Antonio Pérez Esclarín

POR UNA EDUCACIÓN LECTORA

leerHoy todo el mundo está de acuerdo en la importancia de la lectura y en la necesidad de una educación lectora que permita a los alumnos aprender de un modo autónomo y permanente, facilite la comprensión ética y estética de la existencia, les ayude a comprender el mundo y amplíe sus horizontes culturales. Estudiar significa, ante todo, leer. La lectura se halla en el programa de todas las materias. Es problema, en consecuencia, de todos los maestros y profesores. Si queremos combatir el fracaso escolar y ayudar a que todos los alumnos tengan éxito en sus estudios, debemos fomentar con toda insistencia la lectura. Hay que leer más y sobre todo leer mejor. Leer para crecer, para informarse, para aprender y entender, para abrirnos a la belleza, al sentimiento, para disfrutar profundamente de la vida. Porque la lectura no sólo es un medio privilegiado para acceder a nuevos conocimientos y cultivar la inteligencia, sino que fomenta la sensibilidad, la imaginación, la creatividad y el pensamiento crítico, permite acercarse a y conocer otros pueblos y culturas, es una fuente inagotable de gozo  y  una ayuda imprescindible para el crecimiento personal y el ejercicio de una auténtica ciudadanía. En palabras de A. Maurois, “leer es encontrar la vida a través de los libros y, gracias a ellos, comprenderla y vivirla mejor. Un lector puede salir de un libro completamente transformado”.

Leer implica a toda la persona: inteligencia y sentimientos, voluntad y fantasía, pasado y presente, memoria y esperanza. Por todo esto, yo no me canso de repetir que si de nuestras aulas salieran alumnos lectores, es decir que necesitan leer, que leen habitualmente sin que se les ordene y no sólo por obligación y cuando están estudiando, les estaríamos abriendo la puerta a la sabiduría. Lectores autónomos que necesitan alimentar su espíritu, su imaginación, su pensamiento, tanto como su cuerpo. Porque cada lector, como nos lo dice Augusto Roa Bastos, ese extraordinario escritor paraguayo, reescribe el libro, lo resucita, le da vida. Un libro sin lector es un ser muerto. Los libros necesitan de los lectores para poder vivir. Leer es resucitar libros, devolverles la palabra a los autores y empezar a dialogar con ellos. Y es asombroso poder conversar con Platón, Cervantes, Shakespeare, Santa Teresa, Freinet, García Márquez, Miguel Otero Silva,  es decir, con tantos personajes realmente extraordinarios.

Decimos que la lectura es un diálogo: diálogo entre el autor del texto escrito y el lector, que va construyendo significado desde lo que él sabe y el autor le dice. Ningún texto se lee independientemente de la experiencia, de la vida, convicciones y creencias del lector. Por ello no es posible leer un libro dos veces igual (pues cada lectura dependerá del estado emocional, de las inquietudes, preocupaciones e intereses del lector) y si entregamos un mismo libro a un grupo de lectores, cada uno estará leyendo un libro distinto de acuerdo a sus conocimientos, preocupaciones, vivencias, sentimientos.

En todo verdadero diálogo hablan dos personas. Si el lector meramente escucha al libro o texto y repite las ideas del autor sin ser capaz de decirle nada, no es un buen lector, porque no está construyendo significados desde lo que él sabe. De ahí que muchos, ante las dificultades de comprensión de un texto, lo memorizan para luego repetirlo. Si no hay comprensión, no hay verdadera lectura y la comprensión sólo es posible si se tienen los basamentos culturales o cognitivos que permitan incorporar y dialogar con la nueva información, lo que dice el autor por medio del texto. 

Si puedes vivir sin leer, no has terminado de entender en qué consiste la lectura

Contrariamente a lo que algunos piensan, nuestra época de tan fuerte desarrollo informático y tecnológico, lejos de debilitar la importancia de la lectura, la ha aumentado. De hecho, sólo lectores competentes, serán capaces de navegar con pulso firme en el océano de Internet. Si no son buenos lectores, naufragarán ante cualquier escollo, se perderán  entre tanta información, no serán capaces de procesarla o convertirla en conocimiento. Los analfabetas seguirán siendo analfabetas, por mucho que se conecten a Internet.

Hoy todos parecemos estar de acuerdo en la necesidad de fomentar la lectura y compartimos la queja generalizada de las crecientes dificultades de gran parte de los alumnos para llegar a ser lectores competentes y autónomos.

Nos quejamos de que los alumnos no leen, pero ¿qué hacemos para fomentar la lectura?  Desgraciadamente, ni los consensos en la necesidad de fomentar la lectura, ni las quejas y lamentos de lo mal que estamos, se traducen, de hecho, en verdaderos proyectos y planes eficaces para promoverla. Creo que el problema más grave reside en que, a pesar de que hablamos mucho de la lectura, no terminamos de entender en qué consiste. Por eso,  no tenemos, ni tienen la mayoría de las escuelas, un verdadero proyecto de educación lectora.  La lectura aparece casi siempre como una imposición del programa. Lectura coja, falseada, puesto que no desemboca en nada más que en ella misma. Se lee sin objeto, sin proyecto, con el único objetivo de aprender a leer. Con demasiada frecuencia la lectura se reduce a un ejercicio mecánico, repetitivo, sin verdadero significado. Se aprende a leer sobre frases concebidas para aprender a leer y no para disfrutar,  para comunicar; se proponen contenidos de lectura o sin significado o con un significado tan escaso que ciertamente no suscitan el interés ni el gusto por la lectura.

Yo suelo citar con frecuencia a Daniel Penac cuando dice que hay tres verbos que no soportan el imperativo: leer, imaginar, amar. De nada sirve que ordenemos a los alumnos: lean, imaginen, amen. Y si es absurdo decir que no se tiene tiempo para amar, es igualmente absurdo decir que no se tiene tiempo para leer: “Si tuviésemos que enfrentar el amor desde el punto de vista de nuestra agenda, ¿quién se arriesgaría a ello? ¿Quién tiene tiempo para estar enamorado? Y sin embargo, ¿alguien ha visto alguna vez a un enamorado que no se tome el tiempo para amar? Yo nunca he tenido tiempo para leer, pero nada, jamás, ha podido impedirme terminar una novela que amara.  La lectura no tiene que ver con la organización social del tiempo, es una manera de ser, como el amor”[1]

Si alguien dice que no tiene tiempo para leer, no es lector, no ha terminado de entender en qué consiste la lectura, no ha hecho de ella una necesidad esencial en su vida. Para la lectura, como para el amor, hay que seducir, hay que contagiar la pasión. Lo que pasa es que como muchos docentes no sufren de ese mal, no lo transmiten, no lo contagian. Las escuelas enseñan a leer, pero no aficionan a la lectura, no provocan las ganas de leer, no regalan lecturas. Si obligamos a los alumnos a leer, o los castigamos para que lean o porque no han leído, nunca haremos lectores y posiblemente lograremos que aborrezcan la lectura.

Leer para disfrutar

Difícilmente alguien llegará a ser un buen lector si no ha disfrutado de los libros. De ahí la importancia de iniciar a los niños primero en el hogar, luego en la escuela, en la lectura gozosa, amena, divertida. El niño entra en contacto con la literatura, en especial con la poesía, aun antes de nacer: Percibe el ritmo a través de la madre, siente el latido de su corazón, el sonido de sus pasos, se balancea en su interior  mediante el movimiento de las caderas. Y, cuando nace, su contacto con ella es continuo. La madre le acuna en los brazos  para que se duerma, lo mece al tiempo que le canta nanas. Luego, cuando crece, empiezan los cuentos orales, los cuentos llenos de ilustraciones que la mamá, el papá o algún familiar le leen antes de dormir, en esos momentos en que, como nos recuerda Rodari, se vive de un modo especialmente intenso la relación del niño con sus seres queridos:

Mientras el río tranquilo del cuento corre entre los dos, el niño puede finalmente gozar de la madre o del padre a su antojo, observar todos los rasgos de su cara, la boca, la piel…Escucha sí que escucha, pero gustosamente se permite distraerse, por ejemplo, si ya conoce el cuento (…)La voz de la madre no le habla sólo de Caperucita Roja  o de Pulgarcito: le habla de sí mismo (…)El niño está también interesado en la voz materna, en sus tonos, volúmenes, en su música que comunica ternura, que disuelve los nudos de inquietud, que hace desvanecer los fantasmas del miedo. 

Es poco lo que digamos de la importancia de iniciar al niño a la lectura en el hogar, pues el lector nace en la primera infancia. Y es mucho lo que pueden hacer los padres interesados, si en verdad quieren tener hijos lectores: leerles cuentos, leer ellos con los hijos, comprarles libros amenos y divertidos, interesarse por ellos cuando los ven leyendo, comentar con ellos sus propias lecturas, llevarles a alguna librería o biblioteca, tener un rincón de lectura en la casa, colaborar con el plan de lectura de la escuela…, en definitiva, crear un ambiente propicio, motivador de la lectura, de modo que el niño la perciba como algo gozoso y atractivo. Esto implica también no contraponer nunca la lectura a la televisión, o amenazar a los hijos con el castigo de dejarlos sin ver televisión para obligarlos a leer. De este modo, sólo estaremos reforzando la concepción de que leer es algo malo, que se hace por deber y obligación, y terminaremos logrando que los niños aborrezcan la lectura.   


[1] Daniel Penac, Como una novela.  Norma, Bogota, 1996, pág. 120-121-

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada el 20 de febrero de 2013 por en Conferencias.
A %d blogueros les gusta esto: