Antonio Pérez Esclarín

La cruz

cruzPosiblemente, muchos de nosotros crecimos  con la idea de un Dios justiciero, incluso colérico y hasta cruel,  que exigió la muerte cruenta y muy dolorosa de su Hijo para  perdonarnos nuestros pecados. Esta idea solía –y suele- extremarse en la Semana Santa, y su expresión más evidente es esa canción terrible “Perdona a tu pueblo, Señor. No estés eternamente enojado…”. Nada más lejano de la imagen de un Dios Amor, que nos ofreció  Jesús, incapaz de causarle mal a nadie. La cruz es expresión del amor hasta las últimas consecuencias. Cuando Jesús nos dice que debemos amarnos como Él nos amó, nos está diciendo que nos amemos sin condiciones, dispuestos a correr todos los riesgos, incluso el de ser perseguidos y crucificados. La cruz nos dice, en primer lugar, lo mucho que somos amados, lo mucho que valemos todos a los ojos de Dios. La cruz nos descubre el amor inmenso, la ternura insondable de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte,  incluso en las situaciones más terribles.

Dios no está nunca con los violentos, con los que causan las guerras, con los que pisotean la justicia para imponer sus deseos de venganza.  Dios está siempre con las víctimas, con los que sufren injustamente, con los que siguen siendo crucificados por la ambición o por el poder.  Queda lejos de la fe cristiana un Dios que organiza o bendice las guerras, un Dios vengativo y cruel. Dios está con todos los que son víctimas de un poder abusivo y violento; está con todos los perseguidos por atreverse a disentir y a proponer la reconciliación en lugar de la venganza;  está con los que se solidarizan con el dolor de los inocentes; está con todas las víctimas de cualquier tipo de violencia.

Dios no puede evitar la crucifixión pues, para ello, debería destruir la libertad de los hombres y negarse a sí mismo como Amor. Jesús en la cruz calla: silencio que es respeto a quienes lo desprecian, comprensión de su ceguera y, sobre todo, compasión y amor. Si Jesús hubiera bajado de la cruz, ¿en quién podrían confiar los crucificados por el hambre, la violencia, la miseria, la injusticia?

A Jesús  lo mató  la maldad de los hombres. Lo mataron porque se atrevió a proponer que la verdadera religión consistía en la misericordia y el servicio. Lo mataron porque se atrevió a voltear y poner de cabeza todos los valores del mundo: en vez del poder, propuso el servicio; en vez del egoísmo, la solidaridad;  en vez de la violencia, la mansedumbre; en vez de la venganza, el perdón; en vez del odio, el amor.

Seguir a Jesús es, en definitiva, entregar la vida para que todos tengan vida y la tengan en abundancia; oponerse a todo lo que traiga injusticia, dolor, maltrato, explotación; ayudar a bajar de la cruz a tantos crucificados por la injusticia, la explotación, la venganza, la miseria.

Semana Santa: Tiempo para entregar la vida a impedir  que se sigan crucificando  inocentes, para bajar de la cruz a tantas víctimas del odio y la violencia.

                

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Esta entrada fue publicada el 24 de marzo de 2013 por en Artículos de Prensa.
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