Antonio Pérez Esclarín

Educación de calidad

Hoy está de moda hablar de calidad, incluso de excelencia.  Por ello, debemos comenzar aclarando  qué estamos entendiendo por educación de calidad, dado que la concepción que predomina está atrapada en la lógica de la  eficiencia, la producción y la rentabilidad.   El lenguaje economicista y tecnocrático ha penetrado con fuerza el sistema educativo y ha incorporado una mentalidad propia del mundo de la industria, el mercado, las empresas. Dicha mentalidad y su correspondiente terminología se metió en las políticas educativas, en el discurso de los docentes, en las instituciones de formación docente. 

Hoy  se habla sin el menor pudor de recursos humanos o de capital humano,  de insumos, de clientes (los alumnos y  padres de familia),  de gestión educativa, de empresas de servicios educativos, de mercado de productos  pedagógicos, y hasta la palabrita competencia, hoy tan invocada y tan querida, nos viene del mundo empresarial.  De hecho, las propuestas humanistas de calidad que suelen proclamarse, se diluyen a la hora de la verdad, donde se imponen los indicadores de rentabilidad y eficiencia   que pocas veces miden las actitudes y valores, la calidad de las personas y los ciudadanos,   ni toman en cuenta las diferencias de origen,  recursos  y posibilidades de los alumnos, ni su situación socioeconómica y cultural.  

De este modo, el aprender a aprender y el aprender a hacer se privilegian, aunque se niegue en las proclamas, sobre el aprender a ser,  el aprender a convivir y el aprender a transformar.  Cada vez más, los valores de justicia, equidad, dignidad humana, solidaridad y convivencia, van siendo sustituidos por la preocupación por la eficacia, por la competitividad, la búsqueda de resultados tangibles, el ajuste a las necesidades del mercado de trabajo y de la economía,  la lucha por disponer de mejores condiciones de salida del sistema educativo ante un mundo laboral escaso, la formación de destrezas básicas, la necesidad de incorporar las tecnologías de la información y la comunicación, etc.

En consecuencia, es urgente que   trabajemos  por una concepción de calidad en torno a metas sociales, políticas, democráticas y humanistas. Educación orientada al desarrollo personal, social y espiritual de las personas.  Educación que permita a cada persona y a todas las personas  desarrollar a plenitud sus talentos y construirse como persona y como ciudadano productivo y solidario. Que le enseñe a ser, convivir, aprender, producir y también transformar este nuestro mundo inhumano para hacer realidad “Otro Mundo Posible” donde todos podamos vivir con dignidad.

En definitiva, para ser de calidad, la educación  debe ligarse   a la equidad,  la justicia y  la humanización. No podemos  aceptar como de calidad una educación que discrimina, que excluye a los necesitados, que deja en el camino a los más débiles, que mantiene y cultiva la conciencia de superioridad. Cuando se habla del fracaso escolar, se señalan sobre todo  los indicadores de lectura, escritura, matemáticas…

Pero también fracasan los centros educativos que, aunque egresen alumnos con altísimas calificaciones  y muy bien capacitados profesionalmente, no han logrado sembrar en ellos  el compromiso de trabajar por el bienestar y la vida digna para todos. Se trata de formar personas plenas, honestas, respetuosas, sensibles y solidarias, y no meros profesionales exitosos.

Yo sueño con el día en que las universidades otorguen, junto al título de médico, abogado, ingeniero o licenciado, el título de persona. Porque tenemos abogados muy elocuentes, cirujanos muy competentes, ingenieros muy exitosos… pero muchos de ellos  están raspados como personas: Se muestran prepotentes, engreídos, egoístas, insensibles ante las necesidades de los demás, incapaces de mantener unas relaciones afectivas maduras y responsables…Por ello, para mí la educación es de calidad sólo si  egresa personas y ciudadanos de calidad.

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Esta entrada fue publicada en 4 de septiembre de 2012 por en Artículos de Prensa y etiquetada con , .
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