Antonio Pérez Esclarín

Devaluación del bolívar y de la palabra

devaluacionEl tan costosamente promocionado bolívar fuerte mostró enseguida sus debilidades y, tras sucesivas devaluaciones, nuestra moneda hoy rueda hacia el abismo y cada día sigue perdiendo valor, a pesar de que el barril de petróleo está por encima de los cien dólares. Resulta vergonzoso constatar que en casi ningún país del mundo aceptan al bolívar, que seamos campeones de la inflación y, en estos días también, de la escasez de varios productos no sólo de la cesta básica, sino de muchos otros rubros, lo que hace que debamos obtenerlos a precios elevadísimos, con lo que la verdadera inflación es muchísimo más alta que lo que dicen las cifras oficiales.

El culto a Bolívar, tan profusamente promovido, no se compagina con el valor de nuestra moneda. Si el gobierno fuera coherente, en defensa de Bolívar, debería cambiarle el nombre a la moneda. Es muy triste comprobar cómo, después de tanta retórica antiimperialista e independentista, el dólar, la moneda imperial, triunfa cada día más soberana y humilla sin misericordia al bolívar todavía muy sobrevaluado a pesar de las recientes devaluaciones, como nos lo indican los indicadores del mercado negro.

¿Han caído en la cuenta que en treinta años hemos pasado de un dólar a cuatro treinta a un dólar a seis mil trescientos, por no nombrar las otras cotizaciones innombrables? Pero, aunque nadie se queje ni hable de ella, estamos sufriendo otra devaluación mucho más grave todavía que la del bolívar: la devaluación de la palabra que expresa y mantiene la abrumadora devaluación de la ética, de la política y de las vidas.

Palabras como socialismo, revolución, participación, inclusión, democracia, pueblo, se usan y abusan tanto, y se les otorga con frecuencia significados tan diversos, dispares e interesados, que terminan convirtiéndose en meros fetiches, palabras infladas y huecas, sin nada adentro. Y si no tenemos palabras o escasamente significan algo o las forzamos para que signifiquen lo que nos interesa, no tenemos posibilidad de comunicarnos, de entendernos y de ser. Y esto es gravísimo.

Los políticos se llenan la boca hablándonos de su vocación de servicio (¿será más bien de ser-vicio?), de la necesidad de escuchar al pueblo, de profundizar la democracia para establecer una genuina sociedad sobre los cimientos de la igualdad y la justicia. Al ver, sin embargo, cómo actúa la mayoría de ellos, dónde viven, qué restaurantes frecuentan, a dónde viajan, en qué camionetotas y con qué comitiva se desplazan, es fácil adivinar que sus palabras son mera gimnasia verbal, globos de colores que sólo llevan aire por dentro, con las que pretenden ocultar su ambición desmedida, su autopercepción de que son superiores a los demás, y que el poder supone privilegios, distinción y lujo.

De ahí, como vengo repitiendo, la necesidad de aprender a escuchar las vidas de las personas, para ver si eso que dicen, lo viven, si eso que proclaman van a hacer, lo hacen, pues con demasiada frecuencia, sus acciones y su estilo de vida están demasiado alejados de sus discursos y palabras: “El ruido de lo que haces me impide escuchar lo que me dices”.

Sin ideas ni palabras propias, sin testimonios convincentes, hombres y mujeres somos manejados por slogans, propagandas, promesas, anuncios, amenazas. La política se sigue haciendo como un reality show, donde de lo sublime se pasa a lo ridículo. La retórica y el espectáculo sustituyen las necesarias propuestas concretas para solucionar nuestros gravísimos problemas. La gente no vota por soluciones, vota por sentimientos.

De allí la necesidad de acaparar primeras planas y noticieros, de proferir insultos y amenazas, de descalificar al rival, y desde el Gobierno, usar y abusar del poder para encadenar los medios y utilizar sin el menor escrúpulo los recursos y organismos del Estado, de enfrentar cualquier protesta o manifestación desarmada con un fervor épico y heroico como si se tratara de las divisiones nazis en Stalingrado. La tan promocionada democracia participativa y protagónica sólo está dejando espacios al aplauso, a la emotividad, al sentimiento y a los gritos.

Se huye como de una peste muy peligrosa de la crítica y de la autocrítica, tan necesarias para avanzar, superar los errores, resolver los problemas y gestar lo nuevo.

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Esta entrada fue publicada el 7 de abril de 2013 por en Artículos de Prensa.
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