Antonio Pérez Esclarín

PEDAGOGÍA DE LA INCLUSIÓN

inclusionesEn general, la exclusión escolar reproduce y consolida la exclusión social. Son precisamente los alumnos que más necesitan de la escuela los que no ingresan en ella, o los que la abandonan antes de tiempo, sin haber adquirido las competencias mínimas esenciales para un desarrollo autónomo y una convivencia democrática.

Las escuelas de los pobres suelen ser unas pobres escuelas que contribuyen a reproducir la pobreza. Si a todos nos parecería inconcebible que los hospitales y clínicas enviaran a sus casas a los enfermos más graves o que requieren atención o cuidados especiales, todos aceptamos sin problemas que los centros educativos dejen fuera o en el camino  a los alumnos más necesitados y problemáticos y se vayan quedando sólo con los mejores.

Pero el problema de la inclusión es mucho más complejo de lo que se nos quiere hacer creer. La verdadera inclusión implica, en primer lugar, no sólo incluir a los que no han tenido oportunidades, sino retenerlos en el sistema educativo el mayor tiempo posible para que no lo abandonen. Esto va a suponer implementar una pedagogía activa, pertinente y productiva, para que los alumnos se sientan a gusto estudiando y palpen la utilidad y pertinencia de sus estudios.

En segundo lugar, la inclusión implica también proporcionarles a todos los alumnos las competencias esenciales para que se integren productivamente en la sociedad y puedan continuar aprendiendo por su cuenta, pues si no, si sólo tienen títulos y no una buena formación, la sociedad va a excluirlos posteriormente. Puede resultar profundamente excluyente y a la larga muy frustrante, regalar títulos sin las exigencias académicas requeridas, títulos que no garantizan las competencias y saberes necesarios para seguir estudiando o ejercer una profesión adecuadamente.

En tercer lugar, la inclusión implica dotar a los alumnos de una sólida formación ética y ciudadana  para que se conviertan en incluidores de todos: tanto de los que piensan como ellos como de los que piensan diferente. Sería de un cinismo muy cruel y totalmente opuesto al sentido de la verdadera inclusión, incluir para hacer sujetos excluidores, es decir, formarlos ideológicamente para que no acepten pensamientos distintos y rechacen a los que no piensan como ellos.

De ahí la necesidad de practicar la discriminación positiva, es decir, privilegiar y atender mejor a los que tienen más carencias y problemas, para así compensar en lo posible las desigualdades de origen y evitar agrandar las diferencias. Esto va a exigir, sobre todo en las escuelas que atienden a los más necesitados,  jornadas de trabajo más extensas y más intensas, dotación de buenas bibliotecas y utilización creativa de ellas, comedores escolares no como fines en sí mismos, sino como medios para favorecer el aprendizaje, salas tecnológicas y programas y capacitación adecuada de los docentes para que utilicen las nuevas  tecnologías como recursos para el aprendizaje, talleres y laboratorios que favorezcan la pedagogía activa y la investigación, canchas deportivas amplias y buenos programas de educación física y deportes, lugares para estudiar e investigar con comodidad, actividades extraescolares atractivas.

La experiencia demuestra que, para promover la calidad, no es suficiente la dotación de recursos (incluyendo los textos y las computadoras) o proporcionar alimentación a los alumnos sin una transformación de la pedagogía y una reorientación de las actividades y tiempos escolares. La inclusión va a exigir, sobre todo, trabajar para lograr los mejores maestros y profesores, con vocación de servicio, orgullosos de su profesión, con expectativas positivas de sí mismos y de cada uno de sus alumnos, motivados y que disfrutan enseñando, en formación permanente, ya no para engordar currículos, sino para desempeñar mejor su labor y servir con mayor eficacia a los alumnos, sobre todo a los más carentes y necesitados, capaces de impulsar una pedagogía que promueva la motivación, autoestima y deseos de aprender de sus alumnos. Un buen maestro, un buen profesor, bien formados, cercanos y cariñosos,   pueden ser la diferencia entre un pupitre ocupado o un pupitre vacío.

 

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Esta entrada fue publicada en 11 de agosto de 2013 por en Artículos de Prensa y etiquetada con .
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