Antonio Pérez Esclarín

Pedagogía de la Alegría

alegriaLa alegría es un valor fundamental del ser humano. Por ello, hay que proponerla y cultivarla. Al alumno hay que tratarlo con alegría que es el signo que acompaña siempre a cualquier tarea creadora. Hacer feliz a un niño es ayudarle a ser bueno. Si hay alegría, hay motivación, deseos de aprender. Si en los centros educativos brilla la alegría, habremos conseguido lo más importante.

La alegría afirma la existencia de cada alumno. Si el educador no se alegra por la existencia de su alumno, en el fondo lo está rechazando y negando. En consecuencia, la pedagogía de la alegría sólo será posible si cada educador acude con el  “corazón maquillado” de dicha  al encuentro gozoso con sus alumnos.  El maestro o profesor  debe ser el personaje más entusiasta y gozoso del salón. Si él está alegre, convertirá su salón en una fiesta,  pero si está amargado o aburrido, su clase será un fastidio. Un educador alegre se esfuerza por apartar sus preocupaciones y problemas y se mantiene  siempre positivo y cercano, con una sonrisa en sus labios. Una sonrisa negada a un estudiante puede convertirse en un pupitre o una silla vacíos.

En momentos en que, ante la inseguridad y la violencia,  en nuestras ciudades y pueblos impera la cultura de la muerte, los centros educativos deben ser recintos de vida, donde todos los alumnos se sientan a gusto, seguros  y felices. Las aulas y todos los recintos escolares deben invitar a la alegría y ser atractivos en lo físico y en el ambiente irradiador de aceptación, comprensión, ayuda. Con frecuencia, el ambiente de los recintos escolares y de sus alrededores, el abandono, el descuido, la suciedad, la desidia, la frialdad desnuda de los salones, y unas relaciones centradas en el autoritarismo y el miedo, traen mucha niebla de desmotivación y fastidio. Si pretendemos una educación en la alegría, cada plantel tiene que ser un manantial de confianza, camaradería y amistad, un espacio digno, pulcro, que irradie vida y donde todos se sientan bien.

Quedan, en consecuencia,  prohibidas las caras largas, las palabras ofensivas y desestimulantes, las amenazas, los gritos, las normas impuestas sin participación de los alumnos, los  ejercicios tediosos y aburridos, las memorizaciones sin entender. Hay que volver al saber con sabor, a la escuela como lugar del trabajo y del disfrute.  Para ello,

desterremos  las jornadas monótonas, siempre iguales. Cada día debe ser una sorpresa, cada actividad una fuente de asombro.

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Esta entrada fue publicada el 2 de diciembre de 2013 por en Artículos de Prensa.
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