Antonio Pérez Esclarín

Realismo y utopía

No hay nada más peligroso que prometer paraísos en la tierra, el logro de la suprema felicidad para todos, y mostrar una total incompetencia para resolver los problemas cotidianos de las mayorías. Los que buscan mediante un proceso revolucionario acabar con todos los vicios del pasado y construir el anhelado mundo nuevo, suelen terminar ahondando los problemas estructurales que pretendían erradicar. Si la utopía no fecunda los proyectos concretos y las soluciones posibles de los problemas,  si tras la búsqueda de los  horizontes imposibles no logra alcanzar las metas deseables, provoca frustración y represión creciente y generalizada. La violencia engendra más violencia y es incapaz de construir lo nuevo.

La Revolución Francesa, en su pretensión de hacerlo todo nuevo en un mundo de libertad, igualdad y fraternidad, vivió intensos momentos en que la utopía convertida en terror, no sólo sirvió para rechazar el pasado, sino también para imponer la guillotina a quienes –revolucionarios o no-  eran considerados opositores y enemigos de la búsqueda de la felicidad suprema. La política, la religión, el derecho y toda la realidad se convirtieron en instrumentos para justificar y secundar la revolución y de ninguna manera para evaluarla críticamente o matizarla. En la euforia jacobina, cada vez más sedienta de sangre, se llegó a gritar: “¡Por amor a la humanidad, seamos inhumanos!”

Carlos Marx pretendió superar los socialismos utópicos e imponer el socialismo científico que acabaría con  todo tipo de alineación y explotación y establecería el paraíso en la tierra. Pero en lugar del paraíso prometido engendró el estalinismo  que sacrificó a millones de personas en aras del triunfo definitivo de la nueva sociedad igualitaria y libre.

Ambas revoluciones lograron quebrar el viejo orden pero fueron incapaces de establecer la sociedad soñada y prometida por la que combatieron y murieron miles y miles de hombres y mujeres. El nuevo orden distaba mucho de la utopía prometida e impuso nuevas formas de opresión y dominación. La pretensión de encarnar la utopía llevó a ambas revoluciones a convertirse en regímenes tiránicos que legitimaron la eliminación de toda crítica y oposición, bajo la acusación de enemigos de la humanidad , pues sólo los muy malvados pueden oponerse a la definitiva y plena felicidad de los pueblos y al nacimiento del hombre nuevo, libre de toda alineación.

De vez en cuando surgen en los pueblos nuevos mesías que ofrecen paraísos nuevos y  prometen acabar con todos los vicios del pasado. Su retórica inflamada  atrapa los sueños de las multitudes, y aviva sus renovadas ansias de redención. Ante la incapacidad de resolver problemas concretos, el ejercicio político se ejerce como adoctrinamiento y sumisión y se inventa un enemigo, interno o externo, que es el culpable de todos los problemas y de que no se puedan lograr las promesas voceadas a los cuatro vientos.

Para los que se han autoconvencido de estar creando el mundo nuevo, no les interesa hacer un buen gobierno, sino una buena revolución. Pareciera que les aburren los problemas cotidianos y consideran trivialidades insignificantes dotar los hospitales, tapar los huecos de las carreteras, humanizar las cárceles, impulsar la producción o pagar bien a los médicos y educadores. Todas estas “nimiedades” les  aburren y consideran que las justas aspiraciones de los trabajadores son resabios y vicios del viejo orden que hay que derrumbar.

Pero la política no es proclamación de grandes fines deseables, sino el arte de lograr metas comunes e ir avanzando en la solución de los problemas y en el logro de   mejores niveles de vida para todos. La utopía necesaria deja de ser retórica  y proclama de lo imposible y se transforma en fuerza constructora  e inspiradora que da fuerza para avanzar siempre hacia estadios  superiores de humanización. No hay, en consecuencia, que olvidar o abandonar la utopía, sino domarla con grandes dosis de realismo. Debemos seguir soñando el  nuevo mundo con los pies bien afincados en la realidad concreta para ir progresivamente conquistando las nuevas metas posibles.

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Esta entrada fue publicada en 28 de septiembre de 2012 por en Artículos de Prensa y etiquetada con .
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