Antonio Pérez Esclarín

¿Revolución o involución?

crisisNací en un pueblito de España en 1944, tiempos en que el país empezaba a reponerse de los estragos de una terrible guerra civil que duró tres años, dejó más de un millón de muertos, y familias y comunidades divididas y carcomidas por el odio y la sed de venganza. Conocí de muy cerca la miseria y vi el hambre en los rostros de muchos compañeros y amigos. España era mayoritariamente un país de campesinos miserables que trabajaban de sol a sol para mal comer. En aquellos días, estrenar era un lujo, las ropas remendadas pasaban de un hijo a otro, y sólo en las grandes festividades se tomaba una gaseosa o se comía un helado.

Mi espíritu soñador y aventurero me trajo a Venezuela muy joven, a los 17 años, no huyendo de la pobreza sino con la decisión firme de dedicar mi vida a servir a los demás. Yo no vine para enriquecerme, sino para enriquecer a Venezuela. Por ello, llevo más de 40 años dando lo mejor de mí en el servicio educativo de calidad, con fe y alegría, a los más pobres.

Cuando por esos tiempos volvía desde Venezuela a España, fundamentalmente para visitar a mis padres, el bolívar era una moneda muy fuerte, codiciada por muchos. Venezuela se percibía como país petrolero, muy rico, tierra abierta al progreso y llena oportunidades. He vivido toda mi vida en barrios pobres, junto al pueblo sencillo y trabajador, disfrutando de su solidaridad, la seguridad, el buen carácter de los venezolanos. No niego que había pobreza y grandísimas desigualdades sociales, pero la gente tenía ilusión y esperanza. Todos vislumbraban un mejor futuro para sus hijos y para eso trabajaban y se sacrificaban. Sufrían y disfrutaban la vida.

Estoy regresando de un viaje a España y lo hago con el corazón partido. En estos días, me ha brotado mil veces la pregunta de ¿cuándo y cómo fue que permitimos que se hundiera Venezuela? En España todo el mundo se queja de la crisis, pero comparándola con la nuestra, la crisis española se me presentaba como un oasis de vida, como un sueño inalcanzable, como una utopía. No voy a hablar generalidades ni voy a meterme en debates ideológicos. Voy a presentar tan sólo algunos ejemplos fácilmente iluminadores de los niveles de vida del pueblo. En España el salario mínimo anda por los 800 euros al mes. Comer en un buen restaurant el menú del día: tres platos, postre y bebida, cuesta unos 10 euros. O sea que con el salario mínimo se pueden comer 70 u 80 ricos y muy variados almuerzos.

¿Cuánto se pueden comer en Venezuela en un buen restaurant con nuestro salario mínimo? ¿No es verdad que una arepa o una hamburguesa con su refresco están ya costando el salario mínimo venezolano de un día? Un kilo de carne de primera o de un buen pescado cuesta ocho o diez euros: con el salario mínimo, una familia puede comprar 80 kilos. ¿Cuántos se pueden comprar en Venezuela? Las papas, los tomates, el arroz, casi todas las frutas cuestan poco más o menos un euro el kilo, y los refrescos o la cerveza de litro menos de un euro. Yo me compré unos buenos zapatos deportivos por 20 euros, y camisas y pantalones por 15 euros. Un carro popular nuevo cuesta unos 10.000 euros, es decir, unos 12 salarios mínimos.

¿Cuánto salarios mínimos cuesta un carro en Venezuela si es que se consigue? Los servicios son excelentes, en especial los de salud, y uno camina por las calles en horas de la noche o madrugada sin el menor temor. Es verdad que la gasolina está muy cara, pero el transporte público de verdadera calidad vale por lo general un poco más de un euro, que resulta incluso más barato en comparación al salario mínimo que nuestro transporte tan deficiente.

Podría seguir poniendo ejemplos, pero ya basta. Amo a Venezuela y pienso seguir trabajando por la vida digna para todos hasta que el cuerpo aguante. Pero ¿por qué seguir empeñados en imponer unos caminos que no están dando los resultados que proclamamos y deseamos y cada vez nos hunden más y más en la inseguridad, la pobreza y la desesperanza ?

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Esta entrada fue publicada el 7 de septiembre de 2014 por en Artículos de Prensa.
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