Antonio Pérez Esclarín

Adviento, tiempo de esperanza

corona de adviento¡Ya se acerca Navidad! Ya está a punto de llegar Jesús, el Libertador, la raíz y el impulso de nuestra esperanza. No son tiempos  de pesimismo, de quejadera, de llanto, que tanto abundan hoy en Venezuela.  ¡Arriba los corazones!   Son tiempos de creer, de esperar y de comprometerse. La desesperanza es falta de fe y falta de fortaleza que hunden al alma en el pesimismo y le roban las fuerzas para comprometerse  en la construcción del futuro. La esperanza es sostén y fuerza para seguir  adelante sin que nos agobien los problemas y las   dificultades.

El derecho a soñar no figura entre los 30 derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron hace exactamente  65 años, pero si no fuera por él, y por las aguas que da de beber, los demás derechos morirían de sed. Soñemos que es posible  un  país distinto, sin violencia y sin miseria, donde la diversidad sea asumida como riqueza y todos nos tratemos como hermanos. Soñemos  un mundo más humano y más justo, sin guerras y sin hambre, donde todos seamos ciudadanos del mundo, sin dejar de ser hijos de la aldea, es decir, ciudadanos planetarios, pero bien afincados en nuestras propias raíces culturales y sociales.

Soñemos y entreguemos nuestras vidas a realizar los sueños. Tan negativo es el discurso fatalista, inmovilizador, que renuncia a los sueños y niega la vocación histórica de los seres humanos, como el discurso meramente voluntarista, que confunde el cambio con el anuncio y la proclama del cambio. Por ello, los que creemos que Jesús sigue vivo a nuestro lado y nos invita a transformar el mundo, debemos ser los “disoñadores” del futuro. Es decir, debemos soñarlo y diseñarlo.  Pues el sueño sin diseño, sin proyecto, es mera ilusión y el proyecto sin sueño, no arrastra, no entusiasma, no tiene alas.

Todas las grandes conquistas de la humanidad comenzaron con el sueño de alguien o de unos pocos y el compromiso tenaz y valiente de hacerlo posible. Por ello, fueron capaces de arrastrar el coraje, las voluntades y vidas de muchos, y el sueño se hizo realidad. Nada importante se ha logrado nunca sin esfuerzo,  sin lucha, sin entrega.

Aceptar el sueño de una Venezuela  mejor es aceptar participar en el proceso de su creación. Por ello, todos debemos votar el próximo ocho de diciembre por los candidatos que nos garanticen un mejor futuro para todos.  Abstenerse es renunciar a la esperanza.  Perder la capacidad de soñar y de comprometerse es perder el derecho a actuar como ciudadanos, como autores y actores de los cambios necesarios en el ámbito político, económico, social y cultural. Por ello, frente al “Pienso, luego existo” raíz  de la modernidad  o el “compro, luego existo” o el “consumo, luego soy” tan propios de nuestros días,  debemos levantar  el “Sueño, luego  me comprometo y así soy” de la genuina esperanza. Ser humano significa tener esperanza que es el nervio de la felicidad.

La esperanza, como lo expresaba Ernst Bloch, es la más humana de las emociones. Ella impide la angustia y el desaliento, pone alas a la voluntad, se orienta hacia la luz y hacia la vida. Sin esperanza, languidece el entusiasmo, se apagan las ganas de vivir y de luchar. La esperanza se opone con fuerza al pragmatismo, que es una deserción mediocre y cobarde en la tarea de construir un país y un mundo mejores. Por ello, y como nos dice Anatole France, “nunca se da tanto como cuando se da esperanza”.

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Esta entrada fue publicada el 2 de diciembre de 2013 por en Artículos de Prensa.
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