y recuperar la visión, necesitamos aprender a cerrar los ojos. Sólo con los ojos cerrados podremos conocernos y encontrarnos con nosotros mismos. Pero nos da miedo conocernos; le tenemos pánico al silencio, a la reflexión. Por eso, nos dispersamos, nos llenamos de trabajos, nos perdemos en el ruido, en el bullicio, nos la pasamos huyendo de nosotros, de la vida. “Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve bien con el corazón”, nos dice Saint Exupery en El Principito. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice un viejo refrán. Pero el refrán es aún más verdadero al revés: “Si el corazón no siente, los ojos no son capaces de ver”. De hecho, muchos pasan frente a la miseria, el hambre, el dolor y la explotación y no son capaces de verla porque tienen ciego el corazón. Necesitamos cerrar los ojos y aprender a mirar con el corazón. Sólo así podremos encontrarnos con nosotros mismos y con los demás y recuperar la esperanza y el amor.

De la muerte de Dios a la muerte del espíritu

La modernidad estaba convencida de que el progreso científico haría desaparecer a Dios como una hipótesis superflua e innecesaria. Dios y las religiones tenían los días contados pues sólo se justificaban en los estadios precientíficos como explicación de lo que todavía la ciencia no había podido explicar. De ahí que la modernidad fue atea, o mejor, antitea. Se opuso a Dios por considerarlo un impedimento para la grandeza del hombre. Hay que elegir entre Dios o yo: Si yo quiero ser libre, autónomo, tengo que negar a Dios. Todas las grandes filosofías de la modernidad (marxismo, existencialismo, positivismo…) en defensa de la autonomía del hombre, combatieron la idea de Dios.

Hoy, pasados los fervores de los ateísmos militantes y de los desgarrados anuncios de la muerte de Dios, estamos hundidos en un pragmatismo descarnado, que se traduce en una especie de agnosticismo light: No sé si Dios existe o no, pero en todo caso no lo necesito: vivo como si no existiera. ¿Para qué preocuparse de aquello que carece de respuestas claras y, sobre todo, de utilidad práctica? La fe en Dios es algo íntimo, personal, que, incluso para la mayoría de los que se confiesan creyentes, tiene muy poco que ver con la vida concreta, con la conducta de las personas, con los valores. De hecho, es bien difícil averiguar si uno es creyente o no si analizamos su comportamiento. Así, del anuncio de la muerte de Dios, estamos avanzando aceleradamente a la muerte del hombre, a la muerte del espíritu.

Todavía la mayoría de nosotros estamos atrapados en esa concepción dualista que opone cuerpo y espíritu, material y espiritual. Ser espiritual para la mayoría de la gente es sinónimo de renuncia al goce y al disfrute de la vida y del cuerpo. Es dedicarse a las cosas “divinas”, al rezo, a las actividades religiosas, pasársela en la iglesia. En esta concepción, la espiritualidad tiene muy poco que ver con las actividades cotidianas, como el cocinar, el enseñar, el gobernar, con la vida familiar, con la sexualidad, con la educación de los hijos, con la política, con la diversión, con el ocio. Todo esto son cosas “mundanas”, que no tienen que ver con lo espiritual. De ahí que cuando oímos hablar de que una persona es espiritual, enseguida pensamos en una persona rezandera, que se mueve entre prácticas religiosas muy frecuentes, que parece vivir allá arriba, poco preocupado y menos ocupado de la vida cotidiana, de los problemas de este mundo, de la materialidad de la existencia. Es una persona que parece haber renunciado a su misión de sujeto histórico, de constructor de vida, de recreador permanente del mundo y vive refugiado en una interioridad lánguida, preocupado por su salvación, quejándose tal vez de lo mal que está este mundo o el país, tal vez dedicado a orar por él, pero sin comprometerse en su cambio y transformación.

Estos conceptos de espíritu y espiritualidad como realidades opuestas a lo material, a lo corporal, a lo mundano, provienen de la cultura griega, que hemos asimilado con naturalidad y que han condicionado toda nuestra visión de lo espiritual. Para el pensamiento bíblico espíritu no se opone a materia, ni a cuerpo, sino a maldad (destrucción); se opone a carne, a muerte (la fragilidad de lo que está destinado a la muerte); y se opone a la ley (imposición, miedo, castigo). En este contexto semántico, espíritu significa vida, construcción, fuerza, acción, libertad.

En hebreo, la palabra espíritu, ruah, significa viento, aliento, hálito. El espíritu es como el viento, ligero, arrollador, impredecible. Es como el hálito de la respiración: quien respira está vivo; quien no respira está muerto. El espíritu no es otra vida, sino lo mejor de la vida, lo que le da vigor, la sostiene e impulsa. En eso consistió precisamente Pentecostés, la llega del Espíritu, que se expresó como fuerza y fuego, como huracán arrollador, que cambió a unos asustados apóstoles que estaban con las puertas trancadas por temor a los judíos, en unos testigos valientes, llenos de ímpetu y creatividad, que salieron a proclamar con valor y convicción a Jesús resucitado, el grano de trigo que murió para dar vida, el “Hombre que venía de Dios”. El espíritu los llenó de valentía, los hizo vencedores del miedo y de la muerte.

Ahora sí podemos entender que cuando decimos que una persona es espiritual estamos hablando de una persona “con espíritu”, valiente, comprometida, que se enfrenta sin miedo y con pasión a toda lo que ocasiona muerte y destrucción, a todo lo que encadena y atenta contra la vida, contra la plenitud de la vida. Por lo contrario, una persona sin espíritu es una persona sin ánimo, sin pasión, sin ideales, que vive encerrada en una vida mediocre y sin horizontes, sin proyecto, sin preguntas, que se pierde en el anonimato del rebaño, programado desde fuera, que se deja guiar por la televisión, las propagandas, el qué dirán, o las indicaciones de sus jefes.

Es en este sentido que venimos diciendo que de la muerte de Dios, avanzamos a pasos gigantescos a la muerte del espíritu, porque la actual cultura propone la banalidad, el descompromiso, la trivialidad como horizontes de vida. Esta desespiritualización generalizada ha penetrado también con fuerza en el cristianismo que se ha convertido más en una doctrina, en unas prácticas de ciertas actividades religiosas o piadosas, que en un modo de vida con espíritu. La mayoría vivimos una fe sin fuerza, sin espíritu, que no transforma profundamente la vida. No aceptamos la revolución de Jesús, la conversión profunda del corazón. Decimos que aceptamos el evangelio, pero tenemos el corazón atrapado por los valores de este mundo. Nos proclamamos seguidores de Jesús resucitado, pero conservamos los valores de los que lo crucificaron. Somos cristianos sin fuego, sin alegría profunda. Hemos hecho también de Jesús un personaje “light”, edulcorado; vivimos un cristianismo “light”, sin verdaderas exigencias. Algunos, en estos tiempos en que es tan fácil vocear un fervor revolucionario, pretenden utilizar a Jesús para imponer su proyecto político, y se esfuerzan por convertirlo en una especie de guerrero, en ese Mesías Glorioso y Triunfante que Él con tanta insistencia rechazó. Es la tentación del Mesianismo, tan presente siempre en la historia del cristianismo: Poner a Dios a nuestro servicio (o al servicio de la Iglesia) para que se haga nuestra voluntad, no la suya.

De ahí el crecimiento desmedido, en estos tiempos de postmodernidad y de vida “light”, de una religiosidad difusa, sin verdadero compromiso ni disposición a transformar los valores, que, como nos advierte Pedro Trigo, se expresa fundamentalmente en la proliferación de todo tipo de devociones. Religiosidad que no nos mueve a cambiar de vida, sino a encontrar consuelo, fuerza, esperanza para seguir en la vida que llevamos. Esta religiosidad de las devociones se propaga capilarmente, por contagio de devotos y encuentra en Internet un medio propicio de propagación rápida: El buzón de correo electrónico es invadido por cadenas de oraciones, por ofertas de soluciones milagrosas de los problemas, con ruegos de no romper la cadena y ofertas de beneficio si uno cumple con lo que se le pide y se convierte en un eslabón más de la cadena.

La religión se asume como una especie de transacción con Dios o con los santos: me porto bien, prendo una vela, doy limosna, me sacrifico… y así compro su voluntad, me conceden los favores que les pido, resuelvo mis problemas, me ayudan a sentirme bien. La religiosidad se vive como una experiencia gratificante, proporciona un refugio para huir del sinsentido y la banalidad de nuestro mundo. Uno no se pregunta si se ha encontrado con el Dios verdadero, ni qué exige ese encuentro, sino si lo que hago me estimula, me alivia, me anima. Es, en definitiva, una utilización de la religión en mi provecho o beneficio. Más que disponerme a cumplir la voluntad de Dios, espero y suplico que Dios cumpla la mía.
Crisis de las principales instituciones socializadoras

Los jóvenes no viven aislados de la sociedad en que vivimos; más bien son producto de ella. Todos somos o hemos sido jóvenes. Intentar comprender a los jóvenes es intentar comprendernos, lo que fuimos, lo que seríamos si hubiéramos nacido unas décadas más tarde. Pero debemos evitar el peligro de mirar a los jóvenes desde nuestro pasado joven, desde el joven que fuimos antes de la revolución electrónica que muy pocos adultos logramos comprender y asimilar, y antes del colapso de las principales instituciones socializadoras, que en nuestra juventud (me estoy refiriendo a los que ya hemos acumulado un exceso de juventud), aparecían como sólidas y firmes. También debemos evitar la tentación de homogeneizar a la juventud, sin tomar en consideración sus diferencias y enorme diversidad, pues si bien podemos hablar de una cultura juvenil, es evidente que cada joven es único y diferente a los demás. En definitiva, los jóvenes son en gran parte hechura nuestra, fruto de la cultura imperante, mayormente creada por los adultos. Si nos acercamos sin prejuicios a la cultura juvenil, entenderemos que muchos de los rasgos que nos desconciertan son un medio de enfrentar la grave crisis de la sociedad, de sobrevivir en ella. Si los que ya hemos celebrado un número considerable de cumpleaños comprobamos día a día que no es fácil vivir hoy con autenticidad y dignidad la propia vida, podremos imaginar que ser joven también debe ser difícil.

Tradicionalmente, se ha considerado a la familia como el eje de integración del individuo a la sociedad. Esto, al menos, por dos razones. Por un lado, su carácter de “centro de convivencia”, de comunidad en la que el sujeto aprende a compartir con seres muy cercanos en el plano afectivo y diferentes en cuanto a edad, sexo, roles sociales…Aquí el niño y el joven aprenden a conocer y relacionarse con los otros. Por otra parte, la familia es la primera y principal transmisora de valores y expectativas. En definitiva, la mayor parte de las cosas que uno valora, teme, desea, desprecia, las ha aprendido a valorar, temer, desear, despreciar en la familia…Hoy, sin embargo, vemos cómo la familia va renunciando a su papel de primeros y principales educadores de sus hijos, y delega en la escuela sus responsabilidades educativas. Muchos padres han renunciado a su autoritarismo y no han sabido sustituirlo por un principio de sana autoridad. Tenemos así la contradicción de padres que no saben cómo educar a uno, dos o tres hijos, y esperan que un maestro eduque a cuarenta.

Por otra parte, hoy está en grave crisis la clásica familia patriarcal, en la que el padre era el que trabajaba y traía el dinero, y la madre se quedaba cuidando a los hijos en la casa. Hoy es cada vez más común y frecuente que trabajen los dos, y los hijos crecen más solos que nunca, tal vez con celulares desde que aprenden a hablar, pero sin verdadera comunicación con sus padres y casi sin amigos con quienes jugar pues la inseguridad nos ha robado a todos las calles, los parques, los sitios de esparcimiento y diversión. Por otra parte, cada vez son más frecuentes las rupturas o la desintegración familiar, y los jóvenes crecen en un ambiente de gran precariedad afectiva, con padres ausentes (física o afectivamente) y con frecuencia, que han perdido por completo su autoridad y el control social. La pobreza, miseria, insalubridad e inseguridad en que muchos se levantan agudiza la sensación de soledad y de abandono, favorece un ambiente de confusión, e impide el discernimiento moral, de lo que es correcto o incorrecto, de lo que es legal o legítimo. Muchos presencian actos violentos en el hogar y hasta sufren de abusos físicos o sexuales, que les lleva a considerar la violencia como un medio aceptable para resolver los problemas.

La ausencia de la familia la está llenando el televisor y los medios electrónicos. Los niños y jóvenes de hoy crecen solos frente al televisor y los aparatos electrónicos que es en realidad quien termina educándolos. La televisión en especial se ha apropiado del tiempo de jóvenes y niños, que cada vez menos, sobre todo ante la inseguridad de la calle, se dedican a actividades lúdicas y recreativas. La televisión se ha convertido en el centro fundamental de socialización, sobre todo de los jóvenes pobres, no sólo por el tiempo que le dedican (el doble de horas del que pasan en la escuela), sino también por el proceso de homogeneización cultural basado en el consumismo y la violencia.

Los medios, en especial la televisión contribuyen a conductas delicuenciales en los jóvenes sobre todo por el consumismo desenfrenado que provocan y por el contenido violento del discurso Todo lo cual se refuerza, como ya señalamos antes, por la gran ausencia de moral, por el relativismo ético que impera en nuestros días, donde el fin justifica los medios y cada uno decide lo que es bueno y lo que es malo, lo que se puede hacer y lo que no. La contradicción entre ofertas y posibilidades de adquirir lo que promocionan lleva a adquirir por métodos ilícitos lo que nunca podrían adquirir por los lícitos. De la conciencia de carencia y de necesidades no satisfechas se pasa a la violencia, la furia, el odio.

La televisión banaliza la violencia y crea adicción a ella. Violencia en las películas, en los noticieros, en las comiquitas y juegos electrónicos. Numerosos estudios demuestran relación entre la violencia de los medios, en especial la televisión y las formas de conducta conflictivas y agresivas de los jóvenes. La televisión crea una mitología de la guerra, de lo espectacular, de superhéroes, de la vida violenta; de este modo recrea el ideal machista, la identificación con el “duro”, el “que todo lo puede”, y se incentiva la emoción por prácticas arriesgadas y fuertes. Identificación no sólo con los personajes como “fuerza agresiva”, sino con sus símbolos: armas, vestidos, corte de cabello, lenguaje…En palabras de Bourdieu (2000), los medios incorporan la violencia como algo “natural” en la conducta de las personas.

Junto a todo esto, los medios cultivan la inmadurez y el infantilismo. Según Neil Postman (1994), con la televisión ha surgido una cultura que hace desparecer la infancia. Antes, los niños no tenían acceso a cierta información adulta relacionada con el sexo, la violencia, el poder, la competencia, la muerte… Hoy la televisión no oculta nada a los niños. La televisión levanta el velo que ocultaba los secretos que separaban la niñez de la adultez. Es la misma idea que enfatiza con fuerza Meyrowitz (1992, 447): “Lo que hay de verdaderamente revolucionario en la televisión es que ella permite a los más jóvenes estar presentes en las interacciones de los adultos (…) Es como si la sociedad entera hubiera tomado la decisión de autorizar a los niños a asistir a las guerras, a los entierros, a los juegos de seducción eróticos, a los interludios sexuales, a las intrigas criminales. La pequeña pantalla les expone a los temas y comportamientos que los adultos se esforzaron por ocultarles durante siglos”. Mientras la historia sigue contando unas bellísimas historias tanto de los padres de la patria como de los del hogar –héroes abnegados y honestos- la televisión expone cotidianamente a los niños a la hipocresía y la mentira, al chantaje y la violencia que entreteje la vida cotidiana de los adultos. Resulta bien significativo que mientras los niños siguen gustando de libros para niños, prefieren sin embargo –algunas encuestas hablan del 70% o más- los programas de televisión para adultos. Pero la cultura actual, que convierte en adultos a los niños, infantiliza a los adultos. En palabras de Bruckner (1996), la nueva meta de la sociedad actual es no llegar nunca a ser adulto. El niño se convierte en nuestro nuevo ídolo, una especie de pequeño dios doméstico, al que todo le está permitido. El nuevo lema de la actual cultura parece ser: “Exige todo, no renuncies a nada, echa siempre la culpa a otro de lo que te pasa”. Es una cultura que defiende la libertad sin responsabilidad, que evade el esfuerzo, la exigencia, el cultivo de la voluntad. Cultura que invita a la inmadurez permanente.

No podemos ignorar que los jóvenes tienen una gran empatía con la cultura tecnológica que se expresa en una gran facilidad para entrar y manejarse en la complejidad de las redes informáticas, para aprender los lenguajes del video y del computador. Y es precisamente en sus relatos e imágenes, en sus sonoridades, fragmentaciones y velocidades que los jóvenes encuentran su ritmo y su idioma. Se trata de una experiencia cultural nueva, o de, en expresión de Benjamín, un sensorium nuevo, unos nuevos modos de percibir y de sentir, de oír y de ver, que en muchos aspectos choca y rompe con el sensorium de los adultos. Un buen campo de experimentación de estos cambios y de su capacidad de distanciar a la gente joven de sus propios padres se halla en la velocidad y la sonoridad. No sólo en la velocidad de los carros y motos, sino en la de las imágenes, en la velocidad del discurso televisivo, especialmente en la publicidad y los videoclips, y en la velocidad de los relatos audiovisuales. Y lo mismo sucede con la sonoridad, con la manera como los jóvenes se mueven entre las nuevas sonoridades: esas nuevas articulaciones sonoras que para la mayoría de los adultos marcan la frontera entre la música y el ruido, mientras para los jóvenes es allí donde empieza su experiencia musical. La programación televisiva se halla, además, fuertemente marcada por la discontinuidad que introduce la permanente fragmentación –cuyos modelos en términos estéticos y de rentabilidad se hallan en el videoclip publicitario y el musical- y por la fluida mezcolanza que posibilita el zapping, el control remoto, al televidente, especialmente al televidente joven ante la frecuente mirada molesta del adulto, para armar “su programa” con fragmentos o “restos” de deportes, noticieros, concursos, conciertos, películas…

Los jóvenes tienden a vivir en un mundo imaginario y virtual (videojuegos e Internet) sin mucho contacto con la realidad que les deprime. Los medios tecnológicos están sustituyendo el encuentro personal por encuentros virtuales y convierten el espacio doméstico en el más amplio territorio virtual: aquel al que, como afirma certeramente Virilo, “todo llega sin que haya que partir”. Estamos ante nuevos modos de estar juntos. Los ingenieros de lo urbano ya no están interesados en cuerpos reunidos sino en cuerpos interconectados. Ya no necesitamos salir de la casa para reunirnos y conversar, para enamorarnos e incluso hacer el amor. De hecho, los jóvenes crecen en una sociedad supererotizada de fuerte exhibicionismo sexual donde impera la pornografía y la reducción de lo erótico a mera genitalidad, que condiciona fuertemente el surgimiento de una sexualidad madura y responsable. Por ello, muchos viven una vida afectiva y sexual fragmentada y tienen serias dificultades para asumir compromisos definitivos y para abrirse a una relación de encuentro profundo con el otro, lo que contribuye a ahondar cada vez más la crisis de la familia, lo que subraya la necesidad de aprender a amar para ser creadores de relaciones y de vida.

A esta soledad comunicativa en la que uno vive conectado pero sin verdadera presencia, donde uno busca desesperadamente una información y sólo logra comunicarse con una máquina, la ciudad añade hoy la expansión del anonimato del no-lugar: ese espacio –centros comerciales, autopistas, aeropuertos- en que los individuos son liberados de toda carga de identidad interpeladora y exigidos únicamente de interacción con informaciones o textos. En el supermercado usted puede hacer todas sus compras sin tener que identificarse, sin hablar con, sin ser interpelado por nadie. Mientras las viejas carreteras atravesaban las poblaciones convirtiéndose en calles, contagiando al viajero del “aire del lugar”, de sus colores y sus ritmos, la autopista, bordeando los centros urbanos, sólo se asoma a ellos a través de los textos de las vallas que “hablan” de los productos del lugar y de sus sitios de interés. No es de extrañar entonces que los nuevos tipos de organización se constituyan como comunidades virtuales o como tribus urbanas que responden a intereses intelectuales, gustos musicales o sexuales, estilos de vida, prácticas religiosas, de sobrevivencia.

En cuanto a los centros educativos, el segundo lugar por excelencia de socialización, siguen por lo general demasiado encerrados en sí mismos, preocupados sobre todo por cuestiones académicas y escolares, cada vez más alejados del mundo de los jóvenes y de sus verdaderas inquietudes y preocupaciones. El sistema educativo está desvinculado de las necesidades de los jóvenes lo que les lleva a la desmotivación y con frecuencia a la deserción Los jóvenes, sobre todo los jóvenes de las clases populares, experimentan el trabajo escolar como una actividad tediosa. Por ello se concentran en vivir con intensidad su tiempo extraescolar. Esto nos plantea a los educadores la urgente necesidad de incorporar la cultura juvenil con sus intereses, gustos, opiniones, necesidad es…, en la cultura escolar. Necesidad de ver el mundo de los jóvenes con sus ojos, no desde nuestros prejuicios.

La educación está resultando incapaz de entender a los jóvenes, y lo peor del caso es que ni lo intenta. Los jóvenes forman una cultura juvenil, en torno a sus intereses, gustos y necesidades, que no suele ser reconocida por la institución escolar. Así, en un mismo espacio, conviven dos culturas, por una parte la cultura escolar dominante, que no toma en cuenta y niega en su discurso y en su práctica al joven como tal, y lo parcela sólo en su rol de alumno; y por otra parte la cultura juvenil que se forma como una manera de resistir a los intentos de homogeneización desde el poder. Por lo general, el conocimiento escolar se transmite sin vincularlo a lo afectivo y social. Al ser considerados exclusivamente como estudiantes, la conducta de los jóvenes suele oscilar entre el cumplimiento acrítico del rol asignado y la salida o fuga del mismo. En ambos casos no se logra canalizar una acción y opinión joven que replantee y enriquezca la dinámica escolar existente.

La maquinaria escolar fomenta el fracaso y la salida del sistema precisamente de los que más educación necesitan. Entonces, para desafiar a una escuela que sienten aburrida y cada vez más lejana de su mundo, una escuela que subraya sobre todo sus deficiencias y no logra entusiasmarlos ni motivarlos, se necesita recurrir a actividades antisociales. Hay una diversión en las peleas, en hablar continuamente de ellas, en la intimidación a otros, más riesgosa y atractiva si son profesores, o autoridades.

El fracaso en la escuela puede llegar a convertirse en un fracaso personal. La escuela al segregar y marginar a los que no se adaptan a ella, genera y potencia la inadaptación personal y social. Si bien no podemos emparejar siempre fracaso escolar con inadaptación social, sí es evidente que en todos los casos de inadaptación la escuela fracasó como institución de remedio o como institución que debe procurar la socialización.

Las características más destacadas de estos adolescentes inadaptados son: la inmadurez y la inseguridad. La inmadurez les lleva a la permanente oposición y a la conciencia de víctima que les evita la culpabilización. El tiempo les llevará a pasar de víctimas a agresores; es decir, de la inadaptación subjetiva a la objetiva. Una segunda característica de la inmadurez es la ausencia de historia personal, el vacío de sí mismos. Este les lleva a vivir lo inmediato, a depender de estímulos presentes y a carecer de perspectivas de futuro. En esta situación, carecen de imagen coherente de sí mismos y tienden a identificarse, por efecto de la imagen que se proyecta de ellos, con modelos antisociales. Otras características son su comportamiento contradictorio, y la búsqueda desesperada de prestigio que aliente un sentimiento falso de superioridad.

La inseguridad se manifiesta en el descontrol del comportamiento que se expresa con frecuencia en reacciones desproporcionadas, en la desvinculación del entorno, falta de interés y gran desapego. Esta desvinculación se manifiesta como indiferencia, destructividad, fatalismo, dureza emocional, egocentrismo. Consideran las normas como medios de sumisión y quieren sobresalir mostrando una actitud rebelde, transgrediendo las normas.

El inadaptado encuentra en la calle su medio: son los hijos de la calle. Pero al tiempo que el único lugar que les queda y “lugar de máximas satisfacciones”, es a la vez, el lugar donde se labra su ruina. Si ya fracasó en la escuela, vuelve a fracasar en la calle donde existe un vacío educativo casi total.

No todos los alumnos rechazan la escuela. La mayoría termina aceptando sus reglas y rinde el mínimo para poder ser aceptados por ella. Como la escuela es obligatoria, aunque no les guste, la soportan todo lo que pueden. La perciben como violenta, represora, castigadora, anclada en el pasado. La desmotivación generalizada, incluso de aquellos alumnos que la soportan y tratan de adaptarse a ella, surge también por la carencia de utilidad y atractivo vital de los contenidos y tareas escolares, por la falta de adaptación al alumno y sus intereses, así como por la falta de recursos y ayudas personalizadas en el proceso de aprendizaje.

Estas escuelas tan lejanas al mundo juvenil están también muy desarticuladas y disociadas de las otras dos instancias socializadoras: la familia y la nueva cultura tecnológica. Siempre será poco lo que podamos insistir en la necesidad que tienen los padres de recuperar su papel de primeros y principales educadores de sus hijos (de no hacerlo, posiblemente contribuirán a su deseducación).Junto a esto padres y maestros deben hacer grandes esfuerzos por reencontrarse y por plantearse juntos cuáles son los valores que quieren para sus hijos, lo que les va a exigir sembrar y vivir esos valores en su propia conducta y en la vivencia cotidiana tanto del hogar como del centro educativo.

Por otra parte, si en verdad quieren comprender y ayudar a los jóvenes, es muy urgente que asuman crítica y creativamente la nueva cultura tecnológica en la que se mueven con tanta seguridad los jóvenes.Los centros educativos ya no son el único lugar de legitimación del saber, pues hay una enorme multiplicidad de saberes que circulan por otros canales y no le piden permiso a la escuela para expandirse socialmente. Esta diversificación y difusión del saber, por fuera de la escuela, es uno de los retos más fuertes que el mundo de la comunicación le plantea al sistema educativo. Frente al maestro que recita su vieja lección hoy se sienta un alumno que por ósmosis con el medioambiente comunicativo se halla “empapado” de otros lenguajes, saberes y escrituras que circulan por la sociedad. Saberes, por lo general, fragmentados, que sin embargo no impiden a los jóvenes tener con frecuencia un conocimiento más actualizado en física o en geografía que su propio profesor. Lo que está acarreando en la escuela no una apertura a esos nuevos saberes sino un fortalecimiento del autoritarismo, como reacción a la pérdida de autoridad que sufre el maestro, y a la descalificación de los jóvenes como cada día más frívolos e irrespetuosos con el sistema del saber escolar.

Y sin embargo, lo que nuestras sociedades están reclamando al sistema educativo es que sea capaz de formar personas auténticas y ciudadanos con visión de futuro, esto es con verdaderas competencias para convivir con los otros en un mundo diverso y para responder con eficiencia a las exigencias de la productividad. Construir ciudadanos significa que la educación tiene que enseñar a leer ciudadanamente el mundo, es decir, tiene que ayudar a crear en los jóvenes una mentalidad crítica, cuestionadora, desajustadora de la inercia en que vive la gente, desajustadora del acondicionamiento en la riqueza y de la resignación en la pobreza., la inseguridad o la violencia. Es mucho lo que queda por movilizar desde la educación para renovar la cultura política, de manera que la sociedad no busque salvadores, sino genere sociabilidades para convivir, concertar, respetar las reglas del juego ciudadano, desde las del tráfico hasta las del pago de la luz, de la televisión por cable o los impuestos. Y para ello necesitamos una escuela en la que aprender a leer signifique aprender a distinguir, a discriminar, a valorar y escoger dónde y cómo se fortalecen los prejuicios o se renuevan las concepciones que tenemos de la política y de la familia, de la cultura y de la sexualidad. Necesitamos una educación que no deje a los ciudadanos inermes frente a las poderosas estratagemas de que hoy disponen los medios masivos para camuflar sus intereses y disfrazarlos de la opinión pública.

De ahí la importancia estratégica que cobra hoy una escuela capaz de un uso creativo y crítico de los medios audiovisuales y las tecnologías informáticas. O la escuela se apropia creativamente de las nuevas tecnologías o contribuye a reforzar la división social y la exclusión cultural y política. Para ello debemos sustituir el lamento moralista por un proyecto profundamente ético, el del fortalecimiento del sujeto histórico.

Desafíos a la educación

El mundo de los jóvenes presenta grandes desafíos a la educación, y en particular a la educación católica. ¿Qué sentido puede tener una educación que no está dispuesta a escuchar y dialogar profundamente con los jóvenes? ¿Es acaso posible educar desde el acaparamiento de la palabra y la verdad? Los jóvenes quieren ser reconocidos en su individualidad: ¿qué sentido tiene una educación que no acompaña procesos de individuación, ni ayuda al proceso de integración personal en la fragmentación de la persona que provoca la actual cultura? En un mundo de incertidumbre, ¿qué sentido tiene un autoritarismo que impone por la fuerza sus verdades? En un mundo globalizado y abierto a todos y al futuro planetario, ¿qué sentido tiene una escuela encerrada en sí misma, anclada en el pasado, que exige conocimientos anquilosados, muertos, sin impacto con la vida? En un mundo cambiante, ¿qué sentido tiene una educación inflexible? En un mundo de culturas híbridas y carcomido por problemas tan graves como el terrorismo, la contaminación ambiental, la miseria, ¿qué sentido tiene una educación cuyas preocupaciones esenciales parecen ser los aritos y el corte del cabello?

Necesitamos con urgencia una educación que se anime a tender puentes con la juventud. Una educación construida desde el diálogo generacional sincero que dé pie a nuevas propuestas. Para ello, es necesario empezar por cambiar la mirada y aprender a mirar a los jóvenes con los ojos del corazón, para ya no verlos desde nuestros prejuicios y visiones subjetivas y parcializadas; para valorar sus riquezas, para más que juzgar, intentemos comprenderlos con sus expresiones, su estilo de vida, su aparente indolencia o agresión. Detrás de ciertas conductas violentas de muchos jóvenes se esconde un grito de atención: “¡Escúchame, por favor!” Los jóvenes tienen una enorme necesidad de ser escuchados y atendidos. Y algunos la única forma que aprendieron para lograrlo es a través del maltrato, de la agresión.

Si los miramos con los ojos del corazón seremos capaces de aprovechar positivamente sus ansias de libertad, aprenderemos a relativizar muchos de los valores tradicionales, entenderemos su desconfianza en tantas instituciones que han asfixiado las vidas de las personas y que los jóvenes sólo valoran en cuanto sirven a mejorar la calidad de los encuentros. Veremos que la rebeldía o incluso aparente apatía de muchos jóvenes es un modo de expresar su rechazo a un mundo deshumano y destructor, y a una política que oculta en la retórica de las palabras huecas sus ambiciones personalistas y una búsqueda enfermiza del poder. Entenderemos que los jóvenes tienen una gran sensibilidad ecológica, son capaces de ser generosos y solidarios y comprometerse con causas que los movilizan, aunque posiblemente sin amarrarse a obligaciones permanentes. Que tienden al igualitarismo y la tolerancia ante la diversidad; y dan un alto valor a la amistad. Tienen un sentido lúdico y festivo y necesitan celebrar hasta la madrugada, lo que les ayuda a sentir que existen y a diferenciarse de los adultos. En los jóvenes hay una búsqueda de autenticidad y mayor libertad, de cuestionar y ahondar en la fidelidad a sí mismos; por ello, les impactan fuertemente los adultos coherentes y comprometidos. La centralidad de la persona les lleva a rechazar toda forma de ideologización que sacrifique la persona en función de las ideas. Son conscientes de sus propios límites lo que les ayuda a reconocer lo que deben recibir del otro.

Si los miramos con los ojos el corazón, ya no seguiremos repitiendo que adolescente viene de adolecer, que le falta crecer, madurar, carecer…Es verdad que los jóvenes están en una etapa de maduración, de crecimiento, de cambio, pero en realidad la palabra adolescencia viene del término latino “adulescentiam”, que significa “hacia arriba”. Ser joven es ir hacia arriba, y la educación les tiene que llevar a ello. Enseñarles a levantarse de su trivialidad y a buscar la verdad, la verdad de su sentido de vida, para poder emprender el vuelo de su libertad. Y si bien es cierto que la “verdad les hará libres”, no es menos cierto que sólo los libres, los que no están atados a prejuicios, miedos, pasiones, ansias de tener o de poder, podrán ser verdaderos…La libertad es autodominio. Los libres son dueños de sí mismos, piensan por sí mismos, deciden por sí mismos, son leales a la verdad. Muchos jóvenes piensan que permanecen libres al no comprometerse y mientras actúan así terminan por rechazar la libertad, porque es precisamente al comprometerse cuando se descubren libres. Libres de sus ataduras y miedos, de la publicidad y de las modas, de todo aquello que les impide ser ellos mismos y asumir con determinación el proyecto de sus propias vidas para alcanzar la plenitud.

Todos somos proyecto de compañía, de donación, de amor. La vida es lucha, enfrentamiento a sí mismo, superación. Madurar es asumir responsabilidades. La soledad y la tristeza se evitan cuando hay un tú. Debemos enseñar a los jóvenes a dejar de estar ensimismados y pasar a estar entusiasmados, abiertos al servicio. Tener una meta, un ideal da fuerzas, es fuente de esperanza. Lo importante no es estar bien, sino hacer el bien, y eso nos lleva a sentirnos mejor. Es tiempo de ideales y de lucha. El triunfo es de los que perseveran. La vida puede ser una aventura emocionante.

La necesidad de repensar la educación católica. Seguir a Jesús, un camino a la plenitud.

La educación está en crisis y también lo está la educación católica. La crisis general del sistema educativo y el colapso de la mayor parte de las escuelas oficiales contribuye a ocultar la pobre realidad de gran parte de los centros educativos católicos. Ellos al menos funcionan y siguen siendo un refugio todavía confiable donde enviar a los hijos. Por lo general, aunque carecen de verdadera garra pedagógica y siguen atrapados en prácticas transmisivas y bancarias, todavía preparan mejor para ingresar a la universidad o para acceder a un puesto de trabajo, lo que de ningún modo implica que preparan también para ser mejores personas y buenos cristianos como proclaman todos los idearios y recitan todas las misiones y visiones de sus cartas de identidad y sus proyectos educativos. De hecho, gran parte de los centros educativos católicos sufren hoy de una gravísima crisis de credibilidad como colegios cristianos. Han hecho grandes esfuerzos por implementar las innovaciones tecnológicas y ciertamente se han preocupado por la formación continua y la profesionalización de sus docentes, pero, por lo general, tienen serias dificultades para traducir esa formación en nuevas relaciones y estructuras, o en creatividad pedagógica. Por lo general, siguen aferrados a la tradición y sin verdadero liderazgo para señalar los rumbos de la educación necesaria ni para constituirse en referentes de la nueva sociedad que se pretende.

Muchas son las razones que pueden aducirse para entender esta situación. Pero creo que el mayor problema radica en que no nos hemos planteado con suficiente seriedad y creatividad el responder la pregunta, en estos tiempos de postmodernidad y también de postcristiandad, cómo presentar la fe de una manera vital, como fuente de vida, de modo que suponga una verdadera conversión que se traduzca en un cambio radical de vida, según la propuesta de Jesús. Pareciera que la mayor parte de los centros educativos católicos presuponen que los alumnos y sus familias tienen fe, son de hecho cristianos, y en consecuencia, se orientan a alimentar esa fe con cierta formación religiosa y la práctica de los sacramentos, pero no ayudan a los jóvenes y sus familias a replantearse la fe como opción personal, más que como tradición cultural, que les lleve a “gritar el evangelio con sus vidas”, a ser testigos hoy de Jesús y su propuesta de conversión, de cambio radical de valores, de revolución profunda del corazón. Las carteleras pueden estar llenas de rostros de Jesús y de citas piadosas, y en las clases de religión o pastoral se enseña la doctrina cristiana, pero Jesús sigue siendo hoy un gran desconocido, y los valores evangélicos no han penetrado ni están sembrados en el currículo, en la pedagogía, en las relaciones y trato, en el ejercicio de la autoridad y el poder, en las normas y reglamentos, en las evaluaciones …Un centro con estructuras jerárquicas y relaciones autoritarias, que excluye a los alumnos más problemáticos o necesitados, que fomenta el individualismo y la excelencia académica sin preocuparse por la excelencia humana y cristiana, que en su currículo oculto fomenta el consumismo, las apariencias, la segregación y la discriminación, que no tolera la diversidad y las diferencias, que celebra con ostentación las graduaciones y fiestas…, no es ciertamente un centro cristiano, aunque en él se rece todos los días el rosario y se exija aprobar la materia de religión para continuar en él.

Ciertamente, es urgente que nos hagamos todos con la debida seriedad y profundidad la pregunta de qué significa que un centro educativo es hoy realmente católico. Todo centro educativo católico oferta y la concreta en su Carácter Propio y Proyecto educativo “una formación integral a partir de la concepción cristiana o evangélica de la persona”. Al objetivo general y común de toda educación de hacer buenas personas y buenos ciudadanos, la educación católica añade “buenos cristianos”. Se trata, en definitiva, de incorporar al hoy tan trillado concepto de calidad, el que sean cristianos de calidad.

El cristiano se define como un seguidor de Jesús. De ahí que los que nos llamamos o consideramos cristianos debemos comenzar por preguntarnos – y ayudar a preguntarse- con radicalidad y sin miedos, quién es Jesús para nosotros, qué significa seguir a Jesús hoy, en este mundo tan desquiciado y en este nuestro país tan roto y tan polarizado. Si no lo hacemos, podría pasarnos como a los discípulos de Emaús (Lucas 24, 13 y ss.), que no lo reconocían a pesar de que caminaba a su lado. Ellos añoraban al Jesús de sus sueños e imaginaciones, al Jesús Mesías glorioso de sus fantasías, al Jesús del que podrían aprovecharse para medrar en este mundo; no al Jesús real, al Jesús verdaderamente vivo que, porque había sido capaz de asumir su misión de hijo y de hermano con total radicalidad y entereza, había triunfado de la muerte. Tal vez también nosotros no estemos reconociendo ni siguiendo al Jesús verdadero porque seguimos empeñados en seguir al Jesús heredado de la fe familiar, un Jesús cómodo y sin verdaderas exigencias, que tiene que ver con ciertas prácticas, devociones y rezos, pero que no toca la entraña de nuestra vida.

Seguir a Jesús es proseguir su misión en la edificación de un mundo nuevo y en la construcción de la fraternidad. Hoy se define más claramente lo que es ser cristiano con un estilo de vida que con unas prácticas piadosas. Más con una persona de vida interior, de espíritu fuerte, que con una persona que acude a muchos actos religiosos. Más con la identificación de los valores evangélicos que con el “cumplimiento” de unas normas. Más con una búsqueda sincera de la verdad que con la aceptación ciega de cualquier afirmación que venga de la jerarquía. Más con el ejercicio de la solidaridad, del servicio, o la práctica del compartir, que con la recepción frecuente de los sacramentos. Más ciertamente con un hombre o una mujer buenos, eso que llamamos hombres o mujeres de Dios, que con alguien que oculta tras su vida de piedad, por muy grande que sea, un comportamiento poco amable y cariñoso con los que le rodean.

Podría ser que nos consideremos seguidores de Jesús, pero vayamos por otros caminos distintos a los de Él, caminos que no conducen a la vida, a llenar la vida de sentido, sino que conducen a la muerte, a botar o malgastar la vida. Hoy se nos proponen muchos caminos para encontrar la plenitud, caminos atractivos, llenos de luces, de destellos multicolores, de promesas seductoras, pero que no llevan al futuro nuevo, a sacudir la servidumbre del esclavo. Puede ser que nos suceda como a los apóstoles, que se empeñaban en impedir que Jesús subiera a Jerusalén para cumplir su misión de ser leal y coherente hasta la muerte pues, más que seguir a Jesús, querían que Jesús les siguiera a ellos.

Para saber si vamos por el camino correcto, debemos preguntarnos con quién estamos caminando y cómo es nuestro caminar. Si caminamos con los fuertes y triunfadores, con los que avanzan a grandes pasos atropellando a los demás, ciertamente no vamos tras las huellas de Jesús. El camino de Jesús es un camino contracorriente, un caminar que es locura para los sabios del mundo y escándalo para la gente religiosa. Es un caminar que, para los ojos del mundo, conduce a perder la vida, a malgastarla. Es un caminar colectivo, al ritmo de los más débiles y necesitados, que crea comunidad y conduce a la libertad. Un caminar que se detiene (es decir, está dispuesto a “perder su tiempo”) o da un giro para curar al herido del camino, al que se quedó sin fuerzas, al que ha perdido la ilusión o la esperanza, al que desfalleció de hambre o de dolor, al que no ve porque está ciego o cegado por los resplandores de la vida falsa, al paralítico incapaz de caminar.

En nuestra educación católica tal vez no falten palabras, pero falta fe vital, testimonio, comunicación de experiencia, contagio de algo vivido de manera honda y entrañable. Necesitamos fe en los jóvenes y propuestas osadas que les den fe en la vida. No les transmitimos convicciones fuertes. Necesitan testimonios, palabras auténticas que sean refrendadas por la vida. No podemos aceptar que la fe se relegue al campo de lo privado, como si no tuviera ninguna repercusión en la vida y en la sociedad. La fe es fuente de vida. Creer es el mejor estímulo para luchar, trabajar y vivir de una manera responsable, digna y plena. Creer es descubrir a Alguien que nos hace vivir y nos mueve a vivir para los demás, a entregar la vida.

El gran reto hoy es irnos configurando como colegios verdaderamente evangélicos, levadura en la masa de la educación. Los centros educativos católicos deben entenderse y asumirse como verdaderas comunidades de aprendizaje y vida. De ahí que el modo de organización y de comunicación, de ejercer la autoridad y el poder, la forma en que se tratan los diferentes miembros de la comunidad educativa, el respeto a la diversidad y las diferencias, la responsabilidad y el compromiso con que cada uno asume sus tareas y obligaciones, la defensa de los derechos de los más débiles, la solidaridad y discriminación positiva que se practica en todos los recintos y tiempos escolares que privilegia a los menos favorecidos y estimula la pedagogía del amor y la alegría, la manera como se resuelven los problemas y se enfrentan los conflictos (la calidad de un centro educativo no se determina por si tiene o no conflictos, sino por el modo de resolverlos), los modos de celebración, trabajo y producción…, deben pensarse y estructurarse desde los valores evangélicos. Se trata, en definitiva, de transformar profundamente nuestros centros educativos para que se conviertan en semillas y también microcosmos de la nueva sociedad que pretendemos, del reino que proclamamos y buscamos.

Es imprescindible que los alumnos perciban en el centro educativo los valores que les decimos van a hacer más plenas sus vidas y ayudarles a ser más felices. En consecuencia, es imprescindible que nos vean motivados y felices en la vivencia de lo que proclamamos, que puedan ver en sus educadores fervientes y entusiastas seguidores de Jesús. Es por ello, urgente que los educadores cristianos recuperemos el talante festivo de nuestra fe, que nuestro modo de vida produzca admiración y atracción, ganas de imitarnos. En este mundo de tantas noticias y tan malas, los cristianos tenemos una Buena Noticia. Pero sólo si los demás experimentan que la Buena Noticia es en verdad Buena Noticia para los que la proclamamos seremos creíbles.

Antonio Pérez Esclarín
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Esta entrada fue publicada el 27 de febrero de 2015 por en Conferencias.
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