Antonio Pérez Esclarín

Sentarse en la silla de atrás

Silla de atrasSucedió hace unos días y las fotografías recorrieron el mundo. El Papa Francisco estaba celebrando una misa muy peculiar: los invitados eran los jardineros y el personal de limpieza del Vaticano.

En un momento de la celebración,  el Papa les pidió  a todos que oraran  en silencio, cada uno por lo que más deseara en su corazón. Al instante, él se levantó de su sillón que estaba al frente y se fue a una de las últimas sillas a hacer su propia oración. Era evidente que este  jefe prefería que, en vez de mirarle a él,    todos se enfocaran en ver de frente a la verdadera razón de su existencia: ese Cristo crucificado que murió por amor y que brinda a todos su cariño, su ternura y su perdón.

El  Papa pretende ser líder más que jefe. El jefe siempre se pone al frente y en el puesto principal   para que todos lo vean y le obedezcan,  pero el líder sabe cuándo irse a sentar atrás;  no estorba, no deslumbra, acompaña, facilita el camino para que los demás logren sus propósitos; el líder es capaz de invisibilizarse en el momento oportuno para que sus compañeros crezcan y se enfoquen en lo verdaderamente importante.

El admirable Francisco  sabe que muchos lo quieren ver de frente, pero en este instante tan íntimo él prefirió ocupar el último puesto  y darle la cara a ese Dios de todos, Amor para el jardinero y Amor para el Papa, ese Dios que incluso prefiere a los pequeños y los  últimos.

Ese Dios que en Jesús puso cabeza abajo el poder y la ambición y expresó sin titubeos: “los jefes de las naciones las gobiernan como dueños y los grandes hacen sentir su poder. No debe ser así entre ustedes.  Al contrario, entre ustedes, el que quiera ser grande, que se haga su servidor, el que quiera ser el primero que se haga su esclavo. Porque así sucede con el Hijo del Hombre, que no ha venido a ser servido sino a servir” (Mateo 20,20 y ss).

¡Qué gran lección nos da el Papa a todos los  que buscamos afanosamente sobresalir y llamar la atención, ser admirados y servidos!

¿Cuántos jefes, que se la pasan voceando  su vocación de servicio y su amor a los pobres tendrán la capacidad de irse a sentar en la última  silla de  atrás?

¿Cuántos le podremos dar la espalda a los aplausos, los elogios y los gritos  para despojarnos de ambiciones y orgullo y darle  la cara a un Dios que desea con fervor escucharnos y que le abramos confiadamente el corazón?

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Esta entrada fue publicada el 23 de junio de 2013 por en Artículos de Prensa.
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