Antonio Pérez Esclarín

LOS RETOS DE LA EDUCACIÓN. EL ROL DEL DIRECTOR COMO GERENTE DE LA ESCUELA

Eduardo Galeano nos recuerda la historia, que es también de Mario Benedetti, de aquel hombre y aquella mujer que, fascinados por ese paisaje de colorido y luz que veían brotar ante sus ojos, se dijeron fascinados: “Vamos a buscar el horizonte”. Caminaban y caminaban, y a medida que avanzaban, el horizonte se iba alejando de ellos. Decidieron apresurar sus pasos, no detenerse ni un momento, desoír los gritos del cansancio, el hambre, la sed…Inútil, por mucho que aceleraron la marcha y multiplicaron sus esfuerzos, el horizonte seguía igualmente lejano, inalcanzable. Cansados y decepcionados, con los pies destrozados de tanto andar y ante el vértigo de la sensación de haberse fatigado inútilmente, se tumbaron sobre el piso y se dijeron derrotados: “¿Para qué nos sirve el horizonte si nunca vamos a alcanzarlo?” Y oyeron una voz que les decía: “¡Para que sigan caminando!”

En educación, como en la vida, no hay camino hecho, se hace camino al andar. Muchos piensan que el camino ya está hecho y se lanzan a recorrerlo rutinariamente: programas, clases, evaluaciones, notas…Se suceden los cursos y los años siempre iguales. La gran tragedia de la educación es pensar que educar es recorrer rutinariamente caminos trazados por otros y no inventar caminos nuevos. La rutina crea la ilusión de que se camina, pero es un movimiento que, si bien se presenta como fácil, nos va alejando de la meta porque nos va desalmando, nos va agusanando el corazón, nos hace perder el entusiasmo, lleva a convencernos de que no existe horizonte alguno.

Otros hablan de la necesidad de buscar caminos nuevos, de que ya no sirven los viejos, pero se quedan instalados en sus seguridades, hablando del camino, en lugar de ponerse a trazarlo. Tal vez, cambian sus palabras, asimilan el discurso de los cambios, pero siguen enquistados en las viejas prácticas, rituales y rutinas, que con frecuencia les llevan en dirección opuesta a la que dicen quieren ir o están yendo. Olvidan la pedagogía, esa necesaria reflexión de la práctica para adecuarla a las intencionalidades, para que el hacer pedagógico sea coherente con los fines y las metas, para convencerse de una vez que los frutos que queremos recoger deben estar ya implícitos en la semilla, que es imposible educar para, si no educamos en: Educar en y para la participación, en y para el trabajo, en y para la creatividad, en y para la libertad, en y para la convivencia…

Hay quienes confunden el camino con las superautopistas que nos brindan las nuevas tecnologías y piensan que si ponemos computadoras e Internet en las escuelas y si incorporamos a las aulas el powerpoint y el videobim, ya tenemos resuelto el problema educativo. Ignoran que las nuevas tecnologías son sólo medios que debemos saberlas aprovechar, pero que ciertamente no nos van a librar del esfuerzo de “hacer camino”.

Otros confunden el camino con el mapa: gastan sus energías en elaborar una maravillosa planificación estratégica, con su misión y su visión perfectamente redactadas, en la que plantean su proyecto educativo comunitario, especificando objetivos y estrategias, pero el proyecto queda ahí, en el papel, no pone a caminar la escuela en un movimiento innovador, consciente y reflexivo, no desrutiniza las prácticas, no enseña a desaprender, no genera participación, investigación, entusiasmo, cooperación.

Tan negativo es no tener horizonte como pensar que ya hemos llegado a él o peor, creer que somos el horizonte. La autocomplacencia impide avanzar. El único modo de conseguir el horizonte es seguirlo buscando, porque la meta no está al final del camino, sino que consiste precisamente en seguir caminando y buscando siempre, en no claudicar, en administrar la esperanza y seguir fieles en la búsqueda de una educación siempre renovada. Esto exige vivir en estado de éxodo. Cada día exige sus rupturas con prácticas acomodadas, rutinas, hábitos…No podemos seguir dando respuestas de ayer a los problemas de hoy. El que cambia, puede equivocarse; el que no cambia, vive equivocado.

Este caminar haciendo camino no puede ignorar el contexto tanto mundial, como nacional, donde cada día resulta más y más difícil educar,. Hoy se insiste mucho en la necesidad de educar en valores. Pero no suele decirse que hoy hace falta mucho valor para educar pues la educación debe asumirse como una propuesta humanizadora, orientada a formar personas plenas y felices y ciudadanos productivos, responsables y solidarios, preocupados y ocupados por el bien común de la sociedad. Hasta hace unos años, era relativamente fácil educar. En primer lugar, había consenso entre lo que se consideraba bueno y malo y, -lo que es más importante- la búsqueda y vivencia del bien parecía ser tarea de todos. De ahí que, en general, había una gran coherencia entre lo que se practicaba y enseñaba en la casa (todo el mundo, por ejemplo, consideraba que robar era algo malo, y por eso podían decir con sinceridad y orgullo “somos pobres pero honrados”); lo que se vivía en la calle (cualquier persona se consideraba con autoridad para llamar la atención y denunciar las conductas irregulares); lo que se enseñaba en las escuelas y lo que se predicaba en las iglesias. En cierto sentido, toda la sociedad asumía su papel de educadora. Hoy, esto ya no es así: los padres han renunciado a su papel de primeros y principales educadores y le reclaman a los maestros que desempeñen el papel que ellos no supieron cumplir. Renunciaron al autoritarismo, pero no han sabido sustituirlo por un principio de autoridad que sirva de referencia para la construcción de la identidad personal y social de niños y jóvenes.

Las iglesias cada vez influyen menos en la sociedad, sobre todo entre los jóvenes, que crecen en un ambiente de total relativismo ético, donde se impone el pragmatismo del TODO VALE: todo vale si me produce poder, bienestar, placer, prestigio, dinero. El valor y el antivalor se confunden. Cada uno decide lo que es bueno y lo que es malo. La eficacia se convierte en criterio de bondad. El fin justifica los medios. Si todo vale, nada vale. De ahí que si bien vivimos intoxicados por una retórica que vocea la ética y levanta las banderas contra la corrupción, vemos cómo en la práctica se violan abiertamente estos principios. Políticos y sociedad en general nos piden a los educadores que eduquemos para el respeto y la tolerancia, y todos vemos cómo desde las instancias más elevadas del poder, se irrespeta, insulta y agrede sin el menor pudor. Nos piden que eduquemos para la crítica y la creatividad y todos podemos presenciar cómo se persigue y aísla al que piensa u opina diferente. Nos piden que eduquemos para la sinceridad y vemos cómo se miente, se acusa sin presentar pruebas y se lanza al escarnio público al adversario.
Es muy poco lo que podemos hacer los educadores, si las familias, y la sociedad en general, no asumen su papel de educadores. Las escuelas no pueden crear lo que no existe afuera. De ahí que la educación, una educación ética, sustentada en el ejemplo, debe constituirse en la principal preocupación y la primera ocupación de toda la sociedad.

Venezuela, digámoslo con convicción y fuerza, es un país privilegiado, lleno de encantos y prodigios, que Dios lo debió crear en una tarde en que andaba especialmente feliz. Cuando en 1498, Cristóbal Colón llegó a tierras venezolanas, quedó tan impresionado con su belleza que creyó que había llegado al Paraíso Terrenal. Sus ojos ardidos de tanta luz y tanto verdor trataban en vano de captar toda la hermosura. Y de su asombro y admiración, brotó el primer nombre de Venezuela: Tierra de Gracia.

Realmente, Venezuela tiene enormes potencialidades, y no sólo cuenta con inmensas riquezas de materias primas: petróleo, hierro, oro, aluminio, pesca, productos agrícolas y ganaderos…, sino que es imposible imaginar un país más hermoso. Cuenta con un sol inapagable, playas exquisitas de aguas cristalinas sobre lechos de coral (Morrocoy, Los Roques, Mochima, Playa Colorada, Margarita, Choroní, Cata, Maya, Adícora, El Supí, Villa Marina, Neima…); desiertos y medanales que día y noche avanzan sin descanso con sus pies movedizos de arena; llanuras inmensas pobladas de historias, corocoras y garzas, donde los horizontes, como las estrellas, se van alejando a medida que uno los persigue; ríos caudalosos que van culebreando entre selvas infinitas; árboles frondosos que parecen sostener el cielo con sus brazos; lagos y lagunas encantadas, pobladas de leyendas y de magia; islas paradisíacas que paren estrellas caídas en el inmenso cielo azul de nuestros mares; tepuyes, castillos de los dioses, que levantan sus frentes para asomarse al espectáculo increíble de la Gran Sabana; cascadas, raudales y saltos que entonan con sus labios de agua el himno del amanecer de la creación; pueblitos montañeros que se acurrucan en torno a su iglesia protectora y se trepan a las raíces de la niebla y del frío; una enorme serranía habitada por el frailejón, el silencio y la soledad; una colosal montaña que agita contra el cielo su blanca bandera de nieve. En marzo y abril, Venezuela llamea en los brazos de sus araguaneyes. Todas las noches Dios se despide de nosotros en los crepúsculos de Lara y en los atardeceres de Juan Griego, y acuna nuestros sueños con el guiño sublime del relámpago del Catatumbo.

Pero en Venezuela, hoy enfrentamos un triple reto para convertir todas sus inmensas potencialidades en vida abundante para todos: el del reencuentro y la convivencia, de modo que profundicemos y llenemos de sentido la democracia, entendida como un poema de la diversidad, con poderes autónomos que se vigilen y regulen unos a otros, e instituciones eficientes, que resuelvan problemas; y todos los venezolanos nos constituyamos en genuinas personas y auténticos ciudadanos, sujetos de derechos y deberes, iguales ante la ley. El segundo reto es cambiar el modelo estatista y rentista por un modelo eficiente y productivo, que asuma el trabajo y la producción como medios esenciales de realización personal y de garantizar a toda la población bienes y servicios de calidad. El tercer reto que debemos enfrentar los venezolanos es lograr un desarrollo humano, con justicia y equidad, es decir, sin excluidos ni perdedores, un desarrollo que combata con fuerza la pobreza, la miseria y todo tipo de violencia. A pesar de los graves problemas y contradicciones, los venezolanos no podemos renunciar a la esperanza y debemos seguir trabajando con tesón, ilusión y pasión, por constituirnos en una nación, moderna, eficiente y solidaria, en la que todos podamos vivir con dignidad, y, al mirarnos a los ojos, nos veamos como ciudadanos y hermanos y no como rivales o enemigos.

Enfrentar el triple reto que hemos señalado va a exigir múltiples respuestas de orden político, económico y social, pero también respuestas educativas. Si bien es cierto que sola la educación no es suficiente para sacar al país de la pobreza y de la crisis, es igualmente cierto que no saldremos de ella sin el aporte de una educación renovada, integral, de calidad, que alcance a toda la población venezolana, la retenga en el sistema y forme su corazón, su mente y sus manos, es decir, le proporcione las competencias necesarias para vivir a plenitud su ser de persona, para ejercer responsablemente su ciudadanía, para seguir aprendiendo siempre e insertarse productivamente en la sociedad. La educación por sí sola no construye nación, pero sin ella no es posible la nación. La educación sola no puede producir los cambios necesarios, pero sin ella no es posible el cambio. Si queremos que la educación contribuya a acabar con la pobreza, debemos acabar primero con la pobreza de la educación y con la pobreza económica, pero también pedagógica, emocional y espiritual de numerosos educadores.

La educación es la suprema contribución al futuro del mundo, puesto que tiene que contribuir a prevenir la violencia, la intolerancia, la pobreza, el egoísmo y la ignorancia. Una población bien educada e informada es crucial si se quiere tener democracias prósperas y comunidades fuertes. La educación es el pasaporte a un mañana mejor. A todos nos conviene tener más y mejor educación y que todos los demás la tengan. En consecuencia, el verdadero reto en Venezuela es articular esfuerzos para garantizar a toda la población no sólo el acceso a la educación, sino educación de verdadera calidad.

Quisiera insistir brevemente en los elementos que, según varias investigaciones, son fundamentales para garantizar el éxito de los alumnos. En primer lugar, un fuerte liderazgo técnico pedagógico del director o directora. Escuelas y liceos se parecen demasiado a su director: Si es dinámico, activo, apasionado por la educación, con autonomía y poder de decisión, preocupado por la formación de su personal, el centro educativo refleja inquietud, preocupación, motivación, orden, búsqueda de la calidad. Si es un mero burócrata que se refugia en los papeles, que ha llegado al cargo no tanto por méritos sino por su fidelidad y militancia política, que está cansado y sin entusiasmo, que no tiene cargo fijo y lleva años como interino, probablemente el centro educativo estará hundido en la mediocridad y en la rutina improductiva. Necesitamos, en consecuencia, directivos promotores de entusiasmo, formación e innovación, coherentes, que predican con el ejemplo, expertos en humanidad y en educación, para que sus educadores asuman con creatividad y entusiasmo su tarea de enseñar conocimientos, sentimientos y valores, para que sus alumnos lleguen a ser las personas plenas y felices que están llamados a ser. El educador debe ser una persona que goza con lo que hace, que acude con ilusión, “con el corazón maquillado de alegría”, a la tarea diaria, porque entiende y asume la transcendencia de su misión, porque se siente educador, maestro, formador de personas y no mero dador de programas. Los tiempos de incertidumbre y crisis que vivimos, deben espolear el pensamiento crítico y autocrítico, la creatividad y el coraje de los genuinos directivos y educadores. No basta con exigir que la educación se adapte a los cambios, sino que ella debe dirigir los cambios en un sentido ético y estético, capaz de promover un país y un mundo más humanos. Por ello, frente a la creciente colonización de las mentes, la educación debe orientarse a formar personas capaces de pensar con su cabeza, de pensar la educación para transformarla, de pensar el país para enrumbarlo por los caminos del progreso, la productividad, la inclusión y el respeto a la diversidad.

Otro elemento esencial para el éxito escolar es garantizar a todos los alumnos las herramientas esenciales para un aprendizaje autónomo y permanente: lectura personal y autónoma de todo tipo de textos y del contexto, de los nuevos lenguajes digitales y de la imagen; escritura, pensamiento lógico-matemático y científico, solución de problemas, ubicación en el espacio y en el tiempo; y de aquellas actitudes esenciales para un aprendizaje autónomo y permanente: curiosidad, reflexión, investigación, crítica y autocrítica, deseos de aprender y de hacer las cosas cada vez mejor, exigencia, esfuerzo, trabajo en equipo.

Otros factores importantes para el éxito escolar, son la fuerte relación entre el centro educativo y las familias de los alumnos; la buena formación de los docentes y su preocupación por seguirse formando; el que trabajen en un solo plantel; la dotación y su adecuada utilización, el clima de orden y respeto en los centros; el número de días de clase y el uso eficiente del tiempo en el aula, pues está bien comprobado que no sólo se pierde el tiempo cuando se suspenden las clases, sino que también se pierde y mucho dentro del aula cuando los alumnos están charlando, distraídos, o dedicados a hacer actividades rutinarias que no llevan a aprendizajes significativos.

El caminar haciendo camino debe ser un caminar colectivo y un caminar lleno de ilsuión, pasión y esperanza. Un caminar guiado por directivos que sean verdaderos líderes.

El Directivo como Líder: El que dirige. Capacidad de convocatoria, de entusiasmar (nada en la vida se puede lograr si falta el entusiasmo: etimológicamente, tener a Dios en mi corazón, la fuente de vida), de comprometerse. Coherente, predica con el ejemplo (“el ruido de lo que haces no me deja escuchar lo que me dices”), arrastra, tiene coraje moral. Disfruta con lo que hace. ). Capaz de dirigir las fuerzas y energías de los demás hacia metas positivas. (Liderazgo positivo).

Persona con autoridad y no sólo con poder (El poder se lo da el cargo, la autoridad la dan los demás. Si sólo tiene poder y no autoridad, se vuelve autoritario. Íntegro, generoso, persistente, responsable, es decir, que responde por su actuación (No se achanta ante las dificultades; las asume como retos para avanzar. A nadie le gusta ser dirigido por una persona que, ante los problemas, se inhibe o le echa la culpa a otro). Inconforme con el estado actual de las cosas, siempre en búsqueda. “Es preferible malo conocido que bueno por conocer”, es la excusa frecuente para justificar la mediocridad y el conformismo El líder debe aprender a desaprender: desechar los modos de actuar que amarran al pasado. Nunca lograremos resultados diferentes si seguimos haciendo lo mismo. No podemos seguir dando respuestas de ayer a los problemas de hoy.

¿Qué hace a una persona líder? Actúa con energía, demuestra coraje, empodera a otros, construye una visión compartida, genera un ambiente de superación y exigencia.

Líder de sí mismo: Gerencia su propia vida, considera su proyecto de vida como la empresa más importante. Se conoce (con sus fortalezas y sus debilidades) se acepta, se quiere y se esfuerza siempre por ser mejor y hacer mejor lo que hace: pone sus talentos a producir. Vive en formación (reflexiona permanentemente cómo es, cómo le ven los demás, cómo puede ser mejor). Planificación estratégica. Escritor de su vida.

Líder con los demás y de los demás: Es hombre de equipo (busca equipo de perfiles complementarios). Desarrolla las capacidades del equipo de tal modo que se viva un ambiente de estímulo, responsabilidad, entusiasmo. Ayuda a cada persona a desarrollarse, a alcanzar su plenitud. Promueve la reflexión permanente tanto individual como colectiva. Motiva a cada persona a que dé lo mejor de sí, a que se vaya superando, a que alcance su excelencia. Como buen entrenador, es capaz de sacar lo mejor de cada uno, (capaz de mirarlo con los ojos del corazón. “Lo esencial es invisible a los ojos. Sólo se ve bien con los ojos del corazón) le ayuda a superar sus fallos, a trabajar en equipo. Delega, otorga responsabilidades, exige, confronta. Cree que todos tienen valores que aportar y les ayuda a desarrollarlos.

El líder es un gran comunicador. Con habilidades para comunicar y convencer. Consciente del valor de la palabra y de los gestos, promueve palabras que estimulen, que entusiasmen, que hagan comprometerse. Evita toda palabra o gesto descalificador. Escucha (escuchar viene de auscultare, auscultar, que implica atención y concentración): escucha (no sólo las palabras, sino los gestos, los rumores, las bravuras, los silencios…) y se escucha para madurar palabras verdaderas, para comprender qué hay detrás de sus juicios o prejuicios, para comprender y poder dialogar. El diálogo supone fe en el otro, humildad para reconocer que uno no es dueño de la verdad. Pasión por la sinceridad. Podrá equivocarse, mentir nunca. Para poder escuchar y dialogar hay que aprender a callarse. Si uno cree que es el dueño de la verdad, no escucha, impone. Se trata de convencer, no de vencer ni de aplastar. Defiende y argumenta sus puntos de vista sin descalificar al otro. Enseña a razonar, a argumentar, a respetar las opiniones de los demás.

Líder en Educación. Con vocación pedagógica: cree y entiende la educación como tarea humanizadora. Educar es algo más sublime e importante que enseñar matemáticas… es formar personas, cincelar corazones…Parteros del espíritu. Continuar la obra creadora de Dios. Experto en humanidad y experto en educación. Promueve el crecimiento y la formación continua de su personal. Formación que forme, no que deforme. Formar para servir mejor. El centro educativo como lugar de formación por excelencia.

Promueve la reculturización permanente:

a.-de docente a educador (De enseñar conocimientos y materias, a enseñar a vivir). Hoy la gran tarea de todos es educar, humanizar, ayudar a cada persona a descubrir su misión en la vida y a vivirla en plenitud. Cada docente debe ser, antes que profesor de una materia, un educador.

b.- .-De la enseñanza al aprendizaje (Del aprendizaje de la cultura, a la cultura del aprendizaje)

El derecho a la educación es derecho al aprendizaje. Los docentes enseñan, pero ¿qué aprenden los alumnos? ¿Aprenden a ser mejores, a convivir con los otros diferentes, a hacer, a resolver problemas, a aprender permanentemente, a lo largo y ancho de toda la vida? Hay que democratizar el derecho al aprendizaje. El fin no es enseñar, sino lograr que todos (discriminación positiva) los alumnos aprendan. De ahí que el directivo debe preocuparse porque se insista en lo esencial, porque la pedagogía se centre en el aprendizaje. Es un muy grave error confundir memorización con aprendizaje (uno sólo se aprende de memoria lo que no entiende). Hay que cultivar la memoria no como trastero de cosas inútiles, sino como almacén de semillas que van a posibilitar nuevos aprendizajes. No es lo mismo aprendizaje que rendimiento escolar, que notas. Desgraciadamente, muchos estudian para pasar, para sacar buenas notas, pero no para aprender.

c.–Del individuo a la comunidad.

Los centros educativos deben entenderse y asumirse como comunidades de vida, de participación democrática, de búsqueda intelectual, de diálogo y aprendizaje compartido, de discusión abierta sobre las tendencias socializadoras. Comunidades educativas que rompan las absurdas barreras artificiales entre escuela y sociedad, en las que se aprende porque se vive, porque se participa, se construyen cooperativamente alternativas a los problemas individuales y sociales, se fomenta la iniciativa, se toleran las discrepancias, se integran las diferentes visiones y propuestas, se construye, en breve, la genuina democracia. Maestros y alumnos aprenden democracia viviendo y construyendo realmente su comunidad democrática de aprendizaje y vida. De ahí que el modo de organización y de comunicación, de ejercer la autoridad y el poder, la forma en que se tratan los diferentes miembros de la comunidad educativa, el respeto a la diversidad y las diferencias, la responsabilidad y el compromiso con que cada uno asume sus tareas y obligaciones, la defensa de los derechos de los más débiles, la solidaridad y discriminación positiva que se practica en todos los recintos y tiempos escolares que privilegia a los menos favorecidos y estimula la pedagogía del éxito para todos, la manera como se resuelven los problemas y se enfrentan los conflictos (la calidad de un centro educativo no se determina por si tiene o no conflictos, sino por el modo de resolverlos), los modos de celebración, trabajo y producción, deben en cierta forma expresar el modo de vida y de organización de la nueva sociedad que buscamos y queremos. Se trata, en definitiva, de transformar profundamente nuestros centros educativos para que se transformen en semillas y ya también microcosmos de la nueva sociedad que pretendemos. Este debe ser el horizonte del directivo: lograr un centro educativo modelo de la nueva sociedad.

De ahí la necesidad de avanzar en una articulación más seria entre padres y maestros, entre escuelas y familias.

Comunidad de aprendizaje (Comunidad inteligente que se autocorrige y se renueva): En una verdadera comunidad democrática de aprendizaje, directivos, docentes, alumnos y comunidad han de estar real y activamente implicados en la elaboración y desarrollo de las decisiones más importantes. El hecho de trabajar juntos no es sólo una forma de establecer relaciones y de resolver conflictos, sino que es también fuente de aprendizaje: ayuda a reconocer problemas, a allanar dificultades, a responsabilizarse, a instar y afrontar el cambio, a contemplar los problemas como cuestiones a resolver y no como ocasiones para culpar a otro, a valorar las voces diferentes e incluso las disidentes.

Una comunidad de aprendizaje asume la calidad como tarea colectiva, que compromete a todos. Todos se plantean como reto, tanto personal como colectivo, mejorar. Esto implica estar activamente comprometidos en combatir y superar la cultura de la rutina, de la tarea, del conformismo, de los rituales burocráticos, para hacer de cada centro educativo una organización inteligente, que aprende permanentemente de lo que hace. La organización sólo puede aprender cuando sus miembros lo hacen; sin aprendizaje individual, no puede haber aprendizaje organizacional. Pero el aprendizaje organizacional no se da sin más si los individuos aprenden; sólo se da de la reflexión en equipo acerca de cada uno de los aprendizajes. Senge plantea que las organizaciones que aprenden son aquellas en las que las personas aprenden continuamente y juntas a aprender. Ya no se trata meramente de organizar el aprender, sino también de aprender a organizarse.

Cuando un centro educativo se decide a aprender en serio entra en un círculo vivificador: es un centro en el que se experimenta, se reflexiona, se investiga, se innova, se escribe, se difunde, se lee, se comparte, se compromete. En ese centro, no hay lugar ni para solitarios ni para insolidarios.

Comunidad de vida. Cada uno percibe al otro como compañero, como aliado, como alguien dispuesto a ayudar y al que se puede ayudar. El directivo es una persona de equipo. Desarrolla las capacidades de cada uno de modo que se viva un ambiente de estímulo, de responsabilidad, de entusiasmo. Motiva a cada persona a que dé lo mejor de sí, a que se vaya superando, a que alcance su excelencia. Como buen entrenador, es capaz de sacar lo mejor de cada uno.

Todo el personal del centro educativo es un gran equipo, unido en la identidad y en la misión, en el que cada uno asume su trabajo con entera responsabilidad y cuida y se preocupa por los demás. La colaboración y la cooperación combaten el individualismo, la competitividad, el conformismo, pasivismo, mediocridad; nutren a todos e impulsan a cambiar actitudes, superar barreras, desarrollar autonomías. No es posible hoy la verdadera calidad de un docente si no es capaz de trabajar en equipo

d.-De la evaluación punitiva, a la evaluación formadora.

Necesitamos pasar de enseñar para evaluar, a evaluar para enseñar mejor. Más que juzgar el pasado, la evaluación debe ayudarnos a preparar el futuro. La evaluación debe asumirse como una cultura tanto individual como colectiva y permanente para revisar los procesos y los resultados y emprender los cambios necesarios. Evaluación que ayuda a descubrir tanto al alumno como al docente sus fortalezas, sus carencias, sus necesidades. Evaluar no para clasificar y castigar, sino para ayudar, para evitar el fracaso, para que todos tengan éxito.

No olvidemos que cada docente es evaluado a la luz de los resultados de las evaluaciones que propone. El único modo de demostrar la idoneidad de un docente es mediante los éxitos de sus alumnos. Si ellos salen mal, él también sale mal. (Hay educadores que se enorgullecen de sus fracasos). La genuina evaluación no castiga nunca el error, sino que lo asume como una maravillosa oportunidad de aprendizaje (si decimos que el error enseña, ¿por qué lo castigamos?).

Es muy necesario pensar bien las evaluaciones, para ver qué queremos lograr con ellas, para determinar si realmente estamos insistiendo (y logrando) lo importante, lo que habíamos planificado. ¿Qué queremos: alumnos que sepan marcar o que sepan redactar; alumnos capaces de exponer su propio pensamiento o que sepan repetir el de los demás; alumnos egoístas e individualistas o alumnos generosos y solidarios? ¿Alumnos que sacan buenas notas o que van adquiriendo un aprendizaje autónomo y la capacidad y el deseo de seguir aprendiendo siempre? ¿Qué significa que un alumno pasó sociales con 15, si unos meses después no tiene la menor idea de los procesos históricos, sociales, culturales…? ¿Qué miden en verdad las notas o calificaciones? Resulta una verdadera tragedia el comprobar que la mayoría sólo estudia para pasar y no para aprender. El mundo educativo se reproduce a sí mismo. La mayor parte de las cosas que se aprenden en la escuela y el liceo sólo sirven para continuar en ellos, no sirven para la vida, por eso se olvidan y no pasa nada. Si enseñamos a pensar, a producir, a crear, las evaluaciones deben ser ejercicios de pensamiento, de producción, de creación (y en esto es muy difícil copiarse). No olvidemos nunca que la finalidad de un buen maestro es hacerse inútil: es decir, que ha enseñado a sus alumnos de tal modo a aprender que ya no necesitan de él.

e.-De la formación puntual y para obtener diplomas, certificados y títulos, a la formación permanente para transformar las prácticas y transformarse como persona.

Ser educador es vivir en formación. En estos tiempos de Cambio de Época, más que Época de Cambios, el docente que ha dejado de aprender se convierte en un freno y un obstáculo para el aprendizaje de los alumnos. (En nuestra sociedad de la información, los conocimientos, como los yogures, nos vienen hoy con fecha de vencimiento). ¿Cómo va a provocar el deseo de aprender el docente que no lo tiene? ¿Cómo va a entusiasmar a los alumnos el docente que ha perdido la ilusión? Hay que seguirse formando siempre, pero no todo estudio es formativo, es transformador. Algunos estudios más que formar, deforman, echan a perder. Algunos se suben a la altura de sus nuevos títulos como si fueran un pedestal y desde allí empiezan a considerarse superiores a los demás. Muchas tesis vacunan contra el verdadero deseo de investigar, de resolver problemas, de presentar aportes. Muchos postgrados son verdaderos procesos de corrupción, donde se venden tesis, se roban ideas, y sin embargo, el graduado no se plantea cómo obtuvo su título, sino que tiene título. Algunos, con sus estudios de postgrado se alejan de los alumnos, de los compañeros, no aceptan las críticas, piensan que uno lo hace bien, que es un buen docente, porque tiene un postgrado… Necesitamos títulos que nos permitan descender, bajar al nivel de los alumnos con más debilidades, para ayudarles a levantarse .Como dice García Márquez: “Nadie tiene derecho de mirar a otra persona de arriba abajo si no es para ayudarle a levantarse”). Estudios que realmente lleven a mejoras en el aprendizaje de los alumnos.

Hay que formarse para transformarse como persona, como ciudadano, como educador, para ser mejor y hacer mejor. Vivir siempre en proceso de formación. Formarse es construirse, inventarse, soñarse, llegar a ser esa persona, ese padre, esa madre, ese hijo, esa vecina, ese educador que uno aspira ser. Necesitamos conocimientos que lleven a co-nacimientos. Conocimientos que lleven a compromisos, conocimientos que sirvan para servir. Formarse para irse convirtiendo en un profesional de la reflexión, que va sometiendo a crítica todo: lo que es, lo que hace, lo que sucede (reflexiona sobre el ser, sobre el hacer, sobre el aprender, sobre el acontecer). En educación se reflexiona muy poco. Hay un fuerte déficit de pedagogía. Reflexión para irse convirtiendo en un investigador en la acción, de la acción, para la acción. El aula y el centro se van transformando en un taller, en un laboratorio de investigación, de solución de problemas…

El proceso de formación debe ser colectivo: se trata de convertir la escuela o el liceo en un centro de formación no sólo de los alumnos, sino también de sus docentes, directivos, y comunidad. En ellos se combate con fuerza la rutina, los rituales escolares, esa cultura escolar enquistada desde años y que asfixia todas las innovaciones. Todo suceso (entrada y salida de los alumnos, cantina, utilización del tiempo y del espacio, celebraciones, actos patrióticos, actividades especiales, recreos, visita a la biblioteca, trabajo en los talleres, utilización de las nuevas tecnologías, semana de la escuela, consejos de maestros, reuniones de representantes, jornadas formativas…) se asume con espíritu crítico, como oportunidad para aprender, para mejorar, para cambiar. No podrá enseñar a aprender quien no aprende de su enseñar; en consecuencia, la práctica pedagógica debe ser asumida como un proceso de investigación. Los docentes deben entender que no van al centro educativo sólo a enseñar, sino que van sobre todo a aprender, a hacerse mejores personas, mejores compañeros, mejores profesionales.

Este proceso formativo debe ser permanente: Si uno sigue necesitando de formadores, es que no ha terminado de comprender en qué consiste la formación. Asumir los nuevos estudios no como etapas definitivas, sino como momentos más intensos y sistemáticos en un proceso formativo inacabado. Es lo que decía el maestro Rodríguez: “Terminó su formación sólo significa que se le dieron los medios y actitudes para seguir aprendiendo”.

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Esta entrada fue publicada el 22 de junio de 2014 por en Conferencias.
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