Antonio Pérez Esclarín

Educación que nos ayude a conocernos y querernos

Necesitamos con urgencia una educación que proporcione una brújula para orientarnos en este mundo turbulento en que vivimos. Una educación que despierte el ser humano que todos llevamos dentro, nos ayude a construir la personalidad y encauzar nuestra vocación en el mundo. Se trata de desarrollar la semilla de uno mismo, de promover ya no el conformismo y la obediencia, sino la libertad de pensamiento y de expresión, y la crítica sincera, constructiva y honesta.

Educar es ayudar a conocerse, comprenderse, aceptarse y quererse para poder desarrollar a plenitud todos los talentos y realizar la misión en la vida con los demás, no contra los demás. Como ya lo comprendieron los filósofos griegos, la genuina sabiduría consiste en conocerse a sí mismo. Hoy abundan los especialistas y expertos, se exhiben con orgullo abultadísimos currículos, vivimos intoxicados de una información que se renueva en cada segundo, algunos llenan con sus títulos y diplomas las antesalas de sus oficinas,  pero cada día escasean más y más las personas que se preocupan por conocerse y plantearse su misión en la vida. Proliferan los postgrados y los cursos de formación permanente, pero son muy raros los sabios, personas capaces de adentrarse en sí mismos y asumir la existencia como misterio, como pregunta y como proyecto.

Para conocerse, es esencial la capacidad de reflexión y silencio. Pero cada vez abundan más y más las personas que son incapaces de estar solas en silencio. Algunos, si están solos en su casa y no tienen la radio o el televisor prendidos, les da miedo. Pero no miedo a ser atacados por alguien, pues tienen las puertas y ventanas bien cerradas, sino miedo al silencio, miedo a encontrarse consigo mismos. El actual mundo, lleno de ruidos y de prisas, impide la reflexión, el cuestionamiento personal.

Muchos pasan la vida huyendo de sí mismos, llevando dentro de sí a un desconocido, sin atreverse a bucear dentro de sus deseos, anhelos, temores y sueños más profundos. El estilo de vida impuesto por la sociedad moderna aparta de lo esencial, impide a las personas descubrir y cultivar lo que son en potencia, no les deja ser ellos mismos, bloquea la expresión libre y plena de su ser. De ahí que la genuina educación debe ayudar a los alumnos a plantearse su proyecto de vida y responder con valor las preguntas esenciales: ¿Quién soy yo?, ¿cómo quiero ser?,   ¿para qué vivo?, ¿a qué estoy dedicando mi vida?, ¿cuáles son mis talentos  y valores esenciales?,  ¿cómo me imagino una persona realizada y feliz?, ¿en qué debo cambiar y mejorar?

Hoy, desgraciadamente, se evaden estas preguntas. No tenemos coraje para hacerlas. Si la educación no ayuda y estimula al alumno a planteárselas con sinceridad, posiblemente pasará toda la vida en la trivialidad y la superficialidad, sin saber para qué vivió. Para poder realizarnos plenamente, todos necesitamos enfrentar el misterio de la existencia, que la vida se manifieste como pregunta y el ser humano como interrogado. En palabras de Einstein: “Podemos vivir como si no existiera el misterio o vivir como si todo fuera misterio. Y ciertamente, todo es misterio”.

El conocimiento de sí mismo debe llevar implícita la propia valoración y autoestima. Todos valemos no por lo que tenemos, sino por lo que somos, porque somos. Todos tenemos valores y carencias o debilidades que debemos conocer para construir sobre ellos nuestra identidad. Las propias debilidades pueden convertirse en nuestras fortalezas si las aceptamos y nos empeñamos en superarlas. No hay nada más formativo y que ayude a crecer que asumir el error o la deficiencia como propuesta de superación.

Si bien es cierto que sólo si uno se acepta y quiere podrá aceptar y querer a los demás, no es menos cierto que es imposible quererse si uno no ha experimentado el amor. La autoestima parte siempre de la estima del otro. De ahí la importancia de  la pedagogía del amor, de que los maestros quieran a sus alumnos, de modo que todos se sientan importantes, valorados, amados. Como me gusta repetir, los ojos de los maestros y maestras deben ser un espejo donde cada alumno pueda mirarse  y se vea bello, valioso,  respetado, querido. Por ello, a  algunos educadores  les va a tocar incluso llenar ese vacío de amor que sus alumnos nunca encontraron en su hogar y curar de este modo las profundas heridas del desamor. En palabras de Margaret Mead, “para algunos, la escuela es un segundo hogar; para otros, el único. Y para no pocos, una cárcel”.

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Esta entrada fue publicada en 11 de septiembre de 2012 por en Artículos de Prensa y etiquetada con .
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