Antonio Pérez Esclarín

CULTIVAR EL ASOMBRO

marLos niños nacen con la capacidad natural de asombrarse. El asombro forma parte de sus vidas. Se asombran de lo que les dicen los mayores, de lo que ven en televisión, de los cuentos que les narran. El asombro ilumina sus rostros cuando ven una mariposa, cuando cae del cielo la lluvia, cuando el arcoiris tiñe el cielo de colores, cuando se asoman, mudos de emoción, a la inmensidad del mar. Lo cuenta de un modo magistral Eduardo Galeano en esta asombrosa historia:

Diego no conocía el mar. El padre, Santiago Kovadoff, lo llevó a descubrirlo. Viajaron al sur. El mar estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, el mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad del mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

-¡Ayúdame a mirar!

Lamentablemente, el mundo tecnológico está matando esta capacidad de asombro ante el misterio de la vida y de la naturaleza. Los niños y jóvenes de hoy sienten una verdadera fascinación por lo tecnológico, por las máquinas y los artefactos, pero viven, en términos generales, ajenos e indiferentes al mundo natural a sus manifestaciones y al ciclo de la vida. Esta fascinación por lo tecnológico se convierte, como plantea el filósofo catalán Francesc Torralba, en muchas ocasiones, en dependencia emocional, de tal modo que para realizar cualquier actividad, por prosaica y elemental que sea, necesitan de artefactos y máquinas como condición de posibilidad.

La invasión de lo tecnológico en sus vidas los hace ciegos a la belleza natural. Con el pretexto de introducir más confort y más calidad de vida, más velocidad en los procesos y más cantidad de información, los convierte en compulsivos consumidores de objetos que se presentan como indispensables para vivir. Metidos en la cápsula tecnológica, son incapaces de auscultar la llamada de la naturaleza. Mientras uno se embelesa ante el relámpago de un río de montaña, la inmensidad del llano o la imponente majestuosidad de una montaña, niños y jóvenes no levantan los ojos de la pantalla ni los ojos del teclado mientras cruzan, en carro, el mismo paisaje.

Por ello, junto a la tan necesaria formación ética, creo que hay que incluir también formación estética, la educación del gusto estético, de la sensibilidad ante la belleza. Apreciar lo bello, respetarlo y cuidarlo son rasgos de personas educadas, que cada día escasean más. Para ello, debemos cultivar la inteligencia espiritual que nos permitirá degustar la belleza y asombrarnos con las manifestaciones de la naturaleza y el arte. De no hacerlo, seguiremos hundiéndonos en la trivialidad y la apariencia, y nos deshumanizaremos cada vez más..

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Esta entrada fue publicada el 22 de junio de 2014 por en Artículos de Prensa.
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