Antonio Pérez Esclarín

FE, FORTALEZA Y PERDON

Dios en mi secuestro(Palabras de Antonio Pérez Esclarín en la tertulia “Violencia, fe y actitud” con motivo del libro “Dios en mi secuestro” de Germán García Velutini).

En su extraordinaria obra “El hombre en busca de sentido”, en la que el  logoterapeuta  Viktor Frankl  recoge las experiencias de sus tres años en diversos campos de exterminio nazi,  afirma que en esas condiciones tan terribles, despojados de todo, “ con la existencia desnuda como su única posesión”,  sólo un gran amor, el recuerdo de su familia y la esperanza de regresar a ella o  la fe proporcionaban fuerzas para sobrevivir en ese infierno de crueldad y deshumanización total.  Incluso nos cuenta emocionado cómo en algunos la fe profunda  alimentaba  una vigorosa espiritualidad que les llevaba a compartir sus últimos mendrugos de pan, a atender a los  enfermos y  a consolar con palabras de aliento a los que, por haber perdido toda esperanza,  se echaban a morir.

Yo creo que  estos elementos: el amor de sus  familiares y amigos, la esperanza de reencontrarse con ellos   y la firme convicción  de que harían todo lo posible por devolverlo a la vida y a la libertad, alimentaron la esperanza de Germán y le dotaron de una gran fortaleza para sobreponerse a la incertidumbre, los sufrimientos y la soledad: Pero fue sobre todo la fe, una fe que se fue acrisolando con una oración cada vez más profunda y sincera, la  que, en definitiva, posibilitó  que Germán fuera capaz de vivir su propio calvario como una experiencia sanadora y liberadora, como una escuela de espiritualidad, es decir de vida con espíritu, con fuerza, con vigor,  con esperanza.

Arrojado  a una soledad sin orillas y a un silencio sin palabras,  mordisqueado   por una música pertinaz,  Germán entendió con creciente claridad que en él  le hablaba Dios que, como repite en varias oportunidades en su libro, está dentro del corazón de cada persona.  Sólo en el silencio se puede escuchar las voces de Dios y sentir las caricias de su amor. Pero llenos de prisas y de ruidos, incapaces de estar a solas y en silencio, no  podemos escuchar  sus palabras de consuelo y de  amor.  El silencio de Germán se llenó de palabras cercanas, consoladoras  y amorosas, y ya nunca más se sintió completamente solo. Por eso sintió que Dios y la Virgen estaban siempre a su lado, y guiaban sus pasos : “Siento que Dios, en esa tremenda soledad y carencia de todo lo humano, me habla. Siento que me pide que me deje guiar por Él, que nuestra Madre será mi compañera y protectora: Que ponga mi fe y esperanza en Él y acepte su voluntad”.

La fe no consiste meramente en creer en Dios, sino  en creer que Dios nos ama sin condiciones, que   no puede dejar de amarnos y que nos ama especialmente y  nos acompaña en los momentos de mayor dificultad y dolor. Cuando pareciera que ya no interesamos a nadie, es cuando más interesamos a Dios;  cuando sentimos que nadie nos escucha es cuando Dios nos busca con especial esmero,  nos carga en sus brazos y nos recuesta en su pecho para que le contemos nuestras angustias y problemas.  Leyendo el libro de Germán me vino muchas veces a la memoria esa bellísima historia Huellas en la arena:

Anoche soñé que iba caminando con Jesús en la orilla de la playa  bajo una luna plateada. Aparecían en el cielo escenas de mi vida que yo contemplaba atónito. En cada escena, yo veía dos hileras de pisadas firmes que quedaban grabadas en la arena. Eran mis huellas y las huellas de Jesús. Pero noté que, en algunos trozos del camino de mi vida, sobre todo en los momentos de mayores problemas y dificultades, cuando mi corazón sangraba de angustia y de tristeza, sólo aparecía una hilera de huellas.

Entonces, volví  mis ojos a Jesús y le reclamé con cierta aspereza:

-No comprendo, señor, Tú me dijiste que siempre caminarías a mi lado, pero veo que en los momentos más difíciles de mi vida, sólo hay una hilera de pisadas, lo que me indica que me dejaste solo cuando más necesitaba de tu ayuda.

Entonces, Jesús me acarició con la más dulce de sus miradas y me dijo:

-Comprendo tu confusión y desconcierto. Pero nunca te dejé solo. Si te fijas bien, verás que en esos momentos difíciles de tu vida, cuando sólo aparece una hilera de pisadas, las huellas se hunden más profundas en la arena. Es que, en esas ocasiones, yo te llevaba cargado en mis brazos.

Porque en esos momentos tan difíciles Germán se sintió especialmente querido por Dios, se arrojó en sus brazos y se entregó  confiadamente a su voluntad,  experimentó  su cercanía con una profunda paz y hasta alegría, que le llegó a escribir  con cierto sobresalto: “En algunos momentos, en esa calurosa y pequeña cárcel, sentía una felicidad y una razón de ser que hasta remordimiento me daba por el sufrimiento de las personas que estaban esperando mi regreso ¡Esta sensación es la suma de toda felicidad!”

Al amor sólo se puede responder con amor. Por ello, si antes dije quela fe consiste en creer que Dios nos ama,  habría que añadir que la fe consiste en creer que Dios nos ama y responder con amor a ese amor.  A Dios sólo se puede  llegar por el corazón. La fe no es tanto cuestión de razón, sino de enamoramiento.  Si Dios es Padre, debo comportarme como hijo. Pero no es Padre mío, sino Padre Nuestro, lo que indica que todos somos hermanos, incluso los que nos maltratan y odian. Esto lo comprendió Germán con meridiana claridad, por eso sintió a los secuestradores también como hijos de Dios y, en consecuencia, como hermanos suyos, necesitados de conversión y de perdón. Por ello,  fue capaz de orar por ellos  para que abandonaran el camino de la violencia y la extorsión, y empezaran ellos también a experimentar el amor del Padre y se comportaran como hijos y como hermanos.   Y, siguiendo el ejemplo de Jesús a quien había llegado a conocer y querer tanto en esos días,  Germán fue también capaz de perdonar.

El perdón es la expresión más sublime del amor.  El perdón significa que el que perdona ha superado su odio y su rencor. El corazón se distiende y se libera. El odio y el rencor provocan y justifican  la violencia y, a su vez,  la violencia engendra más violencia. Es un círculo vicioso que sólo lo rompe el perdón. Por ello, es tan necesario que todos aprendamos  a perdonar.

Perdonar no es olvidar ni borrar; es recordar sin dolor. . Perdonar significa deshacerse de esa rabia y ese rencor a los que uno tiene derecho. Ofrezco a Dios mi rencor. Eso es perdón. En el perdón soy capaz de dar al otro más amor del que merece. Si alimento el rencor, arruino mi vida y destruyo mi felicidad.  Perdonar es recuperar la libertad pues el perdón destruye las cadenas de la rabia, el enojo y el ansia de venganza que envilecen y consumen. Perdonar es sanar la herida y recuperar la paz interior. El perdón transforma el resentimiento en alegría, el odio en ternura. Si no perdonamos, seguimos encadenados al odio, al resentimiento, a la tristeza,  No somos, en consecuencia, ni libres ni sanos. Mientras no perdones, tendrás atormentado el corazón con un dolor o un rencor que te seguirá devorando  las entrañas del alma y no te permitirá encontrar la paz ni la felicidad. Guardar rencor es como si uno tomara veneno y esperara que otro se muriera. Mientras no perdones, seguirás viendo a las personas  y a la vida desde tus heridas. Al perdonar, en cierto modo, dejas de sufrir. Te libras del dolor y libras al otro de la culpa y de la capacidad de seguirte haciendo daño.

Perdonar significa optar por la vida, y no perdonar significa optar por la muerte, por pequeñas muertes sin felicidad ni bendición. Perdonar puede significar la renovación para un ser humano, para una comunidad  e incluso  para un país. Perdonar es un acto de valentía de la persona consciente que quiere deshacer la fascinación del mal e incluso liberar al enemigo o al que ofendió de la esterilidad y el aislamiento. Así el perdón abre las puertas de un nuevo futuro para mí y para el otro. No perdonar conduce a la incomunicación, la ausencia de relaciones, la rivalidad y el enfrentamiento permanente.

Perdonar es un acto de libertad que no hace suya la lógica de la rivalidad. Puede ser duro; pero no perdonar es igualmente duro, tal vez más aún. Un refrán chino dice: “El que busca venganza debe cavar dos fosas”. Perdonar no es olvidar y abandonar todo interés por las ofensas e incluso crímenes del enemigo, sino todo lo contrario: es recordar de una manera nueva. Perdonar no es sencillamente disculpar pues el perdón implica un juicio moral sobre lo hecho mal, sobre lo injusto, sobre lo doloroso. Por el mismo motivo, perdonar no es minimizar los hechos diciendo que no importan. Perdonar no es tampoco  renunciar a que se haga justicia. El perdón y la justicia pueden y deben andar juntos. Si los secuestradores  son perdonados sin más, si los corruptos son perdonados sin más, si los que abusan y ofenden son perdonados sin más…, la sociedad canoniza a sus mismos destructores, deja inermes a las personas y se destruye a sí misma. El perdón no es un salvoconducto para obrar mal, ni significa que lo mal hecho no tenga importancia.  Perdonar es inventarse una nueva relación con las personas que han causado daño,  es salir de la cadena de la violencia. Sólo el perdón puede abrir un futuro auténtico  y generar nuevas relaciones. Ni la venganza ni la violencia pueden hacerlo. No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón, decía  Juan Pablo II. La venganza es el final catastrófico de la política, así como la justicia encuadrada en el perdón es su comienzo fructífero.

Por último si la fe consiste en creer que Dios nos ama, y en responder con amor a ese amor, supone aceptar también que Dios nos necesita. El Dios de Jesús, el Dios de entrañas maternales y misericordiosas, que ama a todos sin excepción, con especial predilección a los más débiles y pequeños,  tiene un proyecto para el mundo: establecer el reino de justicia y fraternidad. Y nos invita a acompañarle en la construcción de ese sueño. Si hoy reina la injustica, la violencia, la opresión, Dios quiere que trabajemos por un mundo donde reine la fraternidad y el amor.

Ciertamente, Dios nos necesita: Nosotros podemos ser su voz para bendecir y animar, para denunciar los abusos y anunciar la Buena Nueva; sus manos para acariciar, para aplaudir los triunfos ajenos, para bajar de la cruz a los crucificados por la explotación y la violencia, para trabajar en la siembra de la justicia y el amor; sus oídos para escuchar  los quejidos y lamentos de los que sufren, la angustia de los que viven solos o incomprendidos,  los anhelos y súplicas de tantas personas que aspiran a una vida más digna; sus pies para acudir al encuentro de los heridos y necesitados, para salirnos de las grandes autopistas  y buscar a las víctimas en las cunetas de los caminos de tierra y en los callejones inseguros e  insalubles; su corazón para que todos puedan entrar en él y encontrar cobijo, calor, compasión y amor.

Esto lo comprendió con meridiana claridad Germán, que salió del secuestro fortalecido en su decisión de acompañar a Fe y Alegría a trabajar por un mejor país mediante la educación. La educación es la suprema contribución al futuro del país,  puesto que tiene que contribuir a prevenir la violencia, la intolerancia, la pobreza, el egoísmo y la ignorancia.  Pero tiene que ser una educación integral de calidad, pues,  como decía el P. Vélaz , fundador de Fe y Alegría, “la educación de los pobres no puede ser una pobre educación”.   Una población bien  educada es crucial si queremos profundizar la democracia y lograr un país próspero y justo  para todos. La educación es el pasaporte a un mañana mejor. A todos nos conviene tener más y mejor educación, y que todos los demás la tengan.  A lograr esta educación, Germán está dedicando gran parte de sus energías y su tiempo. Y lo hace con verdadera Fe y con profunda Alegría.

 

 

 

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Esta entrada fue publicada el 29 de abril de 2013 por en Conferencias.
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