Antonio Pérez Esclarín

Ecología de la palabra

palabrasSi según el Génesis, Dios habla y con su palabra crea, las palabras nos hacen a los hombres y mujeres dioses: con ellas podemos fortalecer la vida o asfixiarla, expresar amor u odio. Con las palabras podemos sacudir conciencias, animar, levantar, entusiasmar, provocar ganas de arriesgarse a vivir en lo hondo; o podemos desanimar, aplastar, destruir, seducir para hacer de la vida un suceso trivial y sin sentido. Hay palabras que son golpes, puños, bofetadas. Y palabras que son caricias, estímulos, abrazos. Con las palabras podemos crear o destruir; dar vida o matar. La palabra puede convertirse en insulto y condena, pero también en canción que enamora o poema que cultiva la sensibilidad y nos abre a la belleza. Por ello, quiero comenzar con una palabra poética sobre Venezuela, que levante nuestra autoestima, y nos llene de fervor y de esperanza.

Uno de los mayores problemas de nuestra actual cultura es que hemos vaciado a las palabras de sentido, y con frecuencia, las utilizamos para expresar cosas totalmente distintas y hasta opuestas a su significado original. Llamamos libertad a la arbitrariedad y el capricho; felicidad a salir de compras o pasarlo bien; calidad de vida a la cantidad de cosas; negocio a la más grosera especulación y robo; orden establecido a la dominación y la injusticia; diplomacia al engaño y la mentira; sinceridad a la falta de respeto; amor a la atracción física, o al deseo de posesión.

En Venezuela, estamos viviendo una gravísima devaluación de la palabra, que es incluso mucho peor que la gravísima devaluación del bolívar, y expresa y mantiene la abrumadora devaluación de la ética, de la política y de las vidas. Palabras como socialismo, revolución, participación, ética, democracia, pueblo, se usan y abusan tanto, y se les otorga con frecuencia significados tan diversos, dispares e interesados que terminan convirtiéndose en meros fetiches, palabras infladas y huecas, sin nada adentro. Y si no tenemos palabras o escasamente significan algo o las forzamos para que signifiquen lo que nos interesa, no tenemos posibilidad de comunicarnos, de entendernos y de ser. Y esto es gravísimo. Hoy las palabras languidecen heridas de muerte. Los comerciantes de la política y de la vida han matando las palabras, les han arrancado el corazón y las han convertido en meras cáscaras huecas, en sonidos sin alma, con los que pretenden seducirnos, engañarnos y manipularnos. No hay peor esclavitud que la mentira; ella oprime, atenaza, impide salir de sí mismo. No hay nada más despreciable que la elocuencia de una persona que no dice la verdad. Hay que liberar la conciencia diciendo siempre la verdad. Es preferible molestar con la verdad que complacer con adulaciones. Como decía Amado Nervo, “el signo más evidente de que se ha encontrado la verdad es la paz interior” o, como decía Jesús, “La verdad les hará libres”. La verdad libera de las propias falsedades y arrogancia, de los miedos y ataduras.

Hoy vivimos intoxicados de palabras: montones de palabras muertas, sin carne, sin entraña, sin verdad. Dichas sin el menor respeto a uno mismo ni a los demás, para salir del paso, para confundir, para ganar tiempo, para sacudirse de la propia responsabilidad. Ernesto Sábato deplora la pérdida del valor de la palabra y añora los tiempos en que la gente eran “hombres y mujeres de palabra”, que respondían por ellas: “Algo notable es el valor que aquella gente daba a las palabras. De ninguna manera eran un arma para justificar los hechos. Hoy todas las interpretaciones son válidas y las palabras sirven más para descargarnos de nuestras actos que para responder por ellos”.

Pero es imposible construir un país, un mundo humano, si la palabra no tiene valor alguno, si lo falso y lo verdadero son medios igualmente válidos para lograr los objetivos, si ya nunca vamos a estar seguros de qué es verdad y qué es mentira. Hemos hecho de nuestro país una verdadera Torre de Babel en la que, al matar el valor de la palabra, es imposible comunicarnos y entendernos. Por ello, necesitamos un nuevo Pentecostés, ser penetrados por el Espíritu que nos lleve a entendernos a pesar de hablar lenguas diferentes y nos llene de ímpetu y valor y para construir un país y un mundo mejor, según el sueño de Dios. En Venezuela, además, nos estamos acostumbrando lamentablemente a utilizar la cabeza no para pensar sino para embestir ,y la palabra como una especie de piedra para golpearnos y herirnos.

La verdad no es monopolio de nadie. Y la sinceridad y la tolerancia son las virtudes del diálogo y de la genuina comunicación. Todos tenemos derecho a equivocarnos y a salir del error. Debemos condenar el error, pero nunca a la persona que se equivoca. Dialogar es seguir confiando en el que se equivoca. Si corregimos a alguien, debemos corregirlo con amor, de modo que el otro sienta que le corregimos porque lo queremos.

En consecuencia, necesitamos con urgencia recuperar el valor de la palabra, aprender a hablar y escuchar sólo palabras verdaderas, encarnadas en la conducta, comunicadoras de vida. No olvidemos nunca que, como solía repetir José Martí, “El mejor modo de decir es hacer”. O como expresa el viejo refrán castellano “Obras son amores y no buenas razones”. Sólo palabras-hechos, sólo la coherencia entre discursos y políticas, entre proclamas y vida, entre conducta y declaración, entre promesa y realidad, nos podrá liberar de este laberinto que nos asfixia y nos destruye.

“En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios” (Juan 1, 1). Jesús es la palabra inagotable de un Dios que arde en deseos de comunicarse con los seres humanos. Por ello, las palabras de Jesús fueron siempre promesa y expresión de vida. Toda palabra de Jesús fue respaldada con sus actos, y su vida fue su mejor palabra. Fue Camino, Verdad y Vida. Camino a la Verdad y la Vida. Camino verdadero a la plenitud de vida. Por eso, vivió lo que proclamaba y su vida fue su principal enseñanza. Fue, por eso, el Maestro por excelencia. Los educadores debemos esforzarnos por educar con la palabra y con el ejemplo de vida, de modo que no neguemos con nuestras acciones y conducta lo que proclaman nuestros labios. Educar la lengua para bendecir (decir bien) y hablar palabras verdaderas.

Cuentan que el fabulista Esopo estuvo un tiempo al servicio de Xantu. Un día, lo envió al mercado a que comprara lo mejor que hallara. Esopo fue y compró una lengua.
-¿Eso es lo mejor que encontraste?
-Sí, con la lengua podemos expresar amor, verdad, alabanza, ánimo…La lengua permite a los hombres comunicarse, entenderse.

Pasado un tiempo, el patrón volvió a enviar a Esopo al mercado y le pidió que, en esta oportunidad, le trajera lo peor que pudiera encontrar. Esopo fue y volvió con otra lengua.
-Eso fue lo peor que encontraste?
-Sin duda. Con la lengua podemos calumniar, mentir, ofender, chismear, injuriar.

Con las palabras podemos hacer reír o llorar, hundir o levantar, aturdir o sublimar. Una palabra puede ser una caricia o una bofetada. Hay palabras que duelen más que golpes y causan heridas en el alma muy difíciles de curar.

Necesitamos aprender a bendecir, (bene-dicere: decir bien) hablar positivamente, evitando toda palabra desestimuladora, ofensiva, hiriente, que separa o siembra discordia. Lamentablemente, en Venezuela, nos estamos acostumbrando a la violencia verbal. El hablar cotidiano y el hablar político reflejan con demasiada frecuencia la agresividad que habita en el corazón de las personas. De las bocas brota con fluidez un lenguaje duro, implacable y procaz. Palabras ofensivas e hirientes, dichas con la intención de ofender y despreciar, descalificar y destruir. Por ello, en Venezuela, las palabras, en vez de ser puentes de comunicación y encuentro, son muros que nos separan y dividen. Palabras convertidas en rumor que sobresalta, en grito o bofetada que busca herir. Palabras, montones de palabras muertas, retórica sin contenido, mera gimnasia verbal, sin verdad. Dichas sin el menor respeto a uno mismo ni a los demás, para salir del paso, para confundir, para arrancar aplausos, para ganar tiempo, para acusar a otro, sin necesidad de aportar pruebas y aun sabiendo que es inocente, para sacudirse de la propia responsabilidad.

Todo genocidio empieza siempre con la descalificación verbal del adversario, que crea las condiciones para el desprecio, el maltrato e incluso la desaparición física. Los colonizadores europeos llamaron salvajes e irracionales a los indios, los esclavistas calificaron de bestias a los negros, los nazis denominaban ratas y cerdos a judíos y gitanos, los comunistas soviéticos calificaban como hienas a los disidentes, los torturadores sólo ven en sus víctimas a bestias subversivas. “Gusano, animal, chusma, perraje, escuálido, pitiyanqui, apátrida, agente del imperio, ultraderechista, zambo… ”, una bofetada verbal para sembrar odio, división, imposibilidad de encuentro.

Nunca llegaremos a la paz ni a la convivencia provocando el desprecio y la mutua agresión. ¿Qué paz se podrá lograr entre personas que se insultan y no respetan mutuamente sus ideas diferentes? ¿Por qué tenemos que despreciar, ofender y considerar como enemigo a alguien sólo porque piensa de una forma distinta? No podemos olvidar que el adversario es tan venezolano y tan patriota o más que yo, con derecho a expresar y defender sus ideas aunque sean completamente diferentes a las nuestras. Sólo quienes buscan con espíritu abierto y lucidez fórmulas de convivencia política nos acercarán a la paz. Con posturas dogmáticas y humillantes nunca construiremos un país próspero y de genuinos ciudadanos. Nunca llegaremos a la paz si seguimos introduciendo fanatismo y ofensas, si se coacciona a las personas con graves amenazas e insultos y se busca reducir al silencio al que piensa diferente. Cuando en una sociedad la gente tiene miedo para expresar lo que piensa, se está destruyendo la convivencia democrática.

Necesitamos con urgencia una educación que nos enseñe a dominar nuestra agresividad y pronunciar palabras positivas, que animen, que entusiasmen, evitando toda palabra ofensiva o chismosa. Como decía Diderot, “El que te habla de los defectos de los demás, con los demás hablará de los tuyos”. Yo sueño con que, algún día, frente a todos los centros educativos del país, pudiéramos poner una gran valla que dijera: “Aquí está prohibido hablar mal de nadie”. Para ello, deberíamos todos aprender a pasar nuestras palabras por los tres coladores:

En cierta ocasión, un hombre se acercó a Sócrates y le dijo:
-Tengo que contarte algo muy grave de un amigo tuyo.
Sócrates lo miró profundamente con sus ojos de sabio y le preguntó:
-¿Ya pasaste lo que me quieres contar por la prueba de los tres coladores?
-¿Qué prueba es esa?-le dijo desconcertado el hombre.
-Si no lo sabes, escúchame bien. El primero de los tres es el colador de la verdad. ¿Estás completamente seguro de que es cierto lo que me quieres contar?
-En realidad, seguro, seguro, no. Creo que es cierto porque lo escuché de un hombre muy serio, que no acostumbra mentir.
-Si eso es así, con toda seguridad que no lo pasaste por el segundo colador. Se trata del colador de la bondad.
El hombre se sonrojó y respondió con timidez:
-Ciertamente que no.
Sócrates lo miró compasivamente y siguió diciéndole.
-Aunque hubieras pasado lo que quieres decirme por estos dos primeros coladores, todavía te faltaría el tercero, el de la utilidad. ¿Estás seguro que me va a ser realmente útil lo que quieres contarme?
-¿Útil? En verdad, no.
-¿Ves? –le dijo el sabio-, si lo que me quieres contar no sabes si es verdadero, y ciertamente no es ni bueno ni provechoso, prefiero que no me lo digas y lo guardes para ti .

Necesitamos, en consecuencia, recuperar una palabra cercana y sincera que posibilite y favorezca la genuina comunicación. Comunicarse es abrir el alma. Con frecuencia, hablamos y hablamos, pero no nos comunicamos. Hablamos y las palabras son trampas con las que nos ocultamos. Palabras devaluadas, como moneda gastada, sin alma, sin valor. Dichas sin el menor respeto a uno mismo y al otro, para atrapar, para herir, para seducir, para engañar, para dominar. Por eso, palabras tan graves y serias como “lo juro”, “lo prometo”, “te amo”, “cuenta conmigo”…, encierran con frecuencia la mentira, la traición, el abandono, la soledad.
La tecnología moderna ha hecho más importante el medio que el mensaje. Ni los celulares, ni los correos electrónicos, ni los blogs, ni las páginas web, ni los twitters nos están ayudando a comunicarnos mejor. Nos la pasamos enviando mensajes a los que están lejos, pero somos incapaces de comunicarnos con los que tenemos cerca Se han puesto de moda las redes por internet, pero raramente nos comunicamos con los compañeros de trabajo que tenemos al lado. En consecuencia, a pesar de tener los más sofisticados aparatos de comunicación, las personas viven cada vez más solas, sin nadie a quien comunicar sus miedos, angustias, problemas. Vivimos extraños en la misma casa, en la misma cama, repitiendo rituales vacíos, chateando tal vez con personajes lejanos e incluso desconocidos, sin comunicarnos con los miembros de nuestra familia, escuchando en silencio al televisor que es el único personaje de la casa al que se le presta verdadera atención.

Por último, necesitamos también aprender a decir gracias, a agradecer lo mucho que hemos recibido y que estamos recibiendo en cada momento. Todo lo que somos y tenemos es regalo. Agradecer une, genera alegría, construye puentes. Agradecer es incrementar la intensidad de la vida. Muchos piensan que dar las gracias expresa debilidad, cuando es todo lo contrario pues demuestra autonomía, fortaleza y una gran sensibilidad. La expresión “gracias” no es una mera fórmula de cortesía o buena educación. Es, sobre todo lo demás, una palabra mágica, que acerca y une a las personas, que facilita el encuentro y el perdón. La gratitud es el arte de saborear la vida con agrado.

Educar los oídos para aprender a escuchar, escucharse, y así poder dialogar

Hablamos y hablamos pero escuchamos y nos escuchamos poco. Sin embargo, tenemos dos orejas y una sola boca, lo que parece indicar que deberíamos escuchar el doble de lo que hablamos.
Necesitamos con urgencia aprender a escuchar. Escuchar antes de diagnosticar, de opinar, de juzgar, de descalificar. Partir de lo que el otro dice, cómo lo dice, por qué lo dice. Escuchar viene del latín: auscultare, término que se lo ha apropiado la medicina, y denota atención y concentración para entender y poder ayudar. Escuchar, en consecuencia, las palabras y los gestos, los silencios, los dolores y rabias, los gritos de la inseguridad y el miedo. Escuchar a los tímidos y a los sin voz, escuchar los gemidos de Dios en el dolor de los hombres. Escuchar lo que se dice y lo que se calla y cómo se dice y por qué se calla. Escuchar también las acciones, la vida, que con frecuencia niegan lo que se proclama en los discursos. Muchos deshacen con sus pies lo que intentan construir con sus palabras: “El ruido de lo que eres y haces no me deja escuchar lo que me dices”.

Escuchar para comprender y así poder dialogar. El diálogo exige respeto al otro, humildad para reconocer que uno no es el dueño de la verdad. El que cree que posee la verdad no dialoga, sino que la impone, pero una verdad impuesta por la fuerza deja de ser verdad. Si yo sólo escucho al que piensa como yo, no estoy escuchando realmente, sino que me estoy escuchando en el otro. El diálogo supone búsqueda, disposición a cambiar, a “dejarse tocar” por la opinión del otro. En palabras del poeta Antonio Machado: “Tu verdad, no; la verdad; deja la tuya y ven conmigo a buscarla”. El diálogo verdadero implica voluntad de quererse entender y comprender, disposición a encontrar alternativas positivas para todos, opción radical por la sinceridad, respeto inquebrantable a la verdad, que detesta y huye de la mentira.

Escuchar antes de diagnosticar, de opinar, de juzgar. Escuchar viene del latín: auscultare, y denota atención y concentración para entender. Escuchar es un acto de amor, es entrega, valoración del otro, es decir “no temas, puedes hablar, abrirme el corazón y contar conmigo; yo siempre estaré a tu lado”. Negar la palabra o la escucha a alguien es ignorarlo Saber escuchar es el mejor remedio contra la soledad y contra las tensiones y problemas. Lo mejor para motivar y ayudar a una persona es escucharla. Uno, cuando es escuchado se siente tomado en cuenta como persona. Desgraciadamente, en nuestro mundo, tan lleno de medios de información y desinformación escasea cada vez más la comunicación. No tenemos tiempo para escuchar en profundidad al otro, y cada vez más personas, a pesar de la explosión de los celulares, los chateos, blogs y correos electrónicos, se sienten arrojadas a la soledad y la incomunicación.

Escuchar, en consecuencia, no sólo las palabras, sino el tono, los gestos, el dolor, la frustración, la ira. Escuchar las acciones, la vida, que con frecuencia niegan lo que se proclama en los discursos: “El ruido de lo que haces me impide escuchar lo que me dices”. Escuchar para comprender y así poder dialogar y comunicarnos. Hay muchos supuestos diálogos que son monólogos yuxtapuestos o meros diálogos de sordos, porque se habla y habla pero nadie

Por ello, no sólo necesitamos escuchar, sino también escucharnos. (Paciente que escribió una carta). Escuchar nuestro silencio para poder dialogar con nuestro yo profundo, para ver que hay detrás de nuestras palabras, de nuestros sentimientos, de nuestras poses e intenciones, de nuestro comportamiento y vida; para intentar ir al corazón de nuestra verdad, pues con frecuencia, repetimos fórmulas vacías, frases huecas, aceptamos sin ninguna criticidad “la verdad de los míos”. Para cultivar el silencio es imprescindible aprender a callarnos. Sólo podremos escuchar al otro distinto si nos callamos:

Caminaba un día con mi padre cuando él se detuvo en una curva, y después de un breve silencio, me preguntó:
-Además del canto de los pájaros y del susurro de la brisa, ¿escuchas algo más?
Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí:
-Sí estoy escuchando el ruido de una carreta.
-En efecto –dijo mi padre-, y es una carreta vacía.
Me sorprendió su seguridad y le pregunté intrigado:
-¿Cómo sabes que es una carreta vacía si todavía no la vemos?
-Porque mete mucho ruido –me respondió sonriendo mi padre-, cuanto más vacía está la carreta, es mayor el ruido que hace.
Me convertí en adulto y cuando veo una persona que habla demasiado, que acapara la palabra, que parece regodearse en el encanto de su propia voz, me acuerdo siempre de las palabras de mi padre:
-Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.

Algunos, más que facilidad de palabra, tienen dificultad de callarse. Pero sólo en el silencio del corazón podremos madurar palabras verdaderas, palabras vida, palabras testimonio. Es mucho más difícil aprender a callar, que aprender a hablar. De hecho, y como decía Ernest Hemingway, “se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”.

En cierta ocasión se le acercó a Isócrates un joven que, con gran derroche de palabras vacías, pidió ser admitido como discípulo.

Se cuenta que Isócrates lo admitió, pero quiso cobrarle el doble que al resto de los alumnos. Ante las protestas del candidato, el maestro repuso:
-Contigo el trabajo es doble: debo enseñarte primero a callar y, cuando hayas aprendido esto, a hablar correctamente.

Para poder escucharnos, necesitamos de más silencio y soledad. Soledad para encontrarnos, para comunicarnos con nosotros mismos, para ir a la raíz de nuestra vida. Pero aturdidos de ruidos, gritos, cháchara y palabrería hueca, nos cuesta mucho adentrarnos en el silencio. Por eso nos estamos volviendo tan superficiales y nos dejamos manejar por propagandas, por promesas, por modas, por charlatanes llenos de retórica hueca. Por eso también, mentimos con tanta facilidad o utilizamos las palabras para insultar, para ofender, para atemorizar, para engañar.

Hoy hablamos mucho, pero cada vez escuchamos y nos escuchamos menos. Pero no podemos olvidar que lo más importante para un diálogo verdadero no es tanto lo que se dice sino el modo en que se escucha. De ahí la importancia de aprender a conversar, escuchar, expresarse con libertad, argumentar, comprender al otro y lo que dice, defender con fuerza las propias convicciones sin agredir ni ofender al que las contradice. Una comunidad que aprende a conversar, aprende a convivir. Como dice el viejo refrán: “Hablando se entiende la gente”. De ahí la importancia de que en educación recuperemos la pedagogía del diálogo, como tanto nos insistía Paulo Freire, y enseñemos a los alumnos a decir su propia palabra, o, como nos repetía José Martí: “Eduquen a los jóvenes en la sana y viril costumbre de decir sin odio lo que piensan y escuchar sin ira ni mala sospecha lo que piensan otros”.

a) -Aprender a mirarnos como hermanos y considerar la diversidad como riqueza

Un viejo rabino preguntó a sus discípulos si sabían cómo se conoce el momento en que termina la noche y comienza el día.
-¿Cuando ya podemos distinguir a lo lejos entre un perro y una oveja? –le preguntó uno de ellos.
El rabino negó con su cabeza.
-¿Será cuando ya se distingue en el horizonte una ceiba de un samán? –se aventuró otro de los discípulos.
-¡Tampoco! –respondió con convicción el rabino.
Los discípulos se miraron desconcertados:
-Entonces, ¿cómo podemos saber el preciso momento en que termina la noche y comienza el día? –preguntaron ansiosos.
El viejo rabino los miró con sus ojos mansos de sabio y les dijo:
-Cuando tú miras el rostro de cualquiera y puedes ver en él la cara de tu hermano o de tu hermana. En ese momento comienza a amanecer en tu corazón. Si no eres capaz de eso, sigues en la noche.

En un mundo diverso, plural y profundamente inhumano, y en un país como Venezuela donde estamos rotos, divididos, terriblemente polarizados, necesitamos con urgencia aprender a mirarnos para ser capaces de vernos como conciudadanos y hermanos y no como rivales, amenazas o enemigos. El ciudadano genuino entiende que la verdadera democracia es un poema de la diversidad y no sólo tolera, sino que celebra que seamos diferentes.

Diferentes pero iguales. Precisamente porque todos somos iguales, todos tenemos el derecho de ser y pensar de un modo diferente dentro, por supuesto, de las normas de la convivencia que regulan los derechos humanos y los marcos constitucionales.

Hoy se habla mucho de la necesidad de ser tolerantes. Pero yo pienso con Gandhi que hay que superar la mera tolerancia para empezar a considerar la diversidad como riqueza. Es maravilloso que haya razas, costumbres, culturas, religiones, formas de pensar diferentes. El tesoro de la humanidad está precisamente en su diversidad creadora. Somos diferentes, pero todos pertenecemos a la “ciudadanía planetaria” (Morin); somos hijos de un mismo

Dios, Padre y Madre de todos por igual, que nos ama a cada uno en nuestra especificidad y singularidad; y debemos considerar la Tierra como la Patria común de todos, que debemos cuidar, respetar y trabajar para que sus frutos alcancen a todos. La idea de unidad de la especie humana no debe borrar la de su diversidad. Precisamente porque todos somos iguales, tenemos derecho a ser diferentes y a ser respetados en nuestra diversidad. De ahí la importancia de aprender a vivir juntos los que somos diferentes, a reconocernos en la humanidad común y valorar como riqueza la diversidad cultural, de raza, de género, de dones, de talentos, de ideas, de pensamientos. Es maravilloso que seamos diversos, que tengamos costumbres, religiones y dones diferentes. El mundo y la vida serían muy fastidiosos si todos pensáramos y actuáramos del mismo modo. Se trata de que todos los habitantes del mundo nos reconozcamos lo suficientemente semejantes para poder hablarnos y lo suficientemente distintos para tener algo que decirnos.

En consecuencia, una educación para la ciudadanía y la cultura de la paz debe combatir decididamente todo tipo de discriminación y las variadas formas de dogmatismo, fundamentalismo e intolerancia de quienes pretenden imponer una única forma de pensar, de creer, de vivir. La diversidad y el respeto a las minorías son tan importantes como el gobierno de las mayorías. El fanatismo es odio a la inteligencia, miedo a la razón. Asumir la diversidad como riqueza es una gran oportunidad de enriquecimiento personal y colectivo, camino a la justicia y a la paz.

.–Aprender a desarrollar la autonomía personal, la responsabilidad, la cooperación, la solidaridad y el amor

Si Dios nos hizo a su imagen y semejanza y Dios es amor, somos seres para amar. El sentido de la vida es el amor y sin amor la vida no tiene sentido. Si bien hoy se habla mucho de “hacer el amor”, es más bien al revés: el amor nos hacer, nos realiza. Detrás de cada delincuente hay una persona que no ha sido querida bien, no se quiere, no sabe querer y necesita destruir. El amor es fuente de alegría y vida. Desgraciadamete,”el corazón no va a la escuela” y hoy no se nos enseña a amar. Por ello, muchos confunden el amor con un mero gustar, con la atracción física, con el deseo de posesión, cuando “Amar es querer el bien del otro, en cuanto otro” (Aristóteles), es preocuparse y ocuparse por el bien del otro, ayudarle a crecer. El amor verdadero se transforma en servicio, camino seguro a la felicidad. De ahí que en educación, tenemos que atrevernos a proponer el amor y el servicio como modos de alcanzar la plenitud y lograr la felicidad. El egoísmo divide y separa. La solidaridad y el servicio unen. Donde hay solidaridad, hay alegría.

Las personas serviciales y generosas son felices y provocan felicidad. Los egoístas viven encerrados en sí mismos y, siempre insatisfechos, provocan infelicidad.

Vivir como un regalo para los demás, vivir sirviendo siempre, es el modo privilegiado de encontrar la plenitud y la felicidad. Dar la vida en el día a día, en la atención amable más allá del cansancio, en el respeto a pesar de la violencia, en la lucha tenaz contra el pesimismo y la desesperanza. Tenemos que ser como el manantial, que no guarda para sí su caudal, sino que se derrama dando vida. Y lo hace con alegría, cantando. Si guardara para sí su agua, se pudriría y se le morirían las canciones. El único modo de llenarnos de amor es dándolo. Cuanto más amor damos, más nos llenamos de amor.

Sólo los que tienen el corazón en paz podrán ser sembradores de paz y contribuirán a gestar un mundo mejor en medio de tantas violencias, injusticias y problemas. La lucha por la paz y la justicia deben comenzar en el corazón de cada persona. Ser pacífico o constructor de paz no implica adoptar posturas pasivas, sino comprometerse y luchar por la verdad y la justicia, para que sea posible una Venezuela fraternal y un mundo donde empiece a germinar la civilización del amor. Pero no seremos capaces de romper las cadenas externas de la injusticia, la violencia o la miseria, si no somos capaces de romper las cadenas internas del egoísmo, el odio, el consumismo…, que atenazan los corazones. No derrotaremos la corrupción y la injusticia con corazones apegados a la riqueza, el lujo y el tener; no estableceremos un mundo fraternal con corazones llenos de odio y de violencia. De ahí la urgente necesidad de que todos comencemos desarmando nuestro corazón.

Para desarmar los corazones es importante que aprendamos a resolver los conflictos mediante la negociación y el diálogo, de modo que todos salgamos beneficiados de él, tratando de convertir la agresividad en fuerza positiva, fuerza para la creación y la cooperación, y no para la destrucción. La calidad de cualquier institución (familia, escuela, sociedad) no se determina por si tiene o no conflictos, sino por el modo en que los resuelve. Un conflicto de pareja, asumido con comprensión, puede robustecer el amor. Un conflicto en un salón de clases, donde el profesor se esfuerza no tanto por reprimirlo, sino por comprender lo que los alumnos tratan de manifestarle con su conducta, puede resultar una experiencia verdaderamente educativa para todos.

Los educadores deberíamos ser especialistas en resolver conflictos. Para ello, debemos perderles el miedo y aprender a considerarlos como oportunidades privilegiadas para educar. ¡Cuánto avanzaríamos en la creación de un clima motivador si alumnos, maestros y padres nos percibiéramos como colaboradores y no como adversarios! No olvidemos nunca que todos los maestros y profesores tenemos poder, pero no todos tenemos autoridad. Recordemos que la palabra autoridad proviene del verbo latino augere, que significa alentar, animar, ayudar (las palabras auge y aupar, son primas hermanas de autoridad). Tenemos poder para mandar callar al alumno, para sacarlo del salón y enviarlo a la dirección, para bajarle puntos, castigarlo o ponerle una mala nota. Poder dado por la institución, por el cargo, pero la autoridad sólo nos la pueden dar los alumnos. Y sólo la darán si ven coherencia en nosotros, si se sienten queridos, si comprenden que en definitiva, nos preocupamos por ellos y buscamos su bienestar. Por lo general, los maestros y profesores que quieren a sus alumnos y son queridos por ellos, no suelen tener graves problemas de disciplina y, si los tienen, son capaces de resolverlos sin graves inconvenientes.

La mayor parte de los conflictos en educación surgen porque las normas no están claras o no han sido suficientemente analizadas o asumidas. De ahí la importancia de construir con los alumnos las normas de disciplina o el manual de convivencia, basándose en el respeto y la comprensión. La disciplina es necesaria. Es imposible educar en un ambiente de irrespeto, violencia, o donde cada uno hace lo que le viene en gana. El problema radica en cómo proponer una disciplina que sea aceptada por todos como condición esencial para poder educar. La disciplina que ayuda, es aceptada sin problemas. La que reprime resulta odiosa y es rechazada. Es por ello, muy necesario que analicemos y cuestionemos con los alumnos las normas, el reglamento, el manual de convivencia, la pedagogía, la pertinencia o no de los contenidos que enseñamos, las formas de evaluar, buscando consensos y responsabilidades.

La razón del cumplimiento de los deberes y obligaciones, del respeto mutuo, no se centra en el poder del docente, en las exigencias del reglamento, sino en la corresponsabilidad, en el acuerdo común, y en los objetivos y metas señalados comunitariamente.

Los centros educativos como microcosmos de la nueva sociedad

Para que todo esto vaya siendo posible, debemos trabajar para estructurar y organizar los centros educativos como verdaderas comunidades de respeto y vida, donde se experimente cotidianamente el ejercicio de la genuina democracia y la cultura de la paz. Se trata de vivir en la cotidianidad del centro educativo los valores ciudadanos que pretendemos, desterrando las actitudes autoritarias, las intenciones adoctrinadoras, ofensivas, descalificadoras o excluyentes, de modo que efectivamente se desarrolle el diálogo, la participación, la crítica y las relaciones interpersonales efectivas. El reto consiste en hacer del centro educativo un microcosmos de la sociedad que pretendemos.

El modo de ejercer la autoridad y el poder; el respeto a la diversidad y las diferencias; la responsabilidad y compromiso con que cada uno asume sus tareas y obligaciones; la defensa de los derechos de todos, en especial de los más débiles; la prohibición de toda palabra o actitud ofensiva o intolerante; la solidaridad que se practica en todos los recintos y tiempos escolares; la manera como se enfrentan los conflictos y se busca solución a los problemas; el modo en que se fomenta la organización de toda la comunidad educativa…, deben en cierta forma, expresar y anunciar el modo de vida y de organización de la sociedad que queremos. Sociedad que privilegie a los más débiles y necesitados, que respete las diferencias individuales, de género, culturales, raciales, políticas, sociales y religiosas, que posibilite y promueva la participación en la toma de decisiones y en la vida cívica y política cotidiana.

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Esta entrada fue publicada el 25 de febrero de 2015 por en Conferencias.
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