Antonio Pérez Esclarín

Educar es enseñar a amar

Cuento de Navidad 2

arbol de navidadCon motivo de la Navidad les regalo este cuento de Martín Descalzo que he retrabajado para ustedes:

“Colgó del arbolito la última bambalina y retrocedió unos pasos para contemplarlo mejor. Enchufó la extensión y el árbol se llenó de guiños de luces y melodías de aguinaldos. Dentro de una media hora, llegaría el esposo con su hijito Luis, que correría entusiasmado hacia el milagro de ese  arbolito cuajado de adornos y de luces. “Ciertamente, la alegría de las navidades son los niños”, pensó Lucía y, para hacer más llevadera la espera, se puso a ver  televisión.

La película de renos y San Nicolás se interrumpió de pronto  y apareció el rostro angustiado de una  madre desesperada: “Yo les pido que me den un corazón para mi hijo. Alguna clínica, algún hospital o alguien debe tener un corazón. Los médicos aseguran que no pasará de esta noche si no lo encontramos…..” La voz que comenzó serena se hundió en un llanto incontrolable. “Por favor, se lo ruego, un corazón…Mi único hijo no puede morir…”

Lucía tuvo un escalofrío al imaginar el dolor de esa mujer. Los guiños del arbolito le dieron ganas de llorar.  Entonces, sonó el teléfono y las palabras al otro lado le fueron metiendo una lenta puñalada. “Un camión al que  se le reventó un caucho. Habían caído por un barranco. Estaban muy graves  en el hospital”.

Corrió a casa de su cuñado y a gritos le pidió que la llevara al hospital.  El corazón le pesaba como una piedra.  A pesar del frío, abrió la ventanilla y dejó que  el viento alborotara sus cabellos y deshiciera el peinado que se había hecho para Nochebuena. Sus ojos estaban secos, sin lágrimas.

-¿Ha muerto? –preguntó al médico que  esperaba por ella.

-Su marido se está recuperando.

-¿Y el niño?

-No pudimos hacer nada.

Le faltó el aire y cayó desmayada  en los brazos del cuñado. Cuando, tras unos minutos volvió en sí, sus  ojos parecían  extraviados. Pero no gritó. Un llanto suave le fue sacando lentamente su montaña de dolor. Entonces, sin pensarlo, como si viniera de otro mundo, Lucía lanzó sus ojos al doctor que se esforzaba por consolarla y le dijo:

-¿Y el corazón?

El médico la miró sin comprender y le preguntó pacientemente:

-¿Qué pasa con el corazón?

-Que si todavía sirve, que si puede servir.

-¿Servir para qué?

-Para salvar la vida del  niño del televisor, que se va a morir esta noche  si no le dan un corazón.

El castillo interior que había resistido hasta entonces, se vino abajo. Imaginó el árbol navideño que había dejado prendido,  lleno de adornos,  música y lucecitas, en la sala. Ya nadie correría hacia él  con sus gritos de júbilo. Desde esta noche, el silencio crecería en la casa como un mar sin orillas. Un silencio en el que resonarían los latidos de un corazón. Aunque no fuera el de Luis, su hijo.

Porque el corazón de su pequeño corría hacia la capital en una caja de acero, y en cada kilómetro que avanzaba, hacía latir más deprisa el corazón de aquella madre que Lucía no conocía, pero en el que ella acababa de plantar la esperanza.

Las campanas soltaron sus lenguas de bronce y  empezaron a llamar a la Misa de gallo.  Muy pronto en todas las iglesias se celebraría el nacimiento de un niño que llegaba  con su carga de corazones a dar vida a los demás.

-¡Mala suerte la nuestra! –se quejó el chofer de la ambulancia-. Tener que trabajar en una noche como hoy.

-Merece la pena, si logramos salvar la vida a ese niño –le sonrió el compañero.

Se estaban acercando al  hospital. Las calles, engalanadas con guirnaldas y luces de colores,  estaban casi desiertas. Un equipo de médicos esperaban ansiosos la ambulancia. Del reloj de la torre cercana fueron descendiendo lentamente las doce campanadas. Era Nochebuena, la hora de nacer. O de renacer a una nueva vida de solidaridad, amor y  paz.

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Esta entrada fue publicada en 22 de diciembre de 2012 por en Artículos de Prensa y etiquetada con .
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