Antonio Pérez Esclarín

SAN ROMERO DE AMÉRICA

SALVADORAN ARCHBISHOP OSCAR ROMEROEl 24 de marzo se cumplieron treinta y cuatro años del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador, voz del pueblo sin voz, grito aguerrido y valiente para denunciar los abusos, injusticias y represiones de un Gobierno a favor de un grupito de privilegiados que pretendían mantener unas estructuras de injusticia y opresión contra las mayorías empobrecidas del pueblo salvadoreño. Monseñor Casaldáliga, el obispo poeta de Brasil, haciéndose eco del clamor popular, lo bautizó como “San Romero de América, pastor y mártir nuestro”.

Oscar Arnulfo, el segundo de ocho hijos de una familia salvadoreña muy pobre, nació el 15 de agosto de 1917. De carácter reservado y muy tímido, ingresó en el seminario en 1931, pero tuvo que abandonarlo para trabajar con sus hermanos como obrero en unas minas y así ayudar a la familia que se encontraba en una muy penosa situación económica. Cuando pudo, volvió a ingresar en el seminario y se ordenó de sacerdote en Roma en 1942. Tras ejercer su sacerdocio en varios pueblos, fue nombrado obispo y luego Arzobispo de San Salvador. Los movimientos católicos más progresistas no vieron con buenos ojos este nombramiento, pues consideraban a Monseñor Romero demasiado conservador.

Unas pocas semanas después de su nombramiento como Arzobispo, el 12 de marzo de 1977, fue asesinado el jesuita Rutilio Grande, hombre progresista que colaboraba en la concientización y organización del campesinado y que era muy amigo de Monseñor Romero. El recién electo arzobispo instó con fuerza al presidente Molina a que investigara y castigara a los responsables de su muerte y ante la pasividad del gobierno y el silencio de la prensa a causa de la censura, amenazó incluso con el cierre de las escuelas católicas y con la ausencia de la Iglesia en los actos oficiales.

Desde ese momento, su compromiso con el pueblo va a ser cada vez más sólido y radical. A lo largo de los años más duros de la guerra civil y bajo una auténtica dictadura militar de salvaje represión, Romero levantaba cada domingo su voz en sus homilías en la catedral que eran seguidas por verdaderas multitudes que encontraban en sus palabras aliento y apoyo para seguir luchando por su dignidad.

La homilía del 23 de marzo de 1980, supuso su sentencia de muerte. En ella levantó su voz valiente para decir: “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera muy especial a los hombres del ejército y en concreto a los hombres de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra le ley de Dios. Una orden inmoral nadie tiene que cumplirla”.

A las 6,25 de la tarde del día siguiente, 24 de marzo, fue asesinado por un francotirador mientras celebraba la misa en la capillita del hospital. Antes había dicho: “No creo en la muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Ciertamente, Monseñor Romero ha resucitado en el pueblo latinoamericano, en todos los que luchamos por hacer del evangelio un programa para construir un mundo justo y fraternal.

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Esta entrada fue publicada el 30 de marzo de 2014 por en Artículos de Prensa.
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